Jueves, 05 de mayo de 2011
Para hablar del carisma con un sacerdote diocesano, lo mejor es comenzar desde la caridad
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Hablar del Carisma a un sacerdote diocesano
Hablar del Carisma a un sacerdote diocesano
Comenzar desde la caridad.
Las superioras generales, las formadoras, las superioras locales y en general todas las religiosas tienen una responsabilidad muy importante delante de Dios al confiar las almas que la Providencia les ha encomendado, al cuidado de los sacerdotes, especialmente cuando ?stos son capellanes o confesores de ellas.

Siendo uno de los objetivos del Concilio Vaticano II el impulsar la vida espiritual 1 , corresponde a las personas que prestan el servicio de la autoridad, el velar porque cada una de las religiosas pueda crecer espiritualmente, de forma que alcance la plenitud a la que Dios la ha llamado. No en vano el ?ltimo documento de la Congregaci?n para los Instituto de vida consagrada y Sociedades de vida apost?lica invita a la superiora a crecer en la vida espiritual para ayudar a sus hermanas a crecer tambi?n en este camino. ?Para poder promover la vida espiritual, la autoridad deber? cultivarla primero en s? misma a trav?s de una familiaridad orante y cotidiana con la Palabra de Dios, con la Regla y las dem?s normas de vida, en actitud de disponibilidad para escuchar tanto a los otros como los signos de los tiempos.? 2Y a?ade adem?s que debe poner a disposici?n de las hermanas los medios necesarios para que pueda darse este crecimiento. ?ser? responsabilidad de la autoridad mantener alto en todos el nivel de disponibilidad ante la formaci?n, la capacidad de aprender de la vida, la libertad ? especialmente ? de dejarse formar cada uno por el otro y sentirse cada cual responsable del camino de crecimiento del otro. Favorecer? para ello el uso de los instrumentos de crecimiento comunitario transmitidos por la tradici?n y cada vez m?s recomendados hoy d?a por quienes tienen experiencia segura en el campo de la formaci?n espiritual: puesta en com?n de la Palabra, proyecto personal y comunitario, discernimiento comunitario, revisi?n de vida, correcci?n fraterna.? 3

Bien podr?amos nosotros a?adir entre estos medios de crecimiento espiritual el de la confesi?n, la direcci?n espiritual, los retiros mensuales y las charlas de formaci?n. En muchos casos estos medios en las comunidades religiosas femeninas vienen ofrecidos por sacerdotes que realizan este ministerio con tanto amor y sacrificio, especialmente si pensamos en la escasez de sacerdote que ya est?n acusando muchas regiones de Europa y no pocas de Sudam?rica. Contar con un capell?n o un confesor para religiosas est? comenzando a ser, desgraciadamente, un lujo espiritual.

Si bien es cierto que la superiora debe garantizar la debida libertad a cada religiosa al buscar el director espiritual o el confesor, como viene propuesto por el Concilio Vaticano II4, no es menos cierto que tambi?n debe asegurar a las religiosas que los sacerdotes que pone a disposici?n de ellas para la confesi?n, la administraci?n del sacramento de la penitencia y las charlas de formaci?n espiritual cuentan no s?lo con una rectitud doctrinal, sino que conocen por lo menos en su forma esencial el carisma de la congregaci?n.
La superiora debe diferenciar entre ?la debida libertad? a cada religiosa y el hecho de poder ofrecer a la religiosa un grupo de sacerdotes que den ciertas garant?as de seriedad espiritual. Conocemos muy bien los efectos negativos que un sacerdote, a?n bien intencionado, puede causar en el alma de una consagrada por desconocer el carisma de la Congregaci?n o incluso la doctrina de la Iglesia sobre lo que es la vida consagrada. Por ello, la superiora no puede escudarse en el hecho de que ha dejado a la religiosa en completa libertad, si antes ella, la superiora, no ha buscado un grupo de sacerdotes que conozcan el carisma de la congregaci?n y los haya puesto a disposici?n de las religiosas. Si la religiosa, despu?s de este trabajo materno que ha hecho la superiora de comunidad, decide seguir otro camino, la superiora de comunidad puede estar tranquila que delante de Dios ha cumplido con su deber materno de ofrecer lo mejor a la religiosa, desde el punto de vista espiritual.

Para hablar del carisma con un sacerdote diocesano, lo mejor es comenzar desde la caridad. No se trata de que la superiora imponga al sacerdote lo que quiere hacer. Se trata departir de una base com?n. El sacerdote diocesano, como la superiora de comunidad y todas las religiosas est?n llamados a al santidad, es decir, a vivir la vida del Esp?ritu, para as? alcanzar la vida eterna.

Partiendo de esta base podemos decir que existen innumerables v?as para alcanzar dicha meta. Estos caminos diversos se llaman espiritualidades. Existir? por tanto la espiritualidad diocesana, que son los medios espirituales con los que cuenta un sacerdote para vivir la vida del Esp?ritu y existe la espiritualidad de la vida consagrada que es el conjunto de medios con los que cuenta la vida consagrada para alcanzar el mismo fin que hemos dicho: la vida eterna. Sin embargo, en la vida consagrada cabe una mayor diferenciaci?n, ya que cada congregaci?n religiosa, por el carisma particular que posee tiene una espiritualidad propia, unos medios espirituales muy espec?ficos que ayudan a cada religiosa a vivir la vida del Esp?ritu.

La labor fundamental de la superiora ser? la de presentar al sacerdote diocesano el carisma como una forma espec?fica de vivir la vida del Esp?ritu, partiendo siempre del hecho que ha sido Dios el que ha suscitado dicho carisma, el mismo que ha suscitado el sacerdocio en la persona del sacerdote diocesano. Quiz?s ser? m?s f?cil para la religiosa presentar el propio carisma a un sacerdote religioso, pues podr? comprender relativamente con mayor facilidad esta v?a especial de amor a Dios al que ha dado origen el carisma.

La superiora debe ser consciente puede estar presentando al sacerdote una novedad espiritual al sacerdote diocesano. Sin ?nimo de ofender a nadie, hay que mencionar el hecho de que en muchos programas de estudio de los seminarios, son pocos los que dan una atenci?n a la vida consagrad. Si es el caso, lo llegan a conocer s?lo a trav?s de lo que se menciona en el Derecho Can?nico y en una forma muy breve, somera y quiz?s hasta superficial. Llegan a apreciar la labor que realizan las religiosas a favor de la catequesis, la educaci?n, la atenci?n de los enfermos y los marginados y muy probablemente la idea que se forjan de la vida consagrada est? basada exclusivamente en la actividad. Una religiosa llega a ser en muchos casos una persona cualificada en un servicio apost?lico.

Es conveniente entonces que la superiora tenga una gran caridad con el sacerdote diocesano, porque al presentarle el carisma, le estar? haciendo descubrir una nueva forma de alcanzar la santidad, un tipo de vida que quiz?s el sacerdote diocesano no conoce o conoce parcial o muy superficialmente. No se trata por tanto de imponer nada, sino de desvelar un misterio y hacerlo gustar al sacerdote diocesano. Se trata de presentar la belleza con la que Dios ha querido adornar a su Iglesia, d?ndole una forma nueva de alcanzarlo a ?l en esta tierra.


Presentar el carisma como una historia de amor.
Quien debe presentar el carisma es l?gico que deba conocerlo, de lo contrario se corre el riesgo de dar a conocer una verdad equivocada o una interpretaci?n personal del carisma 4. Un conocimiento que no ser? meramente memor?stico o acad?mico sino eminentemente personal, es decir, el conocimiento que se adquiere cuando se hace vida una idea. La superiora de comunidad presentar? mejor el carisma con su propia vida, que con sus palabras.

Debe partir de la explicaci?n hist?rica del carisma, y hacer ver al sacerdote diocesano como todo ha sido una historia de amor entre el Fundador, Dios y las almas. Si comienza con el hecho de que Dios le hace ver al Fundador una necesidad importante que debe ser remediada, el sacerdote diocesano podr? comprender mejor el origen del carisma. Se debe presentar esta necesidad en la Iglesia no s?lo desde el punto de vista social, sino como el pretexto que Dios ha utilizado, del cu?l ?l se ha servido, para suscitar en el Fundador una historia de amor, es decir, para provocar en el Fundador un amor muy grande y muy especial a Dios mismo.

Las palabras muy grande y muy especial no son palabras ret?ricas o femeninas, sino muy propias de un lenguaje teol?gico, por lo que ellas quieren expresar. Muy grande, porque el Fundador comienza a amar a Dios con su propio coraz?n, pero es tan grande este amor que podemos decir que Dios habita completamente en el coraz?n del Fundador. Cuando Dios le presenta al Fundador la necesidad apremiante en la Iglesia, no le est? presentando simplemente una necesidad social, sino que le est? haciendo ver el sufrimiento de su Hijo, de Cristo, es esas personas. Comienza aqu? la experiencia del Esp?ritu de la que habla el Magisterio de la Iglesia en la descripci?n que da del carisma 5. Y comienza aqu? la explicaci?n que debe dar la superiora.

Dios no le presenta al Fundador una realidad social que debe remediar. Dios le presenta al Fundador una realidad a partir de la cual le ense?a a amarlo a ?l y a amar al pr?jimo. Es cierto que los fundadores se sienten interpelados en primera persona cuando se dan cuenta de dicha necesidad. As?, un san Juan Bosco no encuentra paz mientras ve a los adolescentes y j?venes que deambulan por las calles de Tur?n sin no tener otra cosa que hacer m?s que darse al vicio o al robo, por falta de educaci?n. O la madre Teresa de Calcuta que siente que el coraz?n se le despedaza cuando ve la miseria en el colmo de hombres y mujeres que mueren por las calles sin ning?n auxilio m?dico o espiritual. Y as? podemos alargar la historia de cada uno de los Fundadores. Pero es en este primer momento en que Dios est? moviendo el alma de los Fundadores, porque su coraz?n no se detiene ante la necesidad material, sino que su coraz?n est? empezando a amar Dios en una forma especial. A partir de esa necesidad comienza a amar m?s a dios, porque se da cuenta que es dios quien sufre en dicha necesidad y que antes que venir con un remedio material se debe consolar el sufrimiento de Cristo. Est? empezando a amar a Dios con coraz?n de hombre.

Una vez que aprende a amar a Dios con coraz?n de hombre pasa necesariamente a amar a los hombres que le vienen representados en la necesidad apremiante. Pero los ama no con un amor filantr?pico o como quien los podr?a amar por un solo momento. Los ama como Dios los ama, porque ha aprendido a amarlos con el coraz?n de Dios. Esta es la experiencia espiritual a la que se refiere el documento Mutuae relationes y que es el fundamento de todo carisma. Es el amor grande al que nos refer?amos al inicio de este inciso, porque no es ya el simple amor que un hombre o una mujer pueden sentir o tener por sus semejantes, sino que es el mismo amor que Dios tiene por los hombres, amor que ha sido apropiado por el Fundador, haciendo la experiencia del Esp?ritu.

Este amor grande no consiste en un sentimiento pasajero sino en una disposici?n interna del alma constante. ?En el desarrollo de este encuentro se muestra tambi?n claramente que el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. (?) Es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por as? decir, al hombre en su integridad. (?) El reconocimiento del Dios viviente es una v?a hacia el amor, y el s? de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto ?nico del amor. No obstante, ?ste es un proceso que siempre est? en camino: el amor nunca se da por ? concluido ? y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a s? mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el aut?ntico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear com?n.? 6

La experiencia del Esp?ritu que el fundador vive le permite configurar toda su persona con la persona de Cristo, siempre a trav?s del amor. Al ver la necesidad apremiante de la Iglesia, el Esp?ritu penetra en la persona del Fundador, en forma tal que sus potencia, intelecto, voluntad y sentimiento, son movidas por este Esp?ritu, permiti?ndole pensar, querer y sentir de acuerdo al o que el esp?ritu le inspira. Nace por tanto el amor grande que es un amor totalizante a la persona de Cristo. Ning?n aspecto de la vida del fundador puede escapar a este amor totalizante por Cristo. Si bien este amor ha surgido a partir de la necesidad apremiante de la Iglesia, ya no importa tanto la necesidad, sino la forma en que el esp?ritu inspira al fundador el amor por Cristo.

El amor, como una fuerza, es un desarrollo, que no se detiene en ning?n estadio o que no viene satisfecho completamente. Busca siempre m?s y en este caso, busca siempre una donaci?n m?s plena al pr?jimo y una configuraci?n m?s plena con el Amado. Pero no basta para el Fundador una configuraci?n al misterio del Cristo en general. La misma experiencia del esp?ritu le hace ver con una luz nueva, una luz diferente, un ?ngulo nuevo, un misterio de la vida de Cristo. ?L?illuminazione operata dallo Spirito nel fondatore getta infatti una luce particolare su un aspetto del vangelo che egli ? chiamato a rivivere, senza che sia necessariamente legato ad un determinato servizio ecclesiale, oppure su una esigenza di ordine apostolico da soddisfare, o ancora su un ministero di carit? da compiere in una data situazione della vita della Chiesa. In ogni caso, sia che l?ispirazione verta principalmente su un compito da svolgere oppure su una dimensione evangelica, sempre viene in evidenza la manifestazione di cristo colto sotto una particolare angolatura.? 7

Surge entonces un misterio de Cristo que ser? para el Fundador el prisma a trav?s del cual ve la realidad, act?a sobre ella y la transforma. Aqu? radica la originalidad de cada carisma, en ver a Cristo bajo un ?ngulo que es hasta cierto punto de vista es novedoso. Esta novedad de Cristo penetra todas las capacidades del Fundador, de moso que su pensamiento, su voluntad y sus sentimientos se mueven siempre bajo esta nueva luz que le permite percibir alg?n misterio de Cristo en forma particular.

Podemos hablar por tanto del nacimiento de una nueva espiritualidad, ya que si por espiritualidad entendemos ?modo o forma particolare ? di sintetizzare vitalmente ? il Vangelo e i valori cristiani ? intorno a uno essenziale ? in primo luogo con la vita ? e quindi con l?aiuto della riflessione dottrinale.? 8 El Fundador, bajo la experiencia del Esp?ritu comienza a descubrir y poner en pr?ctica una nueva forma de vivir la vida cristiana. No estamos hablando de vida consagrada, sino de vida cristiana, es decir, el evangelio, las virtudes, la vida de Cristo. Lo hace muchas veces en forma inconsciente, sin ni siquiera muchas veces darse cuenta de ello, porque todo es fruto de ese amor grande que lo lleva a buscar lo mejor para Cristo, pero a trav?s de una especificidad de Cristo que la experiencia del Esp?ritu le ha hecho ver.

Esta espiritualidad llegar? a ser para cada congregaci?n uno de los puntos fundamentales de su vida. Estamos hablando del alma de cada congregaci?n, ya que sin una espiritualidad concisa y determinada, la congregaci?n se pierde en el activismo, en el trabajo social o muchas veces en la desesperaci?n. La espiritualidad es la concretizaci?n de la experiencia del Esp?ritu que vivi? el Fundador y que permite a cada uno de sus disc?pulos el poder poner en pr?ctica el bagaje espiritual, humano y apost?lico que le ha dejado el Fundador.

Esta experiencia del Esp?ritu permite a cada religiosa interactuar con el mundo en una forma espec?fica. Frente a la crisis de identidad por la que la vida consagrada est? atravesando en estos momentos es necesario que las religiosas conozcan con precisi?n lo que ellas son y de esta manera puedan ilustrar a los capellanes y confesores para que ellos, conociendo los rasgos m?s caracter?sticos de esta identidad, las apoyen y las estimulen para que vivan lo que deban ser. Estas dimensiones esenciales de la propia identidad las podemos establecer en tres niveles: las relaciones con Dios, las relaciones consigo mismo y las relaciones con el mundo. El amor grande que Dios ha suscitado en el Fundador y que les ha permitido vivir esta triple relaci?n, puede ser tambi?n vivido por cada uno de sus disc?pulos espirituales, como lo ha propuesto Juan Pablo II: ?Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.? 9Los capellanes y confesores deben advertir esta posibilidad de imitar no la personalidad de los fundadores, sino las virtudes que vivieron los fundadores, animados siempre por la configuraci?n al misterio espec?fico de la vida de cristo, a partir del cual ha nacido todo el Instituto.

Si los capellanes o confesores desconocen, conocen o incluso llegan a ignorar o despreciar este carisma, se corre el riesgo que introduzcan cambios en las comunidades que puedan desbalancear la primera formaci?n o incluso que puedan llegar a cambiar la espiritualidad propia de la congregaci?n con las consecuencias funestas que esto comporta. El capell?n debe tomar en cuenta que cada una de estos niveles origina a su vez una dimensi?n muy espec?fica y debe hacer el posible por conocerla y apoyarla, en forma tal que logre un proceso de formaci?n permanente en las religiosas. Las relaciones con Dios dan origen a la dimensi?n espiritual. Las relaciones consigo mismo a la dimensi?n humana y las relaciones con el mundo a la dimensi?n apost?lica. Si no conoce a fondo la espiritualidad de la congregaci?n, ser? muy conveniente que la superiora o formadora le ponga al corriente de esta espiritualidad a trav?s de la literatura m?s conveniente, como puede ser las Constituciones, la regla, los escritos del Fundador y alguna buena biograf?a del mismo, siempre de un corte eminentemente espiritual. De esta forma podr? apoyar la formaci?n permanente de las mujeres consagradas, a trav?s de la formaci?n espiritual, la formaci?n humana y la formaci?n apost?lica propia de la congregaci?n.

Ahora que hemos tocado el aspecto de la formaci?n permanente, la superiora o formadora debe hacer ver al capell?n o director espiritual diocesano que para una religiosa, la formaci?n permanente es un aspecto fundamental de la vida de la mujer consagrada. Es tarea por tanto de la superiora o de la formadora 10hacer ver a estas personas, al capell?n y al confesor, que ellos son agentes activos en la formaci?n permanente y que lo que hagan o digan en su ministerio tendr? un impacto en el alma y el camino formativo de cada religiosa. Por ello convendr? que los instruya con algunos elementos necesarios para el desarrollo de su misterio, si no quiere sufrir las consecuencias de tener en la comunidad un agente que puede entorpecer, detener, frenar o incluso amenazar la formaci?n permanente de la comunidad en los campos espiritual, humano o apost?lico.


Lo que el capell?n o director debe tener en cuenta (y se lo debe hacer ver la superiora o formadora).
La superiora de comunidad o la formadora no debe tener miedo de hablar con el capell?n sobre los puntos que a continuaci?n veremos. No se trata de que los instruya en lo que debe de hacer, sino simplemente que le ilustre los puntos esenciales que debe tomar en cuenta para conocer el carisma, respetarlo y promoverlo entre todas las religiosas de la casa de formaci?n o de la comunidad. La superiora y la formadora deben recordar la grave responsabilidad que tienen de frente a la congregaci?n en todo lo que se refiere a la custodia del carisma .11 Ellas son las encargadas de mantener viva y genuina la experiencia del Esp?ritu, origen del propio carisma. Por ello debe hablar sin temor sobre los siguientes puntos.

Conocimiento del carisma
Lo primero que debe pedir la superiora de comunidad o la formadora es que el confesor o el capell?n conozcan el carisma. Ella har? muy bien en explic?rselo en forma personal, pues si bien los libros pueden ser un buen veh?culo para adquirir este conocimiento, la trasmisi?n de persona a persona es m?s rica, ya que no estamos hablando de un concepto te?rico, de una noci?n o de un dato meramente acad?mico. Se trata de una experiencia del Esp?ritu y como toda experiencia, si es real, debe ser personal. La superiora o la formadora deben dar a conocer el carisma con sus palabras, pero bien sabemos que toda comunicaci?n no es neutra, es decir, las palabras, acompa?adas de los gestos, pero en esta caso, acompa?adas de la vida, dicen mucho m?s que las palabras en s? mismas o los documentos o libros que la religiosa pueda poner a disposici?n del confesor o del capell?n.

Est? transmitiendo las mismas ra?ces de su vida espiritual, por lo que deber? ser muy precisa, exacta y concisa, para evitar posible equ?vocos o interpretaciones personales ya ?que las visiones excesivamente subjetivas del carisma y el servicio apost?lico pueden debilitar la colaboraci?n y la condivisi?n fraternas.? 12

Una vez que ha explicado en forma personal lo que es el carisma, puede proceder a se?alarle aquellas fuentes de la espiritualidad propia de d?nde brota el carisma. Dos son quiz?s las m?s importantes: las constituciones y los escritos del Fundador. Le har? ver que a trav?s de las Constituciones Dios habla a cada una de las mujeres consagradas para hacerle ver cu?l es la voluntad de Dios para cada momento y situaci?n de su vida. Le explicar? que esta forma de ver y captar la voluntad de Dios no es un recato a la libertad personal, sino que es un factor detonante de cada personalidad en particular, ya que permite que cada religiosa en libertad pueda seguir m?s de cerca de cristo con la forma de vida que el fundador ha recibido de parte de dios. Estamos hablando por tanto que el capell?n o el confesor deber?n tener un m?nimo de fe para lograr entender este aspecto primordial en el conocimiento de cada carisma.

Una vez que el capell?n o confesor han comenzado a adentrarse en el conocimiento del carisma a trav?s de estos escritos, se le puede presentar una serie de subsidios que le ayudar?n a comprender la espiritualidad que emana del carisma. Recordemos que no se trata de que el capell?n o el confesor se conviertan en eruditos del carisma, sino que deben ser hombres de profunda vida interior, en forma tal que puedan guiar a las comunidades a ellos encargadas hacia la plenitud espiritual a la que Dios ha llamado a cada religiosa. Por ello la elecci?n de esta persona debe hacerse siempre de acuerdo a la fe que posea, a la vida espiritual que desarrolla en su propia vida y al aprecio que tenga por la salvaci?n de las almas. Los subsidios m?s adecuados para seguir ahondando en el conocimiento del carisma ser?n los libros que contengan la historia oficial del Fundador, especialmente aquellos a los que se refieren del crecimiento espiritual que fue desarrollando el propio fundador. Estos libros le har?n ver la forma en que el Fundador fue interpelado por Dios y la manera en que respondi? a El. Deber? estar atento a la forma de respuesta que el Fundador dio a la voluntad de Dios, porque en dicha forma est? contenida la experiencia del Esp?ritu. Dicha forma de respuesta contiene en germen la espiritualidad del Instituto y podr? ser reproducido por cada religiosa. Por lo tanto, si el capell?n o el confesor conocen esta forma espec?fica de responder a Dios, ellos mismos podr?n alentar a las mujeres consagradas a vivir la espiritualidad a la que est?n llamadas a vivir.

Por ?ltimo, algunas fuentes para seguir conociendo el carisma ser?n las que lo actualizan y lo materializan, como pueden ser, conocer las obras de apostolado que las religiosas realizan en distintas partes del mundo. Conocer tambi?n el directorio o regla de vida del Instituto, as? como las ?ltimas disposiciones del cap?tulo general. Todas estas fuentes son la actualizaci?n y la puesta en pr?ctica del carisma propio.


Respetar el carisma.
Pero no basta con el conocimiento, es necesario el aprecio. La superiora de comunidad o la formadora debe ayudar al sacerdote diocesano a respetar el carisma de la congregaci?n. Parecer?a algo f?cil en primera instancia, pero no lo es tanto. Los cristianos solemos llevar nuestra vida espiritual de acuerdo a una serie de normas bien marcadas y precisas. Podemos decir que existe tambi?n una espiritualidad del sacerdote diocesano que regula su vida espiritual. Debido a distintos factores como pueden ser la superficialidad, la falta de reflexi?n o el simple vaiv?n de la vida diaria, el sacerdote diocesano puede olvidar f?cilmente que est? tratando con almas consagradas con una espiritualidad diferente a la suya. Lo que para ?l pueden ser insignificancias, para un alma consagrada bajo un carisma espec?fico pueden ser puntos fundamentales de su vida espiritual. Por ello, la superiora o formadora debe comenzar con mucha paciencia a insistir en un respeto mutuo y en un aprecio mutuo.

Es necesario por tanto fijar muy bien los l?mites para el confesor o el director espiritual. Para ello, basta recordar lo que apunta el Derecho can?nico cuando se refiere a las funciones del capell?n. ?El Ordinario del lugar no debe proceder al nombramiento de capell?n de la casa de un instituto religioso laical sin consultar al Superior, que tiene el derecho, despu?s de o?r a la comunidad, de proponer a un sacerdote. ? 2. Corresponde al capell?n celebrar u organizar las funciones lit?rgicas, pero no le est? permitido inmiscuirse en el r?gimen interno del instituto.? 13Por ello, cualquier intromisi?n en lo referente a la espiritualidad del Instituto o al estilo de vida que ha elegido llevar, puede ser considerada como una falta de respeto del parte del capell?n o del director espiritual.

En este sentido la superiora o la formadora deben ser muy claros con el capell?n o el confesor. Sin falta a la caridad y sin juzgar las motivaciones de ellos, cuando se da cuenta que el capell?n o director espiritual ha faltado a esta norma, con mucha delicadeza puede hac?rselo ver, explicando y d?ndole las motivaciones adecuadas para que pueda entender las razones por las que ha faltado al respeto a la espiritualidad del Instituto. En caso de reincidencia, es muy conveniente que la superiora o formadora, adem?s de avisar a sus superioras mayores, informe de lo sucedido al ordinario del lugar, es decir al obispo o a la persona por ?l indicada. Muchas vocaciones, desgraciadamente, se han perdido por esta falta de respeto de parte de capellanes y confesores. La superiora o la formadora deben actuar en forma expedita, muchas veces sin dilaci?n, para evitar da?os mayores a la comunidad y a las personas en particular. Es dif?cil llamar la atenci?n a una persona, y m?s a un sacerdote. Pero es necesario tomar conciencia que la counida y las hermanas de dicha comunidad han hecho un voto de obediencia no al sacerdote de turno, sino a la voluntad de Dios expresada en un carisma, unas constituciones y una superiora general. La superiora o formadora se hacen responsables de todo aquello que atente contra la unidad espiritual de la congregaci?n.

Por ello, la superiora o la formadora deber?n estar muy atentas para que los capellanes o los confesores no introduzcan ideas extra?as, no s?lo a la espiritualidad y al carisma de la congregaci?n, sino al magisterio de la Iglesia. ?Hoy m?s que nunca, frente a repetidos empujes centr?fugos que ponen en duda principios fundamentales de la fe y de la moral cat?lica, las personas consagradas y sus instituciones est?n llamadas a dar pruebas de unidad sin fisuras en torno al Magisterio de la Iglesia, haci?ndose portavoces convencidos y alegres delante de todos.? 14En los ?ltimos tiempos, debido a la crisis por la que pasan algunos sectores de la Iglesia, se han dado mucho la introducci?n de espiritualidades alternativas a una sana espiritualidad cristiana. Parecer?an inocuas, pero dejan detr?s de s? secuelas que inciden profundamente no s?lo en la vocaci?n de las personas consagradas sino incluso en su misma fe. Abrazar estas formas alternativas de espiritualidad produce desconcierto, zozobra, perplejidad y en no raros casos, incluso el abandono de la vida consagrada. Por ello, la superiora y la formadora deben estar atentas, pues al menor indicio de una introducci?n o un cambio contrario al Magisterio de la Iglesia en la liturgia, en la forma de celebrar los sacramentos, en las charlas espirituales, deben intervenir, con caridad pero con firmeza, y pedir que se regrese a las formas y costumbres aprobadas por el Magisterio y por el Instituto.

Publicado por mario.web @ 21:40
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