Martes, 03 de mayo de 2011

Fuente: Catholic.net
Autor: Prof. Avv. Guzm?n Carriquiry Lecour


?El Continente de la esperanza?


Am?rica Latina es el "continente" de la esperanza. As? fue llamado por el Papa Pablo VI, hace cuarenta a?os, en el 1968. El mismo Pont?fice habia ya explicado el contenido de esta esperanza en su homil?a del 3 de julio de 1966, en la bas?lica de San Pedro, poniendo en relieve "la original vocaci?n" de Am?rica Latina de "componer en s?ntesis nueva y genial lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, regalo de los otros y su [?] misma originalidad", para dar "testimonio" de una "novissima civilt? cristiana". S.S Juan Pablo II retom? varias veces esta definici?n. Lo hizo en su primer viaje apost?lico, en M?xico, durante la inauguraci?n de la IIIa Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, a Puebla de los Angeles ( Enero de 1979 ). Desarollandolo en particolar modo en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1984. S.S Benedicto XVI mantiene esta tradici?n, y a la v?spera de su primer viaje a Am?rica Latina, en Brasil, habl? justo de esta tierra como del "continente" de la esperanza, el 6 de mayo de 2007, usando sucesivamente otras tres veces la susodicha definici?n.

Un utilizo tan frecuente de esta definici?n de parte de los Papas que han ?ltimamente ocupado el lugar de San Pedro, y siempre acogida con alegr?a del Episcopado Latinoamericano, nos lleva a preguntarnos cuales son las razones que la inspiran. ?Porqu? Am?rica Latina es definida de esta manera en el mundo? C?mo se justifica la expresi?n ?Continente de la esperanza??. Es necesario responder a estas preguntas de manera razonable y con argumentos convincentes, porqu? ser?a injusto y equivocado pensar, o tambi?n s?lo sospechar, que los Papas se hayan limitado a una vaga ret?rica tambi?n demag?gica. Los Papas saben bien, que en su magisterio, no se juega nunca con las palabras, porque las palabras no son solamente ret?rica pero sem?ntica, llevan un sentido, imprimen una direcci?n. A veces las palabras contienen una pol?tica, una filosof?a, una teolog?a.

Los tiempos que estamos viviendo son buenos para contestar a estas preguntas. De una parte, tenemos la gu?a alumbrante de la segunda enc?clica del pontificado de Benedicto XVI, la ?Spe Salvi?, que habla justo sobre la esperanza. De la otra parte, todav?a estamos viviendo el gran acontecimiento que fu? la V Conferencia General del episcopado latinoamericano que tuvo lugar en Aparecida ( mayo de 2007 ), inaugurada por el Papa Benedicto XVI, concluida con un ?ptimo documento final? Todo eso es motivo de esperanza en esta fase turbulenta que Am?rica latina est? viviendo.

Una esperanza sembrada en el Nuevo Mundo

El continente americano emerge en la historia mundial, al amanecer de la modernidad, en la primera fase de la globalizaci?n, de la mundializaci?n como una chocante novedad que, desde su g?nesis como algo imprimido en sus interiores, provoca un brinco de esperanza. Si en todas las profec?as mesi?nicos medioevales, antes y en el curso de las Cruzadas, la conquista de Jerusal?n fue asociada a la fin del mundo, con Cristoforo Col?n toma cuerpo un nuevo motivo que supera el precedente: la fin del mundo, la llegada del Reino definitivo, se une a la difusi?n del Evangelio por todas las tierras y a todas las gentes: "hasta a los extremos confines de la tierra". La novedad de la "tierra desconocida", pronto reconocida como el "Nuevo Mundo" y sucesivamente bautizada con el nombre de "Am?rica", fue percibida, en la conquista ib?rica y en las sucesivas trece colonias del Norte, como "tierra prometida" d?nde se habr?an realizado antiguos y nuevos ideales de libertad, de justicia y felicidad, una nueva frontera d?nde renacer? una nueva cristianidad, una nueva civilizaci?n.

En el dram?tico g?nesis de los nuevos pueblos americanos hubo un ?mpetu pascual. D?nde abund? la muerte - con la violencia de la conquista, con la destrucci?n de las civilizaciones ind?genas, con la explotaci?n de las masas aut?ctonas, con su derrumbamiento demogr?fico - rebos? un nuevo sentido de la vida y de la com?n dignidad humana, un nuevo aproche positivo en frente a la realidad, un nuevo sentido de pertenencia y esperanza. Con el derrumbamiento de los imperios ind?genas, construidos y sustentados como cada imperio, sobre violencia y explotaci?n, tambi?n se derrumbaron sus cosmogon?as llenas de pesimismo. Se ponia en discusi?n la concepci?n de un mundo en el cual las masas ind?genas son esclavas de los elementos del cosmos, sin espacio por la libertad (cfr. Spe Salvi, n. 5). Entre las contradicciones y a los compromisos de aquella fase hist?rica constituyente, fue anunciado el Dios de la vida, el Dios misericordioso, el Dios apasionado a la salvaci?n de los hombres, el Dios que revela la m?s sublime dignidad de cada criatura humana, el Dios que no es posesi?n de "pocos elegidos" y que revela todo su amor a los m?s peque?os, a los m?s pobres, como a los ind?genas y aquel indio, Juan Diego, que la Madre de Dios eligi? por anunciar el Evangelio. En un extraordinario y complejo encuentro entre pueblos, se form? un mestizaje ?tnico y cultural: fue superada la incomunicabilidad entre los miles mundos ind?genas y su dispersi?n, cada ?tnia o tribu dej? el paso a una nueva conciencia de la com?n dignidad humana, se extendieron los horizontes de la hermandad y solidaridad. En un ?mpetu de entusiasmo, lleno de esperanza, Jos? de Vasconcelos - ministro de la educaci?n durante la revoluci?n mexicana - hablar? sucesivamente del nacimiento de la "raza c?smica", en un continente donde se han citado todas las razas del mundo.

La tierra prometida del nuevo mundo fu? asi considerada la cuna de nuevos pueblos, de una nueva sociedad, un tipo de palingenesia humana, moral y espiritual frente a una Europa asediada por la "media luna" isl?mica, disgustada por los altos niveles de corrupci?n y violencia en las cortes principescas, con las iglesias locales sometidas a los emergentes Estados nacionales, un continente a punto de padecer la reforma protestante y las guerras de religi?n, con el capitalismo mercantil en lleno desarrollo, listo a idolatrar el oro.

Los grandes protagonistas y mensajeros de esta esperanza fueron los ?rdenes religiosos, lanzados en la evangelizaci?n de los nuevos pueblos. En su actividad misionera confluyeron elementos de regeneraci?n espiritual, la proyecci?n archetipica de las primitivas comunidades cristianas, las utop?as renacentistas y la voluntad de construir una "nueva cristianidad en las Indias". Muchos estudiosos han escrito sobre la "utop?a" americana de los misioneros, sobre el "reino milenario" de los franciscanos, sobre el influjo de Gioacchino da Fiore sobre el francescanesimo radical en Am?rica proyectado hacia la ?ltima fase de la historia, aquella del Esp?ritu Santo. Parece, en cambio, que ser renovados en la "observancia" antes de las acciones misioneras americanas, ( es decir, haber reformado por una nueva adhesi?n radical a los carismas originarios de los religiosos) , hayas sido la fuerza propulsiva de sus acciones. Su humanismo no fue caracterizado por sue?os est?ticos de belleza como aquel de la Italia renacentista, pero de pasi?n cristiana por el bien, por la libertad y la dignidad de los ind?genas. Una legi?n de misioneros fue protagonista de la "primera batalla por la justicia en Am?rica". Son ellos que profundizaron te?ricamente, a trav?s de la "Escuela de Salamanca", y defendieron arduamente, en los debates desarrollados alrededor de la monarqu?a y en la vida cotidiana de las nuevas sociedades americanas, la dignidad humana y los derechos fundamentales de los ind?genas, seg?n una renovada formulaci?n de la tradici?n giusnaturalista, que ser? luego a la base de la declaracion moderna de los derechos humanos.

Los predicadores no se limitaron a denunciar los abusos, ni a promover los medios legislativos y pr?cticos para proteger los ind?genas, pero trataron de crear las condiciones materiales, culturales y espirituales para hacerlos crecer en humanidad, para ser sus compa?eros y gu?as en la construcci?n de formas de vida m?s humanas, m?s congeniales a los ind?genas, m?s fraternas y solidarios. Hay un hilo de oro de la esperanza cristiana que recorre la obra misionera: de los "pueblos hospitales" de Vasco de Quiroga en Michoac?n, a las numerosas "reducciones" franciscanas y sobre todo a las grandes aldeas ind?genas en las misiones jesuitas, sobre todo aquellas entre los guaran?es del Paraguay y en la Cuenca del Plata. Se trat? de grandiosos tentativos de construir las bases de una nueva civilizaci?n, lejana del dominio de las armas y del reino del dinero, sin dominaciones, sin hambre ni analfabetismo, ni explotaci?n, d?nde se pudiera experimentar una nueva forma hist?rica de hermandad y felicidad. Adem?s, es conocido el vinculo entre estas realizaciones americanas y la "Utop?a" de Tommaso Moro y la "Ciudad del Sol? de Campanella. Hasta un superior de la Compa??a de Jes?s escribir? m?s tarde sobre las "reducciones" afirmando que "lo que los socialistas se propusieron en su socialismo utopistico, aqu? se han realizado sin necesidad de palabras y propuestas ut?picas."

Diferentes aspectos seculares de la esperanza

A esta fase de impulso misionero caracterizada por la gran esperanza cristiana repuesta en las nuevas tierras y en los nuevos pueblos, siguieron tiempos de sedimentaci?n y tambi?n de gradual cansancio y conformismo. No es una casualidad que el siglo XVIII es un tiempo de postraci?n eclesi?stica, de gran debilidad del centro romano, de control de las iglesias locales por parte de las monarqu?as nacionales; un tiempo de debilidad del pensamiento teol?gico y filos?fico dentro de la Iglesia, de fuerte resistencia frente al desarrollo del pensamiento iluministico con la cr?tica a la Iglesia como instituci?n del "ancien r?gime". A?n m?s: en las colonias hispanoamericanas, la Iglesia se encuentra desmantelada mediante y despu?s las guerras de independencia.

Las esperanzas americanas se ragruparon en aquel tiempo en las guerras de independencia, de emancipaci?n del dominio espa?ol y portugu?s, de construcci?n de las nuevas rep?blicas, pero sufrieron pronto una grave frustraci?n. Sim?n Bol?var, el gran "Libertador", el que proyect? grandes horizontes de libertad y gloria a las nuevas rep?blicas, que queria hacer de los territorios liberados "una gran naci?n", una confederaci?n americana, acaba sus dias en soledad abandonado de todos, amargado en la convicci?n de haber "arado" en el mar, seguro que las nuevas rep?blicas ser?n atropelladas por la anarqu?a y cerradas en la debilidad de la fragmentaci?n. Otro grande h?roe de las guerras de independencia, Jos? de San Mart?n, acaba sus dias en la hostilidad de todos y exiliato en Francia. Esta es la suerte de los m?s grandes h?roes y de las m?s grandes esperanzas de aquella generaci?n. Un atento historiador ha escrito que las primeras d?cadas de las nuevas rep?blicas han sido como cruzar el desierto; pero no se ha tratado de un tiempo de purificaci?n y de un camino movido por la esperanza de alcanzar la tierra prometida, sino de tiempo perdido entre el caos, las violencias, las guerras civiles, la fragmentaci?n y dispersi?n entre las muchas tierras americanas.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la esperanza de las ?lites de los "polis olig?rquicos" en las nuevas rep?blicas se concentr? en su inserci?n en el mercado del capitalismo en expansi?n, en lleno desarrollo de la revoluci?n industrial como socios dependientes y subalternos capaces de ofrecer las propias riquezas agr?colas y de las mineras. Una esperanza que se apoyaba sobre la imitaci?n de los grandes modelos de civilizaci?n y progreso, que fueron para ellos los ejemplos pol?ticos y culturales metropolitanos, sobre todo Inglaterra y Francia, mientras despreciaron y persiguieron la "barbarie" que identificaron con las masas mestizas del interior del pa?s, con sus "caudillos" y sus milicias, con las comunidades ind?genas, con el obscurantismo clerical. Se trat?, ciertamente, de una esperanza reducida a sus intereses y que excluia la gran mayor?a de la poblaci?n.

Un nuevo aspecto de la esperanza secular se asoma en las primeras d?cadas del siglo XX, bajo los ecos lejanos de la revoluci?n rusa, los impulsos de la revoluci?n mexicana y la primera generaci?n de estudiantes latinoamericanos que se desarrolla a partir de la "reforma de Cordoba". De todo eso emergen, entre los varios paises de America Latina, unos grandes movimientos nacionales y populares, que implican e incluyen vastos sectores sociales que emigran de los campos a las ciudades en tiempos de intensa urbanizaci?n, de industrializaci?n, de diferenciaci?n social y de ampliamento de las democracias. El agotamiento de esta fase es evidente en los a?os Cincuenta con la derrota del APRA y el exilio de V?ctor Ra?l Haya de la Torre, la ca?da y el exilio de Juan Domingo Per?n, el suicidio de Getulio Vargas y, sobre otro plan, con aquel cambio que se?ala el fin de la fase propulsiva del modelo econ?mico de la industrializaci?n gracias a la sustituci?n de las importaciones.

Ya en los a?os Cincuenta del siglo pasado emerge otro aspecto de la esperanza, forjado de los estudios y de las propuestas de la CEPAL, y luego sustentado por la alianza por el Progreso y del milagro econ?mico europeo: es la esperanza del desarrollo a trav?s de un crecimiento econ?mico y tecnol?gico, de reformas sociales y de modernizaci?n cultural, para dejar atr?s las condiciones del subdesarrollo y llenar progresivamente el vacio que separa los Pa?ses latinoamericanos de aquellos desarrollados, de los Estados Unidos y de la Comunidad europea. Los obst?culos encontrados, en cambio, ponen dram?ticamente la cuesti?n de la dependencia.

? La sorpresa chocante de la revoluci?n cubana atrae, del 1959 y durante la d?cada siguiente, las esperanzas de vastos sectores de estudiantes e intelectuales, llenos de anhelos de liberaci?n, de solidaridad "tercermundista", de renovaci?n de un marxismo revolucionario, de construcci?n de un nuevo socialismo, de edificaci?n del "hombre nuevo". Estas esperanzas que radicalizan todas las contradicciones de las sociedades latino-americanas se destrozan con la derrota de los hogares de guerrilla, con Cuba que se entrega a la protecci?n sovi?tica, con las graves dificultades pol?ticas, econ?micas y culturales que suceden a los primeros tiempos de entusiasmo revolucionario en la isla, con la incapacidad demostrada de superar muchos de los males desoladores de la experiencia del "socialismo real". Los siguientes fracasos del r?gimen de la unidad Popular en Chile y del gobierno sandinista en Nicaragua, preanuncian el fin de la fase mesi?nica de la Revoluci?n, con la R may?scula !

Los a?os Ochenta ven la esperanza de la transici?n hacia la democracia en los Pa?ses de Am?rica latina, dej?ndose atras la fase de los "r?gimenes militares de seguridad nacionales" y su brutal pol?tica liberticida y represiva.

El derrumbamiento del socialismo real en Uni?n Sovi?tica y en la periferia europea, entre el 1989 y el 1992 y la prevalencia de los Estados Unidos como ?nica potencia mundial, entre grandes transformaciones tecnol?gicas, provocan un cambio hist?rico. El nuevo aspecto secular de la esperanza se manifesta en el "fin" de la historia, es decir en la exaltaci?n, legitimaci?n y difusi?n internacional de las econom?as de mercado y las correspondientes democracias liberales, sin alternativas. Se sugiere entonces un "nuevo orden internacional" de prosperidad, progreso, libertad y paz por todos. Los "think-tanques" de la administraci?n Norte-americana, del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, relanzan la utop?a del mercado auto-regulador, con la "mano invisible" operante ahora a nivel de mercado global, que no conoce fronteras y que pretende derribar cada obst?culo hacia una liberalizaci?n total. Sabemos que hacia el fin del siglo esta utop?a ya estuvo en llena crisis, disgustada por las guerras, de las crisis financieras, del terrorismo de matriz isl?mico-fundamentalista, de los nuevos escenarios geo-pol?ticos y econ?micos provocados sobre todo del desarollo de China e India, del abismo creado entre los que se incorporan econ?micamente y culturalmente en el dinamismo de la globalizaci?n y los que quedan excluidos. El actual terremoto provocado por el mercado financiero, fuertemente especulativo y desordenado, y las intervenciones estatales predispuestas para afrontarlo, son como un punto final de aquella utop?a.

Spes contra spem

Alguien habla de la historia de Am?rica latina como una historia hecha de oportunidades perdidas y esperanzas frustradas. Releyendo el tradicional "best seller" del uruguayo Eduardo Galeano, "Las venas abiertas de Am?rica latina", obsesivamente concentrado en describir quinientos a?os de opresi?n, de explotaci?n, de violencias padecidas por los pueblos, como no sorprenderse se concluye con la desolada expresi?n: "Nunca seremos felices"?. Qui?n s?lo ve lo negativo de una historia, qui?n sabe s?lo proponer una letan?a de denuncias, qui?n s?lo ve cruces y muertos, no puede que concluir con este oscuro pesimismo, aparentemente confortado del moralismo radical de la gente "bienpensante" e de la utopia de una revoluci?n total, que nunca podr? ocurrir.

En verdad, acabaron en calles cerradas, entre la impotencia y la rabia, las esperanzas seculares de las diferentes elites pol?ticas e ideol?gicas que han querido imponer por fuerza sus "modelos" y sus intereses a la realidad.

? A pesar de todo esto la esperanza que anima la vida de los pueblos latinoamericanos de verdad es otra ! ?A veces somos una esperanza contra cada esperanza! Es aquella esperanza sembrada por la evangelizaci?n y transformada en matriz cultural y ethos espiritual de los pueblos, linfa siempre renovada para recomenzar otra y otra vez, cargada de positividad y hasta de alegr?a, aunque en condiciones de vida a veces bastante dificiles. De hecho, no domina, generalmente, en la vida de nuestra gente ni la resignaci?n ni tampoco el pesimismo cerrado. Solamente una gran esperanza, m?s grande del estrecho horizonte de las circunstancias, m?s fuerte del sufrimiento y de la muerte, sustenta los pobres en Am?rica Latina para otra y otra vez - en el sacrificio y en la solidaridad - el camino de la vida hacia un mejor futuro. Mientras se derrumban las utop?as de las varias elites ideol?gicas, sobrevive la esperanza de los pueblos, de los pobres. Una se?al evidente de todo esto es que, despu?s de quinienta a?os de la primera evangelizaci?n, a pesar del abandono pastoral y la falta de nueva formaci?n catequ?stica de varios sectores de nuestros pueblos por largos per?odos hist?ricos, a pesar de las sombras en largas fases de escasa vitalidad misionera de la Iglesia, a pesar de las deficiencias en la transmisi?n del cristianismo y los desaf?os de la secularizaci?n y las sectas; a pesar de todo eso, m?s que el 80 por ciento de los latinoamericanos todav?a se bautiza en la Iglesia cat?lica, y la reconoce, como dicen todos los sondeos hechos en muchos Pa?ses como el sujeto que recoge y mantiene el m?s alto nivel de consentimiento, de credibilidad y de esperanza en la vida de los pueblos. ?La Iglesia cat?lica no es el opio de lo pueblos! La Iglesia cat?lica "es demora de pueblos hermanos, es casa de los pobres", como escriben los Obispos reunidos en Aparecida. No habr? verdadera esperanza en Am?rica Latina si no se vuelve al intimo mismo del pueblo, si no se descubre la tradici?n escondida, si no somos capaces de resumir y repensar, reformular y prometer sus origines culturales e ideales para poner los pueblos en movimiento apasionado, solidario, en la construcci?n de su futuro.

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A comparaci?n con el Viejo Mundo

Esta esperanza que anima los pueblos latinoamericanos es a?n m?s importante a comparaci?n con la actitud espiritual dominante en Europa. Quiz?s si el juicio de Octavio Paz, ilustre mexicano, latinoamericano, cosmopolita, es demasiado severo, pero puede ser util proponer una de sus citaciones: las naciones del Viejo Mundo, dobladas sobre ellas mismas - afirma Paz -, "consagran las propias inmensas energ?as en la creaci?n de una prosperidad sin tama?o y cultivan un hedonismo sin pasi?n y sin riesgos". En ellas, "m?s que de nihilismo es necesario hablar de hedonismo. El espiritu del nihilista es tr?gico; aquel del hedonista, resignado. Se trata tambi?n de un hedonismo lejano de aquel de Epicuro: no osa mirar en la cara la muerte; no es sabidur?a si no dimisi?n". Juicio parecido es aquel de Benedicto XVI cuando afirma que "Europa parece seguir un camino que puede llevar a su despedida de la historia", rechazando sus "ra?ces" y el verdadero protagonismo de una esperanza fundada. ?No es, quiz?s, una se?al de todo esto el invierno demogr?fico que ya no engendra hijos, ni logra cambiar a suficiencia las generaciones, el numero creciente de suicidios, el malestar de las j?venes generaciones entre confusi?n y violencia, sin razones y grandes ideales de vida propuestos de la sociedad de los adultos, el sostenerse de las sociedades a lo que han conquistado y conseguido como bienestar material sin disposici?n factiva, en el sacrificio y en la solidaridad, con brincos de reformas adecuadas a contestar a los nuevos problemas y desaf?os?

Existe un vac?o de esperanza. Ciertamente, ya no resisten m?s las esperanzas mesi?nicas radicalmente seculariz?das, prosper?das en la tradici?n y en la esperanza de orig?n hebreo-cristiana. De hecho en el momento que se debilita la tensi?n cristiana de la esperanza en la misi?n de la Iglesia, y por lo tanto en la vida de las personas y de las naciones, cuando se reduce su verdadero alcance de certeza experimentada en el presente, con el riesgo de convertirla en un escapar hacia una vida despues de la muerte lejana de los intereses fundamentales de la vida personal y social, aquella tradici?n toma el rostro de esperanzas seculares separadas de ella. En las visi?nes ideol?gicas y macro-historiadoras de los siglos XIX e XX se nota de manera evidente cuanto los mesianismos ateos, las esperanzas secularizadas, hayan pretendido retomar, reformular y al mismo tiempo reemplazar y cancelar la esperanza cristiana. En Am?rica Latina, hasta el lenguaje y muchos conceptos revolucionarios como aquello de el "hombre nuevo", son impregnados de tradici?n religiosa reconocida pero transformada. En estas esperanzas seculares existen, efectivamente, aspectos sagrados que se averg?enzan de serlo, d?nde la humanidad es Dios, el Progreso es objeto de fe, la Revoluci?n es al mismo tiempo el apocalipsis y la revelaci?n del sentido de la historia y el Para?so toma forma en la "sociedad de la abundancia" o en la "sociedad sin clases sociales". "Lo que se espera ? escribe el te?logo Ratzinger en su libro "Fe y futuro", publicado en espa?ol en el 1973 -, en contraposici?n a la Iglesia primitiva, no es el Reino de Dios, pero el reino del hombre, no el regreso del Hijo de Dios, pero el definitivo resurgir de un orden humano y racional, libre y fraterno". Las esperanzas seculares, en cambio, reniegan y al mismo tiempo invocan las se?ales de la presencia de Dios.

La caida de las utop?as mesi?nicas

En el siglo XX hemos asistido a cu?nto sea apropiado el t?tulo del conocido libro de Henri De Lubac: "El drama del humanismo ateo". Una vez m?s la experiencia ha evidenciado que pretender de construir una ciudad de los hombres sin Dios, en contra de Dios, significa construirla en contra del hombre. Este es el resultado parad?jico de un siglo en que los m?s entusi?sticos y excitantes edictos human?sticos se han convertido en opresion, destruccion y abolici?n del ser humano. El paraiso prometido se ha transformado en el infierno real. Asi se niega el mito gn?stico de la Revoluci?n, entendida como realizaci?n del sentido de la historia y como utop?a de una nueva humanidad engendrada por el poder, que fue inspiraci?n para el fascismo y el comunismo.

"Capitalismo y marxismo - dijo en Brasil Benedicto XVI, a la inauguraci?n de la Va Conferencia General del episcopado latinoamericano, en Aparecida - prometieron de encontrar el camino para la creaci?n de estructuras justas", confiando de poder actuar las leyes de la historia, sin tener cuento de la libertad y de la moralidad de la persona. "Y esta promesa ideol?gica - dijo todav?a el Papa - se ha demostrado falsa. Los hechos lo han evidenciado. El sistema marxista, d?nde ha gobernado, no ha dejado solo una triste herencia de destruccion econ?mica y ecol?gica, si no tambi?n una dolorosa opresi?n del alma. Y lo misma estamos viendo al oeste, d?nde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y donde se ocasiona una inquietante degradaci?n de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los tramposos enga?os de felicidad."

Adem?s viven una crisis las ideas-fuerza iluministica, dominantes en la modernidad. Se rompe aquella secularizaci?n de la esperanza como fe en el progreso, ya da?ada en las guerras mundiales, en los campos de exterminio y en los gulag, en las amenazas nucleares y ecol?gicas. Auschwitz e Hiroshima, aunque en modos muy diferentes, han demostrado que los medios m?s racionales disponibles al hombre, la tecnol?gia, puede ser, s?, a servicio del progreso humano, pero tambi?n a servicio de la destrucci?n de masa, cosa que dif?cilmente justifica su racionalidad. El racionalismo a ultranza se revela m?s que nunca restrictivo de la raz?n y de la realidad, y produce, en cambio, el m?ximo del irrazionalismo. Dirigiendose en una parte en el "pensamiento d?bil", que pasa del relativismo al nihilismo, que se encomienda a las idolatr?as del dinero y del poder, y que alimenta una cultura de muerte en el banalidad de la pr?ctica del aborto de masa, en la manipulaci?n gen?tica salvaje, en las tentaciones eugen?sica y eutanasia, y por otra parte en el fanatismo terrorista. El futuro del planeta suscita m?s miedo que esperanza. Por todo eso, el Papa pide en la enc?clica Spe salvi ( n. 22 y ss.), una necesaria "autocr?tica de la edad moderna" para ir m?s all? de sus c?rculos viciosos y sus caminos cerrados.

La esperanza, el grito que sube del coraz?n del hombre

Ahora perm?tame de pasar de la historia a la ontolog?a, porque ambas se iluminan rec?procamente.

?Si observamos los muchos pueblos, culturas y civilizaci?nes que se han sucedido en el planeta, que podemos encontrar de m?s humano que la sed de verdad, del anhelo a la felicidad, de la necesidad de justicia y el deseo de amor que se anida, indestructible e inextinguible, en el coraz?n de cada persona? La humanidad se junta en una experiencia fundamental, un conjunto original de evidencias, deseos y exigencias constitutivas de nuestro coraz?n, que es decir de nuestra raz?n y de nuestra afectividad. No nos ponemos en contacto con la realidad a modo de tabula rasa. Cada quien de nosotros humanos lleva consigo una dote, constituida de los recursos com?nes a la naturaleza humana con los que podemos entrar en contacto con los que nos rodean. La naturaleza misma nos introduce al conocimiento de nosotros mismos, de los otros, de la historia, de las cosas, proporcionandonos, como instrumento universal de comparaci?n, como aquella misma energia que cada madre transmite en la misma manera a sus hijos. La exigencia de la verdad - o sea del sentido de la vida y del sentido total de la realidad -, la exigencia de la felicidad - o sea de la llena realizaci?n de si mismo, del cumplimiento de las mismas potencialidades -, la exigencia de la justicia - o sea del respeto de la dignidad propia y com?n -, la exigencia del amor -, o sea de la reciprocidad y gratuidad de la comuni?n -, constituyen la fisionom?a fundamental, la energ?a profunda y la trama existencial con que los hombres de cada tiempo y lugar desarrollan la misma humanidad, afrontan seriamente la vida, se relacionan con los acontecimientos y descubren y protegen la esperanza.

? Estos anhelos se transforman en preguntas inquietantes, en reales gritos que acompa?an la condici?n humana en las circunstancias y traves?as de la existencia. De d?nde vengo y ad?nde voy? ?Cu?l es el sentido ?ltimo de la existencia? Que sentido tiene mi vida? ?Cu?l es mi vocaci?n, mi suerte? ?Y aquella de la humanidad? Por qu? el dolor, el sufrimiento, la muerte? ?C?mo alcanzar la felicidad? ?Verdaderamente merece la pena vivir? ?Cu?les las razones para vivir, convivir, sufrir, luchar, querer, esperar? Es nuestra misma vida que se pone en discusi?n con estas preguntas, con estos gritos. El coraz?n del hombre queda inquieto hasta que no encuentra respuestas verdaderamente satisfactorias. La raz?n, que es abertura a la realidad en la totalidad de sus componentes, solicita el conocimiento del sentido integral, no se conforma con el silencio o la divagacion, con fuga superficial, con actitudes frustrantes de cinismo o resignaci?n. El hombre ha sido creado por el infinito. Deseos y necesidades de su coraz?n no admiten limitaciones. Estamos en la b?squeda de la verdad completa, empezando de los continuos e insuprimibles "porque" de nuestra infancia hasta las b?squedas cient?ficas, a las reflexiones metaf?sicas, a la inteligencia de la fe. Sabemos que el detalle encuentra su significado a la luz del entero, y ?sto empuja nuestra sed de verdad hasta el fondo, a la ra?z de la totalidad del real. Quisieramos ser plenamente felices, y no aceptamos que la felicidad se reduzca a una experiencia temporal, borrosa e interrumpida por el dolor, el sufrimiento y las quiebras. Nos rebelamos a las injusticias padecidas por las personas, por los grupos sociales y pueblos oprimidos, expropiados y excluidos de los bienes destinados a todos, a empezar del bien de la misma vida y de la dignidad humana. Quisieramos construir definitivamente un mundo en cuyo la justicia es reina, d?nde las espadas sean transformadas en arados y se acaben guerra, tiran?a y esclavitud. Quisieramos amarnos y sobre todo ser amados, de un amor que abraza toda nuestra humanidad, capaz de superar cada l?mite, m?s fuerte de la muerte, un amor sin fin, total, para siempre. "Es este nuestro grito - exclam? el Siervo de Dios Juan Pablo II en su ?ltimo viaje en Am?rica Latina, en el bas?lica-santuario de Nuestro Se?ora de Guadalupe, el 23 de enero de 1999 - una vida digna para todos! ".

Cuanto m?s estos deseos, estas preguntas palpitan en el coraz?n, cu?nto m?s es advertido el alcance totalizador, cuanto m?s arde la necesidad y se levanta el grito que exige respuestas totales a estos anhelos, m?s se sufre por la impotencia y la alienaci?n humana, por la incapacidad de alcanzar a una completa satisfacci?n. No logramos alcanzar toda la verdad, toda la justicia y todo el amor que naturalmente, ?ntimamente, infinitamente anhelamos con solo nuestras fuerzas limitadas, desordenadas, terminadas. Hacemos el mal que no quisieramos y no el bien que queremos, Ca?n sigue siendo el asesino de su hermano, queda un desorden interior, profundo, que ning?n cambio de estructura logra curar, mientras la muerte inexorablemente devora nuestros grandes deseos e ideales que todo nuestro ser investiga y reclama. Seria contra naturaleza, irracional, injusto que los deseos y las necesidades que constituyen nuestro ser fueran condenadas a ser frustradas. ?La vida no es - no puede ser - una "pasi?n in?til"!, como dijo Jean-Paul Sartre. No puede ser condenada a acabar en nada. Los anhelos del coraz?n humano no pueden ser considerados arbitrarios: miran a una vida despues de la muerte, reclaman una vida despues de la muerte. Nuestro coraz?n tiene en ?l una exigencia ?ltima, imperiosa, de verdad y de felicidad, de justicia y de amor, que exige de ser cumplida. La esperanza es la estructura misma de la naturaleza humana, la esencia del alma; la vida es una promesa que espera y suplica su realizaci?n.

S?lamente "la hip?tesis-Dios", s?lo la afirmaci?n del Misterio como realidad que transciende nuestras capacidades puramente humanas, corresponde a la estructura original del hombre. Es el mismo Dios que ha puesto este anhelo en el coraz?n del hombre, cre?ndolo a su imagen y semejanza, y que encuentra al hombre en la historia, para donarle la promesa cierta de su plena realizaci?n. El di?logo de Dios con el coraz?n del hombre ha tenido su cumbre: el Misterio que todo ha creado, en el que todo consiste y existe, el Dios buscado y siempre deseado por el hombre, culturas y religi?nes, el Misterio al que el hombre ha dirigido la imaginaci?n, la raz?n y la oraci?n, se ha hecho hombre irrumpiendo en la historia, en un tiempo y un lugar determinados, en un momento decisivo por la vida del mundo, de todo el universo. ?l revela el verdadero rostro de Dios, y con ello el rostro de la suerte del hombre, el ?ltimo sentido de nuestro ser. Confesamos y experimentamos que Jes?s Cristo es el Verbo de Dios encarnado, la realizaci?n del amor misericordioso y redentor, la presencia irrevocable de Dios entre nosotros; es el camino, la verdad y la vida, respuesta totalmente satisfactoria, abundante por los deseos y las necesidades del coraz?n humano.

En el coraz?n del hombre existe un inextinguible deseo de infinito? s?lo el Dios que se ha hecho hombre para partir nuestra imperfecci?n y conducirnos hacia su dimensi?n infinita puede satisfacer verdaderamente las exigencias de nuestra naturaleza. El texto m?s frecuente en el Magisterio del Siervo de Dios Juan Pablo II es el p?rrafo 22 de Gaudium et Spes: "En realidad s?lo en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre". El Dios hecho hombre, el "nuevo Ad?n", "el hombre perfecto" ?revela plenamente el hombre a ?l mismo y le manifiesta su altisima vocaci?n?. Por lo tanto - S.S Benedicto XVI concluye en la homil?a inaugural de su pontificado - "qui?n permite a Cristo de entrar, no pierde nada, nada - absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. [?] S?lo en esta amistad realmente se abren las grandes potencialidades de la condici?n humana. [?] ?l no quita nada, y dona todo. Quien se consagra a ?l, recibe el c?ntuplo". Y la vida eterna.

Esperanzas de hoy en Am?rica Latina

?Y ahora volvemos a nuestra historia.... Cu?les son las esperanzas seculares, terrenas, hoy en Am?rica Latina?

Son se?ales de esperanza las tres d?cadas que han visto actuados procesos de democratizaci?n en casi toda Am?rica Latina, procesos muy importantes en cu?nto se dejan atr?s tiempos de inestabilidad y "golpes de Estado", la terrible dial?ctica entre violencia insurreccional y represion liberticida, la pr?ctica aberrante del asesinato pol?tico, "desapariciones" y torturas. Se trata de una esperanza que hace falta proteger y cultivar. Ella seguir? siendo tal si se basara en el respeto de los derechos naturales y de las libertades fundamentales de las personas y de los pueblos: la libertas ecclesiae, que es al origen de cada libertad y es solidaria con ella, es el criterio sensible para medir y asegurar este respeto. Crecer? esta esperanza si se logra dar seria continuidad y credibilidad a las instituciones del poder p?blico, si se rompe el c?rculo de los sistemas de poder y de las luchas pol?ticas auto-referenciales, si no se convierte en esclavos de las idolatr?as del poder y sus tendencias autocr?ticas, si se sabe combatir la corrupci?n y garantizar un aut?ntico orden p?blico y seguridad ciudadana. Se reforzar?, esta esperanza, si animada por la vasta inclusi?n y participaci?n popular a la vida p?blica, movida por valores e ideales radicados y presentes en la tradici?n cristiana de nuestros pueblos. Hay necesidad de aut?nticas democracias que se muestren realmente capaces de afrontar la complejidad y la dramaticidad de los problemas y los desaf?os sociales, yendo m?s all? de la persistente lucha entre facciones, la jaula de permanentes contraposiciones, acusaciones y descalificaciones entre "hostiles", las exasperaciones tendencialmente violentas, sabiendo hacer confluir vastas convergencias populares y nacionales hacia grandes objetivos de reconstrucci?n, desarrollo y justicia social, y movilizar la labor del empresariado y su creatividad, el sacrificio y la solidaridad de las personas, de las familias, de los muchos sectores sociales y de las asociaciones civiles en esta tarea. Es fundamental, para proteger y cultivar esta esperanza, la gu?a de los tres principios b?sicos de la doctrina social de la Iglesia: la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad. Hay hoy en Am?rica Latina modelos virtuosos por esta esperanza y muchas amenazas.

Otro horizonte de esperanza ha sido abierto por el hecho que los Pa?ses latinoamericanos est?n viviendo una larga ola de crecimiento econ?mico, gracias sobre todo a los altos precios de los productos agrio-comestibles, minerales y energ?ticos. ?Pero ser? posible tambi?n imprimir un crecimiento auto-sustendato en coyunturas que se presentan menos favorables y m?s cr?ticas, entre el temblor difuso en las grandes instituciones financieras y al clima de recesi?n que se respira en los Estados Unidos y en la Europa occidental? ?En que medida se est?n efectivamente reinvirtiendo las riquezas conseguidas a nivel tecnol?gico, productivo, educativo en pol?ticas de equidad social? En tiempos dificiles se podr?n valorar adecuadamente cu?les son las pol?ticas virtuosas, que soportan el choque de estas coyunturas cr?ticas, y cu?les, en cambio, las pol?ticas que llevan a nuevas situaciones de inestabilidad y depresi?n.

Tambi?n es se?al de esperanza el hecho que muchos sectores populares hasta ayer excluidos del mercado y de la cosa p?blica ya no son m?s "marginales", resignados y silenciosos, y irrumpen en la escena de las naciones, con un cargo que es al mismo tiempo de humillaci?n, exasperaci?n y esperanza de vida mejor. Especialmente las comunidades y los movimientos ind?genas se movilizan convirti?ndose en protagonistas. Bienvenida la valorizaci?n de "todas las sangres" ? como dice el t?tulo del conocido libro del peruano como Jos? M. Arguedas - y que se reconozca la debida dignidad y justicia a los que han sido los m?s humiliados y explotados. La dram?tica cuesti?n ind?gena es una cuesti?n nacional, de tierra y de cultura, en una patria com?n, sin exclusiones. No sirven, en cambio, las llamadas anacron?sticas y m?ticas a las civilizaciones pre-colombianas, las apolog?as del neol?tico, las meras reservas para los ind?genas, la reanudaci?n de cosmogon?as, el regreso de brujos y chamanos, el indigenismo anti-cat?lico de ide?logos confusos o deshonestos que retoman la "leyenda negra". No son utiles las formas de disgregaci?n de la unidad nacional y latinoamericana a partir de forzadas contraposiciones ?tnicas. "No somos (?) una suma de pueblos y etnias que se oponen", reafirman los Obispos latinoamericanos en el documento de su V Conferencia General en Aparecida ( n. 525 ). Inclusos los que llamamos "ind?genas" est?n ?tnicamente en su inmensa mayor?a y culturalmente mestizos, aunque marginados. La cuesti?n verdadera es ayudar estos sectores populares a convertirse en conciudadanos, en el siglo XXI, de la construcci?n de las naciones, promoviendo su educaci?n, formaci?n y condiciones de vida que los hagan capaces de dialogar con el terrible poder de la cultura, del trabajo y del "polis" de nuestro tiempo. Aqu? reside el quid de una aut?ntica esperanza de rescate.

Una esperanza viva desde los tiempos de los "Libertadores", que se renova peri?dicamente con muchos rostros y formas hist?ricas en la vida de los Pa?ses latinoamericanos, es aquella de la construcci?n de una "patria grande", de una gran naci?n capaz de incluir toda la variedad y la riqueza de pueblos hermanos, en el subcontinente que m?s que otros puede contar con factores de unificaci?n a nivel mundial. Benedicto XVI ha intuido claramente esta vocaci?n original, record?ndo a los representantes diplom?ticos ante la Santa Sede las palabras que Juan Pablo II pronunci? durante la inauguraci?n de la IV Conferencia de Santo Domingo, 12.X.92, cuando habl? de "pueblos definitivamente unidos en el camino de la historia de la misma geograf?a, fe cristiana, lengua y cultura". Su proceso de integraci?n parece fundamental para afrontar los desaf?os del desarrollo y de la inserci?n "en la din?mica mundial condicionada cada vez m?s de los efectos de la globalizaci?n" (ibid). "Una y plural, Am?rica Latina es la casa com?n, la gran patria de hermanos (?) ", aunque fragmentada por profundas desigualdades. "Es la "Patria grande" de que han hablado "Puebla" y "Santo Domingo"; y la "V Conferencia expresa su firme voluntad de continuar con este empe?o", ( cfr. Documento de Aparecida, nn. 525-526-527 ). Concretamente, los Obispos en Aparecida tambi?n evidencian "en los ?ltimos veinte a?os mejor?as significativas y prometedoras en los procesos y en los sistemas de integraci?n de nuestros Pa?ses. Las relaciones econ?micas y pol?ticas se han intensificado. Hay una nueva y m?s estrecha comunicaci?n y solidaridad entre el Brasil y los pa?ses hispanoamericanos y caribe?os". A pesar de eso, hay graves bloques que detienen estos procesos". El documento cita la fragilidad y la ambig?edad de "una mera integraci?n comercial" y su reducci?n a cuesti?n relativas a grupos pol?ticos y "econ?micos", sin que se pongan ra?ces en la vida y en la participaci?n de los pueblos. Sobre todo se evidencia que "a pesar que el lenguaje pol?tico sobre la integraci?n sea sustancial, la dial?ctica de contraposici?n prevale sobre el dinamismo de solidaridad y amistad". Alimentar las convergencias pol?ticas, intensificar, articular y institucionalizar una siempre mayor cooperaci?n econ?mica, construir redes de comunicaci?n f?sica, energ?tica y medi?tica, desarrollar los cambios educativos y culturales, promover movimientos y obras de solidaridad social, con el objetivo de la edificaci?n de una uni?n suramericana, en el horizonte de la " grande patria " latinoamericana, es un camino de esperanza en el presente y por el futuro com?n. De este proceso no pueden ser s?mbolos com?nes aquellos de las antiguas civilizaciones ind?genas ( que nunca han tenido una conciencia com?n y, adem?s, en la actualidad los asillamados ind?genas no llegan a ser el 10% de la poblaci?n latinoamericana ) pero lo son ciertamente Nuestra Se?ora de Guadalupe, el Cristo de las Andes y el Sagrado Coraz?n del Corcovado.

Hay aquellos que ven en el movimiento de construcci?n del "socialismo del siglo XXI" en Am?rica Latina un camino de esperanza. Es algo que debe ser sometido a ulteriores aclaraciones y que abre a serio debate. No es suficiente confundir el "socialismo" con la concentraci?n del poder pol?tico y con una din?mica de estatalizaci?n. Se corre el riesgo que se convierta en ret?rica ideol?gica y desviante si no se es basada en la ardua tarea de analizar sea las quiebras, miserias y devastaciones provocadas por las experiencias hist?ricas del "socialismo real", que incluya necesariamente una cr?tica radical de los paradigmas ideol?gicos de un marxismo-leninismo que ha perdido cada fuerza persuasoria, atractiva y propulsiva; sea tambi?n de la socialdemocracia empantanada en un pragmatismo confuso y remodelada del hedonismo y del relativismo que prevalecen en la sociedad del consumo y del espect?culo. Queda la ardua tarea, te?rica y pr?ctica, de iniciar, realistas y audaces, nuevos y originales modelos de desarrollo por el bien com?n de los pueblos latinoamericanos, m?s all? del anacronismo y las miserias de un nuevo-liberalismo salvaje y un socialismo liberticida.


Prof. Dr. Guzm?n Carriquiry

Sub-Secretario del Pontificio Consejo para los Laicos
Vaticano, 22.X.2008

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Publicado por mario.web @ 12:19
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