Viernes, 06 de mayo de 2011
Intervenci?n que pronunci? el 16 de enero el cardenal Tarcisio Bertone, legado pontificio, en el Congreso Teol?gico-Pastoral que precedi? al VI Encuentro Mundial de las Familias en la Ciudad de M?xico.
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Cardenal Bertone: La familia, escuela de justicia y paz
Cardenal Bertone: La familia, escuela de justicia y paz
La familia es escuela de justicia y de paz

Se?ores cardenales; 
queridos hermanos en el episcopado; 
apreciados hermanos y hermanas en el Se?or:

Me complace poder concluir este Congreso teol?gico-pastoral en el marco del VI Encuentro mundial de las familias, en el cual se ha profundizado el lema propuesto por el Santo Padre Benedicto XVI: "La familia, formadora de los valores humanos y cristianos".

Saludo al se?or cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo pontificio para la familia, al se?or cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de ciudad de M?xico, as? como a los se?ores cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y familias procedentes de distintas partes del mundo.

Como legado pontificio deseo hacerme portavoz del mensaje de esperanza y de la buena noticia que es la familia para la sociedad y para la Iglesia. A trav?s de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvaci?n de la humanidad. Entre los numerosos caminos que la Iglesia sigue para salvar y servir al hombre, "la familia es el primero y el m?s importante"[1]. La familia no s?lo constituye el eje de la vida personal de los hombres, sino tambi?n su ?mbito social primario y el contexto adecuado de su caminar por la existencia.

El objetivo de mi intervenci?n es se?alar c?mo la familia es la instituci?n m?s adecuada para la transmisi?n de estos dos valores, justicia y paz, que son particulares, porque en ellos se dan cita tanto la dimensi?n individual como la social de la persona humana, desarrolladas ampliamente en las jornadas anteriores.

Proceder? del siguiente modo: tras un breve an?lisis de la situaci?n actual, intentar? mostrar c?mo y por qu? la familia es la realizaci?n primera de la sociabilidad de la persona. En un segundo momento analizar? las relaciones rec?procas entre sociedad y familia. Sucesivamente se?alar? c?mo s?lo en este marco adecuado es posible el dinamismo del valor de la justicia y de la paz aut?ntica, para terminar afirmando que s?lo la familia fundada en el matrimonio mon?gamo e indisoluble est? en condiciones de transmitir fielmente estos valores.

1. Contexto hist?rico actual


?Tiene algo que ofrecer la familia al comienzo del tercer milenio? ?Se puede prescindir de la familia o se trata m?s bien de una realidad permanente y con un valor en s? misma? La historia asegura que es mucho y bueno lo que la familia ha aportado a la sociedad y a la Iglesia. Hace posible la misma existencia de la sociedad as? como la encarnaci?n del Cuerpo de Cristo a trav?s de los siglos. Hist?ricamente hablando, cuando se lesiona a la persona, al matrimonio o la familia, toda la realidad creada se resiente. La particularidad de la actual coyuntura viene dada por la globalizaci?n de los problemas que afectan de un modo u otro a todos los continentes. Asistimos a numerosos conflictos b?licos que amenazan con desestabilizar a regiones enteras. A ello se suma la reciente y profunda crisis econ?mica que est? teniendo una fuerte repercusi?n en todo el mundo.

Si preocupa lo anteriormente dicho, m?s grave a?n es el diagn?stico individualista-nihilista, que se traduce en un pesimismo antropol?gico exacerbado. Esto se percibe en grandes ?reas del planeta donde el malestar y la desconfianza difusos en la sociedad se concreta en numerosos datos. No se puede ignorar el grave invierno demogr?fico que hace peligrar seriamente sociedades enteras, la falta de sentido de la vida en tantos j?venes v?ctimas del alcohol y las drogas, o la extrema violencia y explotaci?n a la que hoy se ve sometida la mujer y los ni?os, el comercio de ?rganos y de sexo que destruye a la persona humana, o el abandono de tantos enfermos y ancianos que carecen de la m?s m?nima ayuda asistencial para afrontar los ?ltimos a?os de vida. Tambi?n hay que hacer referencia a la crisis del sistema educativo en bastantes naciones incapaces de transmitir el saber integral, o a la inestabilidad pol?tico-econ?mica que se cierne sobre muchos pa?ses en v?as de desarrollo.

En toda esta descripci?n hay un denominador com?n que es la injusticia, una falta o ausencia de derechos. Son los derechos humanos, que derivan de la propia naturaleza del ser personal -tanto en el aspecto individual como social-, los que se han pisoteado, menoscabado o incluso eliminado. El individualismo exasperado genera un eco de ego?smo que, como en la historia de Vulcano, es capaz de devorar a sus propios hijos. Y es que el relativismo, el hedonismo y el utilitarismo, en sus diversas variantes y combinaciones, han generado entre otras cosas la comercializaci?n de toda la creaci?n y de lo que es su culminaci?n, es decir, la persona humana (cf. Gaudium et spes, 12).

Con este panorama en el horizonte hay dos alternativas: o el agravamiento de la situaci?n en todo el planeta hasta l?mites desconocidos hasta el momento, o su resoluci?n aplicando el remedio oportuno. Este deber? construirse con una sana antropolog?a, que restablezca adecuadamente en todos los ?mbitos las relaciones deterioradas. S?lo la justicia impregnada por el amor ser? capaz de devolver la dignidad a la persona y a toda la creaci?n. De este modo se podr? hacer realidad aquella civilizaci?n del amor que fue la gran pasi?n del siervo de Dios el Papa Pablo VI. Pues bien, s?lo la familia, comunidad de vida y amor, est? en condiciones de regenerar la sociedad a trav?s de la justicia y la paz, porque en ella todo est? presidido por el amor. La familia encuentra en el amor su origen y su fin. Y este amor en la familia es el que mejor puede educar en los valores. El amor es de suyo difusivo y, por tanto, la familia es como un vivero donde se cultivan las semillas de justicia y de paz que, aunque con dificultades, transformar?n la masa de toda la creaci?n. Por consiguiente, resulta claro que la mejor inversi?n de los gobiernos ser? ayudar, proteger y sostener a la familia, porque es la instituci?n sin la cual la sociedad no puede sobrevivir. Es tambi?n un motivo de esperanza ver c?mo, a pesar de las contrariedades existentes, son muchas las familias que responden con fidelidad a la tarea que tienen confiada. Cada vez son m?s las instancias que surgen en favor de la familia. Y, sobre todo, se debe recordar que la fidelidad a su misi?n tiene un efecto multiplicador: la verdad cristiana sobre la familia, anunciada y vivida, encuentra una resonancia continua en el coraz?n del hombre. Por eso decimos una vez m?s a las familias, a cada familia: "Familia, s? lo que eres"[2].

2. Familia y sociedad

La familia, como lugar y manifestaci?n m?s acabada de la persona, no es creaci?n de ninguna ?poca, sino patrimonio de todas las edades y civilizaciones. La familia es mucho m?s que una unidad jur?dica, social y econ?mica, ya que hablar de familia es hablar de vida, de transmisi?n de valores, de educaci?n, de solidaridad, de estabilidad, de futuro, en definitiva, de amor[3]. La familia es una sabia instituci?n del Creador donde se actualiza la vocaci?n originaria de la persona a la comuni?n interpersonal, mediante la entrega sincera de s? mismo.

La familia es la c?lula primaria y original de la sociedad. En ella, el hombre y la mujer viven con pleno sentido su diferenciaci?n y complementariedad, de la que brota la primera relaci?n interpersonal. En este sentido, el matrimonio es la sociedad natural primaria. Esta sociedad primera est? llamada a ser plena al engendrar los hijos: la comuni?n de los c?nyuges es el origen de la comunidad familiar.

La familia es la c?lula original de la sociedad, porque en ella la persona es afirmada por primera vez como persona, por s? misma y de manera gratuita. Est? llamada a realizar en la sociedad una funci?n parecida a la que la c?lula realiza en el organismo. A la familia est? ligada la calidad ?tica de la sociedad. Esta se desarrolla ?ticamente en la medida en que se deja moldear por todo lo que constituye el bien de la familia.

No todas las formas de convivencia sirven y contribuyen a realizar la aut?ntica sociabilidad. Es imprescindible que la familia sea familia, es decir, que su historia se desarrolle como una comunidad de vida y amor en la que cada uno de los miembros sea valorado en su irrepetibilidad: como esposo-esposa, padre-madre, hijo-hija, hermano-hermana. De esta forma, la dignidad personal se ver? respetada plenamente, ya que las relaciones interpersonales se viven a partir de la gratuidad, es decir, a partir del amor. Esto no se alcanza por el mero hecho de vivir juntos. Se requiere que haya un hogar que sea "acogida cordial, encuentro y di?logo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda"[4]. As?, la familia se convierte en el recinto donde se puede formar el verdadero sentido de la libertad, de la justicia y del amor. En libertad, porque s?lo desde ella se pueden forjar hombres responsables. Desde la justicia, porque s?lo as? se respeta la dignidad de los dem?s. Desde el amor, porque el respeto a los otros se perfecciona en ?ltimo t?rmino cuando se ama a cada uno por s? mismo.

Pero a la familia le corresponde una funci?n social espec?fica fuera del ?mbito familiar, que consiste en actuar y tomar parte en la vida social, como familia y en cuanto familia. Pero para contribuir al bien del hombre -humanizaci?n- y al bien de la sociedad, es necesario que la familia sea respetuosa con el conjunto de valores que la hacen ser una comunidad de vida y amor. 
A su vez, la sociedad deber?a tener entre sus tareas fundamentales la consecuci?n del bien com?n, que podr?a definirse as?: "El bien com?n no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece com?n, porque es indivisible y porque s?lo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, tambi?n en vistas al futuro"[5].

Por su parte, el Catecismo de la Iglesia cat?lica, reproduciendo la definici?n de Gaudium et Spes (n. 26), concreta el bien com?n en tres fines o propiedades:

a) el bien com?n exige el respeto a la persona en cuanto tal, a sus derechos fundamentales e inalienables para que pueda realizar su propia vocaci?n, as? como las condiciones para el ejercicio de las libertades naturales.

b) el bien com?n exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo. El desarrollo es el resumen de todos los deberes sociales. La autoridad debe decidir, en nombre del bien com?n, entre los diversos intereses particulares; pero debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida verdaderamente humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educaci?n y cultura.

c) el bien com?n implica finalmente la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. La autoridad debe asegurar, por medios honestos, la seguridad de la sociedad y la de cada uno de sus miembros[6].

3. El dinamismo de la justicia y de la paz

Hemos dicho anteriormente que la justicia y la paz son elementos fundamentales del bien com?n que la sociedad debe procurar y que la familia puede dar y construir. Porque en la familia es donde se da el don de la justicia y de la paz y donde al mismo tiempo se "construye" como tarea propia la justicia y la paz. Deteng?monos un momento a considerar un poco m?s de cerca ambos valores y la relaci?n entre ellos[7].

La paz es uno de los valores transmitidos en ambos Testamentos. Es mucho m?s que la ausencia de la guerra. La paz representa la plenitud de la vida (cf. Ml 2, 5); es el efecto de la bendici?n de Dios sobre su pueblo (cf. Nm 6, 26); produce fecundidad, bienestar (cf. Is 48, 18-19) y alegr?a profunda (cf. Pr 12, 20). Al mismo tiempo, la paz es la meta de la convivencia social, como aparece de forma extraordinaria en la visi?n mesi?nica de la paz, descrita en el libro del profeta Isa?as (cf. Is 2, 25). En el Nuevo Testamento, Jes?s afirma expl?citamente: "Bienaventurados los pac?ficos porque ser?n llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9). ?l no s?lo rechaz? la violencia (cf. Mt 26, 52; Lc 9, 54-55), sino que fue m?s all? cuando dijo: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian" (Lc 6, 27-28).

Junto a la luz que proviene de la Escritura, la historia del pensamiento nos muestra que la cultura de la paz supone un orden. Precisamente, seg?n la definici?n de san Agust?n y de Boecio, recogida por santo Tom?s de Aquino, la paz se define como la tranquilidad que brota del orden[8]. A su vez, el orden supone la equidad. Santo Tom?s define el orden como la disposici?n de las cosas conforme a un punto de referencia. Pues bien, el "punto de referencia" del orden del que brota la paz es la justicia.

3.1. La justicia, condici?n para la paz 
La justicia es un valor fundamental de la vida del hombre. Se trata adem?s de una realidad imprescindible para la convivencia humana. La justicia va ligada a la estructura de toda persona independientemente del tiempo, de su edad o cultura. La justicia constituye, junto al bien y a la verdad, la trilog?a de los grandes valores y realidades humanas. Por el contrario, la injusticia est? relacionada con el mal y la mentira. Por tanto, la plenitud del hombre y la mejora de la sociedad est?n en relaci?n al bien, a la verdad y a la justicia. La convivencia social pierde su sentido si vence el mal, el error y la injusticia. La justicia nos remite directamente al ius (derecho), y es que s?lo se puede hablar de justicia si existen derechos. Por ello, la justicia consiste en dar a cada uno su derecho, lo que le es debido.

La triple distinci?n entre justicia conmutativa, legal y distributiva, cubre todos los aspectos de la persona, pues a?nan por igual sus derechos y deberes como individuo, a la vez que exigen y protegen sus deberes y derechos que derivan de la sociabilidad radical, que es un constitutivo esencial de su persona. En este sentido, la justicia ha sido el anhelo y la tarea de todos los tiempos. Escribe Plat?n: "Engendrar justicia es establecer entre las partes del alma una jerarqu?a que las subordine unas a otras de acuerdo con su naturaleza; siendo, por el contrario, engendrar la injusticia el establecer una jerarqu?a que somete unos a otros de modo contrario al natural"[9].

Por su parte, la tradici?n cristiana sostiene la dimensi?n religiosa innegable de los conceptos de justicia y justo respecto a la conducta del hombre frente a Dios, y se?ala la relaci?n de la justicia con el orden social.

En este contexto, podemos preguntarnos: ?hay una doctrina b?blica que demande el valor de la justicia en la sociedad? La respuesta es s?. Abundan los testimonios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento que inculcan el precepto de cumplir los deberes de justicia en la convivencia social. El mensaje de Jes?s contempla diversos aspectos de la convivencia justa entre los hombres, especialmente en los sin?pticos. Como dice la Congregaci?n para la doctrina de la fe, en un documento suyo, "en el Antiguo Testamento, los profetas no dejan de recordar, con particular vigor, las exigencias de la justicia y la solidaridad y de hacer un juicio extremamente severo sobre los ricos que oprimen al pobre (...). La fidelidad a la alianza no se concibe sin la pr?ctica de la justicia. La justicia con respecto a Dios y la justicia con respecto a los hombres son inseparables. Esta doctrina est? a?n m?s radicalizada en el Nuevo Testamento como lo demuestra el discurso sobre las Bienaventuranzas"[10].

En nuestros d?as, la palabra "justicia" es uno de los t?rminos m?s usados en la vida socio-pol?tica. En muchos casos es la palabra "clave" o "comod?n" de declaraciones pol?ticas, econ?micas y sociales en m?ltiples foros nacionales e internacionales. Este uso continuo, y el abuso que se ha podido hacer de ?l por parte de algunas ideolog?as, ha llevado a que el t?rmino "justicia" reciba diversas acepciones.

A pesar de la claridad de la definici?n de justicia, "lo suyo" debe ser bien interpretado y defendido en cada caso como objeto primario. Si no se hace as?, la realizaci?n de la justicia estar? sometida a la arbitrariedad de los poderosos del momento y puede ocurrir que la justicia, que deber?a ser camino para alcanzar la paz, al perder su verdadero sentido, sea ocasi?n de violencia incluso extrema.

De la injusticia brota siempre la violencia. En la actualidad, las injusticias sociales, econ?micas y pol?ticas generan numerosas guerras, tensiones y conflictos. Frente a la guerra, se presenta la paz que es fruto de la justicia y de la solidaridad. "Superando los imperialismos de todo tipo y los prop?sitos por mantener la propia hegemon?a, las naciones m?s fuertes y m?s dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus leg?timas diferencias. Los pa?ses econ?micamente m?s d?biles, o que est?n en el l?mite de la supervivencia, asistidos por los dem?s pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien com?n sus tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perder?an para siempre"[11].

Pero la paz se realiza tambi?n a base de cosas peque?as, en la vida ordinaria y en el peque?o entorno de cada uno. Los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegr?a con nuestra palabra y con nuestras obras. Ninguna otra realidad como la familia es capaz de construir d?a a d?a con su perseverancia la paz que es fruto de la manifestaci?n del orden interior de las familias y tambi?n de los pueblos.

Publicado por mario.web @ 0:43
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