Martes, 03 de mayo de 2011
La persona consagrada que quiere aspirar a la perfecci?n, esto es, a la santidad, cuenta con la vida del Fundador como un medio privilegiado.
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Santidad y Carisma
Santidad y Carisma
El futuro de la vida consagrada.
En los albores del tercer milenio no son pocos los interrogantes que algunos expertos de la vida religiosa se hacen en torno al futuro de la vida religiosa. Necesaria es la distinci?n entre cuestionamientos que miran al futuro con esperanza y cuestionamientos que tienden a polemizar el futuro de la vida consagrada, queriendo establecer cauces para la vida consagrada en forma paralela al Magisterio. No cabe duda que el desarrollo teol?gico que ha seguido para la vida consagrada requiere una profundizaci?n exhaustiva de los conceptos emanados a partir del Vaticano II. Pero esta profundizaci?n y esfuerzo por poner en pr?ctica las directrices del magisterio, no debe confundirse con una disensi?n del Magisterio de la Iglesia.

Muchos te?logos del disenso consideran el futuro de la vida consagrada como una gran interrogante. Se saben en un momento de transici?n en donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo a?n no aparece. Buscan constantemente v?as para alcanzar esto ?nuevo que est? por nacer? . Y tal parece que de alguna forma proponen la re-fundaci?n como una posible respuesta al futuro de la vida consagrada.

Diversa, bajo mi punto de vista, es la visi?n del Magisterio de la Iglesia. Serena y confiada su visi?n del futuro, basada en la esperanza: la santidad. ?Aspirar a la santidad: este es en s?ntesis el programa de toda vida consagrada, tambi?n en la perspectiva de su renovaci?n en los umbrales del tercer milenio.? Profundizando es esta aseveraci?n nos daremos cuenta del rico contenido no s?lo teol?gico sino espiritual y humano que esta lucha por alcanzar la santidad puede tener para el futuro de la vida consagrada.

Cuando la persona se consagra a Dios hace del seguimiento de Cristo su norma de vida, tal y como lo establece el C?digo de Derecho Can?nico: ?La vida consagrada por la profesi?n de los consejos evang?licos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo m?s de cerca a Cristo bajo la acci?n del Esp?ritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar t?tulo a su gloria, a la edificaci?n de la Iglesia y a la salvaci?n del mundo, consigan la perfecci?n de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.? No es el aspecto legalista en el que debemos fijar nuestra atenci?n, sino en la parte espiritual que refleja la postura del alma consagrada frente al compromiso que adquiere a partir de la profesi?n de los consejos religiosos. Se compromete, como respuesta a una llamada, a seguir m?s de cerca de Cristo. Este seguimiento comportar? un nuevo estilo de vida, diferente al que hasta ese momento habr?a seguido en su vida. El entro de su vida ser? Cristo y sobre ese polo deber? girar su existir.

Este nuevo estilo de vida, inaugurado por Cristo e imitado a lo largo de los siglos, primero por los Ap?stoles y luego por otros muchos seguidores, entre quienes destacan la figura de los fundadores, viene cristalizado en la Iglesia a trav?s de una coordenadas bien definidas. Coordenadas que no quitan la libertad de esp?ritu, sino que son cauces para su mejor expresi?n. Como un tren que debe correr por los rieles si quiere de alguna manera llegar a su destino, as? la vida consagrada puede expresar su potencial a trav?s de unos lineamientos seguros. ?La Iglesia considera ciertos elementos como esenciales para la vida religiosa: la vocaci?n divina, la consagraci?n mediante la profesi?n de los consejos evang?licos con votos p?blicos, una forma estable de vida comunitaria, para los institutos dedicados a obras de apostolado, la participaci?n en la misi?n de Cristo por medio de un apostolado comunitario, fiel al don fundacional espec?fico y a las sanas tradiciones; la oraci?n personal y comunitaria, el ascetismo, el testimonio p?blico, la relaci?n caracter?stica con la Iglesia, la formaci?n permanente, una forma de gobierno a base de una autoridad religiosa basada en la fe. Los cambios hist?ricos y culturales traen consigo una evoluci?n en la vida real, pero el modo y el rumbo de esa evoluci?n son determinados por los elementos esenciales, sin los cuales, la vida religiosa pierde su identidad.?

Estos cauces tienden indefectiblemente a un estilo de vida que de alguna manera facilita la santidad personal. No es que las personas consagradas sean las ?nicas llamadas a la santidad. Es ?ste un estado de vida al que todos los cristianos, en raz?n de su bautismo, est?n invitados a alcanzar. ?La santidad no se refiere exclusivamente al nivel moral. No es en absoluto un premio que el hombre merece. Es m?s bien una manera de existir derivada de la relaci?n con Dios. La santidad de Israel part?a de una separaci?n; y, del mismo modo, existe un estado de di?spora propio de la condici?n cristiana. No se trata de poner l?mites al amar; pero el cristiano ama de una manera distinta, que parte de Dios, fuente y origen del amor. Por eso, la consagraci?n se traduce en don; Jes?s se santifica cuando como pastor entrega la vida por las ovejas (Jn 10, 11).?

Siendo la santidad un estilo de vida, una manera de existir de acuerdo a una relaci?n ?ntima y personal con Dios, podemos establecer que existir? una santidad t?pica de la vida consagrada, en donde los elementos esenciales de dicha vida, antes mencionados, jugar?n un papel preponderante para alcanzar dicha santidad. Y que esta santidad no es opcional para la vida consagrada, sino que ser? parte integrante de la misma. De esta forma, Juan Pablo II coloca el futuro de la vida consagrada para el Tercer Milenio dentro de las directrices marcadas por el Vaticano II en donde la santidad deber?a ser la principal preocupaci?n de todos los fieles cristianos, y especialmente de las personas consagradas. ?Fuertes, sobre todo, en su empuje ideal, lleguen a ser testimonios v?lidos de la aspiraci?n a la santidad como alto grado del ser cristiano.?


Exigencias de la santidad en la vida consagrada
Frente a las exigencias de este tipo de vida, el que nos lleva a la santidad, se corre un doble peligro. Por un lado creer que todo se reduce al esfuerzo de la persona consagrada, y por otro, que toda la santidad depende de las gracias de Dios. ?Los errores sobre la santidad son innumerables, pero suelen girar siempre sobre el polo pelagiano (libertad, no gracia) o sobre el polo luterano (no libertad, gracia). Probablemente el primer error es hoy m?s actual, y desde luego es ?y siempre ha sido- el error m?s peligroso, pues es el que m?s aleja de Cristo Salvador.? Dejando a un lado este doble peligro, es necesario que la persona consagrada tome como compromiso de vida el alcanzar la santidad. Y este compromiso no debe reducirse s?lo a un deseo, a unas intenciones, sino que debe obedecer a la vocaci?n a la que ha sido llamada.

Antes del per?odo de la renovaci?n, se hablaba con frecuencia sobre el estado de perfecci?n. Dejando a un lado las falsas interpretaciones sobre este concepto, es necesario y urgente retomarlo en la vida consagrada, como exigencia primordial de quien ha querido responder a la llamada de Dios para seguir a Cristo en una forma cercana, a trav?s de la profesi?n de los consejos evang?licos, en una misi?n espec?fica. ?? esas familias ofrecen a sus miembros todas las condiciones para una mayor estabilidad en su modo de vida, una doctrina experimentada para conseguir la perfecci?n, una comunidad fraterna en la milicia de Cristo y una libertad mejorada por la obediencia, en modo de poder guardar fielmente y cumplir con seguridad su profesi?n religiosa, avanzando en la vida de la caridad con esp?ritu gozoso.? Retomar el concepto de perfecci?n es hacer posible la vivencia de la caridad en su m?xima expresi?n, tanto para con Dios, como para el pr?jimo. De esta caridad nacer?n los compromisos de vida que hacen tender a la santidad a las personas consagradas. No es alcanzar la perfecci?n como un estado de vanagloria para la persona, sino es la perfecci?n como respuesta a Dios y a los hombres.

Puede ser que la vida consagrada sea considerada como un estilo de vida f?cil, en d?nde se puede alcanzar la salvaci?n y ayudar a la salvaci?n de otras personas, pero esta postura, adem?s de ser err?nea, comporta un grave peligro. Es cierto que para alcanzar la salvaci?n no es necesario ser perfecto, es decir, ser santo. Pero esta postura conlleva un gran peligro, que es la de pensar que el alma, por s? sola, siempre tiende al bien, o por lo menos, a evitar el pecado mortal, sin esfuerzo alguno de su parte . Olvida que el alma tiende hacia el mal, por las huellas que el pecado original ha dejado en ella. Y este es un factor que la mayor?a de las veces viene despreciado en nuestros d?as. Por un psicologismo mal entendido se piensa que el hombre, con s?lo desearlo, o con s?lo pensarlo, puede alcanzar todo aquello que se propone. Se olvidan asimismo de la importancia que tiene el ejercitar la voluntad y el saber presentar a la misma voluntad el ideal a alcanzar. No basta con aspirar al ideal de santidad, es necesario poner los medios para lograrlo. ?Es importante saber si se puede conservar por un tiempo notable el estado de gracia sin esforzarse por progresar en la vida de gracia.? Los medios con los que cuenta la persona, vendr?n a ser materia importante para alcanzar la santidad en la vida consagrada.

No es que la vida consagrada sea una carga insoportable, pero si se quiere vivir con coherencia, si se quiere en verdad aspirar a la santidad, deben buscarse medios para alcanzarla. Estos medios bien pueden ser aquellos que forman parte esencial de la vida cristiana en general y de la vida consagrada en particular. No queremos ser exhaustivos en este punto, ni caer en rigorismos o legalismos que no conducen a puntos pr?cticos. Sin olvidar estos medios, es necesario saberlos presentar a nuestra voluntad en forma atractiva. Nuestros tiempos se rigen m?s por lo que ven, por lo que oyen, por lo que sienten, que por lo que se razona. Somos hijos de nuestro tiempo y los medios de comunicaci?n nos han hecho perezosos, dej?ndonos llevar m?s por nuestros sentidos, que por nuestra raz?n. Por lo tanto, debemos presentar a nuestra mente modelos cre?bles, m?s que argumentos razonables. Sin menospreciar estos ?ltimos, los modelos cre?bles, al hacer vida de su vida los argumentos razonables, penetran m?s f?cilmente en la vida de las personas consagradas. Se trata por tanto de presentar los medios para adquirir la santidad en forma encarnada, bajo la vida del Fundador .

La persona consagrada que quiere aspirar a la perfecci?n, esto es, a la santidad, cuenta con la vida del Fundador como un medio privilegiado. Si la persona consagrada se ha puesto en camino para responder a la llamada de Dios a una consagraci?n especial, esta consagraci?n especial se realiza bajo unos cauces muy espec?ficos, muy bien delineados. Estos cauces ser?n los marcados por el Fundador. No deber? contentarse solamente con conocer esos cauces, deber? conocerlos para amarlos y despu?s reproducirlos en su vida. En s?ntesis, debe reproducir en su propia vida la vida del Fundador. Entonces los compromisos de vida comportan sus exigencias. Para nada debemos reducir, disminuir o despreciar esta sana aspiraci?n a reproducir en nuestras vidas la vida del Fundador. Es ?sta una invitaci?n que el Magisterio ha venido recordando desde hace 40 a?os y que Juan Pablo II recoge admirablemente en la Exhortaci?n post-sinodal Vita Consecrata: ?Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy. Esta invitaci?n es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a trav?s de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana.?

La vida del Fundador se presenta como un modelo a seguir para aspirar a la santidad en la vida consagrada. Es un modelo accesible a todas las personas consagradas de todos los tiempos. Este estilo de vida requerir? en primer lugar un conocimiento vivencial y experimental de la vida del fundador, una compenetraci?n con su misi?n y un deseo de imitarlo en todo.


La vida del Fundador y su carisma.
Esta vida del Fundador no es la colecci?n hist?rica de eventos o momentos importantes en su vida. Es m?s bien la historia de la relaci?n personal que ?l sostuvo a lo largo de su vida con Dios. Esta relaci?n es lo que le ha dado a ?l un modo de vivir, un santo modo de vivir y que de alguna manera todos las personas consagradas que participan del mismo ideal que ?l ha fundado, est?n llamadas a vivir.

Cada una de las personas que profesan seguir a Cristo m?s de cerca de trav?s de los consejos evang?licos, lo hace en una forma muy peculiar, podemos decir, con un estilo propio. Este estilo es lo que podr?amos considerar como carisma. El carisma es, sint?ticamente, ?el don particular de la gracia divina operado en el creyente por parte del esp?ritu Santo para la com?n utilidad de la Iglesia.? Concepto que, aplicado a la vida consagrada, Juan Pablo II define de la siguiente manera: ?Es dif?cil describir, m?s a?n enumerar, de qu? modos tan diversos las personas consagradas realizan, a trav?s del apostolado, su amor a la Iglesia. Este amor ha nacido siempre de aquel don particular de vuestros Fundadores, que recibido de Dios y aprobado por la Iglesia, ha llegado a ser un carisma para toda la comunidad. Ese don corresponde a las diversas necesidades de la Iglesia y del mundo en cada momento de la historia, y a su vez se prolonga y consolida en la vida de las comunidades religiosas como uno de los elementos duraderos de la vida y del apostolado de la Iglesia.?

Si la persona consagrada busca un modelo seguro para alcanzar la santidad a trav?s de la vida del Fundador, no puede desasociar de la vida del Fundador el carisma con el que el Esp?ritu Santo regal? a la Iglesia. El carisma no puede ser encerrado en una frase, o unas l?neas contenidas en las constituciones o la regla de vida. Como criatura espiritual, el carisma, nace, crece, se desarrolla, se expande y se hace vida en la vida de cada una de las personas de ese particular Instituto. ?Todos han de observar con fidelidad la mente y prop?sitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesi?stica competente, acerca de la naturaleza, fin, esp?ritu y car?cter de cada instituto, as? como tambi?n sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto.?

Una de las principales responsabilidades que tiene la persona consagrada frente al carisma del Fundador es el de hacerlo vida de su vida. Podemos encerrar esta acci?n vital en cuatro momentos simult?neos: conocer, discernir, custodiar y desarrollar. El don del carisma debe ser conocido y vivido por la persona consagrada a trav?s de estos cuatro momentos. No se trata de reducir la vivencia del carisma a una mera observancia externa, sino a una vivencia gozosa y fiel desde el interior de la persona. Ser? esta vivencia, consciente, querida y amada por la persona consagrada la que le ayudar? a ser santa.


Vivencia del carisma y santidad.
Precisamente la vivencia del carisma otorga a la persona la posibilidad de ser santa. No caigamos en la ilusi?n de pensar que la santidad se da en un s?lo acto voluntarioso por querer ser perfecto, un sentimentalismo insustancial, un legalismo riguroso que no se traducen en frutos espirituales. La santidad ser? m?s bien seguir un camino espiritual que comporta una opci?n fundamental en la vida que viene renovada constantemente integrando todas las fuerzas y capacidades de la persona, con generosidad, perseverancia y constancia. Y quien quiera tener un camino seguro para alcanzar la santidad no debe olvidarse del papel important?simo que tiene Cristo en la vida de los cristianos y m?s a?n, en las personas consagradas. Querer fundamentar la santidad sin hacer referencia a Cristo es semejante a aquellos que construyen su casa sobre arena. ?Todo aquello que podamos recibir de Dios queda concentrado en Cristo, en el orden de la naturaleza y de la gracia. Todo nuestro esfuerzo de respuesta en el orden de la naturaleza y de la gracia viene finalizado en Cristo. ?l es ?Dios con nosotros?, Dios presente, cercano, accesible a nosotros. Es uno de los nuestros. Lo podemos conocer, tocar; lo podemos amar, abrazar; lo podemos seguir, imitar y podemos colaborar con ?l.?

Para la persona consagrada, este seguir a Cristo no se lleva a cabo en el aire, sino que se fundamenta y tiene como motivaci?n personal el ejemplo de vida del fundador, cristalizado en el carisma y el patrimonio espiritual del Instituto. Quien decide vivir en plenitud el carisma encuentra ah? una base s?lida para alcanzar la santidad, ya que cuenta con los auxilios de la gracia y pone a disposici?n de la gracia una naturaleza bien formada. El carisma, seg?n la definici?n que recoge la Lumen Gentium en consonancia con la interpretaci?n paulina del t?rmino, como es una gracia para el beneficio de toda la Iglesia, debe ser acogida y vivida en todos los niveles que conforman a la persona. Un carisma que se acoge parcialmente o s?lo bajo un cierto nivel, no puede fructificar en beneficio de la Iglesia. Es necesario acogerlo desde la perspectiva humana, cristiana y de consagraci?n, niveles que conforman a las personas consagradas. Por ellos, podemos afirmar que vivir en plenitud el carisma no es otra cosa que atreverse a ser santo, ya que esta vivencia da a la persona consagrada una madurez humana, cristiana y consagrada, de forma que con esta triple vivencia puede alcanzar la santidad.

Madurez humana.
Vivir el carisma en cada una de las fases de vida, no se reduce a saber de memoria la f?rmula que engloba el propio carisma, ni los n?meros m?s importantes de las Constituciones o de la regla. El conocimiento ayuda a conocer el carisma, pero se debe poner en pr?ctica en cada uno de los aconteceres del vivir cotidiano, para conocerlo verdaderamente, esto experiencialmente.

El esfuerzo que se haga en vivir el carisma en todos sus detalles pr?cticos, otorgar? a la persona consagrada cierta madurez personal que le permitir? formar una base humana sobre la que la gracia pueda construir la santidad. Sin una base humana firme, sin un car?cter que ayude a soportar las pruebas de la vida cotidiana, es dif?cil perseverar en la lucha por la santidad. El ejercicio diario por hacer vida la vida del Fundador, llevar? a la persona consagrada a formar un car?cter propio, adecuado no s?lo a la vivencia del carisma, sino a la santidad de vida a la que est? llamada. No puede entenderse una persona santa si primero no se ha fundado una base humana s?lida. Ya lo dec?a el Concilio Vaticano II al expresar lo que debe entenderse por madurez humana: ?Hay que cultivar tambi?n en los alumnos la necesaria madurez humana, la cual se comprueba, sobre todo, en cierta estabilidad de ?nimo, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres.?

El carisma encierra una misi?n muy espec?fica que la persona consagrada debe llevar a cabo: la atenci?n a los enfermos, la catequesis en parroquia, el cuidado de los hu?rfanos o de las personas, la expansi?n del reino de Cristo en diversos ambientes de la sociedad. Para llevar a cabo esta misi?n que nace del carisma, las personas consagradas cuentan con un patrimonio espiritual, como pueden ser el directorio, la regla, las constituciones o las sanas tradiciones de la Congregaci?n. Al ponerlas en pr?ctica, la persona consagrada no s?lo est? haciendo que la vida del Fundador cobre vida en su vida, sino que est? formando un car?cter que le permitir? tener una cierta estabilidad de ?nimo, sabr? tomar decisiones ponderadas y aprender? a juzgar adecuadamente sobre los acontecimientos y los hombres. Esta firmeza de car?cter, esta madurez humana es ingrediente b?sico para que la gracia pueda fructificar, ya que de nada sirve la gracia que Dios da a una persona para que pueda seguirla, si esta garcia no encuentra un recept?culo adecuado. Muchas de las crisis de vocaciones, por ejemplo, se deben a una adecuada formaci?n del material humano.

Madurez cristiana.
En un segundo momento, la vivencia del carisma lleva a la persona a vivir una plenitud de vida cristiana. Por vida cristiana entendemos la configuraci?n con la persona de Cristo, configuraci?n a la cual est?n invitados a participar todos los cristianos, aunque de una manera eminente las personas consagradas. ?Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada est? tambi?n en ?ntima relaci?n con la obra del Esp?ritu Santo. Es ?l quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una opci?n tan comprometida. Bajo su acci?n reviven, en cierto modo, la experiencia del profeta Jerem?as: ? Me has seducido, Se?or, y me dej? seducir ? (20, 7). Es el Esp?ritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es ?l quien gu?a el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo despu?s su fiel realizaci?n; es ?l quien forma y plasma el ?nimo de los llamados, configur?ndolos a Cristo casto, pobre y obediente, y movi?ndolos a acoger como propia su misi?n.?

Publicado por mario.web @ 18:32
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