Jueves, 05 de mayo de 2011
Discurso del Papa Benedicto VI a los participantes en la XIV Sesi?n Plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, al elegir el tema: ?C?mo pueden actuar juntamente la solidaridad y la subsidiariedad? (3 de mayo de 2008)
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Discurso a los participantes en la XIV Sesi?n Plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias Sociale
Discurso a los participantes en la XIV Sesi?n Plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias Sociale
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN LA XIV SESI?N PLENARIA
DE LA ACADEMIA PONTIFICIA DE CIENCIAS SOCIALES

S?bado 3 de mayo de 2008

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
distinguidas se?oras y se?ores:


Me complace tener esta ocasi?n de encontrarme con vosotros mientras est?is reunidos con motivo de la XIV sesi?n plenaria de la Academia pontificia de ciencias sociales. Durante las dos ?ltimas d?cadas, la Academia ha dado una valiosa contribuci?n a la profundizaci?n y al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia y a su aplicaci?n en las ?reas del derecho, la econom?a, la pol?tica y otras ciencias sociales. Agradezco a la profesora Margaret Archer sus amables palabras de saludo y expreso mi sincero aprecio a todos vosotros por vuestro compromiso en la investigaci?n, el di?logo y la ense?anza, para que el Evangelio de Jesucristo siga irradiando su luz sobre las complejas situaciones que se presentan en un mundo que cambia r?pidamente.

Al elegir el tema: "Perseguir el bien com?n. ?C?mo pueden actuar juntamente la solidaridad y la subsidiariedad?", hab?is decidido examinar la interrelaci?n entre cuatro principios fundamentales de la doctrina social cat?lica: la dignidad de la persona humana, el bien com?n, la subsidiariedad y la solidaridad (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nn. 160-163). Estas realidades clave, que emergen del contacto vivo entre el Evangelio y las circunstancias sociales concretas, ofrecen un marco para considerar y afrontar los imperativos que la humanidad tiene ante s? en el alba del siglo XXI, como reducir las desigualdades en la distribuci?n de los bienes, ampliar las oportunidades de educaci?n, fomentar un crecimiento y un desarrollo sostenibles, y proteger el medio ambiente.

?C?mo pueden actuar juntamente la solidaridad y la subsidiariedad en la b?squeda del bien com?n, de modo que no s?lo respete la dignidad humana, sino que tambi?n le permita desarrollarse? Este es el n?cleo de la cuesti?n que est?is estudiando. Como han revelado vuestros debates preliminares, una respuesta satisfactoria s?lo puede surgir despu?s de un esmerado examen del significado de los t?rminos (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, cap?tulo 4). La dignidad humana es el valor intr?nseco de la persona creada a imagen y semejanza de Dios y redimida por Cristo. El conjunto de las condiciones sociales que permiten a las personas realizarse individual y comunitariamente se conoce como bien com?n. La solidaridad es la virtud que permite a la familia humana compartir plenamente el tesoro de los bienes materiales y espirituales, y la subsidiariedad es la coordinaci?n de las actividades de la sociedad en apoyo de la vida interna de las comunidades locales.

Con todo, estas definiciones son s?lo el comienzo, y s?lo se comprenden adecuadamente si se las relaciona de modo org?nico entre s? y se las considera apoyadas unas en otras. Al inicio podemos delinear las conexiones entre estos cuatro principios poniendo la dignidad de la persona en el punto de intersecci?n de dos ejes: uno horizontal, que representa la "solidaridad" y la "subsidiariedad", y otro vertical, que representa el "bien com?n". Esto crea un campo en el que podemos trazar los diversos puntos de la doctrina social de la Iglesia cat?lica, que forman el bien com?n.

Aunque esta analog?a gr?fica nos brinda un cuadro rudimentario de c?mo estos principios fundamentales son imprescindibles unos para otros y est?n necesariamente vinculados, sabemos que la realidad es mucho m?s compleja. En efecto, las profundidades insondables de la persona humana y la maravillosa capacidad de los hombres para la comuni?n espiritual ?realidades que s?lo se han manifestado plenamente a trav?s de la revelaci?n divina? superan con creces la posibilidad de representaci?n esquem?tica. En cualquier caso, la solidaridad que une a la familia humana y los niveles de subsidiariedad que la refuerzan desde dentro deben situarse siempre en el horizonte de la vida misteriosa de Dios uno y trino (cf. Jn 5, 26; 6, 57), en quien percibimos un amor inefable compartido por personas iguales, aunque distintas (cf. Summa Theologiae, I, q. 42).

Queridos amigos, os invito a dejar que esta verdad fundamental impregne vuestras reflexiones: no s?lo en el sentido de que los principios de solidaridad y subsidiariedad se enriquecen indudablemente con nuestra fe en la Trinidad, sino particularmente en el sentido de que estos principios tienen el potencial para poner a hombres y mujeres en el camino de descubrir su destino definitivo y sobrenatural. La natural inclinaci?n humana a vivir en comunidad se confirma y se transforma gracias a la "unidad del Esp?ritu", que Dios ha concedido a sus hijos e hijas adoptivos (cf. Ef 4, 3; 1 P 3, 8).

En consecuencia, la responsabilidad de los cristianos de trabajar por la paz y la justicia, su compromiso irrevocable de construir el bien com?n, es inseparable de su misi?n de proclamar el don de la vida eterna, a la que Dios ha llamado a todo hombre y a toda mujer. A este respecto, la tranquillitas ordinis, de la que habla san Agust?n, se refiere a "todas las cosas", es decir, tanto a la "paz civil", que es una "concordia entre ciudadanos", como a la "paz de la ciudad celestial", que es la "ordenad?sima y conform?sima sociedad establecida para gozar de Dios, y unos de otros en Dios" (De civitate Dei, XIX, 13).

Los ojos de la fe nos permiten ver que las ciudades terrena y celestial se compenetran entre s? y est?n ordenadas intr?nsecamente una a otra, ya que ambas pertenecen a Dios Padre, que "est? sobre todos, por todos y en todos" (Ef 4, 6). Al mismo tiempo, la fe evidencia con mayor ?nfasis la leg?tima autonom?a de las realidades terrenas, en la medida en que "est?n dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias" (Gaudium et spes, 36).

Por consiguiente, pod?is estar seguros de que vuestros debates ser?n ?tiles para todas las personas de buena voluntad, e impulsar?n a los cristianos a aceptar con mayor prontitud su deber de mejorar la solidaridad con sus conciudadanos y entre ellos, y de actuar seg?n el principio de subsidiariedad promoviendo la vida familiar, las asociaciones de voluntariado, la iniciativa privada y un orden p?blico que facilite el buen funcionamiento de las comunidades m?s fundamentales de la sociedad (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 187).

Cuando examinamos los principios de solidaridad y de subsidiariedad a la luz del Evangelio, comprendemos que no son simplemente "horizontales": ambos tienen una dimensi?n vertical esencial. Jes?s nos manda hacer a los dem?s lo que queramos que los dem?s nos hagan a nosotros (cf. Lc 6, 31); amar a nuestro pr?jimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22, 35 ss). Estas leyes han sido inscritas por el Creador en la misma naturaleza del hombre (cf. Deus caritas est, 31). Jes?s ense?a que este amor nos llama hoy a dedicar nuestra vida al bien de los dem?s (cf. Jn 15, 12-13).
En este sentido, la verdadera solidaridad ?aunque comienza con un reconocimiento del valor igual del otro? s?lo se realiza cuando pongo de buen grado mi vida al servicio de los dem?s (cf. Ef 6, 21). Esta es la dimensi?n "vertical" de la solidaridad: me siento impulsado a hacerme a m? mismo menos que el otro, para atender a sus necesidades (cf. Jn 13, 14-15), precisamente como Jes?s "se humill? a s? mismo" para permitir a los hombres y a las mujeres participar en su vida divina con el Padre y el Esp?ritu (cf. Flp 2, 8; Mt 23, 12).

De igual modo, la subsidiariedad ?en la medida en que alienta a los hombres y a las mujeres a entablar libremente relaciones vivificantes con aquellos a quienes est?n unidos m?s ?ntimamente y de quienes dependen m?s directamente, y exige que las m?s altas autoridades respeten estas relaciones? manifiesta una dimensi?n "vertical" que tiende al Creador del orden social (cf. Rm 12, 16-18). Una sociedad que respeta el principio de subsidiariedad libra a las personas del desaliento y la desesperaci?n, garantiz?ndoles la libertad de comprometerse unos con otros en los ?mbitos del comercio, la pol?tica y la cultura (cf. Quadragesimo anno, 80).

Cuando los responsables del bien com?n respetan el deseo humano natural de autogobierno basado en la subsidiariedad, dejan espacio para la responsabilidad y la iniciativa individual, pero, lo que es m?s importante, dejan espacio para el amor (cf. Rm 13, 8; Deus caritas est, 28), que sigue siendo siempre "el camino m?s excelente" (1 Co 12, 31).

Al revelar el amor del Padre, Jes?s no s?lo nos ense?? a vivir como hermanos y hermanas aqu?, en la tierra; tambi?n nos mostr? que ?l mismo es el camino que lleva a la comuni?n perfecta de unos con otros y con Dios en el mundo futuro, puesto que a trav?s de ?l "tenemos acceso al Padre en un mismo Esp?ritu" (Ef 2, 18). Mientras os esforz?is para articular los modos como los hombres y las mujeres pueden promover mejor el bien com?n, os animo a examinar las dimensiones "vertical" y "horizontal" de la solidaridad y la subsidiariedad.

De este modo, podr?is proponer modos m?s eficaces de resolver los m?ltiples problemas que afligen a la humanidad en el umbral del tercer milenio, testimoniando tambi?n la primac?a del amor, que trasciende y realiza la justicia pues impulsa a la humanidad hacia la misma vida de Dios (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 2004).

Con estos sentimientos, os aseguro mis oraciones y, como prenda de paz y alegr?a en el Se?or resucitado, os imparto cordialmente mi bendici?n apost?lica a vosotros y a vuestros seres queridos.

Publicado por mario.web @ 2:23
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