Mi?rcoles, 04 de mayo de 2011

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Autor: Cardenal Dar?o Castrill?n Hoyos



Es un momento hist?ricamente muy significativo en el que nuestra mente y nuestro coraz?n buscan penetrar el misterio de la encarnaci?n del Verbo, una verdad de fe que todav?a nos parece dif?cil de aceptar con nuestra pobre inteligencia humana.

En el misterio de la Encarnaci?n de Cristo se unen los dos elementos, lo investigable y lo ininvestigable, la ciencia y el misterio.Tenemos que hacer violencia a nuestra mente para descubrir en el misterio del desarrollo de un embri?n humano al Verbo de Dios que se hace hombre.

Apenas hoy, 2000 a?os despu?s del nacimiento de Cristo, estamos en condiciones de describir todas las etapas del proceso del desarrollo del embri?n, pero seguimos echando mano de la fe para comprender que el Dios que da la vida, el Creador, el Se?or de todas las cosas, la Segunda Persona de la Sant?sima Trinidad, el Verbo de la misma naturaleza del Padre(1),estuvo presente en todas y cada una de las fases del desarrollo embrionario. Ese y s?lo ese es el significado profundo de la frase evang?lica: "El Verbo se hizo carne y habit? entre nosotros".(2)

Hace dos mil a?os, un ?vulo fue fecundado prodigiosamente por la acci?n sobrenatural de Dios.

?Qu? hermosa expresi?n: "El Esp?ritu Santo vendr? sobre ti y el poder del Alt?simo te cubrir? con su sombra; por eso el que ha de nacer ser? santo y ser? llamado Hijo de Dios"!.(3) As?, de esa maravillosa uni?n, result? un zigoto con una dotaci?n cromos?mica propia. Pero en ese zigoto estaba el Verbo de Dios. En ese zigoto se encontraba la salvaci?n de los hombres.

Unos siete d?as despu?s, se produjo el adosamiento del blastocito en la mucosa del endometrio y Dios se redujo a la nada que es un embri?n humano. Pero ese embri?n era el Hijo de Dios y en ?l estaba la salvaci?n de los hombres.

Ese huevo alec?tico se fue desarrollando paulatinamente y, a medida que progresaba la segmentaci?n del huevo, iniciaron su diferenciaci?n y crecimiento los esbozos de tejidos, ?rganos y aparatos embrionarios. Y ese huevo alec?tico era el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, y en ?l estaba la salvaci?n de los hombres, de todos los hombres, de cada ser humano(4).

Y, todav?a en el primer mes del embarazo, cuando el feto med?a ya de 0,8 a 1,5 cent?metros, el coraz?n de Dios comenz? a latir con la fuerza del coraz?n de Mar?a, y comenz? a utilizar el cord?n umbilical para alimentarse de su Madre, la Virgen Inmaculada.

El Verbo de Dios era absolutamente dependiente de un ser humano, pero pose?a una total autonom?a gen?tica.

Todav?a tendr?an que trascurrir nueve meses en los que el Verbo de Dios flot? en el l?quido amni?tico, dentro de la placenta que le proteg?a del fr?o y del calor y le daba alimento y ox?geno, antes de nacer en Bel?n y ver el primer rostro humano, seguramente el de su Madre, con unos ojos reci?n abiertos.

As? fue como Jesucristo, lleg? a ser el primog?nito de toda criatura(5), el nuevo Ad?n de la nueva creaci?n.

El Hijo de Dios redimi? la creaci?n desde la obra m?s maravillosa de ella, el ser humano. La redenci?n del hombre comenz? desde un estado embrionario. Por eso, el m?dico cat?lico debe pasar por esta lente para comprender su misi?n: el Hijo de Dios fue un zigoto, un embri?n y un feto, antes de juguetear por las calles de Nazaret, predicar en las orillas del mar de Galilea, o morir crucificado en las afueras de Jerusal?n. El Hijo de Dios asumi? completamente y, sin rebajas, la vocaci?n de ser hombre.

Medicina y creaci?n

La ciencia en el siglo XX ha cumplido grandes adelantos. Ha logrado individuar pr?cticamente todo el c?digo gen?tico humano, ha roto el misterio del origen de la vida y ha penetrado profundamente en el proceso de la concepci?n. Sin embargo, tiene todav?a una asignatura pendiente: el estudio del hombre en cuanto hombre, en toda su hondura.

No el hombre como biolog?a, ni el hombre como psicolog?a, sino la esencia humana, el hombre en su profundidad: sus ideales, sus miedos m?s inconfesables, sus motivaciones, sus preguntas y sus respuestas, sus convicciones, su afectividad, su capacidad de superaci?n, sus decepciones, su amor y su dolor.

Se puede decir que la ciencia se queda a las puertas del esp?ritu humano como ante un campo extra?o en el que es imposible penetrar.

Pero hay una persuasi?n en el cient?fico que se acerca con honradez al estudio del hombre: no todo termina en la gen?tica, ni en la psicolog?a, ni en la psiquiatr?a. Hay un esp?ritu que supera biolog?a, f?sica, qu?mica y matem?ticas, que llama la atenci?n, el mismo esp?ritu que hace posible toda investigaci?n.

El hombre es una unidad psicosom?tica, soma y psique. Desde el estado embrionario encierra un misterio y una dignidad especial, la del ser espiritual. Y la medicina no se puede olvidar de esto.

Hoy, cuando vemos a seres humanos vivos usados como material de laboratorio o desechados en la forma de embriones congelados, cuando vemos a enfermos terminales aislados en salas equipadas con los ?ltimos adelantos de la t?cnica, pero abandonados del afecto y la cercan?a de los suyos, viene a la mente una pregunta: ?no se est? olvidando la ciencia de lo m?s profundo del hombre y no est? simplemente despreciando aquello que se escapa de su campo de estudio?

El misterio del hombre es el misterio de un ser que es ciudadano de dos mundos.

?Animal? s?. ?Biol?gico? s?. Pero dotado de un esp?ritu inasible, insondable. Hijo de Dios, hermano de Jesucristo. Un ser que es social por naturaleza y que necesita de la presencia humana de los suyos para no sentirse extra?o en su medio ambiente. Criatura imperfecta que sufre el dolor, pero criatura redimida por Cristo.

Las Unidades de Cuidados Intensivos donde tantos pacientes se debaten entre la vida y la muerte, han sido ocupadas por la t?cnica, y sea bienvenida, dejando fuera la presencia confortadora de la familia o el sol?cito apoyo espiritual del sacerdote. La t?cnica parece haber vencido sobre las consideraciones espirituales del ser humano, cuando realmente es necesaria la complementariedad: ?t?cnica? s?; pero sin olvidar esa dimensi?n ?ntima del esp?ritu humano que se sigue escapando de las manos de la ciencia m?dica: "Sabed que el ser humano sobrepasa infinitamente al ser humano".(6) ?Qu? tr?gico ha de ser para un pediatra ver que de sus manos expertas, se escapa la vida del hijo!.

Frecuentemente da la impresi?n de que en el enfermo no se ve a una persona humana, sino a un individuo biol?gico; algo muy explicable dada la tecnificaci?n del tratamiento m?dico, pero algo que no responde a la naturaleza humana del enfermo, persona que sufre, porque "el enfermo quiere sentir que la enfermedad es comprendida como un acontecimiento vital, y la sanaci?n como un acto que ayuda a la vida, no como la mera reparaci?n del defecto de una m?quina. Pero a su vez, esto resulta imposible sin una determinada actitud ?tica, es decir, sin el profundo respeto a la vida y sin la correspondiente simpat?a hacia ella. Acentuar todo esto no es sentimentalismo, antes al contrario, pertenece a la esencia de la actitud sanitaria".(7)

El hombre debe ejercer el dominio de la creaci?n que Dios le ha encomendado,8 pero el dominio de la creaci?n comienza por el dominio de s? mismo. El m?dico es seguramente alguien que vive con m?s claridad esta lucha por dominar la creaci?n en la esfera de la vida y ponerla al servicio del hombre. Desde la investigaci?n o las curas, ?l est? luchando por captar en su profundidad los comportamientos de la naturaleza y orientarlos hacia el bien del ser humano, hacia la conservaci?n de la vida. Pero no debe olvidar que esto lo debe hacer a partir de s? mismo, de las mol?culas de su propio ser, desde sus propios dolores y ansiedades, desde sus temores y sus deseos de amar y ser amado, desde su vida y, sobre todo, desde su esp?ritu. El m?dico ve en s? mismo al hombre que atiende, experimenta en s? mismo lo que experimentan sus enfermos, y de ah? debe nacer una compasi?n y una cercan?a humana muy especial con el que sufre, con el que recurre a ?l.

La medicina a la luz del misterio del dolor

Esta reflexi?n nos introduce en un misterio m?s al que se enfrenta la medicina en este fin de siglo: el misterio del dolor. El hombre de este siglo XX est? enemistado con el dolor. Lo quiere erradicar a toda costa de su vida, pero ha comenzado a darse cuenta de que es imposible. El hedonismo nos ha llevado a buscar la salud perfecta, la eterna juventud, la plenitud de fuerzas prolongada el mayor tiempo posible. Y en medio de ese proyecto, la aparici?n de la enfermedad, del dolor, de la desolaci?n, se convierte en algo amargo, inaceptable.

?D?nde queda esa pretensi?n de perfecci?n cuando el ser humano se encuentra ante enfermedades todav?a incurables, como el SIDA? ?D?nde queda la t?cnica cuando no tenemos a mano la p?ldora del remedio inmediato? ?D?nde se sit?a la ciencia ante la ineludible realidad de la muerte? ?Por qu? el genio humano no ha podido todav?a arrojar de su vida el lastre de la cruz?

La vida humana est? llena de cruces que no nos podemos sacudir, miles de cruces que nos tocan de lejos o de cerca. Hay muchos dolores humanos que no encuentran remedio m?dico. Ante este problema, ?qu? actitud se puede tomar? ?la del masoquista que se complace en el dolor? No, la del ser humano redimido por Cristo que ve en el dolor un camino de amor, la de Cristo ante la cruz.

"El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra.
Ciertamente, es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante tambi?n saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta".(9)

Jes?s no era un masoquista, pero am? el dolor que rechazaba.(10) Ah? est? la base de la aceptaci?n del dolor. Ah? est? su ense?anza: "El que quiera venir en pos de m?, ni?guese a s? mismo, tome su cruz y s?game".(11) Para ir en pos de Cristo hay que negarse a s? mismo y tomar esta cruz. "Los cristianos tienen que imitar los sufrimientos de Cristo, y no tratar de alcanzar los placeres. Se conforta a un pusil?nime cuando se le dice: Aguarda las tentaciones de este siglo, que de todas ellas te librar? el Se?or, si tu coraz?n no se aparta lejos de ?l.

Porque precisamente para fortalecer tu coraz?n vino ?l a sufrir, vino ?l a morir, a ser escupido y coronado de espinas, a escuchar oprobios, a ser, por ?ltimo, clavado en una cruz. Todo esto lo hizo ?l por ti, mientras que t? no has sido capaz de hacer nada, no ya por ?l, sino por ti mismo".(12) "Desde hace dos mil a?os, desde el d?a de la pasi?n, la cruz brilla como suprema manifestaci?n del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta c?mo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvaci?n".(13)

El signo de los disc?pulos de Cristo es esta aceptaci?n generosa del sufrimiento, algo absurdo para el hombre de hoy y de siempre, una necedad,(14) quiz?s porque, como dice San Pablo, "el hombre naturalmente no capta las cosas del Esp?ritu de Dios; son necedad para ?l. Y no las puede conocer pues s?lo espiritualmente pueden ser juzgadas".(15) Y volvemos a la realidad del esp?ritu del hombre, algo que supera el alcance de la ciencia.

San Basilio se?alaba que: "A menudo, sin embargo, las enfermedades son castigos por los pecados, enviadas para nuestra conversi?n. El Se?or, est? escrito, castiga al que ama.(16) Y m?s a?n: "Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos d?biles, y mueren no pocos. Si nos juzg?semos a nosotros mismos, no ser?amos castigados. Mas, al ser castigados, somos corregidos por el Se?or, para que no seamos condenados con el mundo".(17)

Por ello, si nos encontramos en condiciones similares, habiendo reconocido nuestras culpas y abandonado el uso de la medicina, debemos soportar en silencio esas penas, de acuerdo a aqu?l que dice: "La c?lera de Yahveh soportar?, ya que he pecado contra ?l"(18); y debemos tambi?n enmendarnos, hasta comer los dignos frutos de la penitencia, recordando de nuevo al Se?or que dice: ?Mira, est?s curado; no peques m?s, para que no te suceda algo peor?(19y20).

La enfermedad es, tambi?n, entonces, camino de conversi?n.

Su Santidad Juan Pablo II es un maestro del significado del dolor, que nos ha ense?ado a encontrar el sentido de este misterio que atenaza al hombre. ?l es un Papa muy cercano al sufrimiento humano. Se identifica f?cilmente con el dolor de los enfermos, comparte la desgracia ajena, se interesa por todo aquello en lo que el hombre aparece agredido f?sica o espiritualmente.

Todav?a recuerdo, por ejemplo, el momento en que en una visita apost?lica a Brasil, un ni?o de las favelas rompi? el cord?n de seguridad y se acerc? al Santo Padre para pedirle una limosna. El Papa se quit? su anillo y se lo dio. Detr?s de este gesto se descubre el coraz?n de un hombre compasivo cercano al dolor ajeno.

Viendo a Juan Pablo II se puede afirmar aquella frase de San Pablo: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia".(21) Precisamente, con este pensamiento comienza el Papa su carta apost?lica Salvifici Doloris. En ella recoge sus profundas reflexiones sobre el sentido del sufrimiento humano unido a la cruz de Jesucristo.

El sufrimiento, seg?n el profundo pensamiento del Papa Juan Pablo II, es "verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redenci?n del mundo, y es tambi?n profundamente humano, porque en ?l, el hombre se encuentra a s? mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misi?n".(22)

El dolor es el momento profundo en que el ser humano se encuentra consigo mismo.

Los que han trabajado en la pastoral de la salud saben la verdad tan dram?tica que se encuentra detr?s de esta afirmaci?n. El dolor es un momento en que el hombre se presenta cara a cara ante s? mismo, sin tapujos, sin atenuaciones, sin falseamientos.

El Papa ha dicho tambi?n que el dolor es una prueba,(23) una prueba que evidencia el amor, que hace presente el amor de Dios en el mundo. El sufrimiento humano es muchas veces una expresi?n de amor. El dolor por el ser querido que ya no est? junto a nosotros es un modo nuevo de expresarle nuestro amor. El mismo amor que antes se evidenciaba en caricias o abrazos, ahora se hace dolor por la ausencia.

Amor y dolor forman un binomio que va estrechamente unido en nuestra fe cristiana.

Amor y dolor son realidades que se implican, que viven estrechamente unidas en la imaginer?a cristiana que llena nuestras iglesias, nuestro templos, y en lo m?s profundo del coraz?n de los cristianos. Amor hacho dolor y dolor siempre vivido en el amor, siguiendo el ejemplo de Cristo.

El dolor sin amor s?lo engendra amargura y desesperaci?n, rebeld?a y desesperanza. El amor sin dolor es fr?gil, superficial, incompleto, antojadizo. La cultura en la que vivimos inmersos promete la felicidad en esta vida y se presenta como al alcance de la mano, algo f?cil de construir sin demasiado esfuerzo, pero los seres humanos sabemos por experiencia que la felicidad en el amor requiere de la donaci?n personal sacrificada. El dolor puede ser un camino hacia el amor y al amor aut?ntico y completo s?lo se llega por el dolor de la abnegaci?n personal de s? mismo en favor del otro.

El dolor es tambi?n un camino de esperanza gracias a la Resurrecci?n de Jesucristo. Eso es lo que refleja el rostro de la Piedad de Miguel ?ngel: hay un dolor por su Hijo muerto y, al mismo tiempo, una serena esperanza confiada en que no todo acaba ah?. Hay un despu?s. El dolor no es el fin de la existencia humana, sino un paso, una Pascua hacia la salvaci?n. El dolor es salv?fico.

El dolor vivido con sentido de eternidad es un signo de esperanza para el mundo de hoy. Igual que el "Buen Ladr?n" del Evangelio se conmueve y se convierte al contemplar el sufrimiento de Jesucristo,(24) as?, la respuesta cristiana ante el sufrimiento humano es seguramente uno de los m?s grandes signos de credibilidad del Evangelio.

Aceptar el dolor y servir al que sufre son los grandes mensajes del cristianismo actual a un mundo insolidario que muchas veces desprecia al que sufre. El dolor vivido en el sacrificio por el otro es el signo del disc?pulo de Cristo: "Celebrar la Eucarist?a comiendo su carne y bebiendo su sangre significa aceptar la l?gica de la cruz y del servicio. Es decir, significa estar dispuestos a sacrificarse por los dem?s, como hizo ?l".(25)

El Papa Juan Pablo II ve su sufrimiento como un servicio a la Iglesia.

Sufrir es servir, dice en la Carta Apost?lica Salvifici Doloris.(26) Es completar el sacrificio de Jesucristo en favor de la Iglesia. El Papa ve su sufrimiento como un modo de vivir su identidad de "Siervo de los siervos de Dios". Un hombre que tiene como vocaci?n el no vivir para s? mismo, sino para los dem?s.


La medicina a la luz del misterio del amor.

Este ?ltimo pensamiento nos introduce en la clave de b?veda de la profesi?n m?dica, de hoy y de siempre: el amor por el hombre. La medicina no es una ciencia te?rica que simplemente enuncia leyes y teor?as siguiendo el m?todo emp?rico-te?rico. Es algo m?s, es una ciencia puesta al servicio del hombre en lo m?s valioso que tiene, en la vida, porque es la base de los dem?s dones.

La medicina es una ciencia que se hace servicio y el servicio es la palabra m?s exacta para definir la actitud de Cristo hacia el hombre durante su vida entre nosotros: servir y dar su vida en rescate por muchos.(27) El m?dico, la enfermera, el agente sanitario, tambi?n es alguien que sirve y da su vida por muchos hombres. Desde sus estudios, el m?dico, la enfermera, el agente sanitario, ponen su vida al servicio de los dem?s en el sacrificio de s? mismos. ?Cu?ntos desvelos por el enfermo, cu?ntas horas de entrega, cu?ntas privaciones, cu?ntos sacrificios hechos por amor en la atenci?n al pr?jimo que sufre!.

La medicina es amor que pone remedio al dolor.

Es misericordia, acercamiento amoroso al enfermo, que es visto como pr?jimo que sufre. Es t?cnica que estudia para remediar el dolor. Es ciencia que se aproxima al ser humano, pecador, pero hijo amad?simo de Dios. La medicina es una disciplina que descubre en el hombre su elevada dignidad y se dirige a Dios como referencia ?ltima de esa dignidad que sobrepasa los l?mites de su conocimiento: "?Qu? cosa, o qui?n, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella.

Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno".(28) El enfermo no es s?lo el objeto de estudio de la medicina, sino el pr?jimo al que se sirve con la entrega generosa de la propia vida y con la admiraci?n de quien sabe que se encuentra ante un ser que encierra una dignidad y un misterio: la dignidad de hijo de Dios y el misterio de la inhabitaci?n trinitaria.

En este sentido, la ciencia m?dica es un don de Dios que permite al hombre redimir uno de los efectos m?s visibles que el pecado ha dejado en su naturaleza: la enfermedad. San Basilio lo explicaba con un lenguaje que nos resulta muy elocuente en su sencillez:

"En efecto, cuando nuestro cuerpo yace enfermo, abatido por las enfermedades o por molestias de diversa naturaleza, ya sea por causas externas, o internas, por causa de los alimentos ingeridos y sufre ora por el exceso, ora por la carencia, entonces Dios, moderador de nuestra existencia nos ha concedido el don de la ciencia m?dica, gracias a la cual se redimensionalo superfluo y se acrecienta lo que se encuentra en proporciones muy reducidas. De hecho, del mismo modo que, si nos encontr?semos en el Para?so, no tendr?amos de ning?n modo necesidad ni de conocer ni de practicar la agricultura, de la misma manera, si fu?semos inmunes a las enfermedades, como antes de la ca?da, no har?a falta la ayuda de ninguna medicina para curarnos. Sin embargo, despu?s de haber sido expulsados de aquel lugar y despu?s de haber o?do: "Con el sudor de tu rostro comer?s el pan",(29) habiendo gastado muchos esfuerzos para cultivar la tierra, hemos inventado el arte de la agricultura para mitigar los da?inos efectos de la maldici?n divina, mientras Dios mismo favorec?a en nosotros la inteligencia y el conocimiento de aquel arte.

Pues bien, del mismo modo, dado que nos ha sido ordenado volver a la misma tierra de la cual hab?amos sido formados y estamos ligados a nuestra dolorosa carne, destinada a la muerte a causa del pecado y sujeta por ello a las enfermedades, se nos ha ofrecido tambi?n la ayuda de la medicina, para que en ciertas ocasiones y en cierta medida, los enfermos pudieran curarse.

As?, no es casual que hayan germinado en la tierra las plantas destinadas a curar cada enfermedad; es m?s, han sido suscitadas por la voluntad del Creador, para que atenuasen nuestros males. Precisamente, por este motivo, aquella eficacia curativa natural escondida en las ra?ces, en las flores, en las hojas, en los frutos, en los jugos as? como todo aquello que los metales o el mar tienen de terap?utico, en nada se diferencia de los elementos an?logos descubiertos en los alimentos o en las bebidas.

Los cristianos deben preocuparse de servirse de la medicina, cuando sea necesario, en tal modo que no atribuyan a ella todas las causas de su buena o mala salud, sino de usar los medios que ella nos ofrece para dar gloria a Dios...

De todas formas, y ciertamente no por el hecho de que algunos utilicen neciamente la medicina, tenemos que renunciar a su utilidad. En efecto, no porque ciertos intemperantes, practicando el arte de la cocina o de la reposter?a o de la moda, abusan en la concepci?n de cosas voluptuosas, sobrepasando los l?mites de la necesidad; por esto todas las artes deben ser rechazadas por nosotros...

Se nos da el beneficio de la buena salud, ya sea por medio del vino mezclado con aceite,30 como en el caso de aqu?l que se encontr? con los ladrones, ya sea por medio de los higos, como en Ezequ?as.(31 y 32)

El m?dico y el agente sanitario colaboran en la lucha contra los efectos del pecado, ?ltima causa de la enfermedad. Los m?dicos saben lo que significa ese rescate de nuestro cuerpo (33) del que habla San Pablo. Su lucha contra el mal biol?gico es un signo del amor de Dios que sigue reconquistando la creaci?n por medio del hombre.

El agente sanitario usa los dones de Dios para servir a sus hermanos.

Si el hombre, todo hombre, puede colaborar con Dios en su acci?n salv?fica; por la medicina, lucha contra el desorden que ha dejado el pecado en el mundo. M?dicos y agentes sanitarios, sean signos de este amor de Dios hacia el hombre. Sean hombres y mujeres que ponen su vida al servicio del hombre combatiendo el mal y venci?ndolo con el bien.

Sean instrumentos de la misericordia de Dios, sean presencia del amor redentor de Cristo que acoge y cura. No dejen que su vocaci?n se pierda en un pragmatismo fr?o y distante que no ve m?s all? de unas t?cnicas y unas leyes naturales. El m?dico, el agente sanitario, puede ser un signo del amor de Dios entre los hombres, sus hermanos, el que pone su coraz?n enmedio de las miserias humanas. Eso es la misericordia, la debilidad de Dios y nuestra fortaleza.

En dos mil a?os, el ser humano ha aprendido muchas cosas.

Ha establecido una relaci?n m?s profunda con la realidad que lo rodea. Se puede decir que ahora conoce con mayor exactitud el mundo creado, desde el macrocosmos hasta el microcosmos. Ha descubierto las leyes que rigen la vida y las causas de la enfermedad, lejos ya de las antiguas conjeturas sin base cient?fica.

En los ?ltimos siglos ha dado pasos de gigante en la penetraci?n de los grandes procesos de la vida humana. Precisamente por eso, ahora que conocemos m?s al hombre, ahora que la medicina ha penetrado mejor el secreto de la transmisi?n de la vida, ahora que avanzamos en la t?cnica y en la ciencia m?dica, avancemos tambi?n en el mayor respeto de este maravilloso don de Dios.

De nada valdr?a todo el esfuerzo cient?fico si este no se tradujese en un servicio m?s completo hacia cada ser humano en el respeto de su integridad y en la piadosa consideraci?n de la riqueza espiritual que se nos manifiesta en sus obras y, sin embargo, se nos escapa de nuestros instrumentos de estudio. Respetemos al hombre, amemos al hombre, protejamos su misterio, su espiritualidad.

Cerremos estas ideas refiri?ndonos a Mar?a Sant?sima, la Madre que dio su s? generoso para la Encarnaci?n del Verbo (34), y que acompa?? en el Calvario a Cristo herido,(35) cubierto de llagas, maltratado, con la sed de los moribundos(36).

La realidad del Calvario es la que se vive en muchas urgencias. Mar?a acompa?a al herido sangrante y amoratado en una escena que puede llevar consuelo a las salas de urgencias. Est? ?l, y desde su cruz de herido terminal, mira a su Madre de la que recibe consuelo. Por eso, los cristianos, cuando nos sentimos agobiados por el dolor, hemos aprendido de Cristo a buscar refugio en los brazos de Mar?a, como el ni?o que se encuentra ante alg?n peligro y corre al seno de su madre para desahogarse en llanto. Que Ella, consoladora de los afligidos, auxilio de los enfermos, nos acompa?e y nos ayude a investigar todo lo investigable y a venerar silenciosa y humildemente lo ininvestigable.

Si deseas ver las im?genes 3D y 4D de un embri?n en sus primeras semanas de vida en el vientre materno, en las cuatro primeras im?genes, haz clic, para ver el video

NOTAS

1 Cf Credo Niceno-constantinopolitano.
2 Cf Juan 1,14.
3 Lucas 1,35.
4 Cf Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, Declaraci?n Dominus Iesus 12-15, 6 de agosto de 2000.
5 Cf Colosenses 1,15-16.
6 ?Apprenez que l?homme passe infinitment l?homme?, BLAS PASCAL, Pens?es.
7 ROMANO GUARDINI, ?tica, lecciones en la Universidad de Munich, c 11, 2, BAC, Madrid 1999, p 715.
8 Cf G?nesis 1,28-30; 9,7.
9 JUAN PABLO II, Homil?a con ocasi?n del Jubileo de los enfermos y de los agentes sanitarios, Roma, 11 de febrero de 2000.
10 Cf Mateo 26,39.
11 Cf Mateo 16,24; Marcos 8,34; Lucas 9,23.
12 SAN AGUST?N, Serm?n sobre los pastores, Serm?n 46,10-11.
13 JUAN PABLO II, Homil?a con ocasi?n del Jubileo de los enfermos y de los agentes sanitarios, Roma, 11 de febrero de 2000.
14 ?Pues la predicaci?n de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruir? la sabidur?a de los sabios, e inutilizar? la inteligencia de los inteligentes. ?D?nde est? el sabio? ?D?nde el docto? ?D?nde el sofista de este mundo? ?Acaso no entonteci? Dios la sabidur?a del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabidur?a no conoci? a Dios en su divina sabidur?a, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicaci?n. As?, mientras los jud?os piden se?ales y los griegos buscan sabidur?a, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: esc?ndalo para los jud?os, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo jud?os que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabidur?a de Dios. Porque la necedad divina es m?s sabia que la sabidur?a de los hombres, y la debilidad divina, m?s fuerte que la fuerza de los hombres? (1 Corintios 1,18-25).
15 1 Corintios 2,14.
16 Proverbios 3,12.
17 1 Corintios 11,30-32.
18 Miqueas 7,9.
19 Juan 5,14.
20 BASILIO IL GRANDE, Regole lunghe, 55,1-5.
21 Colosenses 1, 24.
22 JUAN PABLO II, Carta Apost?lica Salvifici Doloris 31, 11 de febrero de 1984.
23 Cf Salvifici Doloris 23.
24 Uno de los malhechores colgados le insultaba: ??No eres t? el Cristo? Pues ?s?lvate a ti y a nosotros!? Pero el otro le respondi? diciendo: ??Es que no temes a Dios, t? que sufres la misma condena? Y nosotros con raz?n, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, ?ste nada malo ha hecho?. Y dec?a: ?Jes?s, acu?rdate de m? cuando vengas con tu Reino?. Jes?s le dijo: ?Yo te aseguro: hoy estar?s conmigo en el Para?so? (Lucas 23,39-43).
25 JUAN PABLO II, Homil?a durante la clausura de la XV Jornada Mundial de la Juventud, Tor Vergata, Roma, 20 de agosto de 2000, 5.
26 Cf Salvifici Doloris 27.
27 Cf Mateo 20,28; Marcos 10,45.
28 SANTA CATALINA DE SIENA, Il dialogo della Divina provvidenza, 13: ed. G. Cavallini (Roma 1995) p. 43.
29 G?nesis 3,19.
30 Cf Lucas 10,30-34.
31 Cf 2 Reyes 20,7.
32 BASILIO IL GRANDE, Regole lunghe, 55,1-5
33 "La creaci?n, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espont?neamente, sino por aquel que la someti?, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupci?n para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creaci?n entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no s?lo ella; tambi?n nosotros, que poseemos las primicias del Esp?ritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo" (Carta de San Pablo a los Romanos 8,20-23).
34 Cf Lucas 1,38.
35 Cf Juan 19,25.
36 Cf Juan 19,28.


Publicado por mario.web @ 11:15
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