Jueves, 05 de mayo de 2011
Aprender? a conocerse y a confiar en las facultades que Dios le ha dado y se ense?ar? a descubrir tambi?n los talentos y a desarrollar las cualidades necesarias para vivir la esperanza
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La esperanza y el des?nimo en la vida consagrada
La esperanza y el des?nimo en la vida consagrada
Entre el cielo y la tierra, o la vida consagrada.
La persona consagrada es la que quiere hacer presente a Dios en esta tierra. Es aquella persona que, enamorada de Jes?s, busca enamorarse cada d?a m?s de ?l y compartir este amor con todas las personas. Toda la teolog?a de la vida consagrada se resume en estos deseos . 1 Para llevar a cabo estos deseos cuenta con much?simos medios como son la profesi?n religiosa, los votos, una vida espiritual, un cierto tipo de vida guiado por un horario, una forma de vivir la vida consagrada que le viene especificada por el propio carisma, un trabajo caracter?stico que conforma la misi?n.

Podemos afirmar por tanto que su vida se mueve entre el cielo y la tierra. Las personas consagradas, como aspirantes a la santidad ponen toda su vida y sus acciones en los bienes eternos. Benedicto XVI, en su enc?clica Spe salvi, explica exhaustivamente el fundamento y el mecanismo de la esperanza cristiana. Conviene hacer una revisi?n de este concepto, en muchos casos tergiversado, con el fin de vivir de acuerdo a lo que hemos profesado y ayudar a otros a vivirla, especialmente quienes tienen la responsabilidad de formar a otras religiosas o la de animar con su autoridad una comunidad.

Dice Benedicto XVI que la esperanza tiene su fundamento en la concepci?n de la vida. ?La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Esp?ritu que en Jes?s se ha revelado como Amor.? 2 La vida por tanto obedece a un designio divino y nosotros como personas hemos sido puestos en este mundo no como un capricho o bajo la casualidad, sino como fruto de un designio divino y con una misi?n muy espec?fica que cumplir. Esta misi?n, que en muchos casos se identifica con una vocaci?n en la vida 3 , que nace del Padre a trav?s de un especial designio creador, se concreta para la persona consagrada en un estilo de vida muy peculiar que mira la vida y la act?a con caracter?sticas muy peculiares. Pero comencemos a explicar en primer lugar el sentido de la vida. Si la vida no es un juego de azar, ni fruto de una casualidad, si estamos aqu? con el fin de cumplir con un designio divino, necesitamos encontrar las claves de lectura que nos desvele este misterio. Ser?a algo chocante a la raz?n el decir que existe un designio preparado por nosotros, pero que no podemos conocerlo, o que lo conocemos s?lo a medias. El designio divino perder?a su seriedad, o lo dejar?a a la interpretaci?n personal o al vaiv?n de las circunstancias y de la cultura.

Jesucristo ha revelado el misterio de la vida porque ?l mismo la ha vivido, ha traspasado el umbral de la muerte y nos ha revelado el verdadero significado de la vida. ?Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.? (Jn., 10, 10). El significado de la vida lo revela Cristo y adem?s, nos acompa?a en el camino de la vida terrena y tambi?n en el camino de la vida sobrenatural. ?El verdadero pastor es Aquel que conoce tambi?n el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la ?ltima soledad, en el que nadie me puede acompa?ar, va conmigo gui?ndome para atravesarlo: ?l mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompa?arnos ahora y darnos la certeza de que, con ?l, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompa?a incluso en la muerte y que con su ? vara y su cayado me sosiega ?, de modo que ? nada temo ? (cf. Sal 23 [22],4), era la nueva ? esperanza ? que brotaba en la vida de los creyentes.? 4

Nace por tanto en los cristianos la certeza de que la vida tiene una finalidad precisa. No estamos aqu? por casualidad y la vida terrena no se destruye, sino que se transforma, como recuerda uno de los prefacios de la misa de difuntos. La vida por tanto cobra un significado muy especial porque tiene un fin muy espec?fico que es el de llegar a la Patria eterna. Se espera por tanto en una realidad concreta, gracias a la promesa que nos ha hecho Cristo y gracias tambi?n al testimonio de su vida y de su muerte que nos muestran claramente aquello que debe ser el porqu? de nuestra existencia. Este porqu? es llamado la sustancia de la vida, ya que en dicha sustancia el cristiano pone todo lo necesario para vivir. As? como la comida es la sustancia necesaria para mantenerse en esta vida, as? la esperanza viene a ser la sustancia que da sost?n a toda la vida. Los cristianos esperamos en la vida eterna por la fe 5 , y gracias a esa esperanza no s?lo nos mantenemos vivos, sino que damos fundamento a todas nuestras obras. La esperanza se convierte entonces en el fin de nuestra existencia y en la raz?n de nuestras actividades. Si por la fe creemos en lo que esperamos. La fe actualiza precisamente o que esperamos. Y m?s a?n, por la fe sabemos que con nuestras obras no son insignificantes, sino que tiene una relaci?n directa con la esperanza. Por la fe yo puedo estar seguro que las obras realizadas servir?n como medios para alcanzar la promesa de la vida eterna.

La vida del cristiano cobra por tanto un nuevo matiz. Por la fe puede estar seguro que puede siempre y en todo lugar trabajar por la gloria de Dios, asegur?ndome la promesa que ?l me ha hecho de alcanzar la vida eterna. No importan por tanto los trabajos, los dolores, la materialidad del trabajo. Lo que importa ser? tener siempre fija la vista en Aqu?l en quien se espera y en hacerlo todo con el fin de alcanzar la vida eterna. ?En resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, h?ganlo todo para la gloria de Dios.? 1Cor. 10, 31.

Este tipo de vida lo podemos definir como una vida que cuelga entre el cielo y la tierra. A diferencia de la sociedad romana que ve?a en el trabajo manual una maldici?n o una actividad propia de los esclavos, la visi?n del cristianismo aporta al trabajo la forma de hacer realidad en esta tierra la promesa de la vida eterna. La esperanza de la vida eterna a la cual est?n llamados todos los cristianos no se actualiza ?nicamente a partir del momento de la muerte. Esta realidad de la vida eterna se comienza a vivir desde ahora, en la medida en que se tenga puesta la mirada en el vasto horizonte de la eternidad.

Pero cuando falta esta visi?n de la esperanza, se comienza a sentir una fractura entre lo que se es y lo que se espera, entre lo que se profesa y lo que se vive, entre lo que se prometi? vivir y lo que ahora se vive.


Las fracturas de la esperanza o fenomenolog?a de la vida consagrada en Europa.
Conviene recordar que la persona consagrada, no est? exenta de caer en la desesperaci?n, en la angustia, en el pecado de la desesperanza. La profesi?n religiosa no es un ?amuleto? contra la desesperanza, ya que su esp?ritu sigue viviendo en este mundo y muchas veces es solicitado por diversas pruebas, ya sea para purificar su esperanza, ya sea para caminar m?s deprisa tras las huellas del Se?or.

La religiosa, mediante la profesi?n perpetua ha prometido seguir al Se?or en pobreza, castidad y obediencia, esto es, ha prometido poner todos sus bienes no en esta tierra, sino en los bienes eternos. Por la pobreza renuncia a poner su esperanza en las cosas materiales, asegurando todo su porvenir en la Providencia. Por la castidad pone su coraz?n en las manos del Se?or, a quien tiene y considera como su ?nico amor. Y por la obediencia pone su voluntad en la voluntad de Cristo, para hacer lo que ?l quiere, no tanto para renunciar a su libre albedr?o, sino para poner ese libre albedr?o en funci?n de la voluntad de Dios. Los tres votos, si son vividos con radicalidad, configuran una personalidad bien definida. Si la persona consagrada es aquella que pone su esperanza en Cristo, entonces se mueve, o deber?a moverse no en las coordenadas del hombre carnal, del Ad?n, del hombre viejo, sino en las coordenadas del hombre espiritual, es decir de Cristo 6 , del hombre nuevo. Cristo se convierte por tanto en su ?nica posesi?n, en su ?nica esperanza y as? puede hacer propia la admonici?n paulina, ?ya no soy que vive en m?, es Cristo que vive en m?.? Todo su ser ps?quico y espiritual, es decir, todo lo que conforma su pensar, su querer y su sentir (hombre ps?quico), y todo lo que conforma la vida de su alma (hombre espiritual), viene de alguna manera ?jalonado? por la esperanza.

Si como dice Juan Pablo II, ?el hombre no puede vivir sin esperanza, su vida, condenada a la insignificancia, se convertir?a en insoportable? 7 , la mujer consagrada vive tambi?n esta sana tensi?n para vivir bajo el signo de la esperanza, es decir, pensar, actuar y sentir de acuerdo a Jesucristo, la ?nica esperanza. Esta forma de vida de acuerdo a la esperanza, no es un dato subjetivo, ni dejado a la interpretaci?n personal de cada religiosa. Vivir de acuerdo a la esperanza es vivir de acuerdo con las ense?anzas de Jesucristo, dato objetivo de la fe. Se establece por tanto una sana tensi?n entre el dato subjetivo, que es la persona, y el dato objetivo que es la vida y las ense?anzas de Jesucristo. Vivir y actuar de acuerdo con Jesucristo se convierte por tanto en un modelo de vida muy claro y objetivo. Un modelo de vida guiado por la objetividad de Jesucristo.

Las religiosas tienen una posibilidad enorme de vivir de acuerdo a la objetividad de Jesucristo, y por tanto a vivir de acuerdo a la esperanza, cuando viven de acuerdo a su propio carisma. Si ?el carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Esp?ritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios disc?pulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sinton?a con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne? , la mujer consagrada vive la esperanza en la medida en que vive dentro del carisma, en la medida que hace del carisma su ambiente vital. Este ambiente le permite no poner su esperanza en las cosas que no son Cristo, ya que la experiencia del Esp?ritu que ha hecho el fundador se materializa en cosas muy concretas, como un estilo de vida, una misi?n, unas relaciones espec?ficas en la vida fraterna en comunidad. Este es el dato objetivo que le permite vivir la experiencia de Jesucristo, al estilo del Fundador. Podemos decir por tanto, que la religiosa que pone su vida en el carisma o que hace del carisma su vida, aprender? a vivir la esperanza y con esperanza, al estilo con la que la vivi? el Fundador.

Los problemas comienzan cuando la mujer consagrada debido a las pruebas por las que va pasando en la vida, pruebas normales que la deber?an purificar para vivir m?s de acuerdo la vida del Esp?ritu, comienza a flaquera, a hacerse d?bil y as? en una forma imperceptible se va alejando de la esperanza que es Jesucristo para vivir las esperanzas del mundo. Y si es verdad aquello el adagio que dice que somos lo que esperamos, paulatinamente esta mujer consagrada, en lugar de convertirse cada vez m?s en Cristo, se convierte en aquello en lo que ha puesto su esperanza.

Este proceso no se da de un momento a otro en la vida consagrada. Se va fraguando a lo largo de la historia de la mujer consagrada. Se comienza con una duda, con una inseguridad, con una falta de identidad que va abriendo una grieta en la personalidad de la mujer consagrada. No es que no se pueda tener una duda o un momento de debilidad, el problema es cuando se admite esa duda y esa falta de seguridad y se hace parte de al vida ordinaria. La vida consagrada ya no es esa roca monol?tica afianzada en Cristo, como la piedra en d?nde se debe edificar una casa, como nos recuerda el evangelio. La vida se convierte en arena movediza en d?nde todo tiende a derrumbarse. Se construye la vida en la duda, en la incertidumbre o en la nostalgia de un pasado perdido y que nunca volver? . 9 El inicio de esta fractura de la esperanza se da porque en el hombre, seg?n san Paolo, existe siempre una tensi?n por vivir de cara al hombre nuevo, es decir Cristo, o de cara al hombre viejo, es decir Ad?n. El hombre es un ser espiritual llamado a vivir de acuerdo al esp?ritu de Cristo, pero que se encuentra siempre en tensi?n por seguir este esp?ritu, ya que viene tambi?n atra?do del esp?ritu del mundo, de forma que puede llegar a decir como san Pablo sigo el mal que no quiero y no hago el bien que quiero. Esta tensi?n se vive tambi?n en la esperanza, ya que el hombre nuevo busca poner su esperanza s?lo en Cristo, pero el hombre viejo busca poner la esperanza en los suced?neos de esta esperanza. Se da por tanto una fenomenolog?a diversa en d?nde el hombre cree que ha puesto su esperanza en una roca firme, cuando en realidad no ha hecho otra cosa que poner su esperanza en arenas movedizas. 10 Recorramos por tanto la fenomenolog?a de la vida consagrada que actualmente se da en Europa y descubriremos, desgraciadamente, estas fracturas de la esperanza.

Falta de la esperanza cristiana
La situaci?n actual por la que atraviesa la vida consagrada en Occidente y especialmente en Europa no es del nada halag?e?a. M?s que enunciar las situaciones por las que est? pasando y que la golpean brutalmente, debemos hacernos cargo de lo que esas situaciones significan o han significado para las religiosas a las que les ha tocado vivir los mejores a?os de su vida en la ?poca del Concilio.

Haciendo cuentas, podemos constatar que las religiosas europeas que hoy habitan en las casas que la congregaci?n destina para las ancianas, tienen un promedio de edad de 75 a?os. Esto significa que en 1970, cuando se comenzaban a poner en pr?ctica real y verdadera las directivas del Concilio, interpretadas por cada congregaci?n o instituto religioso, estas religiosas tendr?an una edad aproximada de 35 a?os, es decir se encontraban como j?venes adultos en una de las mejores etapas de su vida. Dejando a un lado la inexperiencia de la juventud, habiendo ya hecho una experiencia de vida consagrada y de vida apost?lica, se dispon?an a iniciar con gran fecundidad una de las mejores etapas de la vida. A?n sin los problemas normales de la edad y contando con todas las fuerzas que la juventud permite en aquellos a?os, pod?an con su esfuerzo y trabajo hacer que la congregaci?n caminase un paso m?s en su historia hacia la eternidad. Pero he aqu? que en el momento justo de iniciar a dar lo mejor de s? mismas, para ellas y para la congregaci?n, se encuentran con la incertidumbre. La congregaci?n est? apenas dando los pasos para adecuarse al Concilio Vaticano y son a?os de incertidumbre, de prueba, de tentativos, de experimentaci?n, muchos de los cuales terminan en fracaso o con resultados poco satisfactorios, B?stenos pensar que en la d?cada de los a?os setentas las deserciones de la vida consagrada se dieron muchas veces en masa en varias congregaciones, se abandonaban obras de apostolado que hab?an sido el baluarte y la forma precisa de expresar el propio carisma, se cambiaron las formas establecidas de la vida fraterna de comunidad, y en fin, una cosa tan sencilla pero tan trascendental para la identidad de la vida consagrada como era el h?bito religioso fue en muchos casos abandonado por completo.

Si las religiosas que deb?an llevar sobre sus hombros el peso de la congregaci?n fueron presas de la desorientaci?n y la duda de aquellos a?os, es l?gico pensar que, precisamente en esos a?os en que deb?an comenzar a fundamentar su consagraci?n s?lo en el Se?or, al vivir en un estado de zozobra continua pues no se sab?a que pod?a suceder al d?a siguiente en el apostolado, en la vida fraterna en comunidad o en el gobierno de la congregaci?n, no pudieron poner las bases de una esperanza absoluta y se fueron aferrando a las peque?as esperanzas que el mundo les ofrec?a, creyendo que ser?an esperanzas definitivas.

Quien va poniendo su esperanza en todo, menos en el Se?or, termina por perder la esperanza por completo. La religiosa que hac?a los treinta y cinco a?os deb?a haber comenzado a cimentar su vida consagrada en bases s?lidas, con una sola esperanza en Jesucristo, no aprendi? nunca a hacerlo, porque constantemente estaba cambiando las expectativas de su vida. Pas? el tiempo y ahora vive con un grande des?nimo, porque se da cuenta que la vida se la he ido y ahora que se acerca a la casa del Padre no ha puesto su seguridad en Cristo. Al llegar a este estadio de la vida puede observarse cansancio, fastidio, falta de ilusi?n por la vida consagrada. Son religiosas que est?n en el convento, pero que ya no son religiosas. Se les ha escapado no s?lo la juventud corporal, sino la juventud del alma. Esperan resignadas la llamada de Dios a dejar este sin pena ni gloria. No dan problemas graves, porque su vida es un problema sin una soluci?n aparente. Pod?a aplicarse a ella lo que dijo Juan Pablo II a los sacerdotes en torno a la pastoral vocacional en Europa: ?Y es indispensable que los sacerdotes mismos vivan y act?en en coherencia con su verdadera identidad sacramental. En efecto, si la imagen que dan de s? mismos fuera opaca o l?nguida, ?c?mo podr?an inducir a los j?venes a imitarlos?? 11

El fatalismo.
Como consecuencia de esta falta de esperanza nos encontramos en Occidente con personas consagradas que por no haber aprendido a ejercitar la esperanza en Jesucristo, ?el ?nico que no desilusiona?, han perdido la posibilidad de relativizar todos los eventos y verlos en funci?n de Jesucristo, cayendo en una especie de fatalismo, pensando que Dios se encargar? de todo, o que nada tiene ya sentido o todo est? ya determinado por la Providencia, perdiendo el ?nimo y el sentido de la existencia.

El fatalismo se ha extendido mucho entre las religiosas por la situaci?n tan dif?cil por la que pasa la vida consagrada. Llamadas a realizar en s? mismas una maternidad espiritual, se encuentran con las manos vac?as al final de su vida, por haber puesto su esperanza en esperanzas humanas. El pensar s?lo en el trabajo, dando a la oraci?n poco espacio en la vida, el ver erosionada sus ilusiones poniendo su esperanza en cosas ef?meras, que ellas cre?an absolutas, origina la enfermedad de la esperanza, que ya no sabe esperar. Pierde el sentido cristiano de que Jesucristo es el Se?or de la historia, perdiendo por tanto el sentido de su historia personal.

Al verse perdida de esta forma, y como el hombre no puede vivir sin esperanza, caen en la ?nica ilusi?n que es el fatalismo, pensando que no tiene ya caso el seguir esperando, el seguir luchando. Juzga como infantiles o ilusiones adolescenciales los planes de evangelizaci?n, las iniciativas pastorales o simplemente la vida de consagraci?n. El fatalismo se ha apoderado de ella y lo ?nico que espera, si es que le queda a?n la capacidad de esperar, es la salida de este mundo, m?s o menos en forma decente y religiosa.

Vive sus compromisos de la vida consagrada en forma m?s o menos mesi?nica, pero ha perdido ese amor primero y fresco, recordando las palabras del Apocalipsis: ?Porque no eres ni fr?o ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca.?


La labor de la superiora de comunidad.
Lo primero que debe hacer la superiora de comunidad es aceptar el hecho de que se encuentran con personas que han perdido toda la ilusi?n de vida, enfermas y postradas por el des?nimo. Sin esta toma de conciencia, es dif?cil que pueda ayudar a las religiosas a salir de este estado, pues se asemejar? al m?dico que de frente a una apendicitis recomienda solamente una aspirina para aliviar el dolor. No debe caer en los extremos de escandalizarse frente a la constataci?n de los hechos, ni tampoco debe minimizarlos. Sencillamente debe aceptarlos como parte del tiempo que le ha tocado vivir y los debe enfrentar. Para ello, vale la pena recordar y comentar lo que al respecto menciona el documento del Magisterio de la Iglesia sobre el servicio de la autoridad y la obediencia: ?La autoridad est? llamada a infundir ?nimos y esperanza en las dificultades. Igual que Pablo y Bernab? animaban a sus disc?pulos ense??ndoles que ?es necesario atravesar muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios? (Hch 14, 22), as? la autoridad debe ayudar a encajar las dificultades de cada momento recordando que forman parte de los sufrimientos que con frecuencia jalonan el camino hacia el Reino.? 12

Una de las prioridades de la superiora de comunidad debe ser el enfrentar la situaci?n de des?nimo por la que pasan algunas o todas las religiosas de la comunidad. La superiora no debe dar la espalda a esta situaci?n, de por s? dolorosa y en muchos casos grave. No hacer caso a esta situaci?n significar?a que la superiora ha ca?do tambi?n en el des?nimo, pensando que poco o nada puede hacer por religiosas que despu?s de toda una vida consagrada, se dejan llevar por el fatalismo y el derrotismo. Es verdad que las religiosas que han ca?do en el des?nimo no quieren salir de ese estado o no ven los motivos por los cu?les deban nuevamente vivir la virtud de la esperanza. Esta postura es contagiosa y la primera en que puede ser contagiada es la superiora. El contagio se adquiere cuando la superiora piensa de la misma manera que las religiosas al creer que nada puede ya cambiar en la vida de esas religiosas y que, por el bien de la paz ?como muchas veces se llega a invocar- es mejor dejar la cosas como est?n, el famoso laisesz faire, laisesz passe de los franceses.

La superiora de comunidad debe sacudirse esa actitud pasiva y poner manos a la obra. Parte de su misi?n es ayudar a esas religiosas a enfrentar el des?nimo y la desesperanza, que no son enfermedades psicol?gica, sino como hemos dicho, son enfermedades eminentemente espirituales. Lo primero que debe hacer es rezar por las almas a ella encomendada que se encuentran en esas situaciones de des?nimo o de abandono total en la vida consagrada. Es cierto que en muchos casos la intervenci?n de la superiora requerir? una presencia constante, echar mano a medios ordinarios o extraordinarios para reavivar el gusto de haber sido elegida por el Se?or para ser su esposa. Sin embargo poco o nada duradero podr? alcanzar si no intercede por esas almas en la oraci?n. La superiora debe recordar que ella, como Mois?s, debe alzar los brazos al cielo, para que las religiosas que padecen estas enfermedades del esp?ritu salgan victoriosas de la lucha que deben enfrentar. Debe recordar que una de las misiones que tiene es la de santificar a la comunidad mediante ?el incremento de la vida de caridad conforme al modo de ser del Instituto.? 13

Mediante la oraci?n, la superiora de comunidad expresa su presencia y su cuidado por estas religiosas. Sin embargo, por el tipo de enfermedad espiritual que padecen estas religiosas, es necesario que la religiosa se haga presente en la vida de ellas, en forma tal que tomen conciencia que la superiora participa de sus sufrimientos, sus angustias y su soledad. Para ello, la superiora debe darse su tiempo para estar con ellas, platicar con ellas, rezar con ellas y as? darles nuevos ?nimos. Este tipo de enfermedad no se cura de un momento a otro, requiere de una infinita paciencia y de una constante presencia. Las religiosas enfermas, como parte de su enfermedad, piensan y est?n seguras que nadie se interesa por ellas. Por tanto, la presencia constante, amorosa y fiel de la superiora, puede hacer mucho para curar sus heridas: ?El gu?a de la comunidad es como el buen pastor que entrega su vida por las ovejas y en los momentos cr?ticos no retrocede, sino que se hace presente, participa en las preocupaciones y dificultades de las personas confiadas a su cuidado, dej?ndose involucrar en primera persona. Y, lo mismo que el buen samaritano, est? atento para curar las posibles heridas.? 14

Publicado por mario.web @ 21:41
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