Jueves, 05 de mayo de 2011
Documentos eclesiales y Doctrina Social de la Iglesia
?
Cat?licos y la pol?tica
Cat?licos y la pol?tica

Los cat?licos deben comprometerse en la pol?tica para aportar a esta valores cristianos.


Pero se debe evitar:

1- Apasionarse y poner la afiliaci?n pol?tica por encima de la raz?n y de la moral.
2- Un concepto teocr?tico de la pol?tica. Ratzinger: ?La justa profanidad de la pol?tica excluye la teocracia?

Existen valores morales que deben regir la pol?tica. Estos valores deben defenderse siempre, incluso cuando la mayor?a sea contraria a ellos.

Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los cat?licos en la vida pol?tica
Congregaci?n para la Doctrina de la Fe
16-01-2003




Si s?lo dominan los criterios materialistas, la raz?n se quedar?a ciega ante los valores morales que se quedar?an ?nicamente en la esfera del sujeto. ?una mutilaci?n as? destruye la pol?tica y la convierte en mero instrumento condicionado por el m?s fuerte?, en donde queda excluida la moral.

?Al mismo tiempo, los pol?ticos creyentes pueden iluminar la discusi?n pol?tica con su comportamiento, testimoniando la fe como presencia real, contribuyendo de este modo con la raz?n en el gobierno de todo acto pol?tico?.



Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al
compromiso y la conducta de los cat?licos en la vida pol?tica
Congregaci?n para la Doctrina de la Fe
16-01-2003



La Congregaci?n para la Doctrina de la Fe, o?do el parecer del Pontificio Consejo para los Laicos, ha estimado oportuno publicar la presente Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los cat?licos en la vida pol?tica. La Nota se dirige a los Obispos de la Iglesia Cat?lica y, de especial modo, a los pol?ticos cat?licos y a todos los fieles laicos llamados a la participaci?n en la vida p?blica y pol?tica en las sociedades democr?ticas.


I. Una ense?anza constante

1. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil a?os de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participaci?n en la acci?n pol?tica: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesi?stico de los primeros siglos, ?cumplen todos sus deberes de ciudadanos?.[1] La Iglesia venera entre sus Santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a trav?s de su generoso compromiso en las actividades pol?ticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tom?s Moro, proclamado Patr?n de los Gobernantes y Pol?ticos, que supo testimoniar hasta el martirio la ?inalienable dignidad de la conciencia?[2]. Aunque sometido a diversas formas de presi?n psicol?gica, rechaz? toda componenda, y sin abandonar ?la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones? que lo distingu?a, afirm? con su vida y su muerte que ?el hombre no se puede separar de Dios, ni la pol?tica de la moral?[3].

Las actuales sociedades democr?ticas, en las que loablemente[4] todos son hechos part?cipes de la gesti?n de la cosa p?blica en un clima de verdadera libertad, exigen nuevas y m?s amplias formas de participaci?n en la vida p?blica por parte de los ciudadanos, cristianos y no cristianos. En efecto, todos pueden contribuir por medio del voto a la elecci?n de los legisladores y gobernantes y, a trav?s de varios modos, a la formaci?n de las orientaciones pol?ticas y las opciones legislativas que, seg?n ellos, favorecen mayormente el bien com?n.[5] La vida en un sistema pol?tico democr?tico no podr?a desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participaci?n de todos, ?si bien con diversidad y complementariedad de formas, niveles, tareas y responsabilidades?[6].

Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, ?de acuerdo con su conciencia cristiana?,[7] en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan tambi?n sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y leg?tima autonom?a,[8] y cooperando con los dem?s, ciudadanos seg?n la competencia espec?fica y bajo la propia responsabilidad.[9] Consecuencia de esta fundamental ense?anza del Concilio Vaticano II es que ?los fieles laicos de ning?n modo pueden abdicar de la participaci?n en la ?pol?tica?; es decir, en la multiforme y variada acci?n econ?mica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover org?nica e institucionalmente el bien com?n?,[10] que comprende la promoci?n y defensa de bienes tales como el orden p?blico y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.

La presente Nota no pretende reproponer la entera ense?anza de la Iglesia en esta materia, resumida por otra parte, en sus l?neas esenciales, en el Catecismo de la Iglesia Cat?lica, sino solamente recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y pol?tico de los cat?licos en las sociedades democr?ticas.[11] Y ello porque, en estos ?ltimos tiempos, a menudo por la urgencia de los acontecimientos, han aparecido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles, que hacen oportuna la clarificaci?n de aspectos y dimensiones importantes de la cuesti?n.



II. Algunos puntos cr?ticos en el actual debate cultural y pol?tico

2. La sociedad civil se encuentra hoy dentro de un complejo proceso cultural que marca el fin de una ?poca y la incertidumbre por la nueva que emerge al horizonte. Las grandes conquistas de las que somos espectadores nos impulsan a comprobar el camino positivo que la humanidad ha realizado en el progreso y la adquisici?n de condiciones de vida m?s humanas. La mayor responsabilidad hacia Pa?ses en v?as de desarrollo es ciertamente una se?al de gran relieve, que muestra la creciente sensibilidad por el bien com?n. Junto a ello, no es posible callar, por otra parte, sobre los graves peligros hacia los que algunas tendencias culturales tratan de orientar las legislaciones y, por consiguiente, los comportamientos de las futuras generaciones.

Se puede verificar hoy un cierto relativismo cultural, que se hace evidente en la teorizaci?n y defensa del pluralismo ?tico, que determina la decadencia y disoluci?n de la raz?n y los principios de la ley moral natural. Desafortunadamente, como consecuencia de esta tendencia, no es extra?o hallar en declaraciones p?blicas afirmaciones seg?n las cuales tal pluralismo ?tico es la condici?n de posibilidad de la democracia[12]. Ocurre as? que, por una parte, los ciudadanos reivindican la m?s completa autonom?a para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ?tica natural, limit?ndose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias,[13] como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Al mismo tiempo, invocando enga?osamente la tolerancia, se pide a una buena parte de los ciudadanos ? incluidos los cat?licos ? que renuncien a contribuir a la vida social y pol?tica de sus propios Pa?ses, seg?n la concepci?n de la persona y del bien com?n que consideran humanamente verdadera y justa, a trav?s de los medios l?citos que el orden jur?dico democr?tico pone a disposici?n de todos los miembros de la comunidad pol?tica. La historia del siglo XX es prueba suficiente de que la raz?n est? de la parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, seg?n la cual no existe una norma moral, arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepci?n del hombre, del bien com?n y del Estado.

3. Esta concepci?n relativista del pluralismo no tiene nada que ver con la leg?tima libertad de los ciudadanos cat?licos de elegir, entre las opiniones pol?ticas compatibles con la fe y la ley moral natural, aquella que, seg?n el propio criterio, se conforma mejor a las exigencias del bien com?n. La libertad pol?tica no est? ni puede estar basada en la idea relativista seg?n la cual todas las concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el mismo valor, sino sobre el hecho de que las actividades pol?ticas apuntan caso por caso hacia la realizaci?n extremadamente concreta del verdadero bien humano y social en un contexto hist?rico, geogr?fico, econ?mico, tecnol?gico y cultural bien determinado. La pluralidad de las orientaciones y soluciones, que deben ser en todo caso moralmente aceptables, surge precisamente de la concreci?n de los hechos particulares y de la diversidad de las circunstancias. No es tarea de la Iglesia formular soluciones concretas ? y menos todav?a soluciones ?nicas ? para cuestiones temporales, que Dios ha dejado al juicio libre y responsable de cada uno. Sin embargo, la Iglesia tiene el derecho y el deber de pronunciar juicios morales sobre realidades temporales cuando lo exija la fe o la ley moral.[14] Si el cristiano debe ?reconocer la leg?tima pluralidad de opiniones temporales?,[15] tambi?n est? llamado a disentir de una concepci?n del pluralismo en clave de relativismo moral, nociva para la misma vida democr?tica, pues ?sta tiene necesidad de fundamentos verdaderos y s?lidos, esto es, de principios ?ticos que, por su naturaleza y papel fundacional de la vida social, no son ?negociables?.

En el plano de la militancia pol?tica concreta, es importante hacer notar que el car?cter contingente de algunas opciones en materia social, el hecho de que a menudo sean moralmente posibles diversas estrategias para realizar o garantizar un mismo valor sustancial de fondo, la posibilidad de interpretar de manera diferente algunos principios b?sicos de la teor?a pol?tica, y la complejidad t?cnica de buena parte de los problemas pol?ticos, explican el hecho de que generalmente pueda darse una pluralidad de partidos en los cuales puedan militar los cat?licos para ejercitar ? particularmente por la representaci?n parlamentaria ? su derecho-deber de participar en la construcci?n de la vida civil de su Pa?s.[16] Esta obvia constataci?n no puede ser confundida, sin embargo, con un indistinto pluralismo en la elecci?n de los principios morales y los valores sustanciales a los cuales se hace referencia. La leg?tima pluralidad de opciones temporales mantiene ?ntegra la matriz de la que proviene el compromiso de los cat?licos en la pol?tica, que hace referencia directa a la doctrina moral y social cristiana. Sobre esta ense?anza los laicos cat?licos est?n obligados a confrontarse siempre para tener la certeza de que la propia participaci?n en la vida pol?tica est? caracterizada por una coherente responsabilidad hacia las realidades temporales.

La Iglesia es consciente de que la v?a de la democracia, aunque sin duda expresa mejor la participaci?n directa de los ciudadanos en las opciones pol?ticas, s?lo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepci?n de la persona.[17] Se trata de un principio sobre el que los cat?licos no pueden admitir componendas, pues de lo contrario se menoscabar?a el testimonio de la fe cristiana en el mundo y la unidad y coherencia interior de los mismos fieles. La estructura democr?tica sobre la cual un Estado moderno pretende construirse ser?a sumamente fr?gil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo dem?s, lo que hace posible la participaci?n democr?tica. Como ense?a el Concilio Vaticano II, la tutela ?de los derechos de la persona es condici?n necesaria para que los ciudadanos, como individuos o como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en el gobierno de la cosa p?blica?[18].

4. A partir de aqu? se extiende la compleja red de problem?ticas actuales, que no pueden compararse con las tem?ticas tratadas en siglos pasados. La conquista cient?fica, en efecto, ha permitido alcanzar objetivos que sacuden la conciencia e imponen la necesidad de encontrar soluciones capaces de respetar, de manera coherente y s?lida, los principios ?ticos. Se asiste, en cambio, a tentativos legislativos que, sin preocuparse de las consecuencias que se derivan para la existencia y el futuro de los pueblos en la formaci?n de la cultura y los comportamientos sociales, se proponen destruir el principio de la intangibilidad de la vida humana. Los cat?licos, en esta grave circunstancia, tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido m?s profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella. Juan Pablo II, en l?nea con la ense?anza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acci?n legislativa tienen la ?precisa obligaci?n de oponerse? a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo cat?lico, vale la imposibilidad de participar en campa?as de opini?n a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les est? permitido apoyarlas con el propio voto.[19] Esto no impide, como ense?a Juan Pablo II en la Enc?clica Evangelium Vitae a prop?sito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que est? por ser sometida a votaci?n, que ?un parlamentario, cuya absoluta oposici?n personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda l?citamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los da?os de esa ley y disminuir as? los efectos negativos en el ?mbito de la cultura y de la moralidad p?blica?.[20]

En tal contexto, hay que a?adir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realizaci?n de un programa pol?tico o la aprobaci?n de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es l?gico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina cat?lica. El compromiso pol?tico a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la b?squeda del bien com?n en su totalidad. Ni tampoco el cat?lico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada.

Cuando la acci?n pol?tica tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empe?o de los cat?licos se hace m?s evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias ?ticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que est? en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensa?amiento terap?utico, que es moralmente leg?tima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepci?n hasta su t?rmino natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embri?n humano. An?logamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoci?n de la familia, fundada en el matrimonio monog?mico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jur?dicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni ?stas pueden recibir, en cu?nto tales, reconocimiento legal. As? tambi?n, la libertad de los padres en la educaci?n de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido adem?s en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberaci?n de las v?ctimas de las modernas formas de esclavitud (pi?nsese, por ejemplo, en la droga y la explotaci?n de la prostituci?n). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una econom?a que est? al servicio de la persona y del bien com?n, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiariedad, seg?n el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos ?los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, as? como su ejercicio?.[21] Finalmente, c?mo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visi?n irenista e ideol?gica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ?tico sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuesti?n. La paz es siempre ?obra de la justicia y efecto de la caridad?;[22] exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad pol?tica.



III. Principios de la doctrina cat?lica acerca del laicismo y el pluralismo

5. Ante estas problem?ticas, si bien es l?cito pensar en la utilizaci?n de una pluralidad de metodolog?as que reflejen sensibilidades y culturas diferentes, ning?n fiel puede, sin embargo, apelar al principio del pluralismo y autonom?a de los laicos en pol?tica, para favorecer soluciones que comprometan o menoscaben la salvaguardia de las exigencias ?ticas fundamentales para el bien com?n de la sociedad. No se trata en s? de ?valores confesionales?, pues tales exigencias ?ticas est?n radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural. ?stas no exigen de suyo en quien las defiende una profesi?n de fe cristiana, si bien la doctrina de la Iglesia las confirma y tutela siempre y en todas partes, como servicio desinteresado a la verdad sobre el hombre y el bien com?n de la sociedad civil. Por lo dem?s, no se puede negar que la pol?tica debe hacer tambi?n referencia a principios dotados de valor absoluto, precisamente porque est?n al servicio de la dignidad de la persona y del verdadero progreso humano.

6. La frecuentemente referencia a la ?laicidad?, que deber?a guiar el compromiso de los cat?licos, requiere una clarificaci?n no solamente terminol?gica. La promoci?n en conciencia del bien com?n de la sociedad pol?tica no tiene nada qu? ver con la ?confesionalidad? o la intolerancia religiosa. Para la doctrina moral cat?lica, la laicidad, entendida como autonom?a de la esfera civil y pol?tica de la esfera religiosa y eclesi?stica ? nunca de la esfera moral ?, es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilizaci?n alcanzado.[23] Juan Pablo II ha puesto varias veces en guardia contra los peligros derivados de cualquier tipo de confusi?n entre la esfera religiosa y la esfera pol?tica. ?Son particularmente delicadas las situaciones en las que una norma espec?ficamente religiosa se convierte o tiende a convertirse en ley del Estado, sin que se tenga en debida cuenta la distinci?n entre las competencias de la religi?n y las de la sociedad pol?tica. Identificar la ley religiosa con la civil puede, de hecho, sofocar la libertad religiosa e incluso limitar o negar otros derechos humanos inalienables?.[24] Todos los fieles son bien conscientes de que los actos espec?ficamente religiosos (profesi?n de fe, cumplimiento de actos de culto y sacramentos, doctrinas teol?gicas, comunicaci?n rec?proca entre las autoridades religiosas y los fieles, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado, el cual no debe entrometerse ni para exigirlos o para impedirlos, salvo por razones de orden p?blico. El reconocimiento de los derechos civiles y pol?ticos, y la administraci?n de servicios p?blicos no pueden ser condicionados por convicciones o prestaciones de naturaleza religiosa por parte de los ciudadanos.

Una cuesti?n completamente diferente es el derecho-deber que tienen los ciudadanos cat?licos, como todos los dem?s, de buscar sinceramente la verdad y promover y defender, con medios l?citos, las verdades morales sobre la vida social, la justicia, la libertad, el respeto a la vida y todos los dem?s derechos de la persona. El hecho de que algunas de estas verdades tambi?n sean ense?adas por la Iglesia, no disminuye la legitimidad civil y la ?laicidad? del compromiso de quienes se identifican con ellas, independientemente del papel que la b?squeda racional y la confirmaci?n procedente de la fe hayan desarrollado en la adquisici?n de tales convicciones. En efecto, la ?laicidad? indica en primer lugar la actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean ense?adas al mismo tiempo por una religi?n espec?fica, pues la verdad es una. Ser?a un error confundir la justa autonom?a que los cat?licos deben asumir en pol?tica, con la reivindicaci?n de un principio que prescinda de la ense?anza moral y social de la Iglesia.

Con su intervenci?n en este ?mbito, el Magisterio de la Iglesia no quiere ejercer un poder pol?tico ni eliminar la libertad de opini?n de los cat?licos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio ?en cumplimiento de su deber? instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que est?n comprometidos en la vida pol?tica, para que su acci?n est? siempre al servicio de la promoci?n integral de la persona y del bien com?n. La ense?anza social de la Iglesia no es una intromisi?n en el gobierno de los diferentes Pa?ses. Plantea ciertamente, en la conciencia ?nica y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia. ?En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida ?espiritual?, con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida ?secular?, esto es, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso pol?tico y de la cultura. El sarmiento, arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de la acci?n y de la existencia. En efecto, todos los campos de la vida laical entran en el designio de Dios, que los quiere como el ?lugar hist?rico? de la manifestaci?n y realizaci?n de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los hermanos. Toda actividad, situaci?n, esfuerzo concreto ?como por ejemplo la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y la entrega a la familia y a la educaci?n de los hijos, el servicio social y pol?tico, la propuesta de la verdad en el ?mbito de la cultura? constituye una ocasi?n providencial para un ?continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad??.[25] Vivir y actuar pol?ticamente en conformidad con la propia conciencia no es un acomodarse en posiciones extra?as al compromiso pol?tico o en una forma de confesionalidad, sino expresi?n de la aportaci?n de los cristianos para que, a trav?s de la pol?tica, se instaure un ordenamiento social m?s justo y coherente con la dignidad de la persona humana.

En las sociedades democr?ticas todas las propuestas son discutidas y examinadas libremente. Aquellos que, en nombre del respeto de la conciencia individual, pretendieran ver en el deber moral de los cristianos de ser coherentes con la propia conciencia un motivo para descalificarlos pol?ticamente, neg?ndoles la legitimidad de actuar en pol?tica de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien com?n, incurrir?an en una forma de laicismo intolerante. En esta perspectiva, en efecto, se quiere negar no s?lo la relevancia pol?tica y cultural de la fe cristiana, sino hasta la misma posibilidad de una ?tica natural. Si as? fuera, se abrir?a el camino a una anarqu?a moral, que no podr?a identificarse nunca con forma alguna de leg?timo pluralismo. El abuso del m?s fuerte sobre el d?bil ser?a la consecuencia obvia de esta actitud. La marginalizaci?n del Cristianismo, por otra parte, no favorecer?a ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondr?a m?s bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilizaci?n.[26]



IV. Consideraciones sobre aspectos particulares
7. En circunstancias recientes ha ocurrido que, incluso en el seno de algunas asociaciones u organizaciones de inspiraci?n cat?lica, han surgido orientaciones de apoyo a fuerzas y movimientos pol?ticos que han expresado posiciones contrarias a la ense?anza moral y social de la Iglesia en cuestiones ?ticas fundamentales. Tales opciones y posiciones, siendo contradictorios con los principios b?sicos de la conciencia cristiana, son incompatibles con la pertenencia a asociaciones u organizaciones que se definen cat?licas. An?logamente, hay que hacer notar que en ciertos pa?ses algunas revistas y peri?dicos cat?licos, en ocasi?n de toma de decisiones pol?ticas, han orientado a los lectores de manera ambigua e incoherente, induciendo a error acerca del sentido de la autonom?a de los cat?licos en pol?tica y sin tener en consideraci?n los principios a los que se ha hecho referencia.

La fe en Jesucristo, que se ha definido a s? mismo ?camino, verdad y vida? (Jn 14,6), exige a los cristianos el esfuerzo de entregarse con mayor diligencia en la construcci?n de una cultura que, inspirada en el Evangelio, reproponga el patrimonio de valores y contenidos de la Tradici?n cat?lica. La necesidad de presentar en t?rminos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con urgencia impostergable, para evitar adem?s, entre otras cosas, una di?spora cultural de los cat?licos. Por otra parte, el espesor cultural alcanzado y la madura experiencia de compromiso pol?tico que los cat?licos han sabido desarrollar en distintos pa?ses, especialmente en los decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no deben provocar complejo alguno de inferioridad frente a otras propuestas que la historia reciente ha demostrado d?biles o radicalmente fallidas. Es insuficiente y reductivo pensar que el compromiso social de los cat?licos se deba limitar a una simple transformaci?n de las estructuras, pues si en la base no hay una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar las instancias que derivan de la fe y la moral, las transformaciones se apoyar?n siempre sobre fundamentos fr?giles.

La fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-pol?ticos en un esquema r?gido, conciente de que la dimensi?n hist?rica en la que el hombre vive impone verificar la presencia de situaciones imperfectas y a menudo r?pidamente mutables. Bajo este aspecto deben ser rechazadas las posiciones pol?ticas y los comportamientos que se inspiran en una visi?n ut?pica, la cual, cambiando la tradici?n de la fe b?blica en una especie de profetismo sin Dios, instrumentaliza el mensaje religioso, dirigiendo la conciencia hacia una esperanza solamente terrena, que anula o redimensiona la tensi?n cristiana hacia la vida eterna.

Al mismo tiempo, la Iglesia ense?a que la aut?ntica libertad no existe sin la verdad. ?Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente?, ha escrito Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no se llama la atenci?n sobre la verdad ni se la trata de alcanzar, se debilita toda forma de ejercicio aut?ntico de la libertad, abriendo el camino al libertinaje y al individualismo, perjudiciales para la tutela del bien de la persona y de la entera sociedad.

8. En tal sentido, es bueno recordar una verdad que hoy la opini?n p?blica corriente no siempre percibe o formula con exactitud: El derecho a la libertad de conciencia, y en especial a la libertad religiosa, proclamada por la Declaraci?n Dignitatis human? del Concilio Vaticano II, se basa en la dignidad ontol?gica de la persona humana, y de ning?n modo en una inexistente igualdad entre las religiones y los sistemas culturales.[28] En esta l?nea, el Papa Pablo VI ha afirmado que ?el Concilio de ning?n modo funda este derecho a la libertad religiosa sobre el supuesto hecho de que todas las religiones y todas las doctrinas, incluso err?neas, tendr?an un valor m?s o menos igual; lo funda en cambio sobre la dignidad de la persona humana, la cual exige no ser sometida a contradicciones externas, que tienden a oprimir la conciencia en la b?squeda de la verdadera religi?n y en la adhesi?n a ella?.[29] La afirmaci?n de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, por lo tanto, no contradice en nada la condena del indiferent?simo y del relativismo religioso por parte de la doctrina cat?lica,[30] sino que le es plenamente coherente.


V. Conclusi?n
9. Las orientaciones contenidas en la presente Nota quieren iluminar uno de los aspectos m?s importantes de la unidad de vida que caracteriza al cristiano: La coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II. ?ste exhorta a los fieles a ?cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el esp?ritu evang?lico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aqu? ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al m?s perfecto cumplimiento de todas ellas, seg?n la vocaci?n personal de cada uno?. Al?grense los fieles cristianos?de poder ejercer todas sus actividades temporales haciendo una s?ntesis vital del esfuerzo humano, familiar, profesional, cient?fico o t?cnico, con los valores religiosos, bajo cuya alt?sima jerarqu?a todo coopera a la gloria de Dios?.[31]

El Sumo Pont?fice Juan Pablo II, en la audiencia del 21 de noviembre de 2002, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesi?n Ordinaria de esta Congregaci?n, y ha ordenado que sea publicada.

Dado en Roma, en la sede de la Congregaci?n por la Doctrina de la Fe, el 24 de noviembre de 2002, Solemnidad de N. S Jes?s Cristo, Rey del universo.



+JOSEPH CARD. RATZINGER
Prefecto

+TARCISIO BERTONE, S.D.B.
Arzobispo em?rito de Vercelli
Secretario

Publicado por mario.web @ 23:31
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios