S?bado, 07 de mayo de 2011

Fuente: www.fluvium.org
Autor: Enrique Monasterio

Tengo ante los ojos el libro Guinness de los r?cords. Est? espl?ndidamente encuadernado y lleno de fotograf?as. Su lectura es f?cil, porque permite picotear en cualquier p?gina sin orden ni concierto, y su contenido es fascinante.

Ahora me entero, por ejemplo, de que el r?cord mundial de lanzamiento de escupitajos est? en poder de Harold Fielden, quien en el III Campeonato Internacional de salivazos, eructos y tacos celebrado en Central City, Colorado (USA), expeli? un portentoso gargajo hasta 10,36 metros de distancia. Tambi?n descubro que la lozana laringe de Errold Bird fue capaz de emitir tarariros tiroleses a plena potencia durante 26 horas seguidas.

Abrumado por tan sorprendentes registros, me pregunto qu? mentalidad puede llevar a un ciudadano a intentar batir el r?cord mundial de lanzamiento de huevos de gallina (96, 90 m.) y qu? misterioso s?ndrome impulsa a los dem?s contribuyentes a entusiasmarnos con la lectura de marcas tan idiotas.

Mi conclusi?n ?probablemente discutible? es que nos encontramos en la era de la trivialidad. Es el triunfo de lo leve, la apoteosis de lo ingr?vido en una sociedad competitiva, pero que ya no se atreve a competir en lo verdaderamente grande.

Veamos si me explico.

Hubo un tiempo en el que los concursos radiof?nicos o televisivos premiaban a personas que sab?an m?s que nadie sobre determinadas materias o que hab?an hecho algo extraordinario en la vida.

En los a?os 50, por ejemplo, la radio hizo c?lebre en Espa?a a un gordito con cara de flan que conoc?a cada minuto de la vida de Puccini. Poco despu?s, un bedel de la Universidad de Barcelona se nos revel? en la tele como experto ornit?logo. Y algo m?s tarde nos presentaron a un joven polic?a con perfil de ?guila culebrera, que conoc?a todas las monta?as del planeta, y gan? una pasta demostr?ndolo cara al p?blico. Se llamaba P?rez de Tudela, y todav?a anda por ah? dando guerra.

Pero pasaron los a?os, y ahora nadie parecen tener ganas de descubrir genios ocultos. Se dir?a que ser el mejor en algo importante ya no vale la pena. Lo que cuenta ?eso s? es ganar m?s millones que nadie, y para conseguirlo basta con adivinar el precio justo de un lavaplatos, con deducir detr?s de qu? panel se encuentra el coche so?ado o en qu? casilla del damero est? el viaje al caribe-con-todos-los-gastos-

pagados-gentileza-de-viajes-halc?n.

Y es que lo importante es jugar. Todos tienen derecho a vencer, que la vida es un juego, un pelotazo al alcance de listos y de memos.

Es significativo que uno de los pasatiempos m?s extendidos en la ?ltima d?cada haya sido el "tr?vial" (el acento en la ? sirve para que suene a?n m?s trivial). El "tr?vial" es s?lo un cuestionario de ingeniosas preguntas. Pero que nadie se asuste. No se necesitan conocimientos especiales. Aunque uno las falle todas, no importa. ?Quien se sentir?a humillado por desconocer semejante elenco de simplezas? Y, precisamente porque de estupideces se trata, hasta el m?s bobo puede ganar, cualquiera puede ser r?cord mundial en trivialidades.

?Veis? Hemos logrado hacer compatible el igualitarismo con la competitividad. Hasta ahora s?lo venc?an los mejores, los m?s listos o los m?s esforzados. Pero esto es injusto: tambi?n los vagos, los fr?volos y los memos tienen derecho a su peque?o triunfo. ?Por qu? no vamos a ser todos r?cord de algo? A?n hay muchas marcas por batir.

Os pregunt?is a d?nde quiero ir a parar. De momento, si yo fuera, pongamos por caso, recordman mundial de los 10.000 metros, pedir?a a los editores que me sacaran del Guinness, para no compartir p?ginas con el lanzador de escupitajos. Es para que no me salpique. Porque a?n hay clases, mire usted.

Adem?s temo que si la recordman?a sigue proliferando, mi vecino de enfrente trate de batir el r?cord mundial de horas-televisi?n-encendida-a-toda-pastilla, o que alguien pretenda cocinar en el Pantano de Lozoya la sopa de ajo m?s caudalosa de la historia.

Os aseguro que no tengo nada contra los r?cords. Todo esto es s?lo una broma. Pero quiz? no est? de m?s recordar que las metas importantes no caben en el Guinness, que este libro nunca nos dir? qui?n tiene el r?cord de sabidur?a, de sinceridad, de amor o de humildad.

Cuando los enamorados afirman querer m?s que nadie en el mundo no mienten, porque el amor aut?ntico siempre es el m?s grande; pero tampoco pretenden batir una marca para ganar al vecino. Y cuando uno se siente el hombre m?s feliz de la tierra, lo es de verdad, aunque haya otros que lo sean tambi?n.

San Josemar?a escribi? hace muchos a?os: Jes?s, que sea yo el ?ltimo en todo... y el primero en el Amor.

Es renunciar a todos los records para quedarse con la mejor medalla.

Publicado por mario.web @ 15:01
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