Viernes, 06 de mayo de 2011

Fuente: hispanidad.com
Autor: Eulogio L?pez

Empezando por el final, digamos que el hombre del siglo XXI muere entre familiares que mienten, m?dicos que mienten, amigos que mienten. El ?nico tab? de una vida sin tab?es es, precisamente, la muerte: no se la menciona, ni como hip?tesis de trabajo. Los m?dicos aconsejan a los familiares del agonizante que le aseguren una pronta recuperaci?n, para que no pierdan las ganas de vivir, cuando lo cierto es que su suerte est? echada. Los familiares le hacen caso, porque estaban deseando o?r precisamente ese consejo.

Ya saben, lo importante es mantener la moral de la tropa. Lo que me recuerda aquella pel?cula de Berlanga, la Vaquilla, ambientada en la Guerra Civil, cuando se cura se queja al coronel de que la tropa se pasa el tiempo en el burdel y en ?ste, muy en su sitio, le recuerda que ?a mi lo que me importa es la moral de la tropa?, aunque sea moral de fornicio.

Los m?dicos, por su parte, aseguran que ellos nunca no mienten. Por ejemplo, si la operaci?n ha demostrado que el paciente est? condenado le aseguran que en el quir?fano todo ha marchado perfectamente. En efecto, han abierto, se han dado cuenta de que nada pod?an hacer y han vuelto a cerrar. Pero, eso s?, la operaci?n ha ido ’dabuten’. Aquello de ?la cura fue bien pero el ojo lo pierde?. O lo de las inform?ticos, cuando aseguran que ?t?cnicamente todo es correcto?, conclusi?n a la que llegan justo en medio del desastre y la desesperaci?n ambiental.

Y a todo esto, ?qu? pasa con el derecho del paciente a conocer el verdadero estado de su salud? Pues no. Un familiar, un amigo, un vecino, se arroga el derecho a decidir por ?l: ?Si se lo decimos, se va a hundir?. Y as?, contra todo derecho, usurpan el derecho del paciente a saber qu? le ocurre. Ya saben, el ?ltimo que se entera es el marido.

Pero el objetivo final de los ocultadores de la muerte actual es la inconsciencia. En una operaci?n verdaderamente diab?lica, los seres m?s queridos se confabulan con el personal sanitaria para que todo el interesado muera en una estado de semi-inconsciencia. Pregunten al doctor Montes, famoso especialista de Legan?s, que ha impuesto, con la colaboraci?n de todos los eutan?sicos, el principio primero de que el hombre debe disponer de cualquier derecho en su vida salvo los que se ejercitan en su agon?a. Le tenemos tanto miedo al tr?nsito, que lo mejor es que nos duerman, por alguno de las muchas porquer?as, no s?lo el cloroformo, que la sociedad ha inventado para que no nos enfrentemos al momento cumbre de nuestra existencia.

Personalmente, tengo la sospecha de que ese velo -celada, artificio y enga?o miserable- que se ejerce sobre el paciente tiene como ?nico objetivo que el susodicho no se prepare para una muerte santa, ?nico objetivo de la vida. La inconsciencia indolora es el m?todo elegido. Y es que, si al enfermo se le dice la verdad podr?a plantearse la ?nica cuesti?n intelectualmente interesante de la vida, esto es: qu? pasa despu?s de la muerte. Porque claro, ante la llegada de la parca, ni el m?s fr?volo puede continuar en esa ligereza constante que constituye la t?nica vital de la inmensa mayor?a de est?magos satisfechos que pueblan Occidente. En la enfermedad terminal, como en la guerra, ni el m?s lerdo puede crear que vivir? eternamente.

Si le despertamos del duermevela con que le arrulla la sociedad circundante, podr?a arrepentirse de sus pecados -?qu? horror, que t?rmino tan anticuado!- y ganarse el para?so, lo que debe ser evitado a toda costa. Cu?ntos, llegados la hora decisiva, se han replanteado su vida y han cruzado el Rubic?n. Y eso no puede ser.

Morimos, pues, en la ignorancia culpable sobre nuestro estado, pero no debemos protestar: nos enga?an porque nos quieren tanto...


Publicado por mario.web @ 1:35
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