Martes, 03 de mayo de 2011
No se puede imponer un carisma a quien no ha sido llamado a vivirlo. ?sta ser? la primera parte de nuestro ensayo, que tratar? de resolver la cuesti?n de la posibilidad de compartir el carisma con los laicos.
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La mujer consagrada invita al laico a descubrir y actualizar el carisma y la misi?n.
La mujer consagrada invita al laico a descubrir y actualizar el carisma y la misi?n.
Impostaci?n del argumento.
Hemos venido hablando en algunos ensayos sobre la posibilidad de que las mujeres consagradas compartan con los laicos el carisma que han recibido en la congregaci?n. Carisma fundacional, carisma del fundador o de la fundadora, carisma de la congregaci?n son nombres que tratan de explicar una realidad del esp?ritu dif?cil de definir en unas cuantas palabras. Es esta experiencia del Esp?ritu la que se mete en discusi?n en el momento de querer compartir el carisma con los laicos. Responder a la posibilidad de compartir el carisma con los laicos no es una empresa f?cil, producto de la voluntad o de las disposiciones de un cap?tulo general. Debe nacer de una vivencia personal, comunitaria y plenamente renovada del carisma. Pero despu?s, deber? responder a una vocaci?n de los laicos. No se puede imponer un carisma a quien no ha sido llamado a vivirlo. ?sta ser? la primera parte de nuestro ensayo, que tratar? de resolver la cuesti?n de la posibilidad de compartir el carisma con los laicos.

Resuelta esta cuesti?n abordaremos el argumento de la actualizaci?n del carisma por parte de los laicos. La mujer consagrada debe dejarse interpelar por el carisma, de la misma manera que su Fundador se dej? interpelar por el Esp?ritu. De ah? naci? la experiencia del Esp?ritu, que da origen a una multitud de formas que responden a las necesidades m?s apremiantes de la Iglesia. Para dejarse interpelar por el carisma, es necesario haberlo asimilado. Una vez asimilado puede ponerse a disposici?n de los laicos para que sean ellos los que lo actualicen, siempre con la ayuda y la supervisi?n de la mujer consagrada. Este aspecto lo hemos tratado ya en ensayos posteriores. En esta ocasi?n analizaremos la posibilidad que tienen los laicos de actualizar el mismo carisma y la misi?n, siguiendo los siguientes pasos: la forma en que los laicos pueden vivir el carisma y la forma en que lo actualizan.


?El carisma es una vocaci?n o una imposici?n
Hoy en d?a se habla mucho de la posibilidad que tiene la mujer consagrada de compartir con los laicos su carisma, me refiero al carisma de la Congregaci?n. No son pocos tambi?n los autores espirituales contempor?neos que vienen tratando este argumento. El espaldarazo, por utilizar un t?rmino aleg?rico, vino dado por el Concilio Vaticano II a partir de la constituci?n dogm?tica Lumen gentium en donde re-descubr?a el valor de los laicos y la vocaci?n universal a al santidad. A partir de ese momento se gener? un gran dinamismo en toda la Iglesia, con no pocos errores, para ayudar a los laicos a vivir esta vocaci?n a la santidad en las realidades terrenas. En los ?ltimos a?os, Juan Pablo II hac?a ver la santidad como uno de los objetivos de todo fiel cristiano que quiera vivir con coherencia su fe . Muchos fueron los medios puestos a disposici?n para que los laicos pudieran y puedan alcanzar este noble objetivo.

Por otra parte, el desarrollo hist?rico de las Congregaciones, jaloneadas por el Concilio Vaticano II, les ha hecho ver la necesidad de salir, en algunos casos, de s? mismas, para responder a los retos del mundo actual. Tal fue uno de los auspicios de los padres conciliares al fijar como uno de los cinco punto de la renovaci?n de la vida consagrada el salir al encuentro de las necesidades del mundo: ?Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apost?lico, puedan prestar a los hombres una ayuda m?s eficaz.? Y hemos visto notables esfuerzos por llevar a cabo esta encomienda, de acuerdo a varios testimonios y experiencias, entre las que citamos la de Fabio Ciardi: ?Entre todos los componente eclesiales, los laicos parecen ser aquellos en los que la comuni?n (con los religiosos y las religiosas) est? m?s desarrollada; con ellos se ha venido instaurando una aut?ntica colaboraci?n y participaci?n de corresponsabilidad. Pero sobretodo, se asiste a una creciente demanda de parte de ellos por participar en el carisma, en la espiritualidad y en la misi?n del Instituto; de esta forma, se han iniciado verdaderas y adecuadas formas institucionales de asociaci?n en los institutos.?

A mi modo de ver, estos dos fen?menos, inspirados sin duda alguna por el Esp?ritu, han encontrado una gran afinidad y complementariedad. Por una parte los laicos est?n buscando formas adecuadas para inserir el mensaje evang?lico en el mundo y en este trabajo se encuentran necesitados de una espiritualidad que les haga de soporte, y por otra, las mujeres consagradas se han abierto a las necesidades del mundo, tomando como propios los retos que hoy enfrenta nuestra sociedad, nuestro mundo.

Dos realidades que se complementan, si cada una de ellas se sabe respetar y apoyar en su propio ?mbito. La exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata parece dar el marco adecuado para dichas relaciones, cuando se?ala como una prioridad en esta simbiosis, la primac?a del esp?ritu . Son las mujeres consagradas, custodias, o mejor dicho, administradoras de la gracia que representa el carisma, las que deber?n ponerlo a disposici?n de los laicos, una vez que ellas lo hayan asimilado y vivido en las circunstancias actuales. No se trata por tanto de que los laicos vengan al rescate de un carisma antiguo y toque a ellos desempolvarlo y as? aplicarlo a las situaciones actuales. Nadie puede aplicar en la realidad lo que no es actual. A las mujeres consagradas, como ya hemos expresado en ensayos anteriores, tocar? la tarea de renovar el carisma, vivi?ndolo con el mismo celo con que lo vivi? el fundador o la fundadora . S?lo as? podr?n presentar una experiencia del Esp?ritu actual, para que los laicos puedan aprovecharse de ella y llenar su esp?ritu, tan necesario para enfrentar los avatares de la vida diaria. De esta manera podr?n impregnar de valores evang?licos las realidades terrenas: una vez alimentado su esp?ritu, con las energ?as espirituales que el carisma les otorga, podr?n lanzarse a conquistar el mundo para Cristo.

Pero en este trabajo, muy laudable por cierto, podemos hacer r?pidas consideraciones, saltando un hecho capital. Podemos preguntarnos e inquietarnos por la forma en que se deber? dar este trasvase (no traducci?n) del carisma a los laicos. Sin embargo pasamos por alto una realidad al no preguntarnos si el carisma est? llamado a ser vivido por los laicos. Pensamos r?pidamente en dar una respuesta afirmativa visto los dos fen?menos anteriormente reportados. Sin embargo nos olvidamos que el carisma es una criatura espiritual, un don de Dios, una gracia viviente, una experiencia del Esp?ritu y como tal debe ser considerada.

No debemos confundir el carisma con el patrimonio espiritual o las obras de un Instituto o Congregaci?n religiosa. Estos dos son formas a trav?s de las cuales se expresa el carisma y sin duda alguna que no pueden pasarse por alto, si en verdad se quiere vivir con fidelidad el carisma. No puede afirmarse a la ligera que una determinada obra apost?lica no es el carisma, pues necesariamente esa obra apost?lica al nacer como inspiraci?n del carisma, viene a ser parte de ella. Los laicos pueden participar de las obras o del patrimonio espiritual del Instituto, pero no necesariamente por este hecho viven con plenitud el carisma. Afirmar?amos que participan, sin duda alguna, de una parte del carisma, pero tendr?an que hacer un camino espiritual m?s profundo para participar verdaderamente del carisma y as? compartir cabalmente la misma experiencia del Esp?ritu querida por el Fundador.

Las mujeres consagradas en el camino de actualizaci?n y vivencia del carisma, pueden poner a disposici?n de los laicos, innumerables recursos para que ellos puedan acceder con plenitud al carisma. Sin embargo, antes de poner en marcha todo un mecanismo para el descubrimiento y accesibilidad del carisma, deber?n tomar en cuenta la vocaci?n de cada laico al carisma del Instituto. No es una cuesti?n de compartir una parte o todo el carisma. No es cuesti?n tampoco de inserir el carisma en el tejido de la sociedad y de las realidades terrenas, a trav?s de los laicos. Es m?s bien una cuesti?n de analizar en cada laico la vocaci?n a vivir el carisma. No debemos olvidar que el carisma al ser ?una modalidad con la cual el Esp?ritu nos enamora de Cristo y expresa, consecuentemente, la modalidad espec?fica con la que ?l nos inserta en la tarea de edificar la Iglesia? es una invitaci?n divina para plasmar cada carisma espec?fico en cada individuo.

De la misma manera que para la vida consagrada se hace todo un discernimiento, con el fin de conocer la idoneidad de las candidatas, as? la mujer consagrada deber? hacer un discernimiento para saber si los laicos que quieren acceder al carisma del Instituto para vivirlo en la sociedad, tienen las cualidades necesarias. L?gicamente habr? que adaptarlas al estado laical, pero si queremos en verdad compartir adecuadamente el carisma con los laicos, no se puede pasar este proceso de discernimiento por alto. De lo contrario ?nicamente se comparte unas devociones, una parte del patrimonio espiritual o se cualifica a unos trabajadores para la obra de apostolado.

El carisma no es una ayuda para tener mejores cooperadores en la obra de apostolado ni para ayudar a sobrevivir a los laicos en un mundo que los ahoga por el materialismo y la falta de valores espirituales. El carisma, a?n para los laicos, es una forma de vida, una manera de vivir el cristianismo, un modo de enamorarse de Cristo. Y de poner toda esta espiritualidad en la pr?ctica, para transformar el mundo en el que por vocaci?n ellos deben de vivir e infundir el evangelio. No puede pensarse por tanto que todos los laicos est?n llamados a vivir cualquier carisma. Convendr? hacer por tanto un an?lisis de las cualidades humanas y espirituales que la persona debe poseer o desarrollar para acceder al carisma del Instituto. Es necesario programar un camino de discernimiento para saber si el laico est? llamado por Dios para vivir el carisma. No debemos dejarnos guiar solamente por la materialidad de las obras, sino analizar si el esp?ritu de cada laico est? hecho para ser animado por el carisma del Instituto. De esta manera nos aseguramos que el carisma mantenga su genuinidad espiritual y no se rebaje.

De alguna manera este discernimiento que la mujer consagrada debe hacer para los laicos repercutir? en la misma mujer consagrada, pues al preguntarse sobre las posibilidades que tiene un laico para vivir el carisma, ella misma se confrontar? con su propia realidad y la propia vivencia del carisma: ??ste ser? un punto de control, el de la espiritualidad, pues sino se est? convencida que no puede darse vida cristiana sin una fuerte espiritualidad, se limita a empe?arse solamente en las actividades.?

Cuando la mujer consagrada haya hecho un claro discernimiento y pueda invitar a los laicos a participar del carisma, estar? segura de no estar dando solamente d?divas espirituales, sino compartiendo un mismo don, una gracia viviente, una experiencia del Esp?ritu. Podr? por tanto hacer part?cipe del mismo estilo de vida que la ha animado a ella a seguir a Jesucristo. El laico deber? hacer su camino propio, plasmando en su esp?ritu los elementos caracter?sticos del carisma y al mismo tiempo que lo vive, lo ir? aplicando a las realidades concretas. S?lo de esa manera el carisma ir? cobrando vida en el mundo laico.


El carisma en el mundo laico.
La traducci?n del carisma en el mundo laico, para actualizarlo no es obra de laboratorio. No puede ser dispuesto por un Cap?tulo general. As? como hemos visto que es necesario hacer un discernimiento para ver la posibilidad de compartir el carisma con determinados laicos y saber si son llamados por vocaci?n de Dios, no por deseo de la mujer consagrada, de la misma manera debe dejarse campo al Esp?ritu para que vaya guiando los pasos de los laicos en la aplicaci?n del carisma, guiados y supervisados por la mujer consagrada.

Debemos partir del hecho de que la misi?n no es algo accidental a los laicos. Puede establecerse un parang?n entre la vida consagrada y los laicos, servatis servanda. Leemos que para la vida consagrada: ?Del misterio pascual surge adem?s la misi?n, dimensi?n que determina toda la vida eclesial. Ella tiene una realizaci?n espec?fica propia en la vida consagrada. En efecto, m?s all? incluso de los carismas propios de los Institutos dedicados a la misi?n ad gentes o empe?ados en una actividad de tipo propiamente apost?lica, se puede decir que la misi?n est? inscrita en el coraz?n mismo de cada forma de vida consagrada. En la medida en que el consagrado vive una vida ?nicamente entregada al Padre (cf. Lc 2, 49; Jn 4, 34), sostenida por Cristo (cf. Jn 15, 16; Gl 1, 15-16), animada por el Esp?ritu (cf. Lc 24, 49; Hch 1, 8; 2, 4), coopera eficazmente a la misi?n del Se?or.? Y para los laicos el Magisterio dice: ?Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocaci?n y misi?n de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciaci?n cristiana y por los dones del Esp?ritu Santo.?

Se establece por tanto que la misi?n no consiste, ni para los laicos ni para las personas consagradas en las obras apost?licas , sino en la de hacer presente a Cristo. La misi?n es por tanto esencial, es algo inherente a la Iglesia y por tanto a cada bautizado, sea laico o consagrado. La forma de hacer misi?n, se me permita utilizar este lenguaje t?cnico, aunque no del todo adecuado par expresar estas realidades, viene especificado por el propio carisma. Es el carisma, como experiencia del Esp?ritu, que se?ala los cauces m?s adecuados para expresar la forma en la que una persona se ha enamorado de Cristo. Como el fundador o la fundadora expresaron su amor a Cristo en formas concretas o lo dejaron expresado en las constituciones o en diversos escritos, as? la persona que vive con plenitud el carisma, sea una persona consagrada o sea una persona laica, encontrar? en el carisma el camino adecuado para expresar su enamoramiento de Cristo.

De esta forma la misi?n est? determinada no por factores externos, aunque ?stos pueden ser el detonante, sino por la vivencia de una intensa espiritualidad. Quien se ha dejado conquistar por el amor de Cristo, a la manera en que se dej? conquistar el fundador o la fundadora, puede responder a los retos actuales con obras o proyectos a la altura con que hubiera respondido el fundador o la fundadora. Esta reflexi?n resulta clave para entender como no debe ponerse los retos ni las obras de apostolados, antes de la espiritualidad. Es la espiritualidad del carisma, del fundador, vivida en plenitud, la que desbordar? a las personas y las har? encontrar en forma in?ditas respuestas al amor que las interpela en el carisma.

De aqu? la importancia de que las mujeres consagradas vivan en primer lugar una fuerte espiritualidad basada en el carisma y as? la pongan a disposici?n de los laicos, ya que ?el carisma debe ofrecer a los laicos un estilo, una pedagog?a, una base, unas cualidades de acuerdo a c?mo deben vivir no s?lo los deberes que todos los bautizados deben vivir en el mundo, sino los mismos deberes que todos los hombres viven en las realidades terrenas.?

Una vez que los laicos vivan, tambi?n ellos en primera persona esta fuerte espiritualidad, ser? posible traducir y actualizar el carisma al mundo laico. Y esto vendr? en forma natural, como fruto de un proceso espiritual. Veamos como.

Todo se juega desde el inicio, es decir, en la fase del discernimiento. Si la mujer consagrada ha hecho un adecuado discernimiento, el laico podr? tener una cierta seguridad que podr? vivir adecuadamente el carisma entregado. Este carisma deber? pernear todas las realidades de su existencia, partiendo de las m?s internas, hacia aquellas perif?ricas o externas. Se trata aqu? de formar una personalidad cristiforme a la manera se?alada por el carisma. No se trata por tanto de participar en tal o cual actividad espiritual, en tal o cual obra de apostolado. Se trata de alo m?s profundo: de ir conformando todo el ser de acuerdo al carisma. El laico deber? preguntarse si cada una de las realidades profundas de su ser est?n impregnadas, informadas por el carisma. Si su manera de pensar, de querer y de sentir, que son las facultades que rigen todo su ser, est?n verdaderamente guiadas por el carisma. De esta forma podr? decir tambi?n como san Pablo, ?ya no soy quien vive en m?, sino que es Cristo quien vive en m?.

Esta es una configuraci?n que se realiza constantemente. Nadie puede decir que est? ya transformado. El camino de conversi?n finalizar? cuando Dios quiera llamarnos nuevamente a ?l. Mientras, el laico debe buscar cada d?a configurarse m?s con Cristo a la manera en que el fundador o la fundador han vivido esta configuraci?n. No es por tanto la configuraci?n con Cristo un campo limitado a las personas consagradas. El laico ir? ampliando el carisma, en la medida en que viva radicalmente la misma espiritualidad en el mundo, en las realidades terrenas y en sus propias realidades.

Podemos establecer una m?stica de estas realidades, entendiendo por m?stica la animaci?n espiritual profunda que debe animar todas las realidades del laico. Podr? hablarse entonces de una m?stica en el estudio, para los j?venes en edad estudiantil, de una m?stica del matrimonio para los adultos casados, de una m?stica del trabajo. Es decir, todas las realidades peden y deben estar penetradas de una fuerte espiritualidad. Esta espiritualidad vendr? siempre alimentada por el carisma.

Al mismo tiempo que el laico vive esta m?stica la lectura del mundo ser? diversa. No podr? leer ni entender el mundo como lo ven?a haciendo antes de su participaci?n en el carisma. Si se ha dejado que el carisma penetre todo su ser, el mundo tendr? un significado distinto, convirti?ndose en el campo adecuado para llevar el mensaje de Cristo, para anunciar la buena noticia, en pocas palabras el mundo ser? el campo id?neo para la misi?n. Y aqu? el laico, que vive en el mundo, podr? detectar las mejores posibilidades para hacer presente a Cristo, el Cristo que ?l ha experimentado con el carisma. De esta forma el laico se convierte en el medio mediante el cual el carisma se entreteje en el mundo.

La labor de la mujer consagrada en todo este proceso no es indiferente. Si hemos dicho que las personas consagradas son las administradoras o custodias del carisma y si lo han sabido vivir en primera persona, podr?n guiar espiritualmente a las personas de forma que puedan asimilar el carisma en todos los niveles de su persona. No quedar? la mujer consagrada como espectadora en todo este proceso. A ella le toca seguirlo y guiarlo muy de cerca, pues, como experta de comuni?n y experta de la experiencia del Esp?ritu, podr? ir calibrando el proceso de asimilaci?n y vivencia del carisma en los laicos y en el mundo: ?Cualquiera que sea la actividad o el ministerio que ejerzan, las personas consagradas recordar?n por tanto su deber de ser ante todo gu?as expertas de vida espiritual, y cultivar?n en esta perspectiva ?el talento m?s precioso: el esp?ritu?.?

La tarea de dirigir espiritualmente a los laicos en esta puesta en marcha del carisma no significa un l?mite a las posibilidades del carisma. Al contrario, mediante la direcci?n espiritual asidua, el laico asegura su fidelidad a la experiencia del Esp?ritu mientras que la mujer consagrada refuerza al laico en la vivencia del carisma, dirigi?ndolo, orient?ndolo, abri?ndole miras en lo que se refiere al carisma. El laico por su parte, en la medida en que asimila el carisma en primera persona, puede responder a las solicitaciones del mundo ofreciendo no s?lo obras o proyectos, sino sobretodo su vida vivida carism?ticamente: ?A su vez, los laicos ofrecer?n a las familias religiosas la rica aportaci?n de su secularidad y de su servicio espec?fico.?

Es necesario por tanto que la mujer consagrada se convierta en una directora espiritual que sepa tanto transmitir el carisma como guiar el proceso en que el carisma se va insertando en el mundo. Para ello su fidelidad personal al carisma, m?s que muchos conocimientos, ser? factor clave de este proceso. El frecuente di?logo espiritual, el asiduo trabajo de asesoramiento en un programa de vida, la planeaci?n conjunta de las actividades e iniciativas apost?licas ser?n factores que podr?n garantizar la actualizaci?n del carisma y de la misi?n por parte de los laicos.

Bibliograf?a

La experiencia del Esp?ritu fue un t?rmino utilizado por primera vez por Paulo VI al definir el carisma de la vida religiosa. Despu?s, el Magisterio lo ha aplicado para el carisma de las congregaciones o institutos de vida consagrada. Pablo VI consideraba el carisma de cada congregaci?n religiosa como un ?fruto del Esp?ritu? una experiencia del Esp?ritu Santo. Dicha terminolog?a ha sido adoptada ampliamente por varios documentos del magisterio de la Iglesia cuando hablan del carisma de una congregaci?n o instituto religioso. Paulo VI, Evangelica testificatio, 29.6.1971, n. 11.
Durante el presente ensayo al hablar de carisma, estar? hablando de carisma de cada congregaci?n o instituto de vida consagrada, ci??ndome a esta definici?n del carisma, es decir, un don que Dios concede a unos hombres para el bien de la Iglesia. Me apoyar? tambi?n en una definici?n complementaria que da Juan Pablo II: ?El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los carismas como dones del Esp?ritu Santo para la edificaci?n del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su misi?n salvadora en el mundo.? Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Christifideles laici, 30.12.1988, n. 21.
?En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. ?Acaso no era ?ste el sentido ?ltimo de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?? Juan Pablo II, Carta apost?lica Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001, n. 30.
Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2d.
Fabio Ciardi, Esperti di comunione, Edizioni San Paolo, Milano, 1999, p. 133.
?Estos nuevos caminos de comuni?n y de colaboraci?n merecen ser alentados por diversos motivos. En efecto, de ello se podr? derivar ante todo una irradiaci?n activa de la espiritualidad m?s all? de las fronteras del Instituto, que contar? con nuevas energ?as, asegurando as? a la Iglesia la continuidad de algunas de sus formas m?s t?picas de servicio. Otra consecuencia positiva podr? consistir tambi?n en el aunar esfuerzos entre personas consagradas y laicos en orden a la misi?n: movidos por el ejemplo de santidad de las personas consagradas, los laicos ser?n introducidos en la experiencia directa del esp?ritu de los consejos evang?licos y animados a vivir y testimoniar el esp?ritu de las Bienaventuranzas para transformar el mundo seg?n el coraz?n de Dios.? Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 55.
Antonio Maria Sicari, excus?ndose por utilizar un lenguaje administrativo, expone el hecho de que las personas consagradas, como todos los fieles cristianos, tienen la responsabilidad de administrar sabiamente los dones de Dios. El carisma, siendo un don para la Iglesia, debe ser administrado cuidadosamente por personas consagradas, ya que ellas lo han recibido en forma original y a ellas toca desarrollarlo.
?Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.? Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.

Antonio Maria Sicari, Gli antichi carismi nella Chiesa, Baca Book, Milano, 2002, p. 61.
Pier Giordano Cabra, Tempo di prova e di speranza, ?ncora editirice, Milano, 2005, p. 111.
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 25.
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Christifideles laici, 30.12.1988, n. 33.
?Se debe pues afirmar que la misi?n es esencial para cada Instituto, no solamente en los de vida apost?lica activa, sino tambi?n en los de vida contemplativa. En efecto, antes que en las obras exteriores, la misi?n se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal.? Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Christifideles laici, 30.12.1988, n. 72.
Antonio Maria Sicari, Gli antichi carisma nella Chiesa, Jaca Book, Milano, 2002, p. 101
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita * Preguntas y comentarios al autor

Publicado por mario.web @ 10:33
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