Viernes, 06 de mayo de 2011

Fuente: Libreria Editrice Vaticana
Autor: Benedicto XVI

?Queridos hermanos y hermanas!

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparaci?n espiritual m?s intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres pr?cticas penitenciales a las que la tradici?n b?blica cristiana confiere un gran valor ?la oraci?n, el ayuno y la limosna? para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, ?ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los ca?dos, la alegr?a a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos? (Preg?n pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este a?o deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta d?as de ayuno que el Se?or vivi? en el desierto antes de emprender su misi?n p?blica. Leemos en el Evangelio: ?Jes?s fue llevado por el Esp?ritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y despu?s de hacer un ayuno durante cuarenta d?as y cuarenta noches, al fin sinti? hambre? (Mt 4,1-2). Al igual que Mois?s antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que El?as antes de encontrar al Se?or en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jes?s orando y ayunando se prepar? a su misi?n, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qu? valor y qu? sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en s? mismo ser?a bueno y ?til para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradici?n cristiana ense?an que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a ?l. Por esto, en la historia de la salvaci?n encontramos en m?s de una ocasi?n la invitaci?n a ayunar. Ya en las primeras p?ginas de la Sagrada Escritura el Se?or impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: ?De cualquier ?rbol del jard?n puedes comer, mas del ?rbol de la ciencia del bien y del mal no comer?s, porque el d?a que comieres de ?l, morir?s sin remedio? (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que ?el ayuno ya exist?a en el para?so?, y ?la primera orden en este sentido fue dada a Ad?n?. Por lo tanto, concluye: ?El ?no debes comer? es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia? (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Se?or. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar ?para humillarnos ?dijo? delante de nuestro Dios? (8,21). El Todopoderoso escuch? su oraci?n y asegur? su favor y su protecci?n. Lo mismo hicieron los habitantes de N?nive que, sensibles al llamamiento de Jon?s a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: ?A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos? (3,9). Tambi?n en esa ocasi?n Dios vio sus obras y les perdon?.

En el Nuevo Testamento, Jes?s indica la raz?n profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que impon?a la ley, pero su coraz?n estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasi?n el divino Maestro, consiste m?s bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que ?ve en lo secreto y te recompensar? (Mt 6,18). ?l mismo nos da ejemplo al responder a Satan?s, al t?rmino de los 40 d?as pasados en el desierto, que ?no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios? (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el ?alimento verdadero?, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Ad?n desobedeci? la orden del Se?or de ?no comer del ?rbol de la ciencia del bien y del mal?, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La pr?ctica del ayuno est? muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). Tambi?n los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del ?viejo Ad?n? y abrir en el coraz?n del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, adem?s, una pr?ctica recurrente y recomendada por los santos de todas las ?pocas. Escribe San Pedro Cris?logo: ?El ayuno es el alma de la oraci?n, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste o?dos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta o?do a quien no cierra los suyos al que le s?plica? (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros d?as, parece que la pr?ctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido m?s bien, en una cultura marcada por la b?squeda del bienestar material, el valor de una medida terap?utica para el cuidado del propio cuerpo. Est? claro que ayunar es bueno para el bienestar f?sico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una ?terapia? para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constituci?n apost?lica P?nitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no ?vivir para s? mismo, sino para aqu?l que lo am? y se entreg? por ?l y a vivir tambi?n para los hermanos? (cfr. Cap. I). La Cuaresma podr?a ser una buena ocasi?n para retomar las normas contenidas en la citada Constituci?n apost?lica, valorizando el significado aut?ntico y perenne de esta antigua pr?ctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro ego?smo y a abrir el coraz?n al amor de Dios y del pr?jimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La pr?ctica fiel del ayuno contribuye, adem?s, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayud?ndola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Se?or. San Agust?n, que conoc?a bien sus propias inclinaciones negativas y las defin?a ?retorcid?sima y enredad?sima complicaci?n de nudos? (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escrib?a: ?Yo sufro, es verdad, para que ?l me perdone; yo me castigo para que ?l me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura? (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposici?n interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvaci?n. Con el ayuno y la oraci?n Le permitimos que venga a saciar el hambre m?s profunda que experimentamos en lo ?ntimo de nuestro coraz?n: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situaci?n en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: ?Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que est? necesitado y le cierra sus entra?as, ?c?mo puede permanecer en ?l el amor de Dios?? (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los dem?s, demostramos concretamente que el pr?jimo que pasa dificultades no nos es extra?o. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atenci?n hacia los hermanos, animo a las parroquias y dem?s comunidades a intensificar durante la Cuaresma la pr?ctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oraci?n y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hac?an colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se hab?a recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). Tambi?n hoy hay que redescubrir esta pr?ctica y promoverla, especialmente durante el tiempo lit?rgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una pr?ctica asc?tica importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al disc?pulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno lit?rgico cuaresmal exhorta: ?Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia ? Usemos de manera m?s sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sue?o y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atenci?n?.

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como ?ltimo fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escrib?a el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el esp?ritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del pr?jimo. Pienso, especialmente, en un mayor empe?o en la oraci?n, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliaci?n y en la activa participaci?n en la Eucarist?a, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposici?n interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompa?e la Beata Virgen Mar?a, Causa nostr? laetiti?, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro coraz?n de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez m?s en ?tabern?culo viviente de Dios?. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de coraz?n a todos la Bendici?n Apost?lica.

Vaticano, 11 de diciembre de 2008


Publicado por mario.web @ 14:04
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