S?bado, 07 de mayo de 2011

Fuente: www.vatican.va
Autor: S.S. Benedicto XVI

CARTA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CAT?LICA
SOBRE LA REMISI?N DE LA EXCOMUNI?N DE LOS CUATRO OBISPOS
CONSAGRADOS POR EL ARZOBISPO LEFEBVRE



Queridos Hermanos en el ministerio episcopal

La remisi?n de la excomuni?n a los cuatro Obispos consagrados en el a?o 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por m?ltiples razones dentro y fuera de la Iglesia cat?lica una discusi?n de una vehemencia como no se hab?a visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y dif?cil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposici?n del Papa a la reconciliaci?n, a ello se contrapon?a sin embargo la cuesti?n sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atr?s, hasta antes del Concilio. Se desencaden? as? una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban m?s all? de este momento. Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a m? y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.

Una contrariedad para m? imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisi?n de la excomuni?n. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados v?lidamente pero no leg?timamente, apareci? de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negaci?n de la reconciliaci?n entre cristianos y jud?os y, por tanto, como la revocaci?n de lo que en esta materia el Concilio hab?a aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitaci?n a la reconciliaci?n con un grupo eclesial implicado en un proceso de separaci?n, se transform? as? en su contrario: un aparente volver atr?s respecto a todos los pasos de reconciliaci?n entre los cristianos y jud?os que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teol?gico. Que esta superposici?n de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y jud?os, as? como tambi?n la paz dentro de la Iglesia, es algo que s?lo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atenci?n las noticias accesibles por Internet habr?a dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lecci?n de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar m?s atenci?n a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que tambi?n los cat?licos, que en el fondo hubieran podido saber mejor c?mo est?n las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos jud?os que han ayudado a deshacer r?pidamente el malentendido y a restablecer la atm?sfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, tambi?n ha habido durante todo el per?odo de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.

Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los l?mites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicaci?n. La excomuni?n afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenaci?n episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanci?n m?s dura, la excomuni?n, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte a?os despu?s de la ordenaci?n, este objetivo no se ha alcanzado todav?a. La remisi?n de la excomuni?n tiende al mismo fin al que sirve la sanci?n: invitar una vez m?s a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible despu?s de que los interesados reconocieran en l?nea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinci?n entre persona e instituci?n. La remisi?n de la excomuni?n ha sido un procedimiento en el ?mbito de la disciplina eclesi?stica: las personas ven?an liberadas del peso de conciencia provocado por la sanci?n eclesi?stica m?s grave. Hay que distinguir este ?mbito disciplinar del ?mbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San P?o X no posea una posici?n can?nica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posici?n can?nica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios leg?timos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la instituci?n. Para precisarlo una vez m?s: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ning?n estado can?nico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanci?n eclesi?stica, no ejercen leg?timamente ministerio alguno en la Iglesia.

A la luz de esta situaci?n, tengo la intenci?n de asociar pr?ximamente la Pontificia Comisi?n "Ecclesia Dei", instituci?n competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San P?o X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comuni?n con el Papa, con la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptaci?n del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregaci?n estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reuni?n de los Cardenales el mi?rcoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicaci?n de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al a?o 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar tambi?n que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las ra?ces de las que el ?rbol vive.

Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como tambi?n sus l?mites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuesti?n: ?Era necesaria tal iniciativa? ?Constitu?a realmente una prioridad? ?No hay cosas mucho m?s importantes? Ciertamente hay cosas m?s importantes y urgentes. Creo haber se?alado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronunci? en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi l?nea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Se?or en el Cen?culo de manera inequ?voca: "T?? confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro formul? de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre prontos para dar raz?n de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe est? en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que est? por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habl? en el Sina?; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El aut?ntico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientaci?n, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez m?s de manifiesto.

Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: ?sta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia l?gica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposici?n interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio com?n de fe de los cristianos ?al ecumenismo? est? incluido en la prioridad suprema. A esto se a?ade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el di?logo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensi?n social de la fe cristiana, de la que habl? en la Enc?clica Deus caritas est.

Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la aut?ntica prioridad para la Iglesia, entonces tambi?n forman parte de ella las reconciliaciones peque?as y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirti?ndose precisamente as? en lo contrario de una reconciliaci?n, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ?Era y es realmente una equivocaci?n, tambi?n en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliaci?n? ?Acaso la sociedad civil no debe intentar tambi?n prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios ?en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregaci?n con todas sus consecuencias? ?Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disoluci?n de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los a?os posteriores a 1988 c?mo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; c?mo el regreso a la gran y amplia Iglesia com?n ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ?Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ?Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con ?l, al Dios vivo. ?Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la b?squeda de la reconciliaci?n y de la unidad? ?Qu? ser? de ellos luego?

Ciertamente, desde hace mucho tiempo y despu?s una y otra vez, en esta ocasi?n concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunci?n, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo a?adir que he recibido tambi?n una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percib?a una apertura de los corazones. ?Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser tambi?n generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ?No debemos como buenos educadores ser capaces tambi?n de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces? ?Y acaso no debemos admitir que tambi?n en el ?mbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresi?n de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acerc?rsele ?en este caso el Papa? tambi?n ?l pierde el derecho a la tolerancia y puede tambi?n ser tratado con odio, sin temor ni reservas.

Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los d?as en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percib? con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: ?No una libertad para que se aproveche el ego?smo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amar?s al pr?jimo como a ti mismo". Pero, atenci?n: que si os mord?is y devor?is unos a otros, terminar?is por destruiros mutuamente?. Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones ret?ricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser tambi?n as?. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe tambi?n hoy en la Iglesia como expresi?n de una libertad mal interpretada. ?Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los G?latas? Que ?quiz?s estemos amenazados por las mismas tentaciones? ?Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ?Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el d?a en que habl? de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, Mar?a nos ense?a la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. ?l nos guiar?, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de coraz?n a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve tambi?n para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Se?or nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la v?a de la paz. Es un deseo que me brota espont?neo del coraz?n al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo lit?rgico particularmente favorable a la purificaci?n interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.

Con una especial Bendici?n Apost?lica me confirmo

Vuestro en el Se?or

Benedictus PP. XVI


Vaticano, 10 de marzo de 2009.


Publicado por mario.web @ 1:55
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