Martes, 03 de mayo de 2011
En materia de tolerancia, tal vez m?s que en cualquier otra, la confusi?n reina tan completamente que parece indispensable esclarecer el alcance de los t?rminos, antes de abordar el m?rito de la cuesti?n.
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?Qu? es la Tolerancia?
?Qu? es la Tolerancia?


En materia de tolerancia, tal vez m?s que en cualquier otra, la confusi?n reina tan completamente que parece indispensable esclarecer el alcance de los t?rminos, antes de abordar el m?rito de la cuesti?n.

?Qu? es precisamente la tolerancia?


Imag?nese la situaci?n de un hombre que tiene dos hijos, uno de principios sanos y voluntad fuerte, y otro de principios indecisos y voluntad vacilante. Aparece, de paso por el lugar en que la familia reside, un profesor que dar? un curso de vacaciones extraordinariamente ?til a ambos. El padre desea que sus hijos sigan el curso, pero ve que esto implicar? privarlos de varios paseos a los cuales ambos est?n muy apegados.

Pesados los pros y contras, fija su juicio sobre el asunto: m?s conviene a sus hijos renunciar a algunas distracciones, por lo dem?s muy leg?timas, que perder una ocasi?n rara de desarrollarse intelectualmente. Manifestada la deliberaci?n a los interesados, la actitud de ?stos es varia. El primero, despu?s de un momento de duda, accede a la voluntad paterna. El otro se lamenta, implora, suplica a su padre que cambie su resoluci?n; da muestras tales de irritaci?n, que un grave movimiento de rebeli?n de su parte es de temer.

Ante esto, el padre mantiene su decisi?n con relaci?n al hijo bueno. Pero, considerando lo que le cuesta al hijo mediocre el esfuerzo de la rutina escolar; previendo las muchas ocasiones de tensi?n que en la vida diaria surgen en las relaciones entre ambos, para la eventual salvaguardia de principios morales impostergables, juzga mejor no insistir. Y conveniente en que el hijo no haga el curso.

?Actuando as? con el hijo mediocre y tibio, el padre le dio una autorizaci?n a disgusto. Un permiso que no es de modo alguno una aprobaci?n. Un permiso que le fue casi arrancado. Para evitar un mal (la tensi?n con el hijo), consinti? en un bien menor (las excursiones de vacaciones),y desisti? de un bien mayor (el curso). Es a este tipo de consentimiento dado sin aprobaci?n, y a?n con censura, se llama tolerancia.

Claro est? que, a veces, la tolerancia es el consentimiento no s?lo en un bien menor para evitar un mal, sino en un mal menor para evitar uno mayor. Ser?a el caso de un padre que, teniendo un hijo que contrajo varios vicios graves y puesto ante la imposibilidad? de hacerlos cesar todos, forma el prop?sito de combatirlos sucesivamente. As? mientras procura obstar a un vicio, cierra los ojos a todos los dem?s. Este cerrar de ojos, que es un consentimiento dado con profundo disgusto, busca evitar un mal mayor, es decir, que la enmienda moral del hijo se torne imposible. Se trata caracter?sticamente de una actitud de tolerancia.

Como acabamos de ver, la tolerancia s?lo puede ser practicada? en situaciones anormales. Si no hubiese malos hijos, por ejemplo, no habr?a necesidad de tolerancia de parte de los padres.

As?, en una familia, cuanto m?s los miembros fueren? forzados a practicar la tolerancia entre s?, tanto m?s la situaci?n ser? an?mala.

Si?ntese mucho la realidad de lo que aqu? est? dicho, considerando el caso de una Orden Religiosa o de un ej?rcito en que los jefes o superiores tengan que usar habitualmente una tolerancia sin l?mites con sus subordinados. Tal ej?rcito no est? apto para ganar batallas. Tal Orden no est? caminando hacia las altas y rudas cimas de la perfecci?n cristiana.

En otros t?rminos, la tolerancia puede ser una virtud. Pero es virtud caracter?stica de las situaciones anormales, inestables, dif?ciles. Ella es, por as? decir, la cruz de cada d?a del cat?lico fervoroso, en las ?pocas de desolaci?n, de decadencia espiritual y de ruina de la Civilizaci?n Cristiana.

Por esto mismo se comprende que sea tan necesaria en un siglo de cat?strofe, como el nuestro. En todo momento, el cat?lico se encuentra en nuestros d?as en la contingencia de tolerar algo en el tranv?a, en el autob?s, en la calle, en los lugares en que trabaja, en las casas que visita, en los hoteles en que veranea: encuentra en todo momento abusos que le provocan un grito interior de indignaci?n. Grito que es a veces obligado a silenciar para evitar un mal mayor. Grito que, entretanto, en ocasiones normales ser?a un deber de honra y coherencia el manifestarlo.

De paso es curioso observar la contradicci?n en que caen los adoradores de este siglo. Por un lado, elevan enf?ticamente a las nubes sus cualidades, y silencian o subestiman sus defectos. Por otro, no cesan de apostrofar a los cat?licos intolerantes, suplicando tolerancia, bramando por tolerancia, exigiendo tolerancia, a favor del siglo. Y no se cansan de afirmar que esa tolerancia debe ser constante, omn?moda y extrema. No se comprende c?mo no perciben la contradicci?n en que caen: s?lo hay tolerancia en la anomal?a y, proclamar la necesidad de mucha tolerancia, es afirmar la existencia de mucha anomal?a.

De cualquier manera, griegos y troyanos concuerdan en reconocer que la tolerancia en nuestra ?poca es muy necesaria.

As?, es f?cil percibir cu?nto yerra el lenguaje corriente a respecto de la tolerancia. En efecto, habitualmente se presta a este vocablo un sentido elogioso. Cuando se dice que alguien es tolerante, esta afirmaci?n viene acompa?ada de una serie de alabanzas impl?citas o expl?citas: alma grande, gran coraz?n, esp?ritu amplio, generoso, comprensivo, naturalmente propenso a la simpat?a, a la cordura, a la benevolencia. Y, como es l?gico, el calificativo de intolerante tambi?n trae consigo una secuela de censuras m?s o menos expl?citas: esp?ritu estrecho, temperamento bilioso, mal?volo, espont?neamente inclinado a desconfiar, a odiar, a resentirse y a vengarse.

En realidad, nada es m?s unilateral. Pues, si hay casos en que la tolerancia es un bien, otros hay en que es un mal. Y puede llegar a ser un crimen. As?, nadie merece encomio por el hecho de ser sistem?ticamente tolerante o intolerante, si no por ser una u otra cosa de acuerdo a lo que exijan las circunstancias.

?Antes de todo, es necesario subrayar que existe una situaci?n en la cual el cat?lico debe ser siempre intolerante, y esta regla no admite excepciones. Es cuando se desea que, para complacer a otros, o para evitar alg?n mal mayor, practique alg?n pecado. Pues todo pecado es una ofensa a Dios. Y es absurdo pensar que en alguna situaci?n Dios pueda ser virtuosamente ofendido.

?Y esto es tan obvio, que parecer?a superfluo decirlo. Entre tanto, en la pr?ctica, cu?ntas veces ser?a necesario recordar este principio. As?, por ejemplo, nadie tiene el derecho de, por tolerancia con los amigos, y con la intenci?n de despertar su simpat?a, vestirse de modo inmoral, adoptar las maneras licenciosas o livianas de las personas de vida desarreglada, ostentar ideas temerarias, sospechosas o incluso err?neas, o alardear de tener vicios que en la realidad -por la gracia de Dios- no se tienen.

Que un cat?lico, consciente de los deberes de fidelidad que tiene en relaci?n con la escol?stica, profese otra filosof?a s?lo para granjearse simpat?as en cierto medio, es una forma de tolerancia inadmisible. Pues peca contra la verdad quien profesa un sistema que sabe que tiene errores,? a pesar de que estos no sean contra la fe.

Pero los deberes de la intolerancia, en casos? como estos, van m?s lejos.

No basta que nos abstengamos de practicar el mal. Es incluso un deber que nunca lo aprobemos, por acci?n o por omisi?n.

Un cat?lico que, ante del pecado o del error, toma una actitud de simpat?a, peca contra la virtud de la intolerancia. Es lo que se da cuando se presencia, con una sonrisa, sin restricciones, una conversaci?n o una escena inmoral; o cuando, en una discusi?n, se reconoce a otros el derecho a abrazar la opini?n que quieran sobre religi?n. Esto no es respetar a los adversarios, sino ser conniventes con sus errores o pecados. Esto es aprobar el mal. Y esto, un cat?lico no puede hacerlo jam?s.

?A veces, sin embargo, se llega a eso pensando que no hay pecado contra la intolerancia. Es lo que ocurre cuando ciertos silencios frente al error o al mal dan la idea de una aprobaci?n t?cita.

En todos estos casos, la tolerancia es un pecado, y s?lo en la intolerancia consiste la virtud.

Leyendo estas afirmaciones es admisible que ciertos lectores se irriten. El instinto de sociabilidad es? natural al hombre. Y este instinto nos lleva a convivir con los otros de modo armonioso y agradable.

Ahora bien, en circunstancias cada vez m?s numerosas, el cat?lico est? obligado, dentro de la l?gica de nuestra argumentaci?n, a repetir? delante del siglo el heroico ?Non Possumus? de P?o IX: No podemos imitar, no podemos concordar, no podemos callar. Enseguida se crea en torno de nosotros aquel ambiente de guerra fr?a o caliente con que los partidarios de los errores y modas de nuestra ?poca persiguen con implacable intolerancia, y en nombre de la tolerancia, a todos los que osan no concordar con ellos. Una cortina de fuego, de hielo, o simplemente de celof?n nos cerca y a?sla. Una velada excomuni?n social nos mantiene al margen de los ambientes modernos. Y a esto el hombre tiene casi tanto miedo como a la muerte. O m?s que a la propia muerte.

?No exageramos. Para tener derecho de ciudadan?a en tales ambientes, hay hombres que trabajan hasta matarse con infartos y anginas card?acas; hay se?oras que ayunan como ascetas de la Tebaida, y llegan a exponer gravemente su salud. Para perder una ?ciudadan?a? de tal ?valor?, s?lo por amor a los principios, ?ser?a necesario realmente amar mucho a los principios!

Otra dificultad es la pereza. Estudiar un asunto, compenetrarse de ?l, tener enteramente a mano en cualquier oportunidad los argumentos para justificar una posici?n: cu?nto esfuerzo... cu?nta pereza. Pereza de hablar, de discutir, es claro. Sin embargo, a?n m?s, pereza de estudiar. Y sobre todo, la suprema pereza de pensar con seriedad sobre algo, de compenetrarse de algo, de identificarse con una idea, un principio! La pereza sutil, imperceptible, omn?moda, de ser serio, de pensar seriamente, de vivir con seriedad, cuanto aparta de? esta intolerancia inflexible, heroica, imperturbable, que en ciertas ocasiones y en ciertos asuntos es hoy como siempre el deber del verdadero cat?lico.

La pereza es hermana de la displicencia. Muchos preguntaran por qu? tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto sacrificio, si una golondrina no hace verano, y con nuestra actitud los otros no mejoran. ?Extra?a objeci?n! Como si debi?semos practicar los Mandamientos s?lo para que los otros los practiquen tambi?n, y estuvi?semos dispensados de hacerlo en la medida que los otros no nos imiten.

Testimoniamos delante de los hombres nuestro amor al bien, y nuestro odio al mal, para dar gloria a Dios. Y aunque el mundo entero nos reprobase, deber?amos continuar haci?ndolo. El hecho de? que los otros no nos acompa?en, no disminuye los derechos que Dios tiene a nuestra entera obediencia.

Pero estas razones no son las ?nicas. Existe tambi?n el oportunismo. Estar de acuerdo con las tendencias dominantes, es algo que abre todas las puertas y facilita todas las carreras. Prestigio, confort, dinero, todo. Todo se torna m?s f?cil y m?s al alcance si se concuerda con la influencia dominante.

De este modo, puede verse cu?nto cuesta el deber de la intolerancia. Lo que nos da el punto de partida para el art?culo siguiente, donde pretendemos tratar de los l?mites de la intransigencia y de los mil medios que hay para eludirla.?????


Publicado por mario.web @ 11:50
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