Mi?rcoles, 04 de mayo de 2011
La salud econ?mica de un pa?s no se mide ?nicamente por la producci?n, sino tambien por el equilibrio entre producci?n y consumo.
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Salarios
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La salud econ?mica de un pa?s no se mide ?nicamente por la producci?n, sino tambien por el equilibrio entre producci?n y consumo.




Toda reforma econ?mica debe partir del principio b?sico de convergencia de intereses: la actividad econ?mica tiene como finalidad la creaci?n y distribuci?n equitativa de la riqueza, finalidad que, por consiguiente, supone la satisfacci?n de las aspiraciones leg?timas del trabajo y del capital. Este punto de partida supone un repudio de la idea de lucha de clases, como concepto antisocial que estima que tanto el empresario como el trabajador basan sus relaciones en la ley del m?s fuerte.

La salud econ?mica de un pa?s no se mide ?nicamente por la producci?n, sino tambien por el equilibrio entre producci?n y consumo, es decir, por el reparto lo m?s justo posible de los bienes producidos entre el conjunto de los ciudadanos, seg?n los m?ritos y deseos de cada uno.

Para el logro de este objetivo reviste especial importancia una adecuada pol?tica de salarios. Esta pol?tica de salarios debe partir de una serie de postulados irrenunciables:

Los salarios deben adaptarse a la productividad. La prosperidad de una naci?n debe medirse por el nivel de bienestar general que resulta del proceso productivo, y no por la simple cuantificaci?n del volumen de producci?n.

Este bienestar se traduce en la capacidad adquisitiva e inmediatamente nos pone en relaci?n con el ?ndice de salarios reales. Si los salarios son muy bajos, en relaci?n con la productividad, se produce deflaci?n, y, en caso contrario, surge el fen?meno de la inflaci?n, virtualmente end?mico en las econom?as modernas.

En ambos casos se rompe el equilibrio entre producci?n y consumo y, con ello, quiebran las perspectivas de prosperidad. Para constatar los efectos nefastos de la inobservancia de este principio, basta pensar en las subidas constantes de salarios por encima de la productividad media nacional alcanzada a finales de los setenta y principios de los ochenta en Espa?a: el resultado se llama estanflaci?n, incremento simult?neo y galopante de paro e inflaci?n.

-Todo aumento de la productividad debe producir un alza correlativa de salarios. El progreso tecnol?gico produce dos efectos sucesivos: aumento de la productividad y expulsi?n de empleo. Los principios m?s elementales de la justicia social y las exigencias del bien com?n exigen que las innovaciones t?cnicas favorezcan a todo el conjunto de los consumidores y no s?lo a un grupo privilegiado. La violaci?n de este principio desencaden? la respuesta obrera y, posteriormente, el intervencionismo indiscriminado del poder p?blico.

Las soluciones m?s o menos estatalistas han disminu?do la remuneraci?n al capital privado (que no el de las transnacionales capitalistas) a trav?s de devaluaciones e impuestos o sencillamente la han suprimido a trav?s de las nacionalizaciones. En cuanto a la remuneraci?n del factor trabajo, es claramente insuficiente en relaci?n a la producci?n total.

La parte sustancial del crecimiento econ?mico es absorbida por el Estado, que invoca en su descargo una distribuci?n diferida de la plusval?a apropiada a trav?s de los servicios que presta. En muchas ocasiones este estado de cosas ha conducido a que proyectos de subida salarial sean abortados por la hipertrofia del sector p?blico, con la consiguiente ca?da de la demanda interna por efecto de la congelaci?n de salarios.

En relaci?n con estos problemas, cabe recordar la c?lebre ley de Jean-Baptiste Say, esto es, productos y servicios se intercambian por productos y servicios. En una econom?a basada en el intercambio equitativo no hay lugar para el par?sito, porque par?sito es aqu?l que no da nada a cambio de lo que toma. En lo que a nosotros nos interesa, todo aumento de la producci?n y de los servicios debe traducirse en aumento paralelo de la remuneraci?n del trabajo.

Desde hace d?cadas las relaciones entre capital y trabajo se han establecido por medio de ajustes impuestos por la presi?n de una concurrencia an?rquica o por los conflictos sociales.

Los detentadores del capital tienen tendencia a considerar el trabajo como una mercanc?a, un simple elemento de los costes (costes unitarios laborales), que debe comprarse al precio m?s barato posible. De otro lado, los asalariados, con la actual legislaci?n, no han tenido m?s remedio que usar medios violentos (huelgas, sabotajes, agitaci?n pol?tica,...) para arrancar a los patronos los salarios m?s altos posibles, y en muchas ocasiones, empujados por sindicatos marxistas, sin tener en cuenta el bien general de la empresa y de la naci?n.

El patr?n explotador obtiene con su actitud ?xitos inmediatos, pero restringe el poder adquisitivo de la clase obrera con la consiguiente ca?da de las ventas y la ralentizaci?n del crecimiento econ?mico, efectos de los que m?s tarde o m?s temprano ?l ser? una de las v?ctimas. Los sindicatos, que fuerzan una subida artificial de los salarios desencadena un alza del ?ndice de precios que hace ilusorio dicho incremento salarial.

El nivel de los salarios no debe abandonarse a los caprichos de las finanzas o de la pol?tica, no debe depender ni de la rapacidad de los empresarios , ni de la agresividad de los sindicatos, ni del arbitrio del poder central. Organismos independientes deben fijar un salario m?nimo para categor?a profesional adaptado al nivel de productividad y al de prosperidad del mercado.

A partir de este m?nimo, parece correcto estimar que la ley de la oferta y la demanda debe contar con un cierto ?mbito de libre juego. En una econom?a excesivamente centralizada las empresas menos favorecidas o mal gestionadas fuerzan a las dem?s a ir a su paso. Queremos pues igualdad en la base y desigualdad en la altura. Cada jefe de empresa podr? de este modo elegir a los mejores trabajadores y cada operario podr? ofrecer sus servicios a aquel empresario que los recompense mejor.

Correlativamente la elasticidad salarial implica la posibilidad de disminuci?n de salarios, siempre con el l?mite del l?mite previamente establecido.

El rechazo de esta posibilidad introduce un factor de incertidumbre en la planificaci?n empresarial que excluye toda alza de salarios provocada por circunstancias excepcionales (buena coyuntura, necesidad urgente de mano de obra, mejora del rendimiento por innovaciones tecnol?gicas,...).

La imposibilidad de ajustes salariales, a?n cuando ?stos respetan un m?nimo inicial, se materializa inmediatamente en la incapacidad de generaci?n de nuevos puestos de trabajo e incluso en la destrucci?n de los ya existentes.

Por ?ltimo, y en lo que se refiere a las inversiones del Estado, ?stas son leg?timas y necesarias siempre que se limiten a servicios esenciales y proporcionados a la prosperidad general, de manera que la incidencia del Estado permanezca aproximadamente constante y no altere la armon?a y la fluidez del mercado.


Publicado por mario.web @ 12:14
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