S?bado, 07 de mayo de 2011

Una devoci?n orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo.
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholicnet
Los cat?licos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han quedado condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en muchas otras ocasiones, los contenidos m?s importantes de nuestra fe cristiana.

Podr?amos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo tambi?n una especie de frase oculta, compuesta por cinco palabras: ?Creo en la misericordia divina?. No se trata aqu? de a?adir una nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar a?n m?s la centralidad del perd?n de Dios, de la misericordia divina, como parte de nuestra fe.

Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (1Jn 4,8 y 4,16). Por amor cre? el universo; por amor suscit? la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite so?ar y re?r, suspirar y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.

El amor, sin embargo, tropez? con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetr? en el mundo y que fue acompa?ado por el drama de la muerte (Rm 5,12). Desde entonces, la historia humana qued? herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones, abusos de ni?os y esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotaci?n de los obreros y asesinatos masivos por motivos raciales o ideol?gicos.

Una historia te?ida de sangre, de pecado. Una historia que tambi?n es (mejor, que es sobre todo) el campo de la acci?n de un Dios que es capaz de superar el mal con la misericordia, el pecado con el perd?n, la ca?da con la gracia, el fango con la limpieza, la sangre con el vino de bodas.

S?lo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el coraz?n manchados por infinitas miserias, simplemente porque ama, porque su amor es m?s fuerte que el pecado.

Dios eligi? por amor a un pueblo, Israel, como se?al de su deseo de salvaci?n universal, movido por una misericordia infinita. Envi? profetas y se?ales de esperanza. Repiti? una y otra vez que la misericordia era m?s fuerte que el pecado. Permiti? que en la Cruz de Cristo el mal fuese derrotado, que fuese devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las misericordias.

Descubrimos as? que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos. ?Como se alzan los cielos por encima de la tierra, as? de grande es su amor para quienes le temen; tan lejos como est? el oriente del ocaso aleja ?l de nosotros nuestras rebeld?as? (Sal 103,11-12).

La experiencia del perd?n levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mes?n. Como ense?aban los Santos Padres, Jes?s es el buen samaritano que toma sobre s? a la humanidad entera; que me recoge a m?, cuando estoy tirado en el camino, herido por mis faltas, para curarme, para traerme a casa.

Ense?ar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dej? el Papa Juan Pablo II. Especialmente en la enc?clica ?Dives in misericordia? (Dios rico en misericordia), donde explic? la relaci?n que existe entre el pecado y la grandeza del perd?n divino: ?Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que ?Dios am? tanto... que le dio su Hijo unig?nito?, Dios, que ?es amor?, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no s?lo con la verdad m?s profunda de ese amor que es Dios, sino tambi?n con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal? (Dives in misericordia n. 13).

Adem?s, Juan Pablo II quiso divulgar la devoci?n a la divina misericordia que fue manifestada a santa Faustina Kowalska. Una devoci?n que est? completamente orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo. Reconocer ese amor, reconocer esa misericordia, abre el paso al cambio m?s profundo de cualquier coraz?n humano, al arrepentimiento sincero, a la confianza en ese Dios que vence el mal (siempre limitado y contingente) con la fuerza del bien y del amor omnipotente.

Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro lado y nos purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: ?Era yo, yo mismo el que ten?a que limpiar tus rebeld?as por amor de m? y no recordar tus pecados? (Is 43,25). Creo en el Dios que dijo en la cruz ?Padre, perd?nales, porque no saben lo que hacen? (Lc 23,34), y que celebra un banquete infinito cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (Lc 15). Creo en el Dios que, a pesar de la dureza de los hombres, a pesar de los errores de algunos bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su perd?n, levanta a los ca?dos, perdona los pecados.

Creo en la misericordia divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (Sal 106,1), porque nos ha regenerado y salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos (1Jn 3,1).

A ese Dios misericordioso le digo, desde lo m?s profundo de mi coraz?n, que sea siempre alabado y bendecido, que camine siempre a nuestro lado, que venza con su amor nuestro pecado. ?Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Se?or Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrecci?n de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvaci?n, dispuesta ya a ser revelada en el ?ltimo momento? (1Pe 1,3-5).


Publicado por mario.web @ 9:14
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