Jueves, 05 de mayo de 2011

Fuente: www.interrogantes.net
Autor: Alfonso Aguil?

El estado sentimental

Como ha se?alado Jos? Antonio Marina, nuestra relaci?n con todo lo que nos rodea es siempre afectiva. Nuestros sentimientos nunca logran permanecer totalmente neutrales. Tenemos siempre un estado de ?nimo, una disposici?n afectiva. Nos encontramos de modo permanente en la encrucijada de muchos caminos mentales, en un aut?ntico laberinto donde se entrecruzan ideas, sentimientos, deseos y acciones. Todo influye sobre todo, en una enredada red de causas en la que es f?cil perderse, y hace que tantas veces los problemas de los sentimientos parezcan c?rculos sin salida.

Los sentimientos nos acompa?an siempre, atemper?ndonos o destempl?ndonos. Aparecen siempre en el origen de nuestro actuar, en forma de deseos, ilusiones, esperanzas o temores. Nos acompa?an luego durante nuestros actos, produciendo placer, disgusto, diversi?n o aburrimiento. Y surgen tambi?n despu?s de actuar, haciendo que nos invadan sentimientos de tristeza, satisfacci?n, ?nimo, remordimiento o angustia. Son como un reducto de nosotros mismos que no siempre controlamos ni conocemos con claridad, pero que acompa?a todo nuestro vivir y nuestro actuar.

Cualquier situaci?n vital va unida en todo momento a un estado sentimental, que es como el resultado global de nuestra percepci?n de c?mo estamos. El estado sentimental es como un breve resumen de una situaci?n compleja que producen muchos factores; como un balance que hacemos de modo continuo, pues en cada momento se aportan datos nuevos, partidas nuevas para esa contabilidad afectiva que continuamente estamos consultando.

?Lo curioso es que esa contabilidad en muchas personas pasa de estar boyante a estar en la ruina, o viceversa, en muy poco tiempo. ?No es sorprendente?

S? lo es. Todos tenemos experiencia de c?mo nuestros sentimientos pueden cambiar con gran rapidez. En unos minutos podemos pasar de la incertidumbre a la calma, o de la calma a la sorpresa, de la sorpresa a la furia, de la furia al arrepentimiento, o del arrepentimiento al af?n de hacernos perdonar.

?Esa variabilidad depende mucho de las personas, me parece.

Hay personas que son por naturaleza m?s l?biles o sensibles, y sus estados sentimentales se alteran con un peque?o soplo. Otras, en cambio, no se conmueven ni con un vendaval.

Adem?s, en el mundo afectivo, como en el de la salud, un peque?o dolor, aunque sea muy localizado, puede influir mucho en el conjunto del estado sentimental. Igual que, por ejemplo, un dolor de muelas no afecta s?lo a las muelas, sino que hace a toda la persona encontrarse molesta y dolorida, hay factores emocionales que parecen peque?os, y quiz? lo son, pero notamos que nos afectan mucho. Por eso, educar esas reacciones afectivas es importante para poder llevar realmente las riendas de nuestra vida:

Podemos educar
libre e inteligentemente
nuestros sentimientos.


Desconfianzas y elogios hacia los sentimientos

Por todas partes encontramos juicios contradictorios sobre la afectividad. Desconfiamos y al tiempo elogiamos el sentimiento. Vemos que si las emociones se apoderan de nuestra persona, nos traicionan; pero que tampoco es soluci?n ser personas sin sentimientos.

Desde los primeros tiempos de la historia del pensamiento, los plat?nicos, los estoicos, los c?nicos, los epic?reos y otras muchas de aquellas primeras escuelas filos?ficas anduvieron preocupados con las pasiones, los deseos y los sentimientos, sin saber bien qu? hacer con todos ellos: si erradicarlos, educarlos, olvidarlos, atemperarlos o arrojarse en sus brazos.

Nuestras experiencias afectivas son con frecuencia complejas, o confusas, y eso nos hace sentirnos inquietos y desorientados, sobre todo mientras no sabemos darles una explicaci?n.

?Pero las cosas no se arreglan simplemente con darles una explicaci?n.

No se arreglan autom?ticamente, pero con una buena explicaci?n de lo que nos pasa podemos avanzar mucho. Profundizar en nuestros sentimientos, ser capaces de distinguir unos de otros, y poder as? darles sus verdaderos nombres, hace que podamos relacionar nuestra experiencia con todo un gran saber que ya hay acumulado en torno a esas realidades.

Es algo parecido a lo que sucede en la medicina: si analizando determinados s?ntomas somos capaces de identificar una enfermedad, a partir de ah? las cosas se hacen mucho m?s f?ciles. No porque la enfermedad deje de existir con s?lo ser diagnosticada, sino porque el diagn?stico permite anticipar unas cosas y dar por supuestas otras, y eso normalmente supone avanzar mucho.

Volviendo un poco a la historia, vemos que, durante milenios, la humanidad ha desconfiado de los deseos y los sentimientos. En el Tao-Te-Ching de Lao-ts? puede leerse: ?No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos.?

Para la ?tica griega, por ejemplo, la proliferaci?n de los deseos era radicalmente mala. El aprecio de aquellos hombres por la libertad les hac?a desconfiar de todo tipo de esclavitud, tambi?n de la afectiva, y por eso muchos de ellos ensalzaron tanto la ataraxia (imperturbabilidad), y algunos incluso la apatheia (apat?a, falta de sentimiento): como los deseos pueden producir decepci?n, llegaron a pensar que lo mejor era prescindir de ellos.

En nuestro tiempo, en cambio, la forma de vida occidental lleva a una fuerte incitaci?n del deseo. Es una tendencia en buena parte impulsada por la presi?n comercial para incentivar el consumo, y quiz? tambi?n por la velocidad de las innovaciones tecnol?gicas y por el propio desarrollo econ?mico.

?O sea, que no tenemos t?rmino medio: de la antigua abominaci?n del deseo hemos pasado a una exaltaci?n que puede llevarnos a la ansiedad.

En cierto modo, s?. Y lo malo es que en algunas personas, esa b?squeda de la satisfacci?n del deseo es tan impaciente que olvidan un poco que ?como hemos visto? la capacidad de aplazar la gratificaci?n es decisiva para el comportamiento libre y el desarrollo afectivo inteligente.

Quiz? por eso Arist?teles insist?a en que la paideia, es decir, la educaci?n, era sobre todo educaci?n en el deseo. Y Chesterton, con su lucidez habitual, dec?a que el interior del hombre est? tan lleno de voces como una selva: recuerdos, sentimientos, pasiones, ideales, caprichos, locuras, man?as, temores misteriosos y oscuras esperanzas; y que la correcta educaci?n, el correcto gobierno de la propia vida consiste en llegar a la conclusi?n de que algunas de esas voces tienen autoridad, y otras no. De nuevo estamos ante un problema de discernimiento y equilibrio.


Confiar en la fuerza de la educaci?n

Cuando un sentimiento monopoliza la vida afectiva de una persona en un determinado momento y le impulsa con gran fuerza a actuar de una determinada manera, ese sentimiento se convierte en una pasi?n. Por eso, cuando los sentimientos amorosos son muy intensos y dominan a una persona, se habla m?s bien de pasiones amorosas. Lo mismo ocurre con la envidia, el odio, la desesperanza o la agresividad: pueden ser un sentimiento o una pasi?n, seg?n la intensidad y el efecto que produzcan en la persona.

Por su parte, los deseos est?n antes y despu?s de los sentimientos. Los deseos engendran sentimientos, pero tambi?n pueden ser engendrados por ellos. Por ejemplo, un deseo frustrado puede provocar un sentimiento de furia, y ese sentimiento engendrar despu?s a su vez un deseo de venganza.

Por otra parte, los deseos reciben energ?a de los sentimientos que les acompa?an. A su vez, no es lo mismo tener deseos que proyectos, puesto que puedo sentir deseos de cosas que nunca proyectar? realizar. Todo proyecto suele ser consecuencia de un deseo, pero no todos los deseos llegan a concretarse en proyectos. A veces incluso es dif?cil saber qu? deseos hay detr?s de un determinado proyecto personal, igual que a veces es dif?cil saber por qu? nos gusta lo que nos gusta, o por qu? nos disgusta lo que nos disgusta.

Entre el sentimiento y la conducta hay un paso importante. Por ejemplo, puedo sentir miedo y actuar valientemente. O sentir odio y perdonar. O estar agitado interiormente y actuar con calma.

En ese espacio
entre sentimientos y acci?n
est? la libertad personal.

?Pero esa decisi?n se produce en parte en ese momento concreto y en parte antes, pues depende de c?mo somos, de nuestro car?cter.

Se decide en parte entonces y en parte a lo largo de todo ese proceso previo de educaci?n y autoeducaci?n. A lo largo de la vida se va creando un estilo de sentir, y tambi?n un estilo de actuar.

Por ejemplo, una persona miedosa siente miedo porque se ha acostumbrado a reaccionar cediendo al miedo que espont?neamente le producen determinados est?mulos, y esto ha creado en ?l un h?bito m?s o menos permanente. Ese h?bito le lleva a tener un estilo miedoso de responder afectivamente a esas situaciones, hasta acabar constituy?ndose en un rasgo de su car?cter.

De la misma manera, la compasi?n, la dureza de coraz?n, la seguridad o la inseguridad, el tono vital optimista o pesimista, la curiosidad inquieta o la indolencia, la agresividad o la tolerancia, son tambi?n estilos sentimentales que se van configurando.

Los estilos de sentir y de actuar est?n ?ntimamente relacionados, pues siempre hay sentimientos y deseos que preceden, acompa?an y prosiguen a cada acci?n. Hay personas incapaces de dominar un deseo, y otras, por el contrario, incapaces de desear nada. Es preciso encontrar un equilibrio, porque ambos extremos generan estados sentimentales y comportamientos muy problem?ticos.

??Y c?mo piensas que puede lograrse ese equilibrio?

Trabajando a partir de lo que somos ahora mismo. No podemos cambiar nuestra herencia gen?tica, ni nuestra educaci?n hasta el d?a de hoy.

Pero s? podemos pensar
en el presente y en el futuro,
con una confianza profunda
en la gran capacidad de
transformaci?n del hombre
a trav?s de la educaci?n.


La atrofia afectiva

Como ha se?alado Dietrich von Hildebrand, existen diversos tipos de personas en los que la afectividad est? mermada o frustrada.

Unos son aquellos que parecen incapaces de desprenderse de su actitud intelectualista de todo lo que ven. Su esp?ritu observador les domina hasta tal punto, que todo se convierte inmediatamente para ellos en simple objeto de inter?s para su conocimiento, habitualmente como mero espectador. No suelen sentirse implicados. Por ejemplo, ante un hombre que sufre, en vez de sentir compasi?n o intentar ayudarle, se fijan en su expresi?n o su comportamiento, con una simple curiosidad, poco o nada comprometida. Les domina la actitud de observaci?n, como si cada suceso que contemplan fuera s?lo una nueva e interesante ocasi?n de aprender m?s.

Como es obvio, en la medida en que esta actitud cuaja en la vida de una persona, su coraz?n queda cada vez m?s reducido al silencio, m?s incapacitado para comprender que muchas de esas situaciones deb?an generar en ?l una respuesta afectiva (y a veces tambi?n una intervenci?n activa). En su af?n patol?gicamente intelectualista, no advierte que, adem?s, al prescindir del coraz?n, acaba tambi?n obteniendo un conocimiento pobre y sesgado de la realidad.

Otro tipo de afectividad mutilada es la del hombre excesivamente pragm?tico que, en su actitud utilitarista, considera que toda experiencia afectiva suele ser superflua y constituye una p?rdida de tiempo. S?lo lo ?til le atrae. S?lo conoce la afectividad en?rgica, como la ambici?n o la ira, pero desde?a todo lo que requiere un poco de sensibilidad, y le parece sentimentalismo cualquier manifestaci?n de emotividad.

Un tercer estilo de atrofia afectiva ser?a el basado en una actitud voluntarista. Este empeque?ecimiento de la esfera afectiva puede deberse a un modo un poco kantiano de entender la moralidad, que mira con recelo cualquier respuesta afectiva; o a un planteamiento semejante al ideal estoico de la lucha por la aphateia (indiferencia), que reclama tambi?n un silenciamiento de la afectividad; o al propio del hombre que, por temor a los des?rdenes de los sentimientos, cierra su coraz?n en vez de procurar educarlo.

??Y a qu? puede deberse ese temor a la afectividad?

A experiencias negativas del pasado, a un ideal ?tico mal enfocado, a un exceso de prevenci?n ante las razones del coraz?n, etc. De modo general, cabr?a decir que la soluci?n no es sellar el coraz?n, ni ignorarlo, porque sin el coraz?n no se puede vivir: la soluci?n es conocerlo y educarlo.

Adem?s de esos tres estilos de atrofia afectiva (que podr?amos llamar hipertrofia intelectual, pragmatismo utilitarista y actitud voluntarista), hay algunos otros estilos en los que esa carencia afectiva es especialmente severa. Por ejemplo, el estilo propio del hombre pasivo, que no consigue apasionarse con nada. O del hombre despiadado o duro de coraz?n, ego?sta, casi incapaz de sentir verdadera compasi?n porque vive dominado por el orgullo y sus apetencias personales: a ese tipo de personas les cuesta mucho amar realmente, y aunque a veces se muestren apasionadas en ese sentido, suelen serlo de modo s?lo aparente, y puede decirse que el verdadero amor es un mundo bastante desconocido para ellas, puesto que el amor requiere la donaci?n del propio coraz?n, y el suyo no pueden ponerlo en nadie porque est? pose?do por unas fuerzas oscuras que lo tiranizan.

??Y a qu? puede deberse esa falta de coraz?n?

A una educaci?n tiznada de ego?smo o de indiferencia, o de falta de reflexi?n. O a una forma de pensar r?gida y simple. Tambi?n puede deberse a una mentalidad de car?cter m?s o menos fan?tico, que les lleva a encaminarse hacia determinados objetivos sin reparar en la legitimidad de los medios que emplean.

??Y qu? tiene que ver el fanatismo con la educaci?n del coraz?n?

El fan?tico considera la voz del coraz?n como una tentaci?n a la que siempre debe resistir. Es parecido a los que sucede a las personas resentidas o amargadas, cuyo coraz?n ha sido acallado y cerrado por unas heridas que el rencor no deja curar.

?Pero tener mucho coraz?n a veces tambi?n traiciona...

Est? claro que el hecho de tener mucho coraz?n no garantiza un nivel moral elevado, puesto que hay numerosos vicios y defectos que pueden coexistir con un gran coraz?n (hay gente de gran coraz?n que son alcoh?licos, irascibles, mentirosos o poco honrados, por ejemplo).

Pero de modo general puede decirse
que la riqueza y la plenitud
de una persona
dependen en gran medida
de su capacidad afectiva.

Lo m?s propiamente humano es ser persona de coraz?n, pero sin dejar que ?ste nos tiranice: es decir, sin considerarlo la gu?a suprema de nuestra vida, sino haciendo que sea la inteligencia quien se encargue de educarlo. Educarlo para que nos lleve a apasionarnos con cosas grandes, con ideales por los que merezca la pena luchar. Es verdad que las pasiones hacen llorar y sufrir, pero no por eso han de ser algo negativo, porque ?acaso se puede dar una buena clase, o sacar adelante un proyecto importante, o amar de verdad a otra persona, desde la indiferencia? Sin apasionamiento, ?habr?an existido los grandes hombres que han llenado de luz y de fuerza nuestra historia, nuestra literatura, nuestra cultura? Educar bien nuestras pasiones nos hace m?s humanos, m?s libres, m?s valiosos.


La sensaci?n de desgana

Abandonarse a los deseos y apetencias suele conducir al hombre a la desgana generalizada y acabar creando un grave problema para la vida sentimental.

?Supongo que tambi?n puede ser al rev?s, y que la desgana generalizada est? provocada por una crisis afectiva.

Por supuesto, ya que todos esos elementos influyen mucho unos sobre otros. Una tendencia al pesimismo, por ejemplo, o una sucesi?n de diversas frustraciones, puede producir una fuerte sensaci?n de desgana. Y tambi?n al rev?s: una situaci?n de desgana que no se aborda debidamente puede conducir a un sentimiento de frustraci?n, pesimismo o abatimiento.

En torno a la sensaci?n de desgana generalizada suele haber bastantes actitudes y comportamientos equivocados: excesiva autoindulgencia, escasa resistencia a la decepci?n, baja consideraci?n de uno mismo, u otras razones que llevan a abordar mal los problemas afectivos y provocar un estilo de reacci?n sentimental autolesiva.

Una persona que sea, por ejemplo, demasiado condescendiente consigo misma acabar? siendo dominada por su pereza, por su mal car?cter, por su est?mago, o por lo que sea, pero nunca conseguir? tomar verdaderamente las riendas de su vida.

Un estilo de vida excesivamente
permisivo e indulgente con uno mismo
es quiz? una de las mayores hipotecas vitales
que se pueden padecer.

Cuando se act?a as?, pronto se advierte que la supuesta satisfacci?n que iban a producir todas esas blanduras y contemplaciones con uno mismo, son satisfacciones ef?meras y vaporosas, y que ?parad?jicamente? llevan a una vida de mayor sufrimiento.

Cada vez que esa persona, en contra de lo que sabe que debe hacer, cede un poco m?s a las pretensiones que su pereza, su est?mago o su mal car?cter le presenten, se siente un poco m?s d?bil, un poco menos due?a de s?, un poco m?s a disgusto consigo misma y un poco m?s tentada a volcar despu?s ese disgusto con los dem?s a la primera oportunidad.

Y como esa debilidad, si no se pone remedio, es una debilidad que se alimenta a s? misma y tiende a crecer cada d?a m?s, las perspectivas de futuro para quienes as? viven son realmente desoladoras. Todo su horizonte vital ser? como una continua decepci?n, que se incrementa cada vez que comprueban que van quedando a merced de su propia debilidad.

As? se lo dec?a a su hija la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro: ?Cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revoluci?n que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la m?s importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas m?s peligrosas que se pueden hacer.?


Publicado por mario.web @ 21:10
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