Mi?rcoles, 04 de mayo de 2011

Fuente: arcol/teologoresponde
Autor: Miguel ?ngel Fuentes, I.V.E.

?ltimamente se ha hablado mucho sobre la pena de muerte en Estados Unidos y en otros pa?ses como China o M?xico. ?Cu?l es la doctrina de la Iglesia Cat?lica al respecto? ?Se sigue afirmando la misma ense?anza de siglos atr?s?

1. Actualidad del problema


Se comprende adecuadamente la inquietud que ha suscitado entre la opini?n p?blica los recientes casos de pena de muerte en Estados Unidos, particularmente por la implicaci?n en ellos de dos argentinos[2]. A esto se suma la impotencia del hombre de la calle ante la escalada de violencia siempre creciente que ve tomar cuerpo a su alrededor. No es de extra?arse que encuestas realizadas en nuestro medio manifiesten que cada vez m?s personas est?n a favor de este tipo de castigo[3]. A decir verdad, m?s que un deseo de la pena capital, esto es s?ntoma de la desconfianza del p?blico en general respecto de la seguridad social y de la impotencia de una legislaci?n judicial que no est? a la altura de los acontecimientos. En nuestro pa?s el problema ha vuelto a ser colocado sobre el tapete a ra?z de algunas declaraciones de altos pol?ticos[4].

El problema de la pena de muerte es un tema tan delicado como complicado dado que se maneja entre el plano te?rico y el pr?ctico (siempre sujeto a los abusos y a los defectos de los actos humanos).

Se nos ha consultado por la posici?n de la Iglesia. Indicar? brevemente las ense?anzas de la Sagrada Escritura y del Magisterio y la reflexi?n filos?fica tradicional sobre este punto.


2. La Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia


El Antiguo Testamento contiene numerosas disposiciones penales que conminan la pena de muerte contra delitos de particular gravedad, por ejemplo, el asesinato, la blasfemia, la idolatr?a, el adulterio: Lev 20,9-18; Ex 31,14s; N?m 15,32-36.

El Nuevo Testamento, si bien restringe considerablemente la dureza de las penas del Antiguo, sin embargo, reconoce tambi?n que la autoridad lleva la espada para castigar al que obra el mal (cf. Rom 13,4).

La Iglesia nunca ha reclamado para s? el derecho a imponer tal pena (ius gladii) sino que ha recomendado siempre la indulgencia con los malhechores y ha prohibido a los sacerdotes que contribuyan a una sentencia de muerte[5]. Sin embargo, todos los grandes maestros han admitido la licitud te?rica de la pena de muerte, como San Agust?n y Santo Tom?s.

Santo Tom?s de Aquino, en su m?xima obra "La Summa teol?gica" (parte II, cap. 2, p?rrafo 64), sostiene que "todo poder correctivo y sancionario proviene de Dios, quien lo delega a la sociedad de hombres; por lo cual el poder p?blico est? facultado como representante divino, para imponer toda clase de sanciones jur?dicas debidamente instituidas con el objeto de defender la salud de la sociedad. De la misma manera que es conveniente y l?cito amputar un miembro putrefacto para salvar la salud del resto del cuerpo, de la misma manera lo es tambi?n eliminar al criminal pervertido mediante la pena de muerte para salvar al resto de la sociedad".

Algunos aseguran que con el mandamiento de no matar, el matar a un hombre quedaba prohibido de manera absoluta. Y afirman que son homicidas los jueces que, de conformidad con las leyes, pronuncian sentencia de muerte. Contra ellos dice Agust?n que Dios no se quit? a S? mismo, por tal precepto, el poder de matar; y as?, leemos: "Yo doy la muerte y doy la vida" (Dt 32,29). Por lo tanto, pueden l?citamente matar quienes lo hacen por mandato de Dios, porque entonces es Dios el que lo hace; y toda ley es un mandato de Dios: "Por m? reinan los reyes, y los legisladores decretan lo justo" (Prv 8,15); "Si obras el mal, teme; que no en vano lleva espada, pues es ministro de Dios" (Rom 13,4). Y a Mois?s se le ordena: "Los hechiceros no consentir?n que vivas" (Ex 22,18). En una palabra, lo que es l?cito a Dios, es l?cito tambi?n a sus ministros cuando act?an por mandato de El. Y bien claro est? que Dios no peca, siendo como es el autor de las leyes, cuando impone la muerte en castigo del pecado: "El salario del pecado es la muerte" (Rom 6,23). Por tanto, sus ministros tampoco. Por consiguiente, el sentido es: "No matar?s" por cuenta propia.

La Iglesia ha defendido expresamente el derecho de la autoridad leg?tima a imponer tal castigo contras las afirmaciones contrarias de los valdenses. As?, por ejemplo, en la Profesi?n de Fe impuesta a Durando de Huesca y compa?eros valdenses, el 18 de diciembre de 1208 dice: ?De la potestad secular afirmamos que sin pecado mortal puede ejercer juicio de sangre, con tal que para inferir la vindicta no proceda con odio sino por juicio, no incautamente sino con consejo?[6].

El Catecismo de la Iglesia Cat?lica dice: ?...La ense?anza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la leg?tima autoridad p?blica para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte?[7].

El Papa Juan Pablo II ha vuelto sobre ella en la Enc?clica Evangelium vitae recordando los siguientes puntos: permanece v?lido el principio indicado por el Catecismo de la Iglesia Cat?lica; pero, como el primer efecto de la pena de muerte es ?el de compensar el desorden introducido por la falta? en la sociedad, ?preservar el orden p?blico y la seguridad de las personas?, ?es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminaci?n del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo?[8].


3. La reflexi?n y fundamentaci?n filos?fica.

A lo largo de la historia del pensamiento tradicional, han sido propuestos distintos argumentos para sostener la legitimidad de la pena de muerte. Podemos reducirlos a tres principales.


1? El principio de totalidad


En s?ntesis este argumento puede expresarse como sigue: ?Cualquier parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo. Por tanto, si fuera necesario para la salud de todo el cuerpo humano la amputaci?n de alg?n miembro, por ejemplo, si est? podrido y puede infectar a los otros, tal amputaci?n ser? laudable y saludable. Pues bien, cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y por tanto, si un hombre es peligroso para la sociedad y la corrompe por alg?n pecado, en orden a la conservaci?n del bien com?n se le quita la vida laudable y saludablemente; pues, como afirma San Pablo en 1 Cor 5,6: un poco de levadura corrompe toda la masa?[9].

Hay que notar, sin embargo, con el Padre Zalba[10] que el principio de totalidad aqu? esgrimido no tiene perfecta aplicaci?n un?voca y directa en nuestro caso. El criminal es un miembro del todo social; pero no le est? subordinado en cuanto a su propio ser y a su existencia, como le est?n subordinados al todo f?sico sus componentes. El ciudadano se subordina al Estado s?lo en cuanto a ciertos servicios para el bien com?n; por eso la autoridad p?blica no puede obligarle m?s que en lo necesario para el bien com?n. Esto significa que si bien el principio de totalidad justifica la pena de muerte cuando parezca necesario para el bien com?n y para la seguridad de los ciudadanos inocentes, no lo es por s? solo sino porque es completado por otros principios, los cuales expondremos a continuaci?n. El recurso al solo principio de totalidad podr?a prestarse a abusos y conlleva el riesgo de presentar una concepci?n de la sociedad calcada sobre el modelo colectivista del marxismo, en el cual el individuo s?lo tiene valor como ?parte? del todo.


2? El principio de perfecci?n de la sociedad


El Padre Zalba invoca otra consideraci?n filos?fica (a su criterio m?s clara): toda sociedad perfecta tiene en s? misma los medios necesarios para promover el bien com?n entre sus miembros. El Estado tiene el derecho de imponer la colaboraci?n necesaria para el bien y el orden social. En tal sentido si fuese necesaria para la convivencia pac?fica y segura de los buenos la eliminaci?n de algunos malhechores notorios, ser?a leg?tima la pena de muerte en cuanto sanci?n ejemplar, defensa o previsi?n contra nuevos cr?menes y correctivo aleccionador para otros eventuales malhechores. Se podr?a discutir -dice Zalba- si puede llegarse a tal necesidad. Pero en el caso hipot?tico que as? fuera, no puede debatirse la legitimidad del recurso.


3? El principio de la p?rdida del derecho a la vida


Mausbach[11] argumenta, en cambio, apelando a la teor?a de la p?rdida del derecho a la vida. Seg?n esta teor?a, la pena de muerte s?lo es la ejecuci?n forzosa de la exclusi?n de la comunidad de derecho, de la cual el mismo delincuente se ha excluido a s? mismo previamente al cometer un determinado delito. Con su delito el delincuente ha cometido una especie de ?suicidio social?. Por tanto, no se le quita la vida porque ?l se la quit? antes a otros (ley del tali?n) sino que se le quita la vida porque ?l mismo se ha excluido de la comunidad. El delincuente ha negado la comunidad en aqu?l que ?l ha asesinado y, al mismo tiempo, ha perdido el derecho de pertenecer a ella. El Estado se limita, con la ejecuci?n de la pena de muerte, a hacer realidad lo que el delincuente ha hecho consigo mismo. La pena de muerte constituye objetivamente una ?retribuci?n?, y subjetivamente (cuando es aceptada voluntariamente por el reo) se convierte en una ?expiaci?n?.


4. Conclusiones


En definitiva, no deben confundirse dos planteamientos esencialmente diversos: el de la licitud moral de la pena de muerte y la cuesti?n pr?ctica de su aplicaci?n. Como hemos visto, tanto la raz?n natural cuanto la doctrina revelada y magisterial admiten la licitud fundamental de dicha pena. Otra cosa es, en cambio, la opini?n prudencial que puede dictaminar en alguna circunstancia hist?rica que deber?a renunciarse a su aplicaci?n en un Estado y en un tiempo determinados. Lo que decida en cada tiempo y lugar la aplicaci?n o la supresi?n de la pena de muerte ha de ser exclusivamente las exigencias del bien com?n.

Es muy delicado intentar determinar si tales condiciones se dan objetivamente o no. Sin embargo, no deber?a banalizarse el hecho de que el Santo Padre, en un documento Magisterial cual es una Enc?clica, abogue por la indulgencia en este tema.

A mi criterio personal, e intentando comprender este pedido pr?ctico del Santo Padre, pienso que los motivos por los cuales la Iglesia considera actualmente la pena de muerte como un recurso s?lo conveniente en casos absolutamente extremos son:

1? La arbitrariedad y poca confiabilidad en muchos gobiernos y gobernantes. Para aplicar un castigo extremo y tan delicado como la pena de muerte, la primera condici?n sine qua non es contar con gobernantes y jueces de indiscutible integridad moral. ?Los tenemos? ?No podr? prestarse un castigo tal para encauzar vendettas, revanchismos, para eliminar opositores pol?ticos, realizar ?limpiezas? ?tnicas, o para ofrecer ?chivos expiatorios? a un p?blico desilusionado de la impunidad jur?dica de que gozan tantos criminales?[12].

2? El problema, m?s grave todav?a, proviene de una ?tica esp?rea que domina gran parte de la intelectualidad actual y, consiguientemente, de una filosof?a del derecho consecuente con ?sta. Me refiero a la ?tica teleologista, consecuencialista y proporcionalista, para la cual el fin justifica los medios, y los actos han de ser juzgados por sus consecuencias, mientras que considerados en s? mismos son indiferentes. Esto mismo es sostenido por algunos juristas. Recuerdo que a?os atr?s, un alto representante de la justicia norteamericana, cuestionado sobre las posibles deficiencias en las condenas a muerte realizadas por la justicia de su pa?s, reconoc?a que cierto n?mero de condenados al pat?bulo eran, en realidad, inocentes de sus delitos, pero -conclu?a- de todos modos se deb?a mantener la pr?xis porque se recababan m?s bienes del mantenimiento de la pena de muerte que se su abolici?n.

3? Debido a la cultura de muerte reinante como disuasivo, la amenaza de la pena de muerte es pr?cticamente ineficaz. El estrato social al que pertenecen los posibles candidatos a la pena de muerte (asesinos, violadores, terroristas, etc.), est? animado por la mentalidad de la cultura de muerte. A estos, por tanto, como a otros ?grupos de riesgo? (drogadictos, rockeros, grupos satanistas) les importa poco y nada la posibilidad de quedar en el intento. A muchos incluso les atrae el v?rtigo que aporta arriesgar la vida en la jugada. Y ciertamente, ninguno, o casi, de los que perpetran cr?menes dignos de la pena de muerte considera factible que los atrapen y condenen a la pena capital.

4? Finalmente, el problema creciente de ciertos fundamentalismos religiosos y pol?ticos que usan la pena de muerte como arma pol?tico-religiosa para afianzar sus ideolog?as. Algunas cifras son elocuentes: en 1995 se ejecutaron 2931 presos en 41 pa?ses, de los cuales 2190 ejecuciones se realizaron en China, 192 en Arabia Saudita y m?s de 100 en Nigeria; es decir, el 85% del total[13].

Tal vez estos y otros argumentos sean los que el Santo Padre sopesa a la hora de sugerir las actitudes pr?cticas de los gobiernos y gobernantes.

Notas

[1] Apareci? en Revista Di?logo n? 16.

[2] El 2 de mayo de 1996 se suspendi? la ejecuci?n, en el Estado de Virginia (USA), del argentino ?ngel Breard Giubi, condenado a la silla el?ctrica por homicidio e intento de violaci?n; y en julio del mismo a?o fue condenado a pena de muerte con inyecci?n letal Victor Salda?o, por homicidio capital agravado de secuestro. Tambi?n el peri?dico LA NACION dedic? a la pena de muerte un art?culo (firmado por Adri?n Ventura) el 26 de julio de 1996, p. 7.

[3] Cf. Rev. NOTICIAS, 20 de julio de 1996, p. 94 ss.

[4] El intendente de Escobar, Luis Patti, pidi? la pena de muerte para seis polic?as de la Brigada antinarc?ticos de Quilmes; y el mismo presidente Carlos Menem ?ha abogado por ella con vehemencia? impulsando varios proyectos (cf. Rev. NOTICIAS, 20 de julio de 1996, p. 94).

[5] Cf. J. Mausbach, Teolog?a moral cat?lica, Eunsa, Pamplona 1974, t. III, pp. 235-245; L.CICCONE, Non Uccidere, Ed. Ares, Milano 1988, 67-104.

[6] Dz 425.

[7] Catecismo de la Iglesia Cat?lica, n? 2266.

[8] Enc. Evangelium vitae, n? 56.

[9] Lo usa Santo Tom?s en II-II, 64, 2.

[10] Cf. MARCELINO ZALBA, ?Es inmoral, hoy, la pena de muerte?, en Rev. Mikael 19 (1979), 63-78.

[11] Cf. Mausbach, op.cit., pp. 240 ss.

[12] Una de las cosas que se aleg? en el caso de Salda?o fue que en su pronta condena a la pena m?xima influ?a su origen hispano. Puede ser cierto o no, pero algo es indudable: en Estados Unidos de los 313 ejecutados desde que se reimplant? el sistema, el 45% pertenec?a a minor?as ?tnicas.

[13] Cf. Rev. NOTICIAS, 20 de julio de 1996, p. 97.


Publicado por mario.web @ 11:14
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