Mi?rcoles, 04 de mayo de 2011
Ponencia del Dr. Jaime Ant?nez Aldunate en el VI Encuentro Mundial de las Familias
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?Qu? cosa es el valor?
?Qu? cosa es el valor?
?En nombre de qu? podemos afirmar que tal acto humano es bueno o malo, tal conducta justa o injusta, tal comportamiento correcto o no?

Nuestra ?poca, nosotros mismos, perturbados muchas veces por los inmensos cambios que vemos a nuestro alrededor y que afectan de forma muy concreta nuestras vidas y las de nuestras familias, nos habremos de hacer muchas veces esta pregunta: ?Sobre qu?, a fin de cuentas, se apoyan los valores y los principios ?ticos?

Para responder a esta pregunta, las generaciones que nos precedieron se apoyaban sobre dos fundamentos. El primer fundamento era religioso: Dios manifestaba su voluntad a trav?s de su ley. Este fundamento no exclu?a sino que abrazaba asimismo el orden de la raz?n, como lo expresa con claridad Tertuliano, a quien cita el Catecismo de la Iglesia Cat?lica en su cap?tulo sobre la Ley Moral: ?El hombre es el ?nico entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley: Animal dotado de raz?n, capaz de comprender y de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su raz?n, en la sumisi?n al que le ha entregado todo?. Se entiende de este modo que es intr?nseco a la dignidad del hombre que su inteligencia haya sido creada con la capacidad de aprehender la verdad. La verdad sobre el hombre puede as? ser conocida universalmente gracias a la ley moral inscrita en el coraz?n de cada uno, lo cual lejos de ser una limitaci?n es la real garant?a de poder obrar moralmente con libertad.

El segundo fundamento sobre el qu? se apoyaban los valores y los principios ?ticos era de car?cter metaf?sico: los griegos (v.gr. Arist?teles y los estoicos) evocaban la naturaleza humana, con lo que ella supon?a de consonancia arm?nica entre el cosmos y la conciencia personal. Muchos siglos despu?s, el fil?sofo alem?n Emmanuel Kant -para qui?n la filosof?a como moral se nutre en ?ltimo t?rmino de la esperanza de que Dios exista- elegir?a otra perspectiva metaf?sica: fund? su ?tica sobre el bien, buscado en cuanto ?l mismo (?Hacer el bien porque es el bien?) y percibido como un imperativo categ?rico.

?Qu? nos sucede entre tanto hoy?

Resulta claro que estos dos pilares ?el religioso y el metaf?sico- que fundamentaban para nosotros y para nuestros mayores la moral y los valores, se han derrumbado ante nuestros ojos. La religi?n ya no representa una referencia com?n para las sociedades occidentales (a diferencia de lo que acontece en ciertas sociedades isl?micas). Y por lo que se refiere a la metaf?sica, la hemos visto desmoronarse a partir de la crisis de la raz?n ?tica, en el siglo XVII, derivando paulatinamente en tantas convicciones como conciencias individuales existan.

En materia de fe y de costumbres habr?amos abandonado as? la era de la verdad y la certeza para entrar en la era de las convicciones, que en muchos casos se confunden con simples convenciones.

Una ficci?n que ilustra la actual realidad moral

El cuadro que se hace presente ante nosotros, est? bien figurado en la introducci?n del libro ?Tras la virtud? del fil?sofo y soci?logo brit?nico Alasdair MacIntyre, a trav?s de una imagen metaf?rica relativa a las ciencias naturales, que el mencionado autor denomina escuetamente ?sugerencia inquietante?.
Imaginemos, dice, que las ciencias naturales sufren los efectos de una gran cat?strofe. La poblaci?n mundial culpa a los cient?ficos de grandes desastres ambientales. Se producen motines, se asaltan los laboratorios y se les incendia, se da muerte a los f?sicos, los libros y los instrumentos son destruidos. El movimiento llamado ?Ning?n-Saber? toma victoriosamente el poder y procede a la abolici?n de la ciencia que se ense?a en colegios y universidades, apresando y ejecutando a los cient?ficos que restan. Pasa luego un cierto tiempo y la gente ilustrada que ha sobrevivido a la cat?strofe promueve una reacci?n contra la mencionada ola destructiva anticient?fica. Intentan resucitar la ciencia, aunque se encuentran con el problema de que han olvidado en gran parte lo que fue. Poseen apenas fragmentos: cierto conocimiento de los experimentos desgajado sin embargo de cualquier conocimiento del contexto te?rico que les daba significado; partes de teor?as sin relaci?n tampoco con otro fragmento o parte de teor?a que poseen, ni con la experimentaci?n; instrumentos cuyo uso ha sido olvidado; semicap?tulos de libros, p?ginas sueltas de art?culos, no siempre del todo legibles porque est?n rotos y chamuscados. A pesar de todo, se recogen esos fragmentos y se les incorporan a una serie de pr?cticas que se materializan resucitando para ellas los t?tulos cient?ficos de f?sica, qu?mica, biolog?a, etc. Los adultos involucrados en este esfuerzo disputan unos con otros sobre los correspondientes m?ritos de la teor?a de la relatividad, la teor?a de la evoluci?n y otras m?s, aunque poseen ahora un conocimiento muy restringido y parcial de cada una de ellas. Los ni?os son llevados a aprender de memoria las partes sobrevivientes de la tabla peri?dica y recitan como ensalmos algunos de los teoremas de Euclides. Nadie, o casi nadie, comprende que lo que se est? llevando a cabo no es ciencia natural bajo ning?n concepto. Los contextos que ser?an necesarios para dar sentido a toda esta actividad se han perdido, quiz?s irremediablemente. Algunos echan mano de expresiones como ?peso at?mico?, ?masa?, ?gravedad espec?fica? con una ilaci?n de lenguaje que recuerda los tiempos anteriores a la p?rdida provocada por la gran cat?strofe. Pero acontece en realidad que las premisas impl?citas en el uso de esas expresiones habr?an desaparecido y su utilizaci?n nos revelar?a elementos de arbitrariedad y hasta de elecci?n fortuita francamente sorprendentes. Se cruzar?an razonamientos contrarios y excluyentes no soportados por ning?n argumento.

?A qu? viene construir este mundo imaginario habitado por pseudocient?ficos ficticios?, se pregunta MacIntyre. Y se responde: ?La hip?tesis que quiero adelantar es que, en el mundo actual que habitamos, el lenguaje de la moral est? en el mismo grave estado de desorden que el lenguaje de las ciencias naturales en aquel mundo imaginario reci?n descrito. Lo que poseemos, si este parecer es verdadero, son fragmentos de un esquema conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de los que derivaba su significado. Poseemos, en efecto, simulacros de moral, continuamos usando muchas de las expresiones-clave. Pero hemos perdido ?en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensi?n, tanto te?rica como pr?ctica de la moral?.

Agrego a lo anterior en forma libre, tres breves notas que respecto de esta crisis toma en cuenta MacIntyre y que contribuyen tambi?n a ilustrar nuestro tema:

Primero, la cat?strofe sufrida por los habitantes de ese mundo imaginario debe haber sido de tal naturaleza que, con excepci?n de unos pocos, estos dejaron de comprender la naturaleza de esa misma cat?strofe. Algo similar nos parece ver, dir?amos nosotros, en el campo de la moral y los valores.
Segundo, en el cuadro de grave desorden que sufre hoy el lenguaje de la moral ?y que anticip? la met?fora de la cat?strofe cient?fica- ?a partir de conclusiones rivales podemos retrotraernos hasta nuestras premisas rivales, pero cuando llegamos a las premisas, la discusi?n cesa, e invocar una premisa contra otra ser?a un asunto de pura afirmaci?n y contra-afirmaci?n. De ah?, tal vez, el tono estridente de tanta discusi?n moral?.

Tercero, hoy la gente piensa, habla y act?a en gran medida como si el emotivismo fuera verdadero, independientemente de cu?l pueda ser su punto de vista teor?tico p?blicamente confesado. El emotivismo est? incorporado a nuestra cultura. Con esto no se afirma s?lo que la moral no es lo que fue, sino algo m?s importante: que lo que la moral fue, ha desaparecido en amplio grado, y que esto marca una degeneraci?n y una grave p?rdida cultural.
Dejemos aparte ahora el desarrollo que acomete el fil?sofo brit?nico y adoptemos simplemente estas consideraciones como p?rtico para nuestra propia reflexi?n acerca del tema que nos ha propuesto el Santo Padre.

El proceso a Dios


Dec?amos reci?n que hemos visto el quebrantamiento de los dos pilares ?el religioso y el metaf?sico- que fundamentaban para nuestros mayores la moral y los valores. La religi?n ha dejado as? paulatinamente de ser una referencia com?n para la sociedad occidental, mientras que a partir de la crisis de la raz?n ?tica, en el siglo XVII, se produce el derrumbe de la metaf?sica. Entrase entonces de lleno en lo que es com?n llamar el proceso de secularizaci?n de la cultura.

Como en la revoluci?n acient?fica llevada a cabo por los del movimiento ?Ning?n-Saber? que imagina MacIntyre, se abre en el siglo XVIII un proceso sin precedentes, el proceso a Dios, como lo llama el historiador Paul Hazard. En el siglo XIX dicho proceso se transforma en un rechazo a Dios.
El ataque frontal contra la Iglesia cat?lica y la fe cristiana desencadenado por el iluminismo del siglo dieciocho, que declara la fe cristiana irracional, m?tica, legendaria, enemiga de la ciencia y del progreso, tiene portavoces como Voltaire, Bayle, Holbach Helvetius entre otros. Su visi?n destructiva de la religi?n y de la Iglesia se profundiza en el siglo diecinueve con Hegel, Feuerbach, Marx, Comte, Nietzsche, Freud; y en el siglo veinte con el comunismo, el nacionalsocialismo , y luego con sucesivas generaciones de pensadores antirreligiosos y anticristianos como Sartre y de cient?ficos materialistas y agn?sticos. Lo que continua hasta hoy, en las l?neas generales que dominan la cultura -a pesar de espl?ndidas contraexpresiones- no desdice estos antecedentes, sino que los ahonda.

La tercera etapa vio asimismo en el siglo XX el advenimiento del hombre-demiurgo. El extraordinario desarrollo de los conocimientos cient?ficos y avances, m?s extraordinarios a?n, de una t?cnica que interviene en todos los campos, impulsaron al hombre a ocupar el lugar de un Dios en lo sucesivo ausente. ?Desde ahora ?escrib?a Jean Rostand? contamos con el medio para actuar sobre la cosa vital (...) porque hemos penetrado en los arcanos de la naturaleza. (...) La ciencia ha hecho dioses de nosotros antes que merezcamos ser hombres?.

La secularizaci?n en su estadio actual exige una separaci?n radical de toda expresi?n religiosa o metaf?sica. No siempre rechaza a la religi?n como tal, pero s? la supuesta pretensi?n de modelar la sociedad como en el pasado y de orientar las costumbres. Cada individuo debe usufructuar de autonom?a respecto a ella; la religi?n ha de convertirse en asunto exclusivamente privado.
El mundo se ha ?despojado de sus dioses y su Dios?, dijo Martin Heidegger. Y sucede, aparentemente, algo as? como si lo divino, se hubiese retirado del mundo.

La cuesti?n de los valores hoy

Sin perjuicio del proceso de secularizaci?n descrito en sus grandes trazos, nos encontramos hoy a diario -principalmente en los medios de comunicaci?n, escritos y sobre todo en los audovisuales- con una retah?la de intercambios y discusiones que dan lugar a lo que algunos llaman la ?cuesti?n val?rica?.
Se entiende en general por valor, en este marco, una opini?n m?s estable, diferente de aquella otra que puede llamarse de coyuntura, como lo son en general las pol?ticas, econ?micas o de ?ndole semejante. Se homologar? frecuentemente el tema del valor con un ?reproche ?tico?. Entran en la categor?a de la discusi?n de valores muy caracter?sticamente aquellas referidas a temas como la familia, el aborto, el derecho a la vida, la reproducci?n sexual y similares.

Nos encontramos aqu?, sin embargo, con la necesidad de realizar una primera distinci?n. Pues un valor para ser reconocido como bien, necesita ser experimentado. Es esto algo de la esencia del valor cuando se trata del tema de la cultura.

Hablando en la Pontificia Universidad Cat?lica de Chile a los constructores de la sociedad, durante su visita apost?lica a nuestro pa?s, as? lo expresa el recordado Siervo de Dios Juan Pablo II: ?La cultura es "el estilo de vida com?n (Gaudium et spes, 53c) que caracteriza a un pueblo y que comprende la totalidad de su vida: "el conjunto de valores que lo animan y de desvalores que lo debilitan... las formas a trav?s de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones y estructuras de convivencia social" (Puebla, 387). En una palabra, la cultura es, pues, la vida de un pueblo?.

La cultura, en otras palabras, sustantivo que deriva de cultivo, supone un tiempo y un cambio ?el de la siembra y la cosecha decimos- e implica unos valores que nos hacen vivir y cambiar en una direcci?n consistente con ese desarrollo germinal.

La tradici?n aristot?lica hablaba en este sentido de virtudes. Las virtudes las entendemos en cuanto fuerzas, capacidades de obrar. Los valores, mientras tanto, apuntan a bienes o cosas que son estimables.

Pero sea como fuere, virtudes o valores, unos y otros lo son en cuanto realidades vividas y no en cuanto meras opiniones. Si no son capaces de cultivar a la persona ?en el sentido de germinar en ella un cultivo de su ser- estamos en el plano de simples justificaciones o entelequias racionales, sin vinculaci?n entitativa con el bien, la verdad y la belleza. Se repetir?a as?, en el plano moral o del valor, la situaci?n experimentada por aquellos que deseaban resucitar ?en la ficci?n de MacIntyre- la ciencia fragmentada y desgajada de su contexto epistemol?gico, a consecuencia de la cat?strofe producida por la revoluci?n anticient?fica que desencadena el movimiento ?Ning?n-Saber?.

Todo lo cual nos pone de frente a la cr?tica de Nietzsche , quien formula una suerte de interesado ?J?acusse? (?Yo acuso?): el nihilismo es la situaci?n en la que los valores se resquebrajan, dejan de tener fuerza, pierden su finalidad, donde no existe respuesta a la pregunta por qu?, dice el autor de la ?Genealog?a de la moral? y de ?El Anticristo?. Se les ha situado, a los valores, en una esfera en la que no se les puede vivir, transform?ndose estos en meras justificaciones de la raz?n y de la voluntad de poder.

?Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado?, grita Nietzsche. ?Hemos cambiado el sentido de los valores, se les ha subvertido (se refiere a los valores trascendentales de la metaf?sica: la unidad, la verdad, el bien, la belleza). ?C?mo es que no estamos temblando frente a la oscuridad que viene? ?C?mo podr? el hombre vivir con esta realidad??, se pregunta. A lo cual responde: s?lo el Superhombre es capaz de sobrevivir en esta situaci?n. Se burla entonces con sarcasmo de los que pretenden crear una moral despu?s de haber dado muerte a Dios. ?Tener en esa situaci?n una moral? Absurdo, responde Nietzsche.
Con diab?lica lucidez, el fil?sofo saca las consecuencias ?aplicadas a la historia humana que tiene ante sus ojos- de los dichos de la serpiente en el Para?so. Los valores suponen por definici?n, ya dijimos, un algo estimable, pero su apreciaci?n como tal supone a la vez un apetito ordenado. El fruto del ?rbol del Para?so era apetitoso a la vista. Lo era, como lo son tantos bienes antes y despu?s de la subversi?n provocada por la revoluci?n nihilista que saluda Nietzsche, la que hizo despertar en el hombre poderosas fuerzas que, seg?n ?l, la ?moral judeo-cristiana? hab?a ense?ado a refrenar. Y entonces proclama: ?Lo que hasta ahora era lo m?s valioso sobre la tierra, resulta lo m?s despreciable. Y lo que era lo m?s despreciable, es ahora lo m?s valioso?. Como en el Para?so, glosamos nosotros, donde el valor estaba en Dios y era seg?n Dios, y la tentaci?n de la autonom?a lo quiso hacer del hombre y seg?n el hombre.
Nietzsche habla desde el lenguaje de la subversi?n de los valores. Lo vital para ?l no es vivir seg?n Dios, sino gozar lo apetitoso del fruto, sin Dios. Vivir ?dionisiacamente?. Pero fue Dios quien entre tanto hizo el fruto ?hizo todas las cosas y todo lo hizo bien- y as?, el esfuerzo de una ?antropolog?a creatural?, opuesta a la tendencia hist?rica que comentamos, apuntar?a por el contrario a redescubrir la estimabilidad y belleza que las cosas tienen seg?n Dios.

La salud no est? en dejarse llevar por las fuerzas ?dionis?acas? del ?eros?, sino por un amor razonable y verdadero. Pues Cristo, que no vino a condenar al primer Ad?n y a la primera Eva, sino a redimirlos, ?viene a renovar lo que es don de Dios en el hombre, cu?nto hay en ?l de eternamente bueno y bello, y que constituye el substrato del amor hermoso. La historia del ?amor hermoso? es, en cierto sentido, la historia de la salvaci?n del hombre?, nos dice Juan Pablo II en la Carta a las Familias. ?Cuando hablamos de ?amor hermoso?, hablamos, por tanto, de la belleza: belleza del amor y belleza del ser humano que, gracias al Esp?ritu Santo, es capaz de este amor?, agrega.

Para ahondar en la comprensi?n de la dualidad moral y val?rica aqu? planteada, y en las premisas de una verdadera ?antropolog?a creatural?, conviene leer con cuidado la primera parte de la enc?clica Deus caritas est. El Papa Benedicto XVI se detiene all? en los conceptos de ?eros? y ?agap?, como expresi?n del amor humano, seg?n el uso dado a uno y otro de estos t?rminos por los griegos y tambi?n por el Antiguo y el Nuevo Testamento. Con claridad y hondura, llama nuestra atenci?n en el comienzo de esta carta hacia lo siguiente: relegar la palabra eros por la nueva concepci?n del amor que se expresa con la palabra agap?, ?denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor?. Y agrega, en directa relaci?n con lo que ven?amos tratando: ?En la cr?tica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustraci?n, esta novedad (la del amor entendido como ?agap?) ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, seg?n Friedrich Nietzsche ?sigue diciendo el Papa-, habr?a dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llev? a la muerte, le hizo degenerar en vicio. El fil?sofo alem?n expres? de este modo una apreciaci?n muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ?no convierte acaso en amargo lo m?s hermoso de la vida? ?No pone quiz?s carteles de prohibici?n precisamente all? donde la alegr?a, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?? (hasta aqu? la cita de Deus caritas est).

?Antropolog?a creatural?(y real dimensi?n del ?Eros?)

Lo caracter?stico del amor cristiano ?al que damos el nombre de agap?- es la oblaci?n, el don. La cultura pagana, principalmente la griega, rend?a culto por el contrario al amor vehemente y posesivo, es decir, el eros. El judeo-cristianismo no rechaz? el eros, sino que combati?, desde el Antiguo Testamento, la desviaci?n destructora que conduce a transformarlo en falsa divinidad, que le priva de dignidad y lo deshumaniza. ?El eros necesita disciplina y purificaci?n para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo m?s alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser (...) (Mas para ello) hace falta una purificaci?n y una maduraci?n, que incluyen tambi?n la renuncia. Esto (en cualquier caso) no es rechazar el eros ni ? envenenarlo ?, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza (...) Porque ni la carne ni el esp?ritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte cuerpo y alma?.

En la ribera opuesta de la Weltanschaung nietzschiana ?que supone un eros envenenado por el cristianismo- Benedicto XVI nos recuerda los fundamentos religiosos y asimismo metaf?sicos que es imperioso guardemos en nuestros corazones hoy, cuando esa oscuridad presagiada por el fil?sofo ha ca?do sobre el mundo, a fin de animarnos a recuperarlos para la cultura en general: ?El aspecto filos?fico e hist?rico-religioso que se ha de subrayar en esta visi?n (?) es que, por un lado, nos encontramos ante una imagen estrictamente metaf?sica de Dios: Dios es en absoluto la fuente originaria de cada ser; pero este principio creativo de todas las cosas ?el Logos, la raz?n primordial? es al mismo tiempo un amante con toda la pasi?n de un verdadero amor. As?, el eros es sumamente ennoblecido, pero tambi?n tan purificado que se funde con el agap?.?

Esta imagen de amor-eros por su pueblo, fundido y purificado en agap? de Dios, ?nico Se?or , se corresponde muy justamente con el matrimonio mon?gamo e indisoluble. ?El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relaci?n de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano?. Esta verdad, como orientaci?n de su amor, la encuentra plenamente el cristiano en la cruz y en la comuni?n, que nos hace un cuerpo, aunados en una ?nica existencia. Por lo que se entiende asimismo que uno de los nombres de la Eucarist?a sea propiamente agap?.
En dicha perspectiva ya no se ve al otro con los propios ojos y sentimientos, sino con los de Jesucristo. ?La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en esta comuni?n de voluntad que crece en la comuni?n del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez m?s: la voluntad de Dios ya no es para m? algo extra?o que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios est? m?s dentro de m? que lo m?s ?ntimo m?o?.

La acusaci?n de Nietzsche, seg?n la cual el cristianismo habr?a ?envenenado? el eros, queda pues completamente refutada.

?Cruel tirano Herodes, por
qu? temes que Cristo venga? No
usurpa los reinos de la tierra, el
que viene a dar los celestiales?

El himno de la primera v?spera de la fiesta de Epifan?a que celebramos hace pocos d?as desvirt?a po?ticamente lo temores que padece el hombre de nuestro tiempo, heredero de la cultura ilustrada.

Publicado por mario.web @ 13:38
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