Viernes, 06 de mayo de 2011


Fuente: Zenit.org
Autor: S.S. Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas,

la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el pr?ximo 11 de febrero, memoria lit?rgica de la Beata Mar?a Virgen de Lourdes, ver? a las comunidades diocesanas reunirse con sus propios obispos en momentos de oraci?n para reflexionar y decidir iniciativas de sensibilizaci?n sobre la realidad del sufrimiento. El A?o Paulino, que estamos celebrando, ofrece la ocasi?n propicia para detenernos a meditar con el ap?stol Pablo sobre el hecho de que, ?as? como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda tambi?n por Cristo nuestra consolaci?n? (2 Cor 1,5). La uni?n espiritual con Lourdes nos trae adem?s a la mente la maternal solicitud de la Madre de Jes?s por los hermanos de su Hijo ?a?n peregrinos y puestos en medio de peligros y afanes, hasta que no seamos conducidos a la patria bendita? (Lumen gentium, 62).

Este a?o nuestra atenci?n se dirige particularmente a los ni?os, las criaturas m?s d?biles e indefensas y, entre estos, a los ni?os enfermos y sufrientes. Hay peque?os seres humanos que llevan en su cuerpo las consecuencias de enfermedades invalidantes, y otros que luchan con males hoy a?n incurables a pesar del progreso de la medicina y la asistencia de buenos investigadores y profesionales de la salud. Hay ni?os heridos en su cuerpo y en su alma cono consecuencia de conflictos y guerras, y otros v?ctimas del odio de personas adultas insensatas.

Hay ?ni?os de la calle?, privados del calor de una familia y abandonados a s? mismos, y de menores profanados por gente abyecta que viola su inocencia, provocando en ellos una herida psicol?gica que les marcar? para el resto de sus vidas. No podemos tampoco olvidar el incalculable n?mero de menores que mueren a causa de la sed, del hambre, de la carencia de asistencia sanitaria, como tambi?n los peque?os exiliados y pr?fugos de su propia tierra con sus padres en b?squeda de mejores condiciones de vida. De todos estos ni?os se eleva un silencioso grito de dolor que interpela a nuestra conciencia de hombres y de creyentes.

La comunidad cristiana, que no puede permanecer indiferente ante tan dram?ticas situaciones, advierte el imperioso deber de intervenir. La Iglesia, de hecho, como he escrito en la enc?clica Deus caritas est, ?es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario? (25, b). Auguro por tanto, que tambi?n la Jornada Mundial del Enfermo ofrezca la oportunidad a las comunidades parroquiales y diocesanas de tomar cada vez m?s conciencia de ser ?familia de Dios?, y las anime a hacer perceptible en los pueblos, en los barrios y en las ciudades el amor del Se?or, que pide ?que en la misma Iglesia, en cuanto familia, ning?n miembro sufra porque pasa necesidad? (ibid.). El testimonio de la caridad formar parte de la vida misma de cada comunidad cristiana. Y desde el principio la Iglesia ha traducido en gestos concretos los principios evang?licos, como leemos en los Hechos de los Ap?stoles. Hoy, dadas las nuevas situaciones de la asistencia sanitaria, se advierte la necesidad de una m?s estrecha colaboraci?n entre los profesionales de la salud que trabajan en las distintas instituciones sanitarias y las comunidades eclesiales presentes en su territorio. En esta perspectiva se confirma en todo su valor una instituci?n relacionada con la Santa Sede, como es el Hospital Pedi?trico Ni?o Jes?s, que celebra este a?o sus 140 a?os de vida.

Pero hay m?s. Dado que el ni?o enfermo pertenece a una familia que comparte su sufrimiento a menudo con graves impedimentos y dificultades, las comunidades cristianas no pueden dejar de hacerse cargo tambi?n de ayudar a los n?cleos familiares afectados por la enfermedad de un hio o de una hija. A ejemplo del ?Buen Samaritano? es necesario que se incline hacia las personas tan duramente probadas y les ofrezca el apoyo de una solidaridad concreta. De este modo, la aceptaci?n y el compartir del sufrimiento se traduce en un apoyo ?til a las familias de los ni?os enfermos, creando dentro de ellas un clima de serenidad y esperanza, y haciendo sentir a su alrededor una familia m?s vasta de hermanos y hermanas en Cristo. La compasi?n de Jes?s por el llanto de la viuda de Na?m (cfr Lc 7,12-17) y por la implorante s?plica de Jairo (cfr Lc 8,41-56) constituyen, entre otros, algunos puntos de referencia para aprender a compartir los momentos de pena f?sica y moral de tantas familias probadas. Todo esto presupone un amor desinteresado y generoso, reflejo y signo del amor misericordioso de Dios, que nunca abandona a sus hijos en la prueba, sino que siempre les proporciona admirables recursos de coraz?n y de inteligencia para ser capaces de afrontar adecuadamente las dificultades de la vida.

La dedicaci?n cotidiana y el compromiso sin descanso al servicio de los ni?os enfermos constituyen un elocuente testimonio de amor por la vida humana, en particular por la vida de quien es d?bil y en todo y por todo dependiente de los dem?s. Es necesario afirmar con vigor la absoluta y suprema dignidad de toda vida humana. No cambia, con el transcurso del tiempo, la ense?anza que la Iglesia proclama incesantemente: la vida humana es bella y debe vivirse en plenitud tambi?n cuando es d?bil y est? envuelta en el misterio del sufrimiento. Es a Jes?s crucificado a quien debemos dirigir nuestra mirada: muriendo en la cruz ?l ha querido compartir el dolor de toda la humanidad. En su sufrimiento por amor entrevemos una suprema coparticipaci?n en las penas de los ni?os enfermos y de sus padres. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II, que desde la aceptaci?n paciente del sufrimiento ha ofrecido un ejemplo luminoso especialmente en el ocaso de su vida, escribi?: ?Sobre la cruz est? el ’Redentor del hombre’, el Var?n de dolores, que ha asumido en s? mismo los sufrimientos f?sicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor podamos encontrar el sentido salv?fico de su dolor y respuestas v?lidas a todos sus interrogantes? (Salvifici doloris, 31).

Deseo aqu? expresar mi aprecio y ?nimo a las Organizaciones internacionales y nacionales que se ocupan del cuidado de los ni?os enfermos, particularmente en los pa?ses pobres, y con generosidad y abnegaci?n ofrecen su contribuci?n para asegurarles cuidados adecuados y amorosos.

Dirijo al mismo tiempo un urgente llamamiento a los responsables de las naciones para que se potencien leyes y reglamentos a favor de los ni?os enfermos y de sus familias. Siempre, pero a?n m?s cuando est? en juego la vida de los ni?os, la Iglesia, por su parte, est? dispuesta a ofrecer su cordial colaboraci?n en el intento de transformar toda la civilizaci?n humana en ?civilizaci?n del amor? (cfr Salvifici doloris, 30).
Concluyendo, quisiera manifestar mi cercan?a espiritual a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, que sufr?s cualquier enfermedad. Dirijo un afectuoso saludo a cuantos os asisten: a los obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a todos aquellos que se dedican con amor a cuidar y a aliviar los sufrimientos de quien est? luchando con la enfermedad. Un saludo muy especial para vosotros, queridos ni?os enfermos y sufrientes: el Papa os abraza con afecto paterno junto con vuestros padres y familiares, y os asegura un especial recuerdo en la oraci?n, invit?ndoos a confiar en la ayuda maternal de la Inmaculada Virgen Mar?a, que en la pasada Navidad hemos contemplado una vez m?s mientras abraza con alegr?a entre los brazos al Hijo de Dios hecho ni?o. Al invocar sobre vosotros y sobre todos los enfermos la protecci?n maternal de la Virgen Santa, Salud de los Enfermos, os imparto de coraz?n a todos una especial Bendici?n Apost?lica.

En el Vaticano, a 2 de febrero de 2009

BENEDICTUS PP.XVI
[Traducci?n del original italiano por Inma ?lvarez]

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Publicado por mario.web @ 0:57
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