Martes, 03 de mayo de 2011
Con cinismo inaudito, el Estado, y a menudo tambi?n el marido y la familia, declaran resueltamente a la mujer embarazada, especialmente en los momentos de mayores dificultades f?sicas y ps?quicas para ella -pr?ximas al p?nico en ocasiones-, se?ora de la v
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?Todos los hombres son personas?
?Todos los hombres son personas?
Con cinismo inaudito, el Estado, y a menudo tambi?n el marido y la familia, declaran resueltamente a la mujer embarazada, especialmente en los momentos de mayores dificultades f?sicas y ps?quicas para ella -pr?ximas al p?nico en ocasiones-, se?ora de la vida y la muerte de su hijo, entre las que puede elegir ?libremente?. Por consiguiente, ellas son las ??nicas culpables? si deciden en favor de la vida.

1.La costumbre es un poder. Las buenas costumbres se denominan virtudes; las malas, vicios. Pecados habituales son los que apenas agitan ya la conciencia. Por eso, la tradici?n cristiana los considera especialmente graves. Cuando se estima moralmente bueno todo lo que no remuerde, la costumbre termina por transformar lo malo en bueno. Con la desaparici?n del sentimiento de culpa parece disminuir la propia culpa. En la vida social nos inclinamos paulatinamente a considerar lo habitual como normal, sobre todo cuando no hacemos da?o directamente a nadie, o cuando conseguimos no identificarnos con las v?ctimas de una normalidad inhumana: esclavos, brujas, hombres de otras razas o ni?os no nacidos.

En esta situaci?n nos encontramos actualmente. En las Cajas de Enfermedad de la Rep?blica Federal Alemana se abonaron en cuenta durante 1987 unos 200.000 homicidios de ni?os no nacidos. La transmisi?n de la vida humana es considerada oficialmente en nuestro pa?s como enfermedad; el homicidio, como curaci?n. Si el ginec?logo no indica a una mujer la ?posibilidad? de comprobar alguna dificultad eventual de su hijo, que le permita desembarazarse de ?l a su debido tiempo, se convierte en culpable. La abdicaci?n del estado social, sobre la que advirti? el jurista y pol?tico socialdem?crata Adolf Arndt, ha tenido lugar ya. En nuestros d?as, la ?indicaci?n social? significa la declaraci?n de la incapacidad del Estado para ofrecer alternativas a las situaciones graves que excluyan el homicidio.

Con cinismo inaudito, el Estado, y a menudo tambi?n el marido y la familia, declaran resueltamente a la mujer embarazada, especialmente en los momentos de mayores dificultades f?sicas y ps?quicas para ella -pr?ximas al p?nico en ocasiones-, se?ora de la vida y la muerte de su hijo, entre las que puede elegir ?libremente?. Por consiguiente, ellas son las ??nicas culpables? si deciden en favor de la vida. La manipulaci?n actual de la indicaci?n social se halla claramente en contradicci?n, sin embargo, con las resoluciones del Tribunal Constitucional Federal. A pesar de ello, ning?n partido ni estado federal gobernado ?cristianamente? se decide a reclamar que se cree una situaci?n acorde con el mandato constitucional, a restituir a la mujer la protecci?n legal de sus hijos frente a la presi?n extorsionadora del entorno, a liberarla de la necesidad, desestabilizadora de su conciencia y su dignidad, de tener que elegir entre la vida y la muerte. La idea de una posibilidad electiva o de decisi?n semejante ha penetrado incluso en las declaraciones de ciertas instituciones eclesi?sticas, que hablan de que tambi?n la decisi?n en favor del aborto se debe ?respetar?. En este contexto es incorrecto, no obstante, hablar de ?conciencia? sin a?adir que s?lo una de las desiguales decisiones se puede llamar decisi?n de conciencia.

La situaci?n normal del presente se debe calificar de perversa. En el origen del actual estado de cosas ha habido mentiras, falsa informaci?n tendenciosa. El Dr. Nathanson ha explicado repetidamente c?mo en su ?poca las campa?as americanas de liberaci?n eran planeadas y animadas por ?l mismo y sus amigos con ayuda de cifras sobre abortos y perjuicios para la salud que multiplicaban los n?meros reales. Las revelaciones del Dr. Nathanson supusieron una cat?strofe para los partidarios del aborto. Tambi?n result? falsa la predicci?n de que las nuevas leyes har?an disminuir el n?mero de abortos. La realidad es exactamente la contraria.

Seg?n las estimaciones m?s fidelignas, en 1968 se practicaba un aborto cada seis nacimientos aproximadamente. ?Hoy se realiza cada dos o tres! Por lo dem?s, actualmente se sabe muy bien que en las sociedades secularizadas el derecho penal contribuye a configurar las costumbres o a afianzarlas. Quienes exigen en nuestros d?as la criminalizaci?n de la violencia en el matrimonio parten del efecto en cuesti?n. ?Si se aplica incluso a los casos m?s ?extraordinarios?, suelen argumentar, ?la ley puede producir una cierta conciencia de lo injusto?. ?Por qu? no ha de valer este argumento para el caso del aborto?

La conciencia actual iguala inmediatamente la supresi?n de la amenaza penal con el consentimiento legal. Una buena prueba de ello nos la ofrecen los dos hechos siguientes. El primero consiste en que las Cajas P?blicas ofrecen el homicidio de ni?os no nacidos como ?prestaci?n?. El segundo, en que el ethos profesional del ginec?logo ha padecido grav?simos da?os en poco tiempo. Ser?a bueno que el juramento hipocr?tico, que excluye toda forma de colaboraci?n en el homicidio del paciente o del feto, colgara de las paredes de las salas de espera, que se convirtiera de nuevo, como en la ?poca nazi, en el distintivo de los m?dicos ?ntegros. En ?pocas de injusticia manifiesta es inevitable la polarizaci?n. ?No significa miedo a la polarizaci?n dejar de advertir a los m?dicos cat?licos de nuestro pa?s que, seg?n el derecho can?nico postconciliar, cualquier m?dico que realiza un aborto queda excluido de la Iglesia?

El peligro de toda polarizaci?n es el farise?smo. Hoy no es, empero, demasiado grande. La condena cristiana de la arrogancia moral est? profundamente asentada en nuestra cultura, especialmente en los ambientes cristianos. Tan firme es la censura en cuesti?n, que podr?amos modificar en ocasiones la conocida par?bola de Jes?s y hacer que el publicano dijera en su oraci?n: ?Se?or, te doy gracias por no ser como ese fariseo?.

Este nuevo y antimoral farise?smo publicano empeora a?n m?s las cosas, pues a la err?nea actitud individual de elevarse por encima de los dem?s a?ade la perversi?n social de las normas, que permitir? a alguien ufanarse de s? mismo. A los ojos de Jes?s, la praxis vital del fariseo -ayunar, orar y dar limosna- era mejor que colaborar con la potencia de ocupaci?n explotadora. La acusaci?n de ?farise?smo? se puede convertir en un t?pico para desacreditar la lucha por el bien y las declaraciones p?blicas en su favor.

2.Desde hace algunos a?os se prepara un nuevo ataque al derecho del hombre a la vida presentado con enorme arrogancia te?rica. El representante m?s conocido de esa ofensiva es Peter Singer, cuyo pensamiento fue introducido en el debate jur?dico alem?n por Norbert Hoerster 1.

Estos autores hacen una afirmaci?n absolutamente insostenible: en los primeros meses de vida el hombre es una parte del organismo materno que ?en el momento del nacimiento se transforma s?bitamente en un individuo humano.

La idea que sirve de fundamento al eslogan "soy due?a de mi cuerpo" es, pues, falsa desde el principio. La verdad es exactamente la contraria. Elnascituruses desde el principio un individuo perteneciente al g?nero humano, que recorre un proceso continuo de desarrollo desde el ?vulo fecundado [?] hasta el hombre adulto?

2. As? pues, si todo hombre posee efectivamente derecho a la vida, est? absolutamente injustificado, sostiene Hoerster, privarlo de ?l invocando razones comparativamente tan insignificantes como preve la indicaci?n social. Sin embargo, Singer, Hoerster y otros niegan que la pertenencia al g?nero humano sea fundamento suficiente del derecho a la vida. Ese derecho se deber?a reconocer s?lo a determinados seres, a aquellos que posean propiedades y capacidades relevantes al respecto, como conciencia del propio yo y racionalidad. ?nicamente los seres as? son personas, y s?lo las personas tienen derecho a la vida. Los embriones no lo son. Los ni?os en el primer a?o de vida, los deficientes profundos o los afectados por la decrepitud de la edad tampoco. Si no hay razones en contra, si no existen motivos pol?tico-sociales o de higiene social que aconsejen lo contrario, debe estar permitido matar a todos esos grupos humanos.

En Estados Unidos se divulga ya p?blicamente ese postulado. El derecho a la vida de un mam?fero superior adulto debe prevalecer, a juicio de Singer, sobre el de un ni?o de un a?o de edad. Cuando hace alg?n tiempo los adversarios del aborto predijeron la aparici?n de esas horribles consecuencias, fueron acusados irresponsable e injustamente de catastrofistas.

La nueva generaci?n de partidarios del aborto se caracteriza por ser lo suficientemente sincera como para extraer por s? misma estas consecuencias. De todos modos, intentan suavizarlas para que no sea demasiado grande el efecto shock sobre las personas educadas en medios tradicionales cristianos o jud?os. Esa es la raz?n por la que Hoerster, pese a estar en contradicci?n con sus principios filos?ficos, quiere se?alar jur?dicamente el nacimiento como comienzo del derecho a la vida, apoy?ndose en que ?sa es la ?nica frontera suficientemente clara.

Su proyecto es, sin embargo, absolutamente inadmisible, pues el l?mite que se?ala es cualquier cosa menos claro. Considerar el nacimiento como comienzo del derecho a la vida significar?a, por ejemplo, que un ni?o nacido prematuramente a los seis meses estar?a protegido, mientras que otros con nueve meses podr?an ser asesinados. El vientre de la madre se convertir?a de ese modo en el lugar m?s inseguro del mundo. El primer a?o de edad es, a diferencia del nacimiento, un dato mucho m?s claro.

Aun cuando no existiera, como se infiere del pensamiento de esos autores, ninguna raz?n objetiva para conceder el derecho a la vida a los ni?os de un a?o, los puntos de vista hist?ricos de la seguridad jur?dica no hablan en contra de ese plazo.

Quienes pretenden separar los conceptos ?hombre? y ?persona? no han considerado a fondo las consecuencias que derivan de ello. Seg?n la concepci?n tradicional, bien fundamentada filos?ficamente, es persona todo individuo de una especie cuyos miembros normales tienen la posibilidad de adquirir conciencia del propio yo y racionalidad. Si s?lo fueran personas los seres que disponen actualmente, de hecho, de esas propiedades, ser?a leg?timo matar a un hombre durante el sue?o e impedirle despertar, pues mientras duerme no ser?a persona.

El deber de respetar su vida s?lo podr?a derivar, pues, de nuestro deseo de dormir sin el temor de no volver a despertar.

Sin embargo, a juicio de Derek Parfit, un fil?sofo de la misma orientaci?n que los mencionados, ese miedo es irracional, algo de lo que deber?amos desembarazarnos 3. Quien despierta del sue?o no es el mismo que lo concili?. Como entre ambos momentos no ha existido la persona, se trata de alguien distinto que ha heredado, por as? decir, el recuerdo de la persona anterior merced a la continuidad corporal del organismo.

Reducir la persona a ciertos estados actuales -conciencia del yo y racionalidad- termina disolvi?ndola completamente: ya no existe la persona, sino s?lo ?estados personales de los organismos?. Esta doctrina se halla en flagrante contradicci?n con nuestra intuici?n espont?nea m?s elemental. Es, incluso, internamente contradictoria, pues los estados personales de conciencia no se pueden describir en absoluto sin recurrir a la identidad entre hombre y persona. Cuando alguien dice ?yo nac? en tal sitio?, ?yo? no significa nada parecido a conciencia del yo -algo que en el momento del nacimiento no se tiene en absoluto-, sino un ser que era lo que es antes de poder decir ?yo?. Del mismo modo se expresa la madre al decir a su hijo, ya mayor, ?cuando estaba embarazada de ti...?.

El que la madre considere desde el principio al hijo como persona, como un ?t??, es condici?n para que el hombre alcance posteriormente los estados de conciencia caracter?sticos de las personas. Los ni?os s?lo adquieren racionalidad y conciencia del yo por medio del lenguaje. El lenguaje lo aprende, por su parte, porque la madre habla con ellos como seres que ya son personas. La madre sonr?e al beb?, y as? aprende ?l a devolverle la sonrisa.

Si el hombre fuera tratado como un ser vivo que hay que amaestrar, no como persona, no asimilar?a las formas de expresi?n del ser personal. La personalidad es una constituci?n esencial, no una cualidad. Y mucho menos un atributo que -a diferencia del ser humano plenamente desarrollado-se adquiera poco a poco. Dado que los individu?s normales de la especie homo sapiens se revelan como personas por poseer determinadas propiedades, debemos considerar seres personales a todos los individuos de esa especie, incluso a los que todav?a no son capaces, no lo son ya o no lo ser?n nunca de manifestarlos.

3. De todo ello resulta una nueva e importante consecuencia. Quienes reclaman la protecci?n eficaz de la vida son atacados repetidamente con el argumento de que pretenden imponer por la fuerza sus ideas morales a los dem?s, a aqu?llos cuya concepci?n del hombre es completamente distinta a la suya. En una sociedad pluralista, se sigue diciendo, no se deber?a hacer una cosa as?. Este argumento es absurdo. Quien est? convencido de que determinados seres son personas tiene la obligaci?n de luchar por sus derechos. A quien lucha contra la esclavitud, convencido de que es inhumana, no se le puede exigir que respete la convicci?n del negrero. Los derechos son, si se admite que existan, el fundamento de la autonom?a de cada ser respecto del juicio moral de los dem?s. Esta idea es aceptada, incluso, en el debate sobre la protecci?n de los animales. Los defensores de los animales no dicen que no deban torturarlos quienes opinan que sienten el sufrimiento.

Si as? fuera, quien no crea que sufren estar?a autorizado a maltratarlos. Nadie deber?a imponerles ?su propia concepci?n de la vida animal?. En vez de eso dicen, y con raz?n, algo completamente distinto; a saber: ?Los animales sufren. Por eso, se debe obligar a quienes no lo entiendan as? a respetarlos e impedirles que les inflijan determinados sufrimientos?. Quienes no creen que los ni?os no nacidos son personas deber?an aceptar que quien lo cree tiene el deber de luchar por los derechos de unos seres que ?l considera personas.

Si no lo hiciera, cabr?a entender su omisi?n como signo de falta de verdadero convencimiento, pues, de estar verdaderamente convencido, esa omisi?n ser?a una carga grave sobre su conciencia. Como se ve, hay una clara asimetr?a entre los modos de razonar en uno y otro caso: Ser?a preciso tener seguridad absoluta de que los ni?os no nacidos no son personas para poder justificar la liberalizaci?n del homicidio que se comete contra ellos. En justicia, cualquier incertidumbre al respecto deber?a obrar en favor de la vida. Si alguien disparara en el bosque a un objeto m?vil, dudando de si se trata o no de un hombre, ser?a castigado cuando menos por homicidio involuntario.

4.?Qu? debemos hacer? Cambiar la situaci?n legal, modificada para que el aborto sea de nuevo una acci?n ilegal, es una condici?n necesaria, pero no suficiente; para conseguir que las cosas cambien a mejor. No es deseable volver a la situaci?n anterior a la reforma del par?grafo ? 218, Y menos a?n a situaciones todav?a m?s arcaicas. En muchas sociedades, tambi?n en las cristianas, se practicaba y se sigue practicando el aborto. Las cifras de abortos en Polonia y en los pa?ses balc?nicos son hoy d?a muy elevadas, pero tambi?n lo eran ya en el pasado. La campa?a para liberalizado las ha exagerado tendenciosamente. Sin embargo, ha tenido el m?rito de presentar las cosas por vez primera ante la conciencia general.

Hasta ese momento el aborto se practicaba en la oscuridad. Aunque no estaba autorizado, era tolerado t?citamente por la sociedad, como la prostituci?n. Estaba penalizado, pero no se pon?a demasiado empe?o en que desapareciera. Este tab?, as? como la doble moral que entra?aba, fue aniquilado por la campa?a de liberalizaci?n. Ella hizo que se tomara clara conciencia del problema. Una toma de conciencia as? es siempre ambivalente. De ella puede resultar por vez primera que se proteja consecuentemente la vida humana en la sociedad opulenta ilustrada, que se iluminen completamente zonas oscuras, que se limpie el lado oculto de la existencia. El otro efecto posible, de consecuencias funestas, consiste en permitir que se suprima abierta y claramente la vida humana. Esta situaci?n es peor que la oscuridad anterior, pues ahora asume la responsabilidad del homicidio la sociedad en su conjunto.

El asesinato se convierte en una acci?n regulada oficialmente, en un hecho aceptado. Los centros de orientaci?n, que aparecen en el curso posterior de los acontecimientos, a?aden nuevas dificultades. Estos centros deben emitir certificados de que se dan las condiciones para abortar impunemente. De ese modo, las iglesias, animadas por el af?n de impedir el aborto, est?n envueltas tambi?n en el sistema. Se instaura un cinismo, extra?o a las sociedades tradicionales, de consecuencias imprevisibles.

Las sociedades tradicionales son siempre hip?critas de alg?n modo. En el siglo XVIII se sol?a decir, sin embargo, ?la hipocres?a es la reverencia del vicio a la virtud?. El hip?crita reconoce la existencia de criterios de lo correcto y lo falso. La discusi?n abierta del problema del aborto tendr?a que haber ejercido un influjo positivo incluso sobre la Iglesia, pues tambi?n ella hab?a cerrado los ojos a la realidad exterior al confesionario y la caridad privada, cosas, por lo dem?s, de enorme importancia.

Ella, no los partidarios de la liberalizaci?n, deber?a haber abierto el debate hace ya a?os. Nosotros tendr?amos que haber hablado de las cifras oscuras. Nosotros deber?amos haber pedido un cambio de la situaci?n general. En lugar de eso, la informaci?n se asoci? con la tendencia de la civilizaci?n moderna a manejarlo todo t?cnicamente, incluida la vida humana. La reproducci?n in vitro, el aborto, la prolongaci?n y terminaci?n artificial de la vida constituyen un gigantesco complejo sobre el que se asienta la inclinaci?n a ense?orearse definitivamente de la vida humana. Nunca ha sido la idea de creaci?n m?s importante que hoy, nunca ha estado m?s enfrentada a lamainstream de la civilizaci?n dominante. Actualmente la alternativa se puede formular as?: cinismo general frente a la vida humana o protecci?n efectiva de la misma. El fin de la doble moral es ambiguo. Despu?s de ?l las cosas pueden ir mejor o peor.

NOTAS

1. Cfr. N. Hoerster, Ein Lebensrecht f?r die menschliche Leibesfrucht?, en Juristische Schulung 29 (1989), p?g. 172 y sigs.
2. Ib?d.
3. Cfr. D. Parfit, Reasons and Persons. Oxford 1984.


*BIO?TICA. Consideraciones filos?fico-teol?gicas sobre un tema actual. RIALP, 1992, pp.67-75

Publicado por mario.web @ 22:15
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