Martes, 03 de mayo de 2011
Santa Edith Stein resalta la virtud caracter?stica de toda persona constituida en orientadora de otra: ?discretio?.
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Sancta Discretio en  la Direcci?n Espiritual
Sancta Discretio en la Direcci?n Espiritual

Esta meditaci?n de Santa Edith Sat?n, enriquece nuestros conocimientos sobre la Direcci?n Espiritual y de este modo mejorar esta pr?ctica necesaria a toda persona que desea ajustar su vida al proyecto que Dios tiene sobre ella. Cada uno de nosotros necesita de la gu?a, de la ayuda de otra persona para descubrir la voluntad de Dios en el aqu? y ahora. Quien tiene la delicada tarea de ser instrumento del Esp?ritu Santo en la gu?a de las almas ha de tener en cuenta esta virtud que la santa llama ?Sancta Discretio?.



Sancta Discretio en la Direcci?n Espiritual

La Santa Regla de san Benito viene a menudo denominada como ?discretione perspicua?, es decir, que se distingue por la discreci?n. La discreci?n est? considerada como impronta caracter?stica de la santidad benedictina. En cierto modo, sin ella no existe la santidad, y si se la comprende con suficiente profundidad y amplitud, se confunde con la santidad misma.

Se conf?a ago a alguien ?bajo discreci?n?, es decir, se espera que se guardara silencio. Pero discreci?n es mucho m?s que el simple sigilo. El discreto sabe, sin necesidad de que se le diga, sobre qu? cosas no debe hablar. Posee el don de discernir entre lo que se puede decir y lo que se debe mantener en silencio, a qui?n se le puede confiar algo y a qui?n no. Esto sirve para los asuntos tanto personales como de los otros. Consideramos como ?indiscreci?n? cuando alguien habla de sus asuntos personales en donde no conviene, o cuando su omisi?n fuera hiriente.

Se nos ofrece una cantidad de dinero ?a discreci?n?, es decir, que podemos disponer libremente de ello. Esto no significa que podemos hacer uso a capricho. El donante deja en nuestras manos el uso porque est? convencido de que podemos distinguir muy bien lo que se puede hacer con ello. Tambi?n en este caso, la discreci?n es un don de discernimiento.

De este don necesita especialmente el que tiene que dirigir almas. San Benito habla de ello en el contacto de lo que tiene que caracterizar al Abad (S. Regla, cap 64): en las disposiciones que toma, ?l tiene que ser ?previsor y aventajado?, y ya sea un trabajo humano o divino lo que ?l manda, ?l tiene que saber discernir y ponderar teniendo presente el discernimiento de Jacob cuando dijo: ?si durante un d?a se les hiciera marchar apresuradamente, todo el ganado morir?a? (G?n 33,13).

Este y otros testimonios sobre el discernimiento, la madre de todas las virtudes, tiene que acoger en su coraz?n y sopesarlo de tal modo que sepa ver qu? es lo que los fuertes exigen y qu? es lo que asusta a los d?biles. Se podr?a definir aqu? la ?discretio? como sabia moderaci?n. Pero la fuente de tal moderaci?n es el don del discernimiento, de saber qu? es lo m?s adecuado para cada uno.

?De d?nde nos viene este don? En nuestra naturaleza hay algo que nos capacita para un cierto grado de discernimiento. Lo designamos como tacto o sensibilidad, un fruto de la cultura espiritual y sabidur?a heredadas y adquiridas por medio de una compleja actividad educativa y a trav?s de experiencias vitales.

El cardenal Newman afirmaba que el aut?ntico caballero (gentleman) se confunde casi con el santo. Ciertamente esto sirve mientras no se supere en cierto l?mite. A partir de ese l?mite el equilibrio natural se hace pedazos. Por otro lado, la discreci?n natural no penetra en lo profundo. Sabe muy bien ?c?mo tratar a los hombres? y llega a prevenir los atascos de la vida social, engrasando oportunamente los engranajes del sistema. Pero los pensamientos del coraz?n, lo m?s ?ntimo del alma, le permanecen escondidos. All? penetra s?lo el Esp?ritu que todo lo explora, incluso la profundidad de la divinidad.

La aut?ntica discreci?n es sobrenatural. Se encuentra s?lo donde reina el Esp?ritu Santo, donde un alma, entregada totalmente y libre para moverse, est? atenta a la suave voz del encantador Hu?sped y espera su soplo.

?Hay que considerar entonces la discreci?n como un don del Esp?ritu Santo? Ciertamente no como uno de los siete dones conocidos, ni como un octavo nuevo. Pertenece a la esencia de cada uno de los dones, de tal modo que puede decirse que los siete dones son modalidades diversas de este don. El don del temor discierne en Dios la divina majestad y comprende la infinita separaci?n existente entre la santidad divina y la propia impureza. El don de la piedad distingue en Dios la pietas, la bondad paternal, y le contempla con el amor temeroso de un ni?o, un amor que sabe discernir lo que al Padre del Cielo le es debido.

En el don de la prudencia se observa, mejor que en ning?n otro, el discernimiento, el saber discernir qu? es lo m?s conveniente para cada momento de la vida. Del don de fortaleza se podr?a pensar que depende solamente de la fuerza de voluntad. Pero la distinci?n entre una prudencia que, a?n reconociendo el justo camino, no va por ?l, y la fortaleza que se deja cegar, es s?lo posible en un plano puramente natural. Donde mora el Esp?ritu Santo, el esp?ritu humano se hace d?cil, sin oponer resistencia. La prudencia determina sin oposiciones el comportamiento pr?ctico, la fortaleza es iluminada por la prudencia. Las dos juntas, posibilitan al esp?ritu humano la adaptaci?n d?cil a cualquier situaci?n.

Puesto que se entrega sin oponer resistencia al Esp?ritu Santo, consigue superar todo lo que se le presenta. Esta luz divina le hace discernir con toda claridad, con el don de la ciencia, que todo lo creado y todo lo ocurrido est?n ordenados a lo Eterno, y lo hace comprenderlo en su estructura, el puesto que le corresponde y la importancia que tiene.

Le consiente, con el don del entendimiento, el poder investigar en la profundidad de la divinidad misma, y permite que la verdad revelada le ilumine claramente. En su plenitud, el don de sabidur?a le une con la mism?sima Trinidad, y le deja, por as? decirlo, penetrar en la fuente eterna y, en todo lo que ella contiene y de ella mana, en un movimiento vital y divino que es amor y conocimiento en uno.

La sancta discretio es, por todo eso, radicalmente diversa a la discreci?n humana. Ella no discierne en base a un pensamiento progresivo, como puede ser el esp?ritu investigador humano; tampoco en base descomposiciones o compendios, o por comparaciones y agrupaciones, o concluyendo y demostrando. Ella discierne al igual que el ojo a plena luz del d?a el contorno de las cosas que tiene ante s?. El percatarse de los m?s m?nimos detalles no impide que se mantenga la vista del todo. Cuanto m?s arriba sube el caminante, m?s amplio es el panorama que contempla, hasta que alcanza la cima desde donde contempla libremente todos los alrededores. El ojo del esp?ritu, iluminado por la luz celeste, alcanza las distancias m?s remotas y nada se le presenta indistinto o indistinguible.



Edith Stein resalta la virtud caracter?stica de toda persona constituida en orientadora de otra: discretio. Esa virtud pone en juego una gama de otras virtudes de las que hablaremos en otro momento.


(Tomado de: ESCRITOS ESPIRITUALES, Edith Stein. (B.A.C) Colecci?n: Cl?sicos de Espiritualidad, p?gs. 139-142).


Publicado por mario.web @ 23:11
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