Martes, 03 de mayo de 2011
?Qu? es exactamente eso que llamamos conciencia? ?Qu? hace la conciencia? ?Tiene siempre raz?n? ?Debemos seguirla siempre? ?Hay que respetar siempre la conciencia de los dem?s?
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?Hay que seguir siempre la conciencia?
?Hay que seguir siempre la conciencia?
?Qu? es exactamente eso que llamamos conciencia? ?Qu? hace la conciencia? ?Tiene siempre raz?n? ?Debemos seguirla siempre? ?Hay que respetar siempre la conciencia de los dem?s?

Con frecuencia hablamos de los distintos puntos de vista que entran en juego a la hora de llamar a una acci?n buena o mala, verdadera o falsa, lograda o fallada. Nos preguntamos por lo que en realidad deseamos, intentando comprender el bien como la realizaci?n de ese deseo. Hablamos de valores, de consecuencia de los actos y de justicia. No obstante, parece como si existiese una sencilla respuesta que har?a in?tiles todas las dem?s consideraciones; esa respuesta ser?a: la conciencia dice a cada uno lo que debe hacer.

La respuesta es correcta y, a la vez, conduce a error en su misma simplicidad. ?Qu? es exactamente eso que llamamos conciencia? ?Qu? hace la conciencia? ?Tiene siempre raz?n? ?Debemos seguirla siempre? ?Hay que respetar siempre la conciencia de los dem?s?

Es claro que el significado de la palabra ?conciencia? no resulta evidente de antemano. Se utiliza en contextos muy variados; hablamos as? de personas concienzudas que se caracterizan por el exacto cumplimiento de sus deberes diarios; pero hablamos tambi?n de conciencia cuando uno se evade de esos deberes y se resiste a ellos. Denominamos conciencia a algo sagrado existente en todo hombre y que debe respetarse incondicionalmente; algo que es defendido tambi?n por la constituci?n, aunque condenemos a fuertes penas a los que act?an en conciencia. Unos tienen la conciencia por la voz de Dios en el hombre, otros como producto de la educaci?n, como interiorizaci?n de las normas dominantes, originariamente exteriores. ?Qu? ocurre con la conciencia?

Hablar de conciencia es hablar de la dignidad del hombre, hablar de que no es un caso particular de algo general, ni el ejemplar de un g?nero, sino que cada individuo como tal es ya una totalidad, es ya ?lo universal?.

La ley natural seg?n la cual una piedra cae de arriba abajo es, por as? decirlo, exterior a la piedra misma, que no sabe nada de esa ley. Quienes la observamos consideramos su ca?da como ejemplo de una ley general. Tampoco el p?jaro que hace un nido tiene la intenci?n de realizar algo para la conservaci?n de la especie, ni de tomar medidas para el bien de sus futuras cr?as. Un impulso interior, un instinto, le lleva a hacer algo cuyo sentido se le oculta. Esto se manifiesta en el hecho de que tambi?n cuando est?n encerrados, cuando los p?jaros no esperan tener cr?as, comienzan a hacer su nido.

Los hombres, por el contrario, pueden saber la raz?n de lo que hacen. Act?an expresamente y en libertad con respecto al sentido de su acci?n. Si tengo ganas de hacer algo cuyas consecuencias da?an a un tercero, entonces puedo plantearme esas consecuencias y preguntarme si es justo obrar as? y si puedo responder de ese acto. Podemos ser independientes de nuestros moment?neos y objetivos intereses y tener presente la jerarqu?a objetiva de valores relevantes para nuestros actos. Y no s?lo te?ricamente y de manera que esa idea siga siendo totalmente exterior a nosotros, sin cambiar en absoluto nuestras motivaciones, de modo que digamos: ?Ciertamente es injusto actuar as?, pero para m? es preferible?. En realidad, no es verdad en absoluto que lo que en el fondo y de verdad deseamos est? en una fundamental contradicci?n con lo que objetivamente es bueno y correcto. Lo que ocurre m?s bien es que, en la conciencia, lo universal, la jerarqu?a objetiva de los bienes y la exigencia de tenerlos en cuenta vale como nuestra propia voluntad. La conciencia es una exigencia de nosotros a nosotros mismos. Al causar un da?o, al herir u ofender a otro, me da?o inmediatamente a m? mismo. Tengo, como se dice, una mala conciencia.

La conciencia es la presencia de un criterio absoluto en un ser finito; el anclaje de ese criterio en su estructura emocional. Por estar presente en el hombre, gracias a ella y no por otra cosa, lo absoluto, lo general, lo objetivo, hablamos de dignidad humana. Ahora bien, si resulta que, por la conciencia, el hombre se convierte en algo universal, en un todo de sentido, entonces resulta que tambi?n es v?lido decir que no hay bien ni sentido ni justificaci?n para el hombre, si lo objetivamente bueno y recto no se le muestra como tal en la conciencia.

La conciencia debe ser descrita como un movimiento espiritual doble. El primero lleva al hombre por encima de s?, permiti?ndole relativizar sus intereses y deseos, y permiti?ndole preguntarse por lo bueno y recto en s? mismo. Y para estar seguro de que no se enga?a, debe producirse un intercambio, un di?logo con los dem?s sobre lo bueno y lo justo, en una comuni?n de costumbres. Y deben conocerse razones y contra-razones. No puede pasar por objetivo y universal quien afirma: no me interesan las costumbres y razones, yo mismo s? lo que es bueno y recto. Lo que aqu?l llama conciencia no se diferencia mucho del capricho particular y de la propia idiosincrasia.

No hay conciencia sin disposici?n a formarla e informarla. Un m?dico que no est? al tanto de los avances de la medicina, actuar? sin conciencia. Y lo mismo quien cierra ojos y o?dos a las observaciones de otros que le hacen fijarse en aspectos de su proceder, que quiz? ?l no ha notado. Sin tal disposici?n, s?lo en casos l?mite se podr? hablar de conciencia.

Pero tambi?n el segundo movimiento pertenece a la conciencia; por ?l, vuelve de nuevo el individuo a s? mismo. Si, como dec?a, el individuo es potencialmente lo universal, incluso un todo de sentido, entonces no puede abdicar en otros su responsabilidad, ni en las costumbres del tiempo, ni en el anonimato de un discurso de un intercambio de razones y de contra-razones.

Naturalmente que puede sumarse a la opini?n dominante, cosa que incluso es razonable en la mayor?a de las ocasiones. Pero es totalmente falso reconocerle conciencia s?lo a quien se aparta de la mayor?a. No obstante, es cierto que, al fin y al cabo, es el individuo quien goza de responsabilidad; puede obedecer a una autoridad, y a?n ser esto lo correcto y lo razonable; pero es ?l a la postre quien debe responder de su obediencia. Puede tomar parte en un di?logo y sopesar los pros y los contras, pero razones y contra-razones no tienen fin, mientras que la vida humana, por el contrario, es finita. Es necesario actuar antes de que se produzca un acuerdo mundial sobre lo recto y lo falso. Es, pues, el individuo el que debe decidir cu?ndo acaba el interminable sopesar y finalizar el discurso, y cuando procede, con convicci?n, actuar.

La convicci?n con la que termina nuestro discurso la denominamos conciencia, conciencia que no siempre posee la certeza de hacer objetivamente lo mejor. El pol?tico, el m?dico, el padre o la madre, no siempre saben con seguridad si lo que aconsejan o hacen es lo mejor, atendiendo al conjunto de sus consecuencias. Lo que s? pueden saber es que ?sa es la mejor soluci?n posible en ese momento y de acuerdo con sus conocimientos; esto basta para una conciencia cierta, pues ya vimos que lo que justifica una acci?n no est? de ninguna manera, ni puede estar, en el conjunto de sus consecuencias.

En la conciencia parece que nos sustraemos por completo a una direcci?n externa; pero, ?lo hacemos realmente? Se plantea aqu? una importante objeci?n. ?C?mo ha entrado en nosotros el comp?s que nos gu?a?, ?qui?n lo ha programado?, ?no es en realidad esa direcci?n interna tan s?lo un control remoto que procede de atr?s, del pasado? Ese tim?n fue programado por nuestros padres. Poseemos, interiorizadas, las normas que se nos inculcaron en la ni?ez y que tuvimos que obedecer. Y las ?rdenes que nos dieron se han trocado en ?rdenes que nos damos a nosotros mismos.

En relaci?n con lo que estamos diciendo, Sigmund Freud ha acu?ado el concepto de ?super ego?, que, junto al as? llamado ?ello? y al ?yo?, forman la estructura de nuestra personalidad. El ?super ego? es, por as? decir, la imagen del padre interiorizada; el padre en nosotros... En Freud este pensamiento no ten?a todav?a el car?cter de denuncia que en la cr?tica social neomarxista tiene el discurso sobra la interiorizaci?n de las normas de dominio. Freud, como psicoanalista, observ? que el yo se forma s?lo bajo la direcci?n del ?super yo?, y se libera en el ?ello? de su prisi?n en la esfera de los instintos. Cierto que para llegar a un ?yo? verdadero ha de liberarse tambi?n del poder del ?super yo?.

Por lo que respecta, no obstante, a las descripciones de Freud es falso equiparar sin m?s lo que llamamos conciencia con el ?super yo? y tenerla por un puro producto de la educaci?n. Esto no puede ser exacto, porque los hombres siempre se vuelven contra las normas dominantes en una sociedad, contra las normas en medio de las cuales han crecido, incluso aun cuando el padre sea un representante de esas normas. A menudo puede ocurrir que detr?s no est? m?s que el impulso de emancipaci?n del ?yo?, el sencillo reflejo de querer ser de otra forma. Pero este reflejo no es la conciencia, como tampoco lo es el reflejo de acomodaci?n.

Sin embargo, en la historia de quienes obraron o se negaron a hacerlo en conciencia, se puede ver que eran hombres que de ning?n modo estaban inclinados de antemano a la oposici?n, a la disidencia; sino hombres que hubieran preferido con mucho cumplir sus deberes diarios sin levantar la cabeza. ?Un fiel servidor de mi rey, pero primero de Dios?, era la m?xima de Tom?s Moro, Lord canciller de Inglaterra, que hizo todo lo posible para no oponerse al rey y evitar as? un conflicto; hasta que descubri? algo que no se pod?a conciliar en absoluto con su conciencia. No le guiaba ni la necesidad de acomodaci?n ni la de rechazo, si no el pac?fico convencimiento de que hay cosas que no se pueden hacer. Y esta convicci?n estaba tan identificada con su yo que el ?no me es l?cito? se convirti? en un ?no puedo?.

Si la conciencia no es sin m?s un producto de la educaci?n ni se identifica con el ?super yo?, ?es quiz? entonces algo innato?, ?una especie de instinto social innato? Tampoco es ?ste el caso, puesto que un instinto se sigue instintivamente; pero el yo-no-puedo-actuar-de-otro-modo de quienes obran por instinto se diferencia como el d?a de la noche del yo-no-puedo-actuar-de-otro-modo del que obra en conciencia. Aqu?l se siente arrastrado, privado de libertad. Bien que querr?a actuar de otro modo, pero no puede. Est? en discordia consigo mismo. El ?aqu? estoy yo, no puedo obrar de otro modo? del que act?a en conciencia es, por el contrario, expresi?n de libertad. Dice tanto como: ?no quiero otra cosa?. No puedo querer otra cosa y tampoco quiero poder otra cosa. Ese hombre es libre. Como afirmaban los griegos, ese hombre es amigo de s? mismo.

Entonces, ?de d?nde viene la conciencia?; pero lo mismo podr?amos preguntar, ?de d?nde viene el lenguaje?, ?por qu? hablamos? Decimos naturalmente que porque lo hemos aprendido de nuestros padres. Quien no ha o?do nunca hablar sigue mudo, y si uno no se comunica de ninguna manera, entonces no llega ni siquiera a pensar. No obstante, nadie afirmar? que el lenguaje es una heterodeterminaci?n interiorizada.

Y ?qu? ser?a una heterodeterminaci?n? Seguramente no se puede decir que el hombre sea, por s? mismo, una esencia que habla o que piensa. La verdad es la siguiente: el hombre es un ser que necesita de la ayuda de otros para llegar a ser lo que propiamente es. Esto vale tambi?n para la conciencia. En todo hombre hay como un germen de conciencia, un ?rgano del bien y del mal. Quien conoce a los ni?os sabe que esto se aprecia f?cilmente en ellos. Tienen un agudo sentido para la justicia, y se rebelan cuando la ven lesionada. Tienen sentido para el tono aut?ntico y para el falso, para la bondad y la sinceridad; pero ese ?rgano se atrofia si no ven los valores encarnados en una persona con autoridad.

Entregados demasiado pronto al derecho del m?s fuerte, pierden el sentido de la pureza, de la delicadeza y de la sinceridad. Para ello, la palabra es ante todo un medio de transparencia y de verdad. Pero cuando, por miedo a las amenazas, aprenden que hay que mentir para librarse de ellas, o experimentan que sus padres no les dicen la verdad y emplean la mentira en la vida diaria como normal instrumento de progreso, desaparece el brillo de sus conciencias y se deforman: la conciencia pierde finura. La conciencia delicada y sensible es caracter?stica de un hombre interiormente libre y sincero, cosa que nada tiene que ver con el escrupuloso que, en lugar de contemplar lo bueno y lo recto, se observa siempre a s? mismo y observa con angustia cada uno de sus propios pasos. He aqu? una especie de enfermedad.

Ahora bien, hay personas que tienen por enfermedad la mala conciencia. Consideran tarea del psic?logo quitar a una persona esa mala conciencia, el as? llamado ?sentido de culpabilidad?. Pero en realidad, lo que es una enfermedad es no poder tener una mala conciencia o sentimiento de culpabilidad, cuando se tiene realmente una culpa. Lo mismo que es una enfermedad y un peligro para la vida el no poder sentir dolor. Para el que est? sano, la mala conciencia es se?al de una culpa, de un comportamiento que se opone al propio ser y a la realidad.

La revisi?n de esa actitud la denominamos arrepentimiento. Como ha demostrado el fil?sofo Max Scheler, no consiste en un hurgar sin sentido en el pasado, cuando lo m?s adecuado ser?a simplemente tratar de hacerlo mejor en el futuro. Y no se puede hacer algo mejor si persiste el mismo planteamiento que llev? a actuar mal en anteriores ocasiones. El pasado no se puede reprimir: hay que mirarlo conscientemente, es decir, hay que variar conscientemente una mala actitud. Y como no se trata de algo puramente racional, sino que interviene tambi?n la constituci?n emocional, el cambio de actitud significa una especie de dolor por haber actuado injustamente. El psic?logo Mitscherlich habla del papel de la tristeza. En el fondo esperamos ese arrepentimiento. No confiar?amos en un hombre que, tras atormentar a un ni?o lisi?ndolo ps?quicamente, explicara luego ri?ndose que basta con una v?ctima, y que a los dem?s los tratar? bien. Si el dolor por el pasado no le conmueve y cambia su mala conciencia, eso significa que seguir? siendo el que era.

?Lleva siempre raz?n la conciencia? Es lo que pregunt?bamos al comienzo. ?Hay que seguir siempre la conciencia? La conciencia no siempre tiene raz?n. Lo mismo que nuestros cinco sentidos no siempre nos gu?an correctamente, o lo mismo que nuestra raz?n no nos preserva de todos los errores. La conciencia es en el hombre el ?rgano del bien y del mal; pero no es un or?culo. Nos marca la direcci?n, nos permite superar las perspectivas de nuestro ego?smo y mirar lo universal, lo que es recto en s? mismo. Pero para poder verlo necesita de la reflexi?n de un conocimiento real, un conocimiento, si se puede decir, que sea tambi?n moral. Lo cual significa: necesita una idea recta de la jerarqu?a de valores que no est? deformada por la ideolog?a.

Se da la conciencia err?nea. Hay gente que, actuando en conciencia, causa claramente a otros una grave injusticia. ?Tambi?n ?stos deben seguir su conciencia? Naturalmente que deben. La dignidad del hombre descansa, como vimos, en que es una totalidad de sentido; lo bueno y correcto objetivamente, para que sea bueno, debe ser considerado tambi?n por ?l como bueno, ya que para el hombre no existe nada que sea tan s?lo ?objetivamente bueno?.

Si no lo reconoce como bueno, entonces justamente no es bueno para ?l. Debe seguir su conciencia; lo cual tan s?lo quiere decir que debe hacer lo que tiene por objetivamente bueno, cosa que en el fondo es algo trivial: realmente bueno es s?lo lo que tanto objetiva como subjetivamente es bueno. ?No hay entonces ning?n criterio que nos permita distinguir una conciencia verdadera de una err?nea?; pero, ?c?mo podr?a haberlo? Si lo hubiera, nadie se equivocar?a.

Una prueba segura de que uno sigue su conciencia y no su capricho es la disposici?n a controlar, a confrontar el propio juicio sopes?ndolo con el de los dem?s. Pero tampoco es ?ste un criterio seguro; se da tambi?n el caso de que, al contrario de los hombres que le rodean y que est?n convencidos intelectualmente o te?ricamente, puede uno tener no obstante la segura sensaci?n de que esa gente no tiene raz?n. No como si creyese que los dem?s tienen mejores razones. Piensa solamente que no es qui?n para hacer valer las mejores razones. Piensa que el hecho de que los m?s inteligentes est?n en el lado falso se basa en lo contingente de esa situaci?n. Este cerrarse a las razones puede ser, en tal situaci?n, un acto de conciencia.

?Tambi?n hay que respetar siempre la conciencia de los dem?s? Eso depende de lo que entendamos por respetar. En ning?n caso se puede decir que uno debe poder hacer lo que le permita su conciencia, ya que entonces tambi?n el hombre sin conciencia podr?a hacerlo todo. Y tampoco quiere decir que uno deba poder hacer lo que le manda su conciencia.

Cierto que ante s? mismo tiene el deber de seguir su conciencia; pero si con ella lesiona los derechos de otros, es decir, los deberes para con los dem?s, entonces ?stos, lo mismo que el Estado, tienen el derecho de imped?rselo. Pertenece a los derechos del hombre el que no dependan del juicio de conciencia de otro hombre. As?, por ejemplo, se puede discutir sobre si los no nacidos son dignos de defensa, aun cuando la Constituci?n de nuestro pa?s responda afirmativamente. Pero es demencial el slogan de que ?sta es una cuesti?n que cada uno debe resolver en su conciencia. Pues, o los no nacidos no tienen derecho a la vida -y entonces la conciencia no necesita tomarse ninguna molestia-, o existe ese derecho, y entonces no puede ponerse a disposici?n de la conciencia de otro hombre. La obediencia a las leyes de un estado de derecho, que la mayor?a de los ciudadanos tiene por justo, no puede limitarse en todo caso a la de aquellas personas cuya conciencia no les proh?be, por ejemplo, pagar los impuestos. Quien no los paga, y a costa de otros se aprovecha de los caminos y canales, ser? encarcelado o multado justamente. Y si se trata de alguien que act?a en conciencia, aceptar? la pena.

S?lo en el caso del servicio de guerra, tiene el legislador que encontrar la regulaci?n que asegure que nadie pueda ser obligado al servicio de armas en contra del dictado de su conciencia. En el fondo, lo que hace el legislador es algo trivial, ya que si la conciencia le proh?be a uno luchar, no luchar?. Por lo dem?s, tampoco aqu? se da un criterio para decidir, en ?ltima instancia y desde fuera, si se trata de un juicio de conciencia o no. Ni siquiera los interrogatorios de un tribunal son adecuados para facilitar una decisi?n. Tales interrogatorios, a fin de cuentas, favorecen s?lo al orador que est? dispuesto a mentir con habilidad.

No hay m?s que un indicio para comprobar la autenticidad de la decisi?n de conciencia, y es la disposici?n del emplazado a atenerse a una desagradable alternativa. La conciencia no es herida si se le impide a uno hacer lo que ella manda, ya que ese obst?culo no cae bajo su responsabilidad. Por eso se puede encerrar a un hombre que quiere mejorar el mundo por medio del crimen. Otra cosa es cuando a uno se le obliga a actuar en contra de su conciencia. Se trata de una lesi?n de la dignidad del hombre. Pero, ?es eso de verdad posible? Ni siquiera la amenaza de muerte obliga a uno a actuar contra su conciencia, como documenta la historia de los m?rtires de cualquier tiempo.

Existe no obstante un modo de forzar la actuaci?n contra conciencia: la tortura, que convierte a un hombre en instrumento sin voluntad de otro. De ah? que la tortura pertenezca a los pocos modos de obrar que, siempre y en toda circunstancia, son malos; toca directamente el santuario de la conciencia, del que ya el precristiano S?neca escribi?: "Habita en nosotros un esp?ritu santo como espectador y guardi?n de nuestras buenas y malas acciones".

Robert Spaemann es profesor em?rito de la Universidad de Munich. Adem?s, ha sido profesor visitante en las Universidades de R?o de Janeiro, Salzburgo, Par?s (La Sorbona), Berl?n, Hamburgo, Zurich o Mosc?. Tambi?n se le ha galardonado con diversas distinciones: doctor honoris causa por las Universidades de Friburgo (Suiza), Santiago de Chile, Universidad Cat?lica de Am?rica y Universidad de Navarra. Ha recibido tambi?n la Medalla Tom?s Moro (1982) y la Cruz del M?rito de Alemania (1? clase, 1987). Asimismo, es "Officier de I"Ordre des Palmes Academiques" (1988), miembro fundador de la Academia Europea de las Ciencias y de las Artes y miembro de la Academia Pontificia Pro Vita en Roma.

Su obra est? principalmente dedicada al ?mbito de la filosof?a pr?ctica. Destacan sus escritos Cr?tica de las utop?as pol?ticas (1977, 1980), ?tica: Cuestiones fundamentales (1987), Lo natural y lo racional: Ensayos de antropolog?a (1987, 1989), Felicidad y benevolencia (1991) y Personas: Acerca de la distinci?n entre algo y alguien (1996, 2000).

Publicado por mario.web @ 12:50
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