Martes, 03 de mayo de 2011
El cristiano no pone la mano en el arado de la vida y de la historia para mirar hacia atr?s, sino para labrar la tierra que tiene por delante.
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Los cristianos del futuro
Los cristianos del futuro


Los cristianos del futuro y el futuro de los cristianos

?En la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atr?s, y menos para dejarse llevar de la pereza? (Novo millennio ineunte : NMI 15). El cristiano no pone la mano en el arado de la vida y de la historia para mirar hacia atr?s, sino para labrar la tierra que tiene por delante.

Si el cristiano es hombre de futuro, el futuro ser? siempre cristiano. Este es el verdadero reto de la historia. Aqu? est? en juego el dinamismo del evento cristiano y su potencia salvadora en el coraz?n del mundo. En esto consiste el verdadero dilema del siglo XXI: o ganamos el futuro con Cristo y para Cristo o simplemente el mundo dejar? de ser cristiano.

Tal vez el nombre cristiano no desaparezca del todo, pero pasar? a ser un residuo del pasado, un meteoro insignificante y casi olvidado en la galaxia de la historia. En este sentido, una reflexi?n sobre el hecho cristiano a inicios del tercer milenio no s?lo parece oportuna, sino de una urgencia ineludible y de una necesidad indeclinable.
?Identidad y apertura!
Estas dos palabras son importantes al momento de elevar la mirada hacia el horizonte del mundo que se abre ante nosotros. No es intenci?n de estas reflexiones hacer una introspecci?n eclesial de cara al futuro, cosa que haremos en alg?n n?mero pr?ximo, pues lo consideramos un tema de grand?simo inter?s.

M?s bien, queremos en esta editorial ver el puesto de los cristianos en el futuro, teniendo en cuenta los retos que el futuro nos depara. Lo hacemos con fe, con amor y con grande esperanza.

?Identidad! O nos definimos en nuestra esencia y en nuestro mismo ser vital o sucumbiremos absorbidos por otras identidades. Salvaremos la identidad cristiana si creemos, amamos y vivimos coherentemente el misterio de la persona y de la misi?n de Jes?s de Nazaret, mes?as, hijo de Mar?a e Hijo de Dios, palabra y revelaci?n definitiva del Padre, redentor del hombre y del cosmos, presente viva y eficazmente en la historia mediante la acci?n de su Esp?ritu divino.

Esta es nuestra fe. Esta es nuestra vida. Esta es la entra?a misma de nuestra proclamaci?n entre los hombres. En esta profesi?n de fe, verdadera roca de la existencia en Cristo, todos los cristianos estamos unidos. Juan Pablo II ha podido constatar que ?al hacernos poner la mirada en Cristo, el Gran Jubileo ha hecho tomar una conciencia m?s viva de la Iglesia como misterio de unidad? (NMI 48).

Las diferencias existen, y no hay que negarlas ni olvidarlas, pero es el momento de subrayar lo que nos une m?s que lo que nos separa, y tal vez incluso nos supera.

Si desgastamos muchas energ?as en resaltar lo que nos separa, quedaremos desprovistos de fuerza para llevar hasta la cumbre del tiempo lo que constituye nuestra identidad com?n y nuestra tarjeta de presentaci?n ante los hombres de otras creencias o de otras religiones.

Hemos de pensar que el futuro nos est? gritando a voces el sentido de lo esencial, en medio de la precariedad de los acontecimientos, del mercado de las ideolog?as y del bazar de los movimientos religiosos alternativos.

Bruno Forte ha escrito con raz?n que ?el gran reto en estos a?os para la conciencia cristiana, sobre todo de la Europa Occidental, es el de ofrecer horizontes unificantes, no ideol?gicos y no violentos, capaces de promover el compromiso com?n para la construcci?n de una sociedad igualitaria y solidaria para todos? (?D?nde va el cristianismo?, Palabra, Madrid 2001, 20-21).



?Identidad! ?La triste herencia del pasado nos afecta todav?a al cruzar el umbral del nuevo milenio? (NMI 48).
La experiencia hist?rica del segundo milenio cristiano abog? por la divisi?n y la diversidad, rompiendo la tela incons?til de la ?nica Iglesia de Cristo.

El tercer milenio est? abogando por la comuni?n y convocaci?n de todos en la ?nica Iglesia de Cristo, por m?s que ?stas sean todav?a imperfectas e incompletas.

En nuestra identidad cristiana no podemos hacer caso omiso de la penosa divisi?n, ni de las consecuencias que de ella se derivan en la concepci?n teol?gica y en las actitudes y comportamientos pr?cticos.

Pero la invocaci?n de Cristo ut unum sint ?es, a la vez, imperativo que nos obliga, fuerza que nos sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez de coraz?n? (NMI 48).

En virtud de nuestra identidad cristiana, con todo, podemos juntos rezar el credo apost?lico, juntos leer y meditar el Evangelio, juntos rezar el padrenuestro, juntos llevar a cabo la colaboraci?n de la caridad y, sobre todo, el gran ecumenismo de la santidad y del martirio (cf NMI 48). .

Mirando hacia el futuro del ecumenismo el Card. Walter Kasper ha dicho: ?Tenemos una cosa importante que hacer en el curso del siglo XXI en el que estamos: buscar comprender, interesarnos por el problema, profundizarlo, acercarnos a ?l con simpat?a, con apertura de esp?ritu, hasta el punto que nos convenzamos de la necesidad de pedir al Se?or que nos conceda ser uno en la alabanza y en la adoraci?n.

El ecumenismo no es un accesorio. La cosa m?s importante es estar convencido de que no es una opci?n? (L?unit? des disciples du Christ, en ?Les D?fis de l??glise au XXIe si?cle?, ?ditions Saint-Augustin, Saint-Maurice 2001, 123).



?Identidad! O sea, un estilo propio de estar en el mundo, de vivir la fe, de actuar en la historia, de mirar a nuestro alrededor.
El cristiano est? en el mundo para hacer presente en ?l a Jesucristo con su poder de salvaci?n.

El cristiano vive su fe en un clima ardiente de oraci?n, en comuni?n de corazones con sus hermanos, ejercit?ndose en la diacon?a de la verdad y de la caridad. El cristiano act?a en la historia para hacerla virar, en cuanto sea posible, hacia metas dignas del hombre, hacia puertos seg?n Dios.

El cristiano mira a su alrededor buscando a quien ayudar, con qui?n colaborar para construir un mundo m?s civilizado y m?s humano, a quien extender la mano por pasar necesidad, a quien hacer part?cipe de su amor, de su fe y de su esperanza. Identidad es presencia: presencia teologal en la oficina y en el metro, en las playas de la riviera maya o en las aulas de la universidad, en un estadio de f?tbol o en un discoteca de mucho rumbo.

Ning?n lugar de la presencia humana queda excluido de la presencia cristiana, una presencia ver?dica, profundamente humanizadora y salv?fica.

Esta presencia en la vida es tarea principal de los laicos. Dios ha hecho surgir en nuestro tiempo los Movimientos eclesiales, dentro del laicado, para que esta fuerza transformante de la realidad cotidiana se encarne en el tiempo y en el espacio, o sea, en la historia del siglo que comenzamos.



?Identidad y apertura! Se puede vivir unidos en lo esencial, con formas diversas de encarnar la identidad.
Este principio es v?lido para todos los cristianos sea en relaci?n a su comunidad eclesial sea respecto a otras confesiones cristianas.

Tambi?n con los miembros de otras religiones o con los no creyentes podemos vivir unidos en algunas cosas esenciales, aunque en este caso las diferencias sean mucho m?s fundamentales y notables. Con todo, la identidad no est? re?ida con la apertura a la alteridad.

M?s a?n, en la apertura se capta en modo m?s pleno aquello que es imprescindible para permanecer id?nticos. Una mentalidad abierta es fundamental en los cristianos de hoy y del futuro, para que el cristianismo no s?lo sobreviva, sino sobre todo sea fermento y luz de las sociedades humanas en todos los rincones del planeta tierra.

La imagen de la Iglesia como basti?n inexpugnable no corresponde a la Iglesia querida por Cristo. M?s bien, la Iglesia es ciudad abierta y sin murallas, pueblo de Dios, que camina al lado de los hombres por los caminos del tiempo, con dos tesoros que compartir con los dem?s: el Evangelio y el amor cristiano.



?Identidad y apertura!
No es nuestra intenci?n ocultar bajo estos dos t?rminos una actitud ir?nica, indiferenciada, relativista o excesivamente condescendiente con la realidad de la historia.

Estamos convencidos de que ?el di?logo no puede basarse en la indiferencia religiosa? (NMI 56), pero tambi?n de que la Iglesia no s?lo ha dado, sino tambi?n recibido de la historia y del desarrollo del g?nero humano (cf GS 44). Identidad y apertura son las bases del aut?ntico di?logo.

Por otra parte, saber dialogar es un arte, una t?cnica, y sobre todo un don de Dios, que ?l concede a quien humildemente lo pide. Saber dialogar es capacidad de escucha y de propuesta. Saber dialogar es entablar relaciones de mutuo entendimiento, de comprensi?n y confianza rec?procas.

Saber dialogar es decir amorosamente la verdad, sin temor de ofender al interlocutor. Saber dialogar es presentarse al otro, desmantelado de cualquier tipo de prejuicios, desnudo de todo lo que no sea el ser y vivir cristianos.

Saber dialogar es tratar de conocer a fondo la verdad del interlocutor, abriendo el alma, bajo la acci?n del Esp?ritu de Dios, a todo lo que es ?verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, todo cuanto sea virtud o valor? (Fil 4, 8). Saber dialogar es decir al otro: ?te amo como eres?, aunque en el fondo del alma uno quisiera decirle tambi?n: ?te quiero cristiano como yo?.


?Identidad y apertura! Los hombres de nuestro tiempo tienen ante s? enormes desaf?os que afrontar.
El Papa menciona el desequilibrio ecol?gico, el problema de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de guerras catastr?ficas, el vilipendio de los derechos humanos, los problemas relativos al respeto a la vida y a las nuevas potencialidades de la ciencia, especialmente en el terreno de las biotecnolog?as (cf NMI 51).

Luis Gonz?lez-Carvajal se?ala, a su vez, siete grandes problemas de la humanidad: la mundializaci?n, el reto del capitalismo global, el reto de las grandes migraciones, el reto de la diversidad cultural, el reto del di?logo interreligioso, el reto de las experiencias tecnol?gicas de alto riesgo y el reto de la increencia (Los cristianos del siglo XXI. Interrogantes y retos pastorales ante el tercer milenio, Sal Terrae, Santander 2000).

No son todos, y cada uno de ellos comprende en su seno otros retos m?s peque?os. Si cabe decir que la vida para todo ser viviente es un reto, para el hombre el vivir es sentir en la entra?a del alma el escalofr?o desafiante de la realidad que le viene encima como una avalancha incontenible.

?La paloma de la paz vuela con un ala herida! En los discursos de los gobernantes, todos quieren curarla para que vuele por los espacios del planeta con libertad y llevando prosperidad y alegr?a.

La realidad concreta no siempre responde a las palabras. Los cristianos est?n, sin embargo, apostando de palabra y de obra por la paz. Creemos en ?el Pr?ncipe de la Paz?. Creemos en su poder desarmado. Creemos en su acci?n misteriosa en el interior de las conciencias.

Estamos convencidos de que los hombres anhelan la paz, de que la paz es posible, de que la paz se basa sobre la justicia y, por consiguiente, sobre los derechos fundamentales de los seres humanos.

Hay que valorar la belleza de la paz para respetarla y amarla, para darle el primer puesto en el concierto de las naciones, para trabajar por construirla con paciencia y constancia all? donde ha sido desmoronada y destruida.

Con Juan XXIII queremos construir la paz sobre cuatro pilares: la verdad, la justicia, el amor y la libertad (cf Pacem in terris, I). Con Juan Pablo II creemos y trabajamos por un nuevo orden moral internacional, que d? a los hombres y mujeres la posibilidad de vivir en libertad, en justicia y seguridad; buscamos realizar ?gestos de paz, que creen una tradici?n y una cultura de paz? (Cf Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2003, ns. 6.9).



?Mundializaci?n!
Es decir, interconexi?n e interdependencia, globalizaci?n, gracias al desarrollo de los transportes y de las comunicaciones.

Sobre todo, mundializaci?n y globalizaci?n quiere decir internacionalizaci?n del comercio, de la producci?n y del capital financiero con flujos especulativos a muy corto plazo.

Las innovaciones tecnol?gicas en las telecomunicaciones y en la inform?tica permiten hacer operaciones financieras en tiempo real durante las veinticuatro horas del d?a.

Ante la categor?a de lo mundial, el cristiano no puede encerrarse en la concha de su interioridad con los ojos cerrados a su entorno. Tampoco puede abrir de par en par y acr?ticamente las puertas de su conciencia a este fen?meno global que, con sus luces y sombras, requiere dosis no peque?a de discernimiento.

Tiene que ser cristiano, y desde su fe emprender la tarea de analizar e iluminar la mundializaci?n con el evangelio y, en la medida de lo posible, convertirla y conquistarla para Jesucristo. Porque el cristiano es cat?lico, universal, y ?debe considerarse verdaderamente ciudadano del mundo entero? (Juan XXIII, Discurso en la festividad de Pentecost?s de 1960).

Plat?n consideraba divinas las fronteras entre los estados, el cristiano tiene a honra el ser un hombre sin fronteras, porque la fe no puede estar limitada ni geogr?fica ni pol?ticamente.

Mundializar la fe es una empresa no para cristianos alicortos y t?midos, sino para cristianos de fuste, que viven y vibran con lo que creen.

Mundializar la fe consiste, en el campo de la econom?a, poner en el centro la persona, no el capital; guiarse por la l?gica de la solidaridad, no por la de la competitividad y explotaci?n; renunciar al darwinismo social, en el que el pez grande se come al chico, y ponderar con energ?a y debidamente los derechos del hombre y de su dignidad (cf Jes?s Mart?nez Gordo, ?Ad?nde va el cristianismo? Una aportaci?n a partir de la teolog?a en lengua espa?ola, en: Lumen LI/3 (2002) 219).

Las experiencias tecnol?gicas l?mite del m?s alto riesgo seguir?n avanzando por las v?as de la historia en nuestro nuevo siglo y milenio.

Desgraciadamente, la ciencia y la t?cnica no siempre caminan de la mano de la ?tica y de la legalidad. Junto a grandes cient?ficos serios y responsables ante las consecuencias de la experimentaci?n, seguir? habiendo otros desprovistos de cualquier criterio que no sea la eficiencia y el ?xito.

Aun cuando no se diga expl?citamente, existe una especie de imperativo tecnol?gico, que podr?amos enunciar: ?factibile, faciendum?. Es decir, ?Si algo se puede hacer, hay que hacerlo?.

El cristiano sabe que la ciencia y la t?cnica son una centella de la sabidur?a divina, encendida en la mente humana; sabe que la ciencia y la t?cnica son buenas, pero sabe igualmente que en el coraz?n humano anida el mal.

Sabe que el hombre puede usar bien de la ciencia y de la t?cnica, pero que puede tambi?n hacer un uso destructor e inhumano. Se quiera o no, es evidente que la ciencia y la t?cnica tienen sus razones, que la raz?n no comprende.

Por eso, es necesario que todos los cristianos nos unamos para gritar la verdad del hombre, la salvaguarda intacta de la creaci?n, los l?mites infranqueables del uso del saber, las aberraciones monstruosas a que puede llegar una ciencia disparada hacia el futuro sin control alguno. Un grito que la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe ha formulado en estos t?rminos: ?la ciencia sin conciencia no conduce sino a la ruina del hombre? (Donum vitae, 2).

El siglo XXI ser? un siglo de grandes migraciones. Existen hoy, seg?n datos de las Naciones Unidas, 130 millones de inmigrantes, o sea, el 2% de la poblaci?n mundial vive en un pa?s distinto del que le vio nacer.

Este n?mero, con los a?os, no tiende a disminuir sino a aumentar, porque no se puede poner fronteras al hambre y a la miseria, ni levantar muros infranqueables contra el derecho a la libertad.

Como cristianos proclamamos el derecho a la emigraci?n, pues, con palabras de Juan Pablo II, ?no existe el forastero para quien debe hacerse pr?jimo del necesitado? (EV, 41c).

Es un derecho natural de los hombres, no un favor de los gobiernos, motivado por compasi?n, por necesidad de mano de obra o por conveniencias pol?ticas, pero que implica el deber de aceptar las leyes y los valores tradicionales y morales de la naci?n a la que se emigra.

Es un derecho que conlleva todos los dem?s derechos exigidos por la dignidad de la persona humana. Los gobiernos, a su vez, tienen la obligaci?n y el derecho de regular la inmigraci?n y de legislar sobre ella en conformidad con los principios fundamentales del derecho internacional.

Los cristianos estamos a favor de los derechos humanos, y los hemos de defender siempre contra cualquier forma de atropello que los quiera malherir o eliminar., porque todo lo que es profundamente humano lleva la etiqueta de cristiano.

El fen?meno migratorio plantea dos graves cuestiones al futuro de la humanidad y del cristianismo: la diversidad cultural y la diversidad religiosa. Ante estas dos instancias hist?ricas, no cabe otra postura para los cristianos que dialogar y colaborar o no contar casi para nada en la gestaci?n del futuro.

En el futuro existir? una creciente presencia de varias culturas, al mismo tiempo que de interacci?n cultural, en Europa, Am?rica y Ocean?a, pero tambi?n, aunque por otros motivos, en ?frica y Asia.

Los cristianos nada hemos de temer del pluralismo cultural, porque la fe en Jesucristo es capaz de adaptarse al molde de cualquier cultura, renov?ndola y reconstruy?ndola desde su mismo centro.

Por otra parte, los cristianos tenemos una gran riqueza que ofrecer a otras culturas, y estamos a la vez convencidos que es mucho lo que de bueno podemos de ellas recibir. Sabemos que no todo es bueno en una determinada cultura, pero reconocemos que todo lo bueno merece ser conservado, valorado, promovido y asimilado.

Los cristianos hemos de contribuir a que no se cumpla la profec?a de Huntington, en su libro el choque de las civilizaciones, seg?n el cual ?la fuente fundamental de conflictos en el nuevo milenio ser? cultural?.

Con el Concilio Vaticano II, los cristianos har?n realidad el que ?la Iglesia no pretende imponer una r?gida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos.

Examina con simpat?a y, si puede, conserva ?ntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no est? indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal de que se pueda armonizar con el verdadero y aut?ntico esp?ritu lit?rgico? (SC, 37).

Ante la diversidad cultural, la Iglesia ha apostado y continuar? apostando por la inculturaci?n de la fe, de los comportamientos, de la Liturgia y, con el paso del tiempo, del mismo Derecho can?nico. La Iglesia ?nos recuerda Juan Pablo II?est? llamada a ser ?signo e instrumento de la unidad de las culturas y las naciones en una ?nica familia? (Mensaje con ocasi?n de la 89? Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 5).

Junto a la diversidad cultural, la diversidad religiosa. En Europa hay al presente m?s de 15 millones de musulmanes. Jud?os, en Europa los ha habido desde antes del cristianismo y est?n tambi?n presentes en Am?rica, sobre todo del Norte, y en otros continentes en n?mero m?s reducido.

Budistas, indu?stas, y miembros de otras religiones orientales, aunque sean grupos minoritarios todav?a, ir?n creciendo num?ricamente en Europa y en Am?rica, continentes de mayor?a cristiana. La pol?tica de choque y enfrentamiento ha quedado atr?s.

El siglo XXI ser? un siglo de di?logo interreligioso. Para los cristianos ser? una buena ocasi?n de ahondar en la propia fe, de conocer mejor otras religiones existentes en nuestro tiempo, de constatar que la experiencia religiosa es omnipresente en la humanidad, aunque la forma de expresarse sean muy variadas.



El di?logo interreligioso llegar? a ser mentalidad, y por ello se har? presente en la vida diaria, en la colaboraci?n y solidaridad, en encuentros interreligiosos de oraci?n, en convenios teol?gicos.

La uni?n y colaboraci?n de las religiones es cada vez m?s urgente, si queremos dar un alma al mundo occidental tan materializado y tecnificado. Con Juan Pablo II repetiremos: ?Deber?a ser evidente para todos que el di?logo interreligioso ha cobrado una urgencia nueva e inmediata en las actuales circunstancias hist?ricas? (Discurso a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para el Di?logo Interreligioso, 13 de noviembre de 1992).


Un reto no menos evidente es la increencia ambiental, o sea, un talante generalizado de vivir sin religi?n, de despedir a Dios de la propia vida sin dolor ni odio. En nuestro tiempo hay hombres que est?n aprendiendo a vivir sin Dios y ser felices, llegando a ser simplemente un animal inteligente y h?bil.

Nos queda, con todo, la certeza de que el hombre no es un ser irreversible, de que puede dar un viraje a su vida de trescientos sesenta grados.

Hacemos nuestra la reflexi?n de Henry de Lubac que dec?a: ?El hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero ser? para organizarla contra el hombre? (El drama del humanismo ateo, EPESA, Madrid 1967, 11), y al tomar conciencia de esta realidad, cambiar? el rumbo de su existencia en busca de un sentido.

Como cristianos somos creyentes, amamos y vivimos nuestra fe en Cristo. Como cristianos debemos reflejar en nosotros el rostro de Dios, para que los hombres no se olviden de ?l. La increencia es un latigazo a nuestra pereza espiritual, a nuestra cobard?a evangelizadora, a nuestra fe no poco mezquina y raqu?tica.

La increencia tiene que ser un despertador de las fuerzas vitales y poderosas de la fe sencilla y aut?ntica. De este modo, a la vuelta de los a?os, el hombre, ciego en su poder y enfatuado con sus conquistas, abrir? los ojos y descubrir? como en entreluz el rostro de Dios. As? lo esperamos con ardor.

Frente a estos retos gigantescos, y otros muchos de menor envergadura, algunas instancias reclaman con vigor la atenci?n de los cristianos.

Las indicamos, a modo de conclusi?n, conscientes de que cada una de ellas requerir?a una editorial. Primeramente, la familia, esta realidad tan debatida y zarandeada en nuestro tiempo.

Una familia cristiana que viva unida, que sea ?ntegra, fecunda y santa es garant?a de futuro para el cristianismo. Junto a la familia, la juventud es una instancia suprema en nuestro tiempo.

Gracias a Dios, han mejorado mucho las relaciones de la Iglesia con los j?venes y de ?stos con la Iglesia. No basta lo que se ha hecho. El futuro se llama juventud. Juan Pablo II lo ha entendido. ?Lo entendemos todos los cristianos?

Atraer la juventud hacia Cristo, educarla en la fe y en vida cristiana, comprometerla en la acci?n apost?lica es una prioridad sin precedencia, si deseamos un futuro m?s cristiano.

En estrecha relaci?n con la juventud, las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, a la radicalidad evang?lica. S?, porque las vocaciones surgen sobre todo en la juventud, porque los j?venes necesitan maestros y gu?as expertos en las cosas de Dios, porque los sacerdotes son las manos de Dios para bendecir al mundo, los pies de Dios para recorrer todos los caminos y llevar el evangelio a todos los rincones de la tierra, los labios de Dios para predicar la verdad de Dios que resplandece en el rostro de Cristo por la acci?n del Esp?ritu Santo.

Finalmente, todos: sacerdotes, consagrados, juventud, familia, llamados a ser santos, viviendo esta vocaci?n a la santidad, si es necesario, hasta el derramamiento de la propia sangre por Cristo y su Evangelio.

La santidad es la verdadera puerta por la que los cristianos entrar?n en el futuro y en ?l permanecer?n para enderezarlo hacia Jesucristo, redentor del hombre.


Publicado por mario.web @ 11:43
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