Mi?rcoles, 04 de mayo de 2011
Julio de la Vega-Hazas nos orienta con su art?culo en el entendimiento de la solidaridad y su correlaci?n con la subsidiaridad.
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La solidaridad es uno de los dos pilares fundamentales sobre los que debe asentarse toda sociedad. Su complementario es la subsidiaridad. Juntos plasman el lema que populariz? la novela de los tres mosqueteros: ?uno para todos, y todos para uno?

El t?rmino y el concepto de solidaridad se introducen en los documentos doctrinales de la Iglesia muy recientemente. Antes del magisterio de Juan Pablo II apenas puede encontrarse. S? que era conocida, en cambio, la noci?n de responsabilidad solidaria, un concepto de naturaleza jur?dica trasladado, como tantos otros, a la moral. Su origen hay que encontrarlo en el Derecho romano, donde se designaba como responsabilidad in solidum la correspondiente a las personas que contra?an conjuntamente una obligaci?n.

Este sentido permanece hasta nuestros d?as, y la moral lo recogi? sobre todo para se?alar que la responsabilidad solidaria era la que correspond?a a la restituci?n o reparaci?n de injusticias cometidas conjuntamente por varios autores. Como puede apreciarse f?cilmente, el papel de este concepto en la teolog?a moral es bastante secundario.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, el t?rmino aparece cada vez con m?s frecuencia en contextos de reivindicaci?n social. Su uso m?s com?n era para pedir a unos colectivos que hicieran suya la reivindicaci?n y lucha social de otros; as?, por ejemplo, se ped?a a los estudiantes que se ?solidarizaran? con las huelgas obreras, o que ?por solidaridad? con los despedidos de una empresa acudieran a la manifestaci?n de protesta gentes de todo tipo ajenas a la empresa en cuesti?n. Las voces que ped?an esta solidaridad proven?an sobre todo de instancias pol?ticas y sindicales de izquierda, mayoritariamente marxistas, y eso provoc? ciertos recelos en el pensamiento cat?lico. Con frecuencia se consideraba que el concepto respond?a a un intento de construir una moral ajena a la cristiana, de cu?o marxistoide, en la que la solidaridad se convert?a en el valor supremo en la relaci?n con el pr?jimo, desplazando as? a la caridad. De ah? naci? un cierto desprecio a lo que se consideraba como un suced?neo a los valores aut?nticos de la justicia y la caridad, y la consiguiente renuencia a utilizarlo.

No es de extra?ar por tanto que a algunos les resultara extra?o, cuando adquiri? notoriedad el ?nico sindicato fuerte de cariz cat?lico en un pa?s de r?gimen marxista ?o sea, la situaci?n inversa a la occidental-, ?ste adoptara el nombre de ?Solidaridad? (el polaco Solidarn?sc). Su existencia sirvi? para replantear el sentido del t?rmino, y en cierto modo tambi?n para ayudar a comprender el uso que empezaba a hacer del mismo Juan Pablo II en sus escritos. Aparec?a en numerosos lugares, cada vez con m?s frecuencia, hasta su empleo reiterado una y otra vez en la enc?clica Laborem exercens. Sin embargo, es un poco m?s tarde, con la enc?clica Sollicitudo rei socialis, cuando encontramos una definici?n, precedida por el fundamento antropol?gico que le sirve de contexto: ?Ante todo se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos econ?mico, cultural, pol?tico y religioso, y sumida como categor?a moral. Cuando la interdependencia es reconocida as?, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como ?virtud?, es la solidaridad?. Si el t?rmino ?virtud? figura entre comillas es porque no se pretende a?adir un tercer elemento al binomio justicia-caridad, ya que, como se?ala el Pont?fice, se trata m?s de una actitud que de un h?bito propiamente dicho. Pero a la vez es una actitud fundamental, ya que responde a lo que constituye el n?cleo de la vida en sociedad: la interdependencia, resultante de la misma naturaleza humana, que es la de un ser social.

Se entiende bien, a partir de esta consideraci?n, el papel de la solidaridad como uno de los dos pilares fundamentales sobre los que debe asentarse toda sociedad. Su complementario es la subsidiaridad, de forma que juntos forman los dos principios b?sicos de configuraci?n social. Plasman el lema que populariz? la novela de los tres mosqueteros: ?uno para todos, y todos para uno?. La primera parte es la solidaridad, que pide a cada persona responsabilizarse del bien com?n, y aceptar las cargas que ello supone, poniendo as? al individuo al servicio del bien general. La segunda parte es la subsidiaridad, que no se limita a la suplencia del poder p?blico en casos de ausencia de iniciativa privada, sino que va m?s all?, pues pide a la sociedad en su conjunto servir a la persona, de forma que establezca las mejores condiciones para su desarrollo y desenvolvimiento, incluidos incentivos cuando son necesarios y la asunci?n de servicios p?blicos s?lo cuando es necesario por falta de iniciativa social. Estos dos principios funcionan como contrapesos mutuos; si se sostiene uno sin el otro, la sociedad resultante queda desfigurada, y deja de responder a las exigencias humanas. Las sociedades colectivistas como las propiciadas por el marxismo han apelado a la solidaridad, pero rechazando de plano la subsidiaridad, y ya se ha visto cu?l ha sido el resultado. Lo que hay que darse cuenta, hoy en d?a y en Occidente, es que se est?n pidiendo continuamente asistencia y garant?as a los poderes p?blicos, mientras que entra en un progresivo declive la solidaridad; es el fen?meno contrario. O sea, que nos estamos volviendo individualistas, y eso no es bueno ni para los individuos ni para la sociedad.

Lo acaba de advertir Juan Pablo II en la reciente exhortaci?n Ecclesia in Europa: ?Junto con la difusi?n del individualismo, se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal: mientras las instituciones asistenciales realizan un trabajo benem?rito, se observa una falta de sentido de solidaridad, de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten m?s solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo?. Quiz?s pueda parecer sorprendente este diagn?stico en un momento en el que crece el n?mero de organizaciones asistenciales de todo tipo, con o sin cariz religioso, y sobre todo el n?mero de voluntarios que colaboran a trav?s de ellas, tanto dentro del propio pa?s de residencia como en zonas particularmente necesitadas del mundo. Es, qu? duda cabe, un fen?meno positivo, tanto por la labor que realizan como por constituir una verdadera educaci?n en la solidaridad para sus protagonistas. Pero el peligro radica en identificar la solidaridad con este tipo de actividades, que son en el fondo un aspecto secundario de la cuesti?n. Lo es por cuanto, para la mayor?a, no pueden pasar de ser una actividad marginal en sus vidas, una tarea de tiempo libre que s?lo se puede ejercer en los m?rgenes de disponibilidad que permite la actividad normal. Y esta mentalidad puede dar origen a una deformaci?n, al identificar la solidaridad con una dedicaci?n voluntaria, dejando al margen el hecho de que, al ser un principio conformador de la sociedad, lleva consigo unos deberes importantes en la vida cotidiana. Por esta v?a, se puede llegar a una dicotom?a en personas que habitualmente viven de una forma ego?sta sin un m?nimo sentido del bien com?n, a la vez que emplean parte de su tiempo libre en unas meritorias labores asistenciales, sin que conecten ambas facetas, y quiz?s en algunos casos alist?ndose en esas tareas precisamente para tranquilizar una conciencia que de una manera u otra avisa de que no se puede vivir exclusivamente para uno mismo. No es esto a lo que se refiere el Papa en esta ?ltima exhortaci?n cuando pide la construcci?n de una ?cultura de la solidaridad?.

Conviene por tanto conocer y dar a conocer el sentido aut?ntico de la solidaridad. ?Esta no es, pues ?afirma Juan Pablo II en la enc?clica Sollicitudo rei socialis-, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinaci?n firme y perseverante de empe?arse por el bien com?n; es decir, el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos?.

La solidaridad tiene unas primeras manifestaciones en el ?mbito familiar, precisamente cuando, por un lado, hay una tendencia a desprenderse de los integrantes ancianos; y, por otro, la tasa de natalidad es muy baja y son muchos los que no quieren cargar con descendencia o limitarla al hijo ?nico, contribuyendo as? al desequilibrio de la sociedad futura, y pretendiendo a la vez cobrar en sus a?os avanzados unas pensiones sostenidas con el trabajo de los hijos de los dem?s.

Adem?s, la solidaridad tiene manifestaciones de cara a la sociedad en general, que van mucho m?s all? de la mera educaci?n c?vica o el respeto del orden social. Hay una solidaridad en el mundo del trabajo, que se rompe cuando, por ejemplo, un sector de trabajadores genera conflictos para obtener una remuneraci?n desproporcionada en comparaci?n con otros trabajadores que no est?n en posici?n de poder hacer una presi?n tan eficaz; o cuando se pide al trabajador una fidelidad y dedicaci?n a la empresa que no es correspondida por ?sta; o cuando se toman posturas de fuerza que perjudican a los ciudadanos ajenos a la empresa. Los ejemplos se podr?an multiplicar, pero en todo caso lo que se trata es de armonizar los intereses particulares con los generales, de forma que se llegue a soluciones justas para todos, y de cuidar de las personas laboralmente m?s desamparadas en cualquier sentido.

Existen tambi?n manifestaciones de solidaridad que se refieren al bien com?n general, y que podr?an resumirse diciendo que consisten en asumir las leg?timas cargas sociales. La primera y m?s evidente es el pago de todos los impuestos justos, evitando enga?os y circuitos comerciales que generan el llamado ?dinero negro?. Pero no es la ?nica. ?ltimamente estamos siendo testigos en nuestra sociedad de un inconformismo generalizado a toda instalaci?n p?blica que sea vista como un potencial engorro. Todos quieren circular por autopistas, pero nadie quiere que pasen junto a su pueblo.

La opini?n p?blica pide mano dura para la delincuencia, pero el anuncio de construcci?n de una c?rcel provoca manifiestos municipales, manifestaciones y carteles en la localidad elegida para su emplazamiento ?exigiendo? que no se haga. Se ponen encima de la mesa estudios desfavorables de impacto medioambiental ante la construcci?n de una l?nea f?rrea, pero curiosamente s?lo cuando el tren no para en la localidad. Se aplaude cualquier programa de erradicaci?n de chabolas e infraviviendas, pero se protesta airadamente cuando el realojo es en el propio barrio. La gran mayor?a se opone a cualquier discriminaci?n cuando se les pregunta, pero si introducen algunos ni?os gitanos en el colegio se produce una avalancha de padres que protestan o que, sin atreverse a protestar, maniobran para cambiar de escuela a los hijos.

Quiz?s lo m?s grave, cuando ocurre alguna de estas cosas, es que se contemple con la mayor naturalidad que no hay otro argumento real que el simple ?no quiero?, como si nadie tuviera derecho a interferir en la soberan?a individual, ni a imponer otras cargas que no fueran los impuestos, aceptados de mala gana. El inter?s social queda fuera del horizonte vital de la persona. Un term?metro para ver este modo de pensar se encuentra en las elecciones pol?ticas, y se trata de examinar si la intenci?n de voto se dirige s?lo teniendo en cuenta intereses individuales, o de verdad se vota a quien se piensa que gobernar? mejor el pa?s. Es dif?cil de medir, pero en l?neas generales un indicador bastante fiable es el ?ndice del llamado ?populismo? en la argumentaci?n de los candidatos ?y su incidencia-, que consiste en jugar a efectuar promesas irresponsables que halagan los diversos intereses particulares sin atender la sensatez que postula el bien com?n.

El significado de la solidaridad no se agota en los aspectos mencionados, pero ?stos ponen de manifiesto dos cosas. La primera es que ilustran el deterioro de la solidaridad en nuestra sociedad, y muestran que si el colectivismo es una doctrina perniciosa, no lo es menos el individualismo. La falta de solidaridad puede en muchos casos permitir, gracias a la subsidiaridad del sistema, mantener unas condiciones materiales dignas, pero siempre deja tras de s? un rastro de soledad, sentido de abandono y frustraci?n crecientes, a la vez que tambi?n evidencia que la mera concatenaci?n de intereses individuales no permite edificar bien una sociedad, de forma que se hace cada vez m?s ingobernable cuanto m?s se pierde el sentido del inter?s general. Y la segunda es que la solidaridad es una actitud que se ha de vivir en primer lugar en el entorno propio y la vida cotidiana.

Si esto se logra, adem?s de conseguir una sociedad m?s justa y sobre todo m?s humana, se ir? creando una mentalidad solidaria que sin duda alguna trascender? el ?mbito en el que se vive, y se plasmar? en atender a los m?s necesitados y los colectivos marginados, en el propio pa?s y en el mundo entero.

Una vez m?s, para arreglar el mundo hay que empezar por la propia casa. Pero tambi?n es cristiano no quedarse ah?, y promover iniciativas para arreglar o al menos aliviar la miseria humana, del tipo que sea y dondequiera que se halle.

Publicado por mario.web @ 12:39
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