Viernes, 06 de mayo de 2011
Samuel Huntington alcanz? fama mundial mediante la siguiente tesis: la pol?tica internacional del siglo XXI estar? dominada por el ?choque de civilizaciones?, y especialmente por el choque entre las civilizaciones occidental e isl?mica.
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La acci?n pol?tica de los cat?licos
La acci?n pol?tica de los cat?licos
Por mi parte creo que hay muchas y buenas razones para sostener que la principal amenaza a la paz mundial no ser? el choque entre el Occidente y el Islam, sino el choque de Occidente consigo mismo, su rebeli?n contra sus propias ra?ces cristianas

La dimensi?n pol?tica de la fe cristiana

La Iglesia Cat?lica reconoce la justa autonom?a de larealidad terrena, de la cultura humana y de la comunidad pol?tica (cf. Concilio Vaticano II, constituci?n pastoral Gaudium et Spes, nn. 36, 59, 76). Este principio cat?lico contradice tanto al integrismo, que niega la autonom?a de la realidad creada, como al secularismo, que la exagera consider?ndola como independencia respecto de Dios. Mientras que el integrismo une indisolublemente a la fe cosas que le pertenecen s?lo accidentalmente, el secularismo separa de la fe cosas que le pertenecen sustancialmente. El Concilio Vaticano II rechaza ambos errores, afirmando que las cosas creadas y la sociedad gozan de leyes y valores propios, que el hombre debe descubrir y emplear, y que la realidad creada depende de Dios y debe ser usada con referencia a ?l (cf. ?dem, n. 36).

De acuerdo con su afirmaci?n de la leg?tima autonom?a de la comunidad pol?tica, la Iglesia reconoce no tener las soluciones a todos los problemas pol?ticos que enfrentan las sociedades humanas. Por ejemplo, no es tarea de la Iglesia ense?ar a los uruguayos si debemos o no debemos privatizar la Administraci?n Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP); y es muy dudoso que sea tarea suya determinar si y hasta qu? punto espec?fico es conveniente o no para los latinoamericanos adoptar los diez lineamientos generales de pol?tica econ?mica agrupados por John Williamson bajo el nombre de ?Consenso de Washington? (cf. IV S?nodo Arquidiocesano de Montevideo, Documento de Trabajo (DTS), Desaf?os a nuestro compromiso eclesial, pp. 9-10). En este terreno tienen la palabra los partidos y las ideolog?as pol?ticas.


Por eso est? prohibido a los cl?rigos ejercer cargos del gobierno civil y participar activamente en partidos pol?ticos (cf. C?digo de Derecho Can?nico, cc. 285,3; 287,2). La Iglesia tiene una sola cosa que ofrecer a los hombres: nada m?s ni nada menos que la Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo, el Salvador del mundo, quien nos ha revelado la verdad acerca de Dios y la verdad acerca del hombre. Por otra parte, sin embargo, esta verdad revelada acerca del hombre se refiere tanto a la dimensi?n individual como a la dimensi?n social del ser humano. La fe cristiana tiene consecuencias ineludibles en el terreno de la moral social. Por ende la Iglesia cuenta con valios?simos principios orientadores en el ?rea de los asuntos culturales, pol?ticos y econ?micos, a tal punto que se puede afirmar que ?no existe verdadera soluci?n para la ?cuesti?n social? fuera del evangelio? (Juan Pablo II, enc?clica Centesimus Annus, n. 5; cf. n. 43).

?El car?cter secular es propio y peculiar de los laicos... A los laicos corresponde, por propia vocaci?n, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y orden?ndolos seg?n Dios.? (Concilio Vaticano II, constituci?n dogm?tica Lumen Gentium, n. 31). No debemos confundir la secularidad del laico con el secularismo. ?ste propone una visi?n dualista que disocia absolutamente los ?mbitos p?blico y privado de la vida del hombre, relegando a la religi?n ?nicamente a la esfera privada. Esta visi?n procede de un racionalismo que considera a la fe como un sentimiento irracional que desune a los hombres y que no tiene derecho de ciudadan?a en el ?mbito p?blico, por ser ?ste un ?mbito reservado a la mera racionalidad. No tenemos que dejar de ser cristianos al salir de nuestras casas o templos y entrar a las escuelas, los lugares de trabajo, el Parlamento, etc. Debemos actuar como cristianos siempre y en todo lugar, tambi?n en el ?mbito pol?tico.

Los dos problemas pol?ticos principales

El problema pol?tico principal del siglo XX podr?a sintetizarse aproximadamente en la siguiente pregunta: ?Cu?l debe ser el rol del Estado en la vida de la sociedad? Las distintas respuestas a esta cuesti?n suelen ser representadas gr?ficamente sobre un eje horizontal:

? En la extrema izquierda se ubica el socialismo colectivista, en el cual el Estado asume un rol totalitario.

? En la extrema derecha se ubica el liberalismo individualista, en el cual el Estado asume un rol m?nimo.

Entre ambos extremos se ubica toda una gama de posiciones m?s moderadas.

Desde la perspectiva de la fe cat?lica, existe un pluralismo pol?tico leg?timo. Las propuestas pol?ticas leg?timas para un cat?lico deben ser compatibles con los siguientes dos principios b?sicos de la doctrina social de la Iglesia:

- El principio de solidaridad, seg?n el cual el Estado debe promover la justicia social, tutelando especialmente los derechos de los d?biles y pobres (cf. Juan Pablo II, enc?clica Centesimus Annus, nn. 10, 15).

- El principio de subsidiariedad, seg?n el cual el Estado no debe sofocar los derechos del individuo, la familia y la sociedad, sino que debe promoverlos (cf. ?dem, nn. 11, 15).

Si uno se mueve desde el centro hacia la derecha sobre el referido eje horizontal, llega un momento en que deja de respetar el principio de solidaridad. En cambio, si uno se mueve desde el centro hacia la izquierda, llega un momento en que deja de respetar el principio de subsidiariedad. Entre ambos puntos est? la zona del pluralismo pol?tico leg?timo.

Los conflictos pol?ticos cotidianos se dan habitualmente entre las distintas posiciones existentes sobre ese eje horizontal. Sin embargo, de vez en cuando determinados asuntos ponen de manifiesto otro problema pol?tico fundamental, que podr?a formularse as?: ?Cu?l debe ser la actitud del Estado con respecto a la ley moral natural? Las distintas respuestas a esta segunda cuesti?n podr?an ser representadas gr?ficamente sobre un eje vertical:

- En la parte superior ubico la respuesta que postula una actitud positiva del Estado hacia la ley moral natural. Aqu? se inscribe la doctrina cat?lica, ya que seg?n ?sta el Estado existe para buscar el bien com?n y esto s?lo puede lograrse respetando el orden moral establecido por Dios en la naturaleza humana (cf. Concilio Vaticano II, constituci?n pastoral Gaudium et Spes, n. 74).

- En la parte central ubico la respuesta del liberalismo pol?tico, que postula una actitud neutral del Estado hacia la cuesti?n del bien y el mal.

En la parte inferior ubico las respuestas radicales que postulan una actitud negativa del Estado hacia la ley moral; por ejemplo: la ?dictadura del relativismo?, que hace de la negaci?n del orden moral objetivo un postulado b?sico del Estado democr?tico.

Creo que, por diversas razones, entre las cuales ocupa un lugar de primer orden el fracaso del sistema comunista, este ?eje vertical? asumir? un papel cada vez m?s importante en la vida pol?tica de las sociedades del siglo XXI, llegando quiz?s a superar la notoriedad del ?eje horizontal? (cf. Juan Pablo II, enc?clica Centesimus Annus, n. 42). En el siguiente apartado procurar? mostrar que esto ya est? ocurriendo.

El choque de dos civilizaciones

Samuel Huntington alcanz? fama mundial mediante la siguiente tesis: la pol?tica internacional del siglo XXI estar? dominada por el ?choque de civilizaciones?, y especialmente por el choque entre las civilizaciones occidental e isl?mica. Por mi parte creo que hay muchas y buenas razones para sostener que la principal amenaza a la paz mundial no ser? el choque entre el Occidente y el Islam, sino el choque de Occidente consigo mismo, su rebeli?n contra sus propias ra?ces cristianas.

En la par?bola del trigo y la ciza?a (Mateo 13,24-30.36-43) Jesucristo nos ense?a que el Reino de Dios y el reino del diablo coexistir?n y se enfrentar?n entre s? hasta el fin del mundo, cuando Dios manifestar? su juicio definitivo sobre cada ser humano, retribuyendo a cada uno seg?n sus obras. Notemos que la pugna entre ambos reinos se produce no s?lo en el nivel individual, sino tambi?n en el nivel social, tendiendo a constituir por una parte una civilizaci?n o cultura del amor y por otra parte una ?anti-civilizaci?n? o ?cultura de la muerte? (cf. Juan Pablo II, Gratissimam sane, Carta a las familias, 2/02/1994, n. 13).

Si bien es cierto que esta pugna se ha dado siempre en toda sociedad humana desde el origen de la historia del pecado, cabe afirmar que ella ha adquirido una especial intensidad en nuestros d?as y en particular en nuestra civilizaci?n occidental. ?sta aparece hoy como una civilizaci?n dividida en dos: la civilizaci?n cristiana y la civilizaci?n secularista. Tanto en nuestra Am?rica como en la vieja Europa se enfrentan hoy claramente esas dos concepciones principales del hombre y del mundo, profundamente antag?nicas entre s?.

Dado que la familia es la c?lula b?sica y fundamental de la sociedad humana, no es extra?o que ella est? en el centro de la lucha entre las dos civilizaciones mencionadas. Por eso propongo la siguiente tesis: la primera gran victoria de la ?cultura de la muerte? en el Occidente cristiano (en el nivel pol?tico) fue la introducci?n y la difusi?n del divorcio.

La ?sociedad del divorcio?

Este numeral est? inspirado en diversos escritos de Josep Mir? i Ard?vol sobre la ?sociedad de la desvinculaci?n? y en Mons. Nicol?s Cotugno, Pr?logo, en: Instituto Arquidiocesano de Bio?tica ?Juan Pablo II?, Compendio de Bio?tica Cristiana, Montevideo 2008, p. XIII.

Utilizar? la met?fora del divorcio para caracterizar la sociedad occidental contempor?nea en su vertiente individualista y secularista, que parece ser la dominante. Nuestra sociedad puede ser descripta como ?sociedad del divorcio?, pues ha divorciado o est? divorciando realidades que deben permanecer unidas o en fecunda relaci?n. En efecto, ella se caracteriza por varios ?divorcios?, que paso a describir.

En primer lugar, la cultura actual se caracteriza por

Primero,el divorcio entre la fe y la raz?n, ?las dos alas con las cuales el esp?ritu humano se eleva hacia la contemplaci?n de la verdad? (Juan Pablo II, enc?clica Fides et Ratio, exordio). El cap?tulo IV de la enc?clica Fides et Ratio sintetiza magn?ficamente la historia del pensamiento occidental bajo el punto de vista de la relaci?n entre la fe y la raz?n. La tercera y ?ltima parte de ese cap?tulo (cf. ?dem, nn. 45-48) se titula ?El drama de la separaci?n entre fe y raz?n?. All? Juan Pablo II muestra c?mo la s?ntesis de fe y raz?n lograda por Santo Tom?s de Aquino y la teolog?a escol?stica del siglo XIII se fue oscureciendo a lo largo de los siglos sucesivos. El gran Papa relaciona la separaci?n entre fe y raz?n con ?el cap?tulo principal del drama de la existencia humana contempor?nea? (?dem, n. 47): el hombre actual est? amenazado por los resultados de su propio trabajo (cf. ?bidem). Despu?s de haber sufrido los influjos del nominalismo de fines de la Edad Media, la vertiente paganizante del Renacimiento, la tendencia fide?sta de la Reforma protestante, la Ilustraci?n racionalista, el idealismo y el materialismo de los siglos XIX y XX y el relativismo de la post-modernidad, hoy nuestra cultura occidental tiende a ver a la verdad como esclavizante y a la certeza como una amenaza a la tolerancia que posibilita la convivencia pac?fica.

En segundo lugar, nuestra cultura se caracteriza por una crisis de la familia, cuya ra?z principal es el divorcio entre marido y mujer. Cuando una sociedad introduce la disoluci?n del matrimonio en su legislaci?n, deja de ser cristiana, porque debajo del divorcio subyace una antropolog?a individualista incompatible con el cristianismo. En efecto, la mentalidad divorcista supone en el fondo que el ser humano es incapaz de amar de verdad, comprometi?ndose radicalmente con otra persona para toda la vida, o bien asume que un compromiso absoluto con otro es una esclavitud destructiva. Esta concepci?n divorcista ha sido impuesta a los pueblos cristianos por la fuerza de la ley civil y se difunde como una enfermedad contagiosa.

En tercer lugar, nuestra moderna sociedad secularista se caracteriza por el divorcio (no la sana separaci?n) entre la Iglesia y el Estado. Este divorcio ha asumido formas diferentes en distintos pa?ses. Uruguay se ha inspirado en el modelo secularista radical de Francia (un modelo de separaci?n sin reconocimiento) y lo ha aplicado con inusitado vigor, organizando el Estado casi como si la religi?n no existiera. Citar? aqu? las conclusiones de un brillante art?culo sobre este tema:

?La primera conclusi?n es que, cuando tuvimos que elegir una modalidad de separaci?n entre el estado y las confesiones religiosas, los uruguayos elegimos una soluci?n particularmente radical [la laicidad a la francesa]... y claramente marginal en el mundo democr?tico. La segunda conclusi?n es que, cuando tuvimos que aplicar esa soluci?n, lo hicimos tal vez con coherencia pero ciertamente con una intransigencia que ni siquiera encontramos en los padres de la idea. La tercera conclusi?n es que los uruguayos seguimos sin discutir ese modelo, pese a que sus propios autores lo est?n sometiendo a revisi?n. Creo que todo esto deber?a llevarnos a reflexionar sobre nuestras opciones normativas y nuestras pr?cticas institucionales.? (Pablo da Silveira, Laicidad, esa rareza, en: Roger Geymonat (compilador), Las religiones en el Uruguay. Algunas aproximaciones, Ediciones La Gotera, Montevideo 2004, p. 211).

En cuarto lugar recuerdo que en todo el mundo existe hoy una fuerte tendencia al divorcio entre la moral y el derecho

Esta tendencia se manifiesta, con frecuencia creciente, mediantenumerosas iniciativas (logradas o no) a favor de la legalizaci?n del aborto, la fecundaci?n in vitro, la experimentaci?n con embriones, la clonaci?n humana, la eutanasia, el divorcio por la sola voluntad de cualquiera de los c?nyuges, las ?uniones libres?, el ?matrimonio homosexual?, etc. En la cultura relativista, la moral pertenece al ?mbito de los sentimientos, de lo irracional, de lo privado, sin vigencia en el ?mbito p?blico. La ley se comprende y se practica en clave positivista. Se busca proteger los derechos humanos, pero ?stos son privados de su fundamento trascendente, exponi?ndolos a ser desconocidos o distorsionados por la dictadura de la mayor?a. Se inventan nuevos y falsos derechos humanos: los ?derechos sexuales y reproductivos?. Se producen impunemente diversos atentados contra la libertad de educaci?n y la libertad de expresi?n acerca de temas morales, etc.

En quinto lugar, se difunde actualmente con mucha fuerza en todo el mundo una ideolog?a feminista radical, llamada ?perspectiva de g?nero?, que procura el divorcio entre la naturaleza y la cultura. Se minimiza la importancia de la naturaleza ( el ?sexo?) y se prioriza el ?g?nero?, concebido como una mera construcci?n cultural. Se sostiene la existencia de m?ltiples ?g?neros? (al menos cinco) y se defiende la libre elecci?n de la ?orientaci?n sexual?, como un derecho humano b?sico. Se promueve la ?diversidad sexual? y se denuncia cualquier visi?n discrepante con esta ideolog?a como fundamentalismo y discriminaci?n.

En sexto lugar, desde hace unos 50 a?os se promueve el divorcio entre la relaci?n sexual y la procreaci?n, primero mediante la anticoncepci?n y luego tambi?n a trav?s de la fecundaci?n artificial. La anticoncepci?n tiende a banalizar las relaciones sexuales, priv?ndolas de su apertura a la fecundidad, mientras que la fecundaci?n artificial tiende a convertir al ser humano en un producto de laboratorio, comprable por cat?logo.

En s?ptimo y ?ltimo lugar, el ?humanismo secular? que padece nuestra civilizaci?n se caracteriza por el divorcio entre la moral, por un lado, y la econom?a, la ciencia y la tecnolog?a, por otro lado. La ciencia y la tecnolog?a practicadas sin l?mites ?ticos se convierten en una gran amenaza contra el g?nero humano. Incrementan cada vez m?s el poder del hombre, pero ?ste sigue desorientado en torno a la forma correcta de usar ese poder siempre creciente. La econom?a tiende a sustentarse en una visi?n reduccionista del ser humano como simple productor o consumidor de bienes y servicios. La empresa, motor de la econom?a, tiende a estar motivada principalmente por un af?n desenfrenado de lucro. Si bien ?ltimamente se est? difundiendo la noci?n de responsabilidad social empresarial, muchas veces est? noci?n encubre una nueva manifestaci?n del viejo economicismo. As? la responsabilidad social empresarial se convierte, en muchos casos, en una continuaci?n del af?n desordenado de lucro por otros medios. El ?marketing social? se vuelve una herramienta m?s del business as usual.

Los siete ?divorcios? enumerados tienen su primer principio en el ?divorcio? fundamental entre el hombre y Dios, propio del ate?smo pr?ctico, cuya primera consecuencia es el ?divorcio? entre el hombre y su pr?jimo, propio del individualismo.

Frente a esta triste y amenazadora situaci?n, los cristianos debemos asumir con renovado ardor la gran tarea de la evangelizaci?n de la cultura, re-edificando la cultura cristiana y sembrando la buena noticia de la verdad cristiana en las familias, las empresas, los centros educativos, los medios de comunicaci?n social, los partidos pol?ticos, etc. Nuestra tarea pol?tica consiste fundamentalmente en reconstruir en la sociedad los v?nculos deshechos por la ?cultura del divorcio?.

Tres modelos de participaci?n pol?tica de los cat?licos

Como nos recordaron hace alg?n tiempo los Obispos uruguayos, la acci?n pol?tica de los cat?licos debe ser regida por los tres principios b?sicos sintetizados en esta c?lebre m?xima de San Agust?n: ?Unidad en lo necesario, libertad en lo opinable, caridad en todo (cf. Conferencia Episcopal Uruguaya, Cat?licos. Sociedad. Pol?tica. Documento pastoral y de trabajo de los Obispos para las Comunidades en el A?o Electoral 2004, pp. 65-66):

La unidad en lo necesario exige que nuestra lealtad primera y fundamental est? referida a Jesucristo y a la doctrina cat?lica, tal como ?sta es ense?ada por el Magisterio de la Iglesia.

La libertad en lo opinable supone que cada cat?lico tiene plena libertad de opini?n y de acci?n en todos los asuntos sobre los cuales la doctrina de la Iglesia no se pronuncia. Pero debe evitar presentar su opini?n como la ?nica cristianamente leg?tima (cf. C?digo de Derecho Can?nico, cc. 227; 212,1; 747,2).

La caridad, forma de todas las virtudes, no puede dejar de informar tambi?n los actos pol?ticos.

A continuaci?n describir? brevemente, en funci?n de estos principios, tres modelos de participaci?n pol?tica del pueblo cat?lico.

El primer modelo es el del partido pol?tico cat?lico ??nico?. Digo ??nico?, no porque implique la inexistencia de otros partidos, sino porque este partido confesional, con el apoyo expl?cito o impl?cito de la Jerarqu?a de la Iglesia, es considerado como el ?nico que puede ser votado leg?timamente por los ciudadanos cat?licos. Este modelo privilegia la unidad en detrimento de la libertad. En Uruguay hubo un intento de aproximaci?n a este modelo a principios del siglo XX, mediante la creaci?n de la Uni?n C?vica (cf. DTS, cap. 8, nn. 16-22).

El segundo modelo es el de la pluralidad de partidos pol?ticos, confesionales o no. Se reconoce de buen grado que cada ciudadano cat?lico puede votar leg?timamente a cualquier partido cuya propuesta sea sustancialmente compatible con la fe cristiana. Este modelo privilegia la libertad en detrimento de la unidad. En nuestro pa?s se impuso despu?s del Concilio Vaticano II y sigue a?n vigente, predominando incluso la idea de que la ?poca de que los partidos confesionales ha pasado y que los cat?licos deben insertarse en los partidos no confesionales para actuar ?como levadura en la masa?.

Estos dos modelos no se dieron de un modo qu?micamente puro. Generalmente el partido cat?lico ??nico? no lleg? a reunir los votos de todos los cat?licos de su respectivo pa?s. Por ejemplo, en Uruguay, en su ?poca de mayor auge (a mediados del siglo XX), la Uni?n C?vica no lleg? a captar m?s que un 5% de todo el electorado. Por otra parte, hoy es frecuente encontrar ciudadanos cat?licos en todos los partidos pol?ticos, incluso en aquellos que son incompatibles con la fe cat?lica.

Estos dos modelos de organizaci?n (o desorganizaci?n) de la participaci?n pol?tica del pueblo cat?lico se han enfrentado al siguiente dilema.

La vida pol?tica cotidiana transcurre habitualmente en el ?eje horizontal? y en este eje muchas veces hay menor distancia entre un cat?lico y un no cat?lico, ambos de centro-izquierda o ambos de centro-derecha, que entre dos cat?licos, uno de centro-derecha y otro de centro-izquierda. As? el primer modelo se ve sometido a una fuerza centr?fuga que tiende a dividir al partido confesional seg?n las distintas tendencias horizontales.

La vida pol?tica tiene tambi?n un ?eje vertical?, habitualmente oculto, pero siempre determinante. Ocurre normalmente que los partidos pol?ticos no confesionales, organizados en funci?n del ?eje horizontal?, albergan posiciones muy heterog?neas con respecto al ?eje vertical?. Cuando esto se pone de manifiesto, suele ocurrir que los ciudadanos cat?licos que han votado a partidos no confesionales por razones de afinidad en el ?eje horizontal? perciben s?bitamente que esos partidos (o algunos de sus sectores) traicionan radicalmente sus convicciones del ?eje vertical?. Adem?s, entonces suele ocurrir que los ciudadanos cat?licos entrevean que sus discrepancias en el ?eje horizontal? son menos importantes que sus acuerdos en el ?eje vertical?. As? el segundo modelo se ve sometido a una fuerza centr?peta que tiende a reconstituir un partido confesional.

Los defectos de ambos modelos han contribuido a la situaci?n de gran debilidad pol?tica que sufren los cat?licos, en el Uruguay y en otros pa?ses. En el primer modelo, como ya se ha dicho, las diferencias entre los ciudadanos cat?licos sobre asuntos opinables generaron divisiones importantes dentro del partido cat?lico. En el segundo modelo (el actual), la dispersi?n de los cat?licos entre muchos partidos pol?ticos (inclusive m?s all? de los l?mites del pluralismo leg?timo) ha generado una profunda desuni?n entre ellos en el terreno pol?tico, desuni?n que ha sido una de las causas principales de la p?rdida de la influencia cat?lica en la sociedad.

Teniendo todo esto en cuenta, propongo un tercer modelo, que intenta combinar los principios de unidad y libertad de una manera m?s adecuada a la actual situaci?n hist?rica. Me refiero a una plataforma pol?tica cristiana ?transversal?.Sus miembros, manteniendo su adhesi?n a distintos partidos pol?ticos compatibles con la fe cristiana y su libertad de acci?n en los asuntos opinables, actuar?an unidos -como si fueran un partido- en todas aquellas materias sobre las cuales la doctrina cat?lica exige una postura definida. Esta plataforma pol?tica cristiana -que en mi pa?s podr?a ser denominada, por ejemplo, ?Cristianos por el Uruguay?- no ser?a un partido pol?tico y por lo tanto no participar?a en las elecciones con listas propias. Se configurar?a como una corriente de pensamiento y de acci?n transversal a los partidos pol?ticos.En el Parlamento, la plataforma que propongo podr?a funcionar de un modo an?logo a la bancada feminista. Las legisladoras feministas pertenecen a distintos partidos, opinan y votan de un modo divergente en multitud de asuntos, pero convergen a la hora de defender lo que ellas entienden como derechos de la mujer.

El ideario de la nueva organizaci?n consistir?a en toda la doctrina social de la Iglesia y s?lo la doctrina social de la Iglesia. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia ser?a para ella una referencia te?rica b?sica. La Carta de los Derechos de la Familia publicada por la Santa Sede en 1983 podr?a servirle casi como un breve programa de principios, dado que, desde el punto de vista de la familia, especifica lo que el Papa Benedicto XVI llama ?principios no negociables? de los cat?licos en la vida pol?tica: derecho a la vida, constituci?n natural del matrimonio y de la familia, libertad de educaci?n, libertad religiosa, bien com?n, etc.

Para ser una fuerza operativa, hist?ricamente relevante, esta plataforma pol?tica cristiana deber?a trascender la mera unidad te?rica o doctrinal y llegar al plano de la acci?n. Esto requiere la forja de acuerdos m?nimos para llevar los principios a la pr?ctica, lo cual supone el cultivo de una cultura de cooperaci?n. Ilustrar? esto con un ejemplo: todo cat?lico debe rechazar la legalizaci?n del aborto, por lo cual debe apoyar alternativas al aborto. Pues bien, pienso que los laicos cat?licos deber?amos evitar nuestra arraigada tendencia a sobrevalorar nuestras diferencias de matices sobre aspectos secundarios y mostrarnos capaces de unirnos en torno a proyectos concretos de alternativas al aborto, aunque estos proyectos hagan opciones contingentes. M?s a?n, deber?amos superar nuestra tendencia a ejercer nuestras responsabilidades pol?ticas de un modo individualista o an?rquico, y organizarnos adecuadamente, aceptando la existencia de liderazgos.

La plataforma ?Cristianos por el Uruguay? tendr?a un ?n?cleo? formado por cat?licos fieles al Magisterio de la Iglesia, pero estar?a abierta a cristianos de otras denominaciones y a tambi?n a creyentes no cristianos y no creyentes de buena voluntad, siempre que reconozcan la vigencia de la ley moral natural.

Desde el punto de vista can?nico, ?Cristianos por el Uruguay? ser?a una asociaci?n privada de fieles. Es decir que la Iglesia la reconocer?a como una asociaci?n cat?lica, pero que no act?a oficialmente en representaci?n de la Iglesia, sino de un modo aut?nomo. Obviamente, ser?a una asociaci?n voluntaria, pero ser?a muy conveniente que tendiera a abarcar a todos los pol?ticos y legisladores cat?licos y a concitar el apoyo de todos los ciudadanos cat?licos del pa?s. Naturalmente, ser?a importante que la Jerarqu?a de la Iglesia viera con simpat?a una iniciativa de este tipo (o al menos no se opusiera a ella) y que se estableciera un di?logo fruct?fero entre los Obispos y la nueva asociaci?n.

La creaci?n de una plataforma pol?tica cristiana transversal a fin de practicar la ?unidad en lo necesario? en el terreno pol?tico no es en absoluto una tarea f?cil. Entre los obst?culos principales destaco los siguientes dos: por una parte, algunos cat?licos rechazar?n esta iniciativa, calific?ndola de un modo superficial, err?neo o incluso irrelevante, como ?preconciliar?; por otra parte, los sectores laicistas la rechazar?n por considerarla falsamente como un atentado a la laicidad del Estado. Sin embargo, la aut?ntica laicidad no puede suponer que los cristianos se vean impedidos de brindar su aporte a la comunidad pol?tica en cuanto cristianos.

Terminar? esta presentaci?n con algunas conclusiones pr?cticas. La grave situaci?n actual requiere que los fieles laicos salgamos cuanto antes de la apat?a o la resignaci?n pol?ticas. Lo primero que debemos procurar es que los cat?licos conozcan la doctrina de la Iglesia y dejen de votar a candidatos y partidos cuyas propuestas la contradicen. La demanda para una fuerza pol?tica cat?lica relevante existe; falta s?lo organizarla y manifestarla. Es necesario que nos fijemos objetivos realistas y que trabajemos fraternalmente unidos para alcanzarlos. En el camino no faltar?n dificultades ni persecuciones. Estemos dispuestos al sacrificio por el Reino de Cristo.

Publicado por mario.web @ 23:50
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