Martes, 03 de mayo de 2011
Virgen colombiana, fundadora de las Misioneras de Mar?a Inmaculada y Santa Catalina de Siena (fecha de beatificaci?n: 25 de abril de 2004).
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Laura Montoya
Laura Montoya


Virgen colombiana, fundadora de las Misioneras de Mar?a Inmaculada y Santa Catalina de Siena (fecha de beatificaci?n: 25 de abril de 2004).


Naci? en Jeric? (Antioquia), peque?a poblaci?n colombiana, el 26 de mayo de 1874, en el hogar de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui, una familia profundamente cristiana. Recibi? el bautismo cuatro horas despu?s de su nacimiento. Le pusieron por nombre Mar?a Laura de Jes?s.

Cuando ten?a dos a?os, su padre fue asesinado, en cruenta guerra fratricida por defender la religi?n y la patria. Dej? a su esposa y sus tres hijos en orfandad y dura pobreza, a causa de la confiscaci?n de los bienes por parte de sus enemigos. De su madre Laura aprendi? a perdonar y a fortalecer su car?cter con sentimientos cristianos.

Desde sus primeros a?os, su vida estuvo llena de incomprensiones y dolores. Supo lo que es sufrir como pobre hu?rfana, mendigando cari?o entre sus mismos familiares. Aceptando con amor el sacrificio, fue superando las dificultades del camino. La acci?n del Esp?ritu de Dios y la lectura espiritual, especialmente de la sagrada Escritura, la llevaron por los caminos de la oraci?n contemplativa, la penitencia y el deseo de hacerse religiosa en el claustro carmelitano. Ten?a sed de Dios y quer?a ir a ?l "como bala de ca??n".

Creci? casi sin estudios, por las dificultades de pobreza y vida itinerante a causa de su orfandad, hasta la edad de 16 a?os, cuando ingres? en la Normal de Institutoras de Medell?n, para ser maestra elemental y, de esta manera, ganarse el sustento diario. A pesar de ello, lleg? a ser una erudita en su tiempo, una notable pedagoga, formadora de generaciones cristianas, escritora, m?stica profunda por su experiencia de oraci?n contemplativa.

Su profesi?n de maestra la llev? por varias poblaciones de Antioquia y luego al colegio de La Inmaculada, en Medell?n. En su magisterio no se contentaba con el saber humano, sino que expon?a magistralmente la doctrina del Evangelio. Con la palabra y el ejemplo, formaba el coraz?n de sus disc?pulas en el amor a la Eucarist?a y en los valores cristianos. En un momento de su trayectoria como maestra, se sinti? llamada a realizar lo que ella llamaba ?la Obra de los indios?. En 1907, estando en la poblaci?n de Marinilla, escribi?: ?Me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haci?ndome madre, del modo m?s intenso, de los infieles. Me dol?an como verdaderos hijos?. Este fuego de amor la impulsaba a un trabajo heroico al servicio de los ind?genas de las selvas de Am?rica.

En 1914, apoyada por monse?or Maximiliano Crespo, obispo de Santa Fe de Antioquia, fund? una familia religiosa: las Misioneras de Mar?a Inmaculada y Santa Catalina de Siena, para hacer realidad su ideal misionero, como expresa en su Autobiograf?a: "Necesitaba mujeres intr?pidas, valientes, inflamadas en el amor de Dios, que pudieran asimilar su vida a la de los pobres habitantes de la selva, para levantarlos hacia Dios".

En el mes de noviembre de 1930, despu?s de una viva oraci?n ante la Eucarist?a en la bas?lica de San Pedro, escribi?: "Tuve fuerte deseo de tener tres largas vidas: la una para dedicarla a la adoraci?n, la otra para pasarla en las humillaciones, y la tercera para las misiones; pero al ofrecerle al Se?or estos imposibles deseos, me pareci? demasiado poco una vida para las misiones y le ofrec? el deseo de tener un mill?n de vidas para sacrificarlas en las misiones entre infieles".

Busc? recursos humanos, foment? el celo misionero entre sus disc?pulas, escogi? cinco compa?eras a quienes comunic? el fuego apost?lico de su propia alma. Aceptando de antemano los sacrificios, humillaciones, pruebas y contradicciones que se ve?an venir, acompa?ada por su madre, Dolores Upegui, y el grupo de misioneras catequistas de los indios sali? de Medell?n hacia Dabeiba el 5 de mayo de 1914.

Partieron hacia lo desconocido, para abrirse paso en la tupida selva. Iban, no con la fuerza de las armas, sino con la debilidad femenina apoyada en el Crucifijo y sostenida por un gran amor a Mar?a, la Madre y Maestra de esta Obra misionera. ?Ella, la Se?ora Inmaculada me atrajo de tal modo, que ya me es imposible pensar siquiera en que no sea ella como el centro de mi vida?. La celda carmelitana, objeto de sus ansias en el tiempo de su juventud, le pareci? demasiado fr?a ante aquellas selvas pobladas de seres humanos que no conoc?an a Cristo, pero eran amados tiernamente por Dios. "Siento la suprema impotencia de mi nada y el supremo dolor de verte desconocido, como un peso que me agobia".

Comprendi? la dignidad humana y la vocaci?n cristiana del ind?gena. Quiso insertarse en su cultura, vivir como ellos en pobreza, sencillez y humildad, y de esta manera derribar el muro de discriminaci?n racial que manten?an algunos l?deres civiles y religiosos de su tiempo. La solidez de su virtud fue probada y purificada por la incomprensi?n y el desprecio de los que la rodeaban, por los prejuicios y las acusaciones de algunos prelados de la Iglesia, que no comprendieron en su momento aquel estilo de ser ?religiosas cabras?, seg?n su expresi?n, llevadas por el anhelo de extender la fe y el conocimiento de Dios hasta los m?s remotos e inaccesibles lugares, brindando una catequesis vivencial del Evangelio. Su obra misionera rompi? esquemas, para lanzar a la mujer como misionera en la vanguardia de la evangelizaci?n en Am?rica Latina. El doloroso ?Tengo sed? de Cristo en la cruz la impuls? a saciar esta sed del crucificado: ??Cu?nta sed tengo! Sed de saciar la vuestra, Se?or. Al comulgar, nos hemos juntado dos sedientos: Vos, de la gloria de vuestro Padre; y yo, de la de vuestro Coraz?n eucar?stico. Vos, de venir a m?; y yo, de ir a Vos?.

Mujer de avanzada, eligi? como celda la selva enmara?ada y como sagrario la naturaleza andina, los bosques y ca?adas, la exuberante vegetaci?n en donde encontraba a Dios. Escribe a las hermanas: ?No tienen sagrario, pero tienen naturaleza; aunque la presencia de Dios es distinta, en las dos partes est? y el amor debe saber buscarlo y hallarlo en donde quiera que se encuentre?.

Redact? para ellas las ?Voces M?sticas?, obra inspirada en la contemplaci?n de la naturaleza, y otros libros como el Directorio o gu?a de perfecci?n, que ayudan a las hermanas a vivir en armon?a entre la vida apost?lica y la contemplativa.

Su Autobiograf?a es su obra cumbre, libro de confidencias ?ntimas, experiencia de sus angustias, desolaciones e ideales, vibraciones de su alma al contacto con la divinidad, vivencias de su lucha tit?nica por llevar a cabo su vocaci?n misionera. All? muestra su ?pedagog?a del amor?, pedagog?a acomodada a la mente del ind?gena, que le permite adentrarse en la cultura y el coraz?n del indio y del negro americanos.

La madre Laura centr? su eclesiolog?a en el amor y la obediencia a la Iglesia. Viv?a para la Iglesia, a la que amaba entra?ablemente, y para extender sus fronteras no med?a dificultades, sacrificios, humillaciones y calumnias.

Esta infatigable misionera pas? nueve a?os en silla de ruedas, sin dejar su apostolado de la palabra y de la pluma. Despu?s de una larga y penosa agon?a, muri? en Medell?n el 21 de octubre de 1949. A su muerte dej? extendida su congregaci?n de misioneras en 90 casas distribuidas en tres pa?ses, con 467 religiosas. En la actualidad trabajan en 19 pa?ses de Am?rica, ?frica y Europa.

(Texto: L?Osservatore romano, edici?n en lengua espa?ola, 23 de abril de 2004).


Publicado por mario.web @ 23:14
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