S?bado, 07 de mayo de 2011

Fuente: Libreria Editrice Vaticana
Autor: S.S. Benedicto XVI

CAP?TULO QUINTO

LA COLABORACI?N
DE LA FAMILIA HUMANA


53. Una de las pobrezas m?s hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, tambi?n las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una tragedia original de cerraz?n del hombre en s? mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un ?extranjero? en un universo que se ha formado por casualidad. El hombre est? alienado cuando vive solo o se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un Fundamento[125]. Toda la humanidad est? alienada cuando se entrega a proyectos exclusivamente humanos, a ideolog?as y utop?as falsas[126]. Hoy la humanidad aparece mucho m?s interactiva que antes: esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera comuni?n. El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comuni?n y est? integrada por seres que no viven simplemente uno junto al otro[127].

Pablo VI se?alaba que ?el mundo se encuentra en un lamentable vac?o de ideas?[128]. La afirmaci?n contiene una constataci?n, pero sobre todo una aspiraci?n: es preciso un nuevo impulso del pensamiento para comprender mejor lo que implica ser una familia; la interacci?n entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese impulso, para que la integraci?n se desarrolle bajo el signo de la solidaridad[129] en vez del de la marginaci?n. Dicho pensamiento obliga a una profundizaci?n cr?tica y valorativa de la categor?a de la relaci?n. Es un compromiso que no puede llevarse a cabo s?lo con las ciencias sociales, dado que requiere la aportaci?n de saberes como la metaf?sica y la teolog?a, para captar con claridad la dignidad trascendente del hombre.

La criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto m?s las vive de manera aut?ntica, tanto m?s madura tambi?n en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aisl?ndose sino poni?ndose en relaci?n con los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental. Esto vale tambi?n para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy ?til para su desarrollo una visi?n metaf?sica de la relaci?n entre las personas. A este respecto, la raz?n encuentra inspiraci?n y orientaci?n en la revelaci?n cristiana, seg?n la cual la comunidad de los hombres no absorbe en s? a la persona anulando su autonom?a, como ocurre en las diversas formas del totalitarismo, sino que la valoriza m?s a?n porque la relaci?n entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo[130]. De la misma manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas que la componen, y la Iglesia misma valora plenamente la ?criatura nueva? (Ga 6,15; 2 Co 5,17), que por el bautismo se inserta en su Cuerpo vivo, as? tambi?n la unidad de la familia humana no anula de por s? a las personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace m?s transparentes los unos con los otros, m?s unidos en su leg?tima diversidad.

54. El tema del desarrollo coincide con el de la inclusi?n relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la ?nica comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de la justicia y la paz. Esta perspectiva se ve iluminada de manera decisiva por la relaci?n entre las Personas de la Trinidad en la ?nica Sustancia divina. La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas divinas son relacionalidad pura. La transparencia rec?proca entre las Personas divinas es plena y el v?nculo de una con otra total, porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere tambi?n asociar a esa realidad de comuni?n: ?para que sean uno, como nosotros somos uno? (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento de esta unidad[131]. Tambi?n las relaciones entre los hombres a lo largo de la historia se han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En particular, a la luz del misterio revelado de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa dispersi?n centr?fuga, sino compenetraci?n profunda. Esto se manifiesta tambi?n en las experiencias humanas comunes del amor y de la verdad. Como el amor sacramental une a los esposos espiritualmente en ?una sola carne? (Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y de dos que eran hace de ellos una unidad relacional y real, de manera an?loga la verdad une los esp?ritus entre s? y los hace pensar al un?sono, atray?ndolos y uni?ndolos en ella.

55. La revelaci?n cristiana sobre la unidad del g?nero humano presupone una interpretaci?n metaf?sica del humanum, en la que la relacionalidad es elemento esencial. Tambi?n otras culturas y otras religiones ense?an la fraternidad y la paz y, por tanto, son de gran importancia para el desarrollo humano integral. Sin embargo, no faltan actitudes religiosas y culturales en las que no se asume plenamente el principio del amor y de la verdad, terminando as? por frenar el verdadero desarrollo humano e incluso por impedirlo. El mundo de hoy est? siendo atravesado por algunas culturas de trasfondo religioso, que no llevan al hombre a la comuni?n, sino que lo a?slan en la b?squeda del bienestar individual, limit?ndose a gratificar las expectativas psicol?gicas. Tambi?n una cierta proliferaci?n de itinerarios religiosos de peque?os grupos, e incluso de personas individuales, as? como el sincretismo religioso, pueden ser factores de dispersi?n y de falta de compromiso. Un posible efecto negativo del proceso de globalizaci?n es la tendencia a favorecer dicho sincretismo[132], alimentando formas de ?religi?n? que alejan a las personas unas de otras, en vez de hacer que se encuentren, y las apartan de la realidad. Al mismo tiempo, persisten a veces parcelas culturales y religiosas que encasillan la sociedad en castas sociales est?ticas, en creencias m?gicas que no respetan la dignidad de la persona, en actitudes de sumisi?n a fuerzas ocultas. En esos contextos, el amor y la verdad encuentran dificultad para afianzarse, perjudicando el aut?ntico desarrollo.

Por este motivo, aunque es verdad que, por un lado, el desarrollo necesita de las religiones y de las culturas de los diversos pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad tambi?n que es necesario un adecuado discernimiento. La libertad religiosa no significa indiferentismo religioso y no comporta que todas las religiones sean iguales[133]. El discernimiento sobre la contribuci?n de las culturas y de las religiones es necesario para la construcci?n de la comunidad social en el respeto del bien com?n, sobre todo para quien ejerce el poder pol?tico. Dicho discernimiento deber? basarse en el criterio de la caridad y de la verdad. Puesto que est? en juego el desarrollo de las personas y de los pueblos, tendr? en cuenta la posibilidad de emancipaci?n y de inclusi?n en la ?ptica de una comunidad humana verdaderamente universal. El criterio para evaluar las culturas y las religiones es tambi?n ?todo el hombre y todos los hombres?. El cristianismo, religi?n del ?Dios que tiene un rostro humano?[134], lleva en s? mismo un criterio similar.

56. La religi?n cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera p?blica, con espec?fica referencia a la dimensi?n cultural, social, econ?mica y, en particular, pol?tica. La doctrina social de la Iglesia ha nacido para reivindicar esa ?carta de ciudadan?a?[135] de la religi?n cristiana. La negaci?n del derecho a profesar p?blicamente la propia religi?n y a trabajar para que las verdades de la fe inspiren tambi?n la vida p?blica, tiene consecuencias negativas sobre el verdadero desarrollo. La exclusi?n de la religi?n del ?mbito p?blico, as? como, el fundamentalismo religioso por otro lado, impiden el encuentro entre las personas y su colaboraci?n para el progreso de la humanidad. La vida p?blica se empobrece de motivaciones y la pol?tica adquiere un aspecto opresor y agresivo. Se corre el riesgo de que no se respeten los derechos humanos, bien porque se les priva de su fundamento trascendente, bien porque no se reconoce la libertad personal. En el laicismo y en el fundamentalismo se pierde la posibilidad de un di?logo fecundo y de una provechosa colaboraci?n entre la raz?n y la fe religiosa. La raz?n necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale tambi?n para la raz?n pol?tica, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religi?n tiene siempre necesidad de ser purificada por la raz?n para mostrar su aut?ntico rostro humano. La ruptura de este di?logo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad.

57. El di?logo fecundo entre fe y raz?n hace m?s eficaz el ejercicio de la caridad en el ?mbito social y es el marco m?s apropiado para promover la colaboraci?n fraterna entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz de la humanidad. Los Padres conciliares afirmaban en la Constituci?n pastoral Gaudium et spes: ?Seg?n la opini?n casi un?nime de creyentes y no creyentes, todo lo que existe en la tierra debe ordenarse al hombre como su centro y su culminaci?n?[136]. Para los creyentes, el mundo no es fruto de la casualidad ni de la necesidad, sino de un proyecto de Dios. De ah? nace el deber de los creyentes de aunar sus esfuerzos con todos los hombres y mujeres de buena voluntad de otras religiones, o no creyentes, para que nuestro mundo responda efectivamente al proyecto divino: vivir como una familia, bajo la mirada del Creador. Sin duda, el principio de subsidiaridad[137], expresi?n de la inalienable libertad humana. La subsidiaridad es ante todo una ayuda a la persona, a trav?s de la autonom?a de los cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por s? mismos, implicando siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la libertad y la participaci?n a la hora de asumir responsabilidades. La subsidiaridad respeta la dignidad de la persona, en la que ve un sujeto siempre capaz de dar algo a los otros. La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma parte de la constituci?n ?ntima del ser humano, es el ant?doto m?s eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella puede dar raz?n tanto de la m?ltiple articulaci?n de los niveles y, por ello, de la pluralidad de los sujetos, como de su coordinaci?n. Por tanto, es un principio particularmente adecuado para gobernar la globalizaci?n y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano. Para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocr?tico, el gobierno de la globalizaci?n debe ser de tipo subsidiario, articulado en m?ltiples niveles y planos diversos, que colaboren rec?procamente. La globalizaci?n necesita ciertamente una autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecuci?n de un bien com?n global; sin embargo, dicha autoridad deber? estar organizada de modo subsidiario y con divisi?n de poderes[138], tanto para no herir la libertad como para resultar concretamente eficaz.

58. El principio de subsidiaridad debe mantenerse ?ntimamente unido al principio de la solidaridad y viceversa, porque as? como la subsidiaridad sin la solidaridad desemboca en el particularismo social, tambi?n es cierto que la solidaridad sin la subsidiaridad acabar?a en el asistencialismo que humilla al necesitado. Esta regla de car?cter general se ha de tener muy en cuenta incluso cuando se afrontan los temas sobre las ayudas internacionales al desarrollo. ?stas, por encima de las intenciones de los donantes, pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso favorecer situaciones de dominio local y de explotaci?n en el pa?s que las recibe. Las ayudas econ?micas, para que lo sean de verdad, no deben perseguir otros fines. Han de ser concedidas implicando no s?lo a los gobiernos de los pa?ses interesados, sino tambi?n a los agentes econ?micos locales y a los agentes culturales de la sociedad civil, incluidas las Iglesias locales. Los programas de ayuda han de adaptarse cada vez m?s a la forma de los programas integrados y compartidos desde la base. En efecto, sigue siendo verdad que el recurso humano es m?s valioso de los pa?ses en v?as de desarrollo: ?ste es el aut?ntico capital que se ha de potenciar para asegurar a los pa?ses m?s pobres un futuro verdaderamente aut?nomo. Conviene recordar tambi?n que, en el campo econ?mico, la ayuda principal que necesitan los pa?ses en v?as de desarrollo es permitir y favorecer cada vez m?s el ingreso de sus productos en los mercados internacionales, posibilitando as? su plena participaci?n en la vida econ?mica internacional. En el pasado, las ayudas han servido con demasiada frecuencia s?lo para crear mercados marginales de los productos de esos pa?ses. Esto se debe muchas veces a una falta de verdadera demanda de estos productos: por tanto, es necesario ayudar a esos pa?ses a mejorar sus productos y a adaptarlos mejor a la demanda. Adem?s, algunos han temido con frecuencia la competencia de las importaciones de productos, normalmente agr?colas, provenientes de los pa?ses econ?micamente pobres. Sin embargo, se ha de recordar que la posibilidad de comercializar dichos productos significa a menudo garantizar su supervivencia a corto o largo plazo. Un comercio internacional justo y equilibrado en el campo agr?cola puede reportar beneficios a todos, tanto en la oferta como en la demanda. Por este motivo, no s?lo es necesario orientar comercialmente esos productos, sino establecer reglas comerciales internacionales que los sostengan, y reforzar la financiaci?n del desarrollo para hacer m?s productivas esas econom?as.

59. La cooperaci?n para el desarrollo no debe contemplar solamente la dimensi?n econ?mica; ha de ser una gran ocasi?n para el encuentro cultural y humano. Si los sujetos de la cooperaci?n de los pa?ses econ?micamente desarrollados, como a veces sucede, no tienen en cuenta la identidad cultural propia y ajena, con sus valores humanos, no podr?n entablar di?logo alguno con los ciudadanos de los pa?ses pobres. Si ?stos, a su vez, se abren con indiferencia y sin discernimiento a cualquier propuesta cultural, no estar?n en condiciones de asumir la responsabilidad de su aut?ntico desarrollo[139]. Las sociedades tecnol?gicamente avanzadas no deben confundir el propio desarrollo tecnol?gico con una presunta superioridad cultural, sino que deben redescubrir en s? mismas virtudes a veces olvidadas, que las han hecho florecer a lo largo de su historia. Las sociedades en crecimiento deben permanecer fieles a lo que hay de verdaderamente humano en sus tradiciones, evitando que superpongan autom?ticamente a ellas las formas de la civilizaci?n tecnol?gica globalizada. En todas las culturas se dan singulares y m?ltiples convergencias ?ticas, expresiones de una misma naturaleza humana, querida por el Creador, y que la sabidur?a ?tica de la humanidad llama ley natural[140]. Dicha ley moral universal es fundamento s?lido de todo di?logo cultural, religioso y pol?tico, ayudando al pluralismo multiforme de las diversas culturas a que no se alejen de la b?squeda com?n de la verdad, del bien y de Dios. Por tanto, la adhesi?n a esa ley escrita en los corazones es la base de toda colaboraci?n social constructiva. En todas las culturas hay costras que limpiar y sombras que despejar. La fe cristiana, que se encarna en las culturas trascendi?ndolas, puede ayudarlas a crecer en la convivencia y en la solidaridad universal, en beneficio del desarrollo comunitario y planetario.

60. En la b?squeda de soluciones para la crisis econ?mica actual, la ayuda al desarrollo de los pa?ses pobres debe considerarse un verdadero instrumento de creaci?n de riqueza para todos. ?Qu? proyecto de ayuda puede prometer un crecimiento de tan significativo valor -incluso para la econom?a mundial- como la ayuda a poblaciones que se encuentran todav?a en una fase inicial o poco avanzada de su proceso de desarrollo econ?mico? En esta perspectiva, los estados econ?micamente m?s desarrollados har?n lo posible por destinar mayores porcentajes de su producto interior bruto para ayudas al desarrollo, respetando los compromisos que se han tomado sobre este punto en el ?mbito de la comunidad internacional. Lo podr?n hacer tambi?n revisando sus pol?ticas internas de asistencia y de solidaridad social, aplicando a ellas el principio de subsidiaridad y creando sistemas de seguridad social m?s integrados, con la participaci?n activa de las personas y de la sociedad civil. De esta manera, es posible tambi?n mejorar los servicios sociales y asistenciales y, al mismo tiempo, ahorrar recursos, eliminando derroches y rentas abusivas, para destinarlos a la solidaridad internacional. Un sistema de solidaridad social m?s participativo y org?nico, menos burocratizado pero no por ello menos coordinado, podr?a revitalizar muchas energ?as hoy adormecidas en favor tambi?n de la solidaridad entre los pueblos.

Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podr?a venir de la aplicaci?n eficaz de la llamada subsidiaridad fiscal, que permitir?a a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a fomentar formas de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios tambi?n desde el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo.

61. Una solidaridad m?s amplia a nivel internacional se manifiesta ante todo en seguir promoviendo, tambi?n en condiciones de crisis econ?mica, un mayor acceso a la educaci?n que, por otro lado, es una condici?n esencial para la eficacia de la cooperaci?n internacional misma. Con el t?rmino ?educaci?n? no nos referimos s?lo a la instrucci?n o a la formaci?n para el trabajo, que son dos causas importantes para el desarrollo, sino a la formaci?n completa de la persona. A este respecto, se ha de subrayar un aspecto problem?tico: para educar es preciso saber qui?n es la persona humana, conocer su naturaleza. Al afianzarse una visi?n relativista de dicha naturaleza plantea serios problemas a la educaci?n, sobre todo a la educaci?n moral, comprometiendo su difusi?n universal. Cediendo a este relativismo, todos se empobrecen m?s, con consecuencias negativas tambi?n para la eficacia de la ayuda a las poblaciones m?s necesitadas, a las que no faltan s?lo recursos econ?micos o t?cnicos, sino tambi?n modos y medios pedag?gicos que ayuden a las personas a lograr su plena realizaci?n humana.

Un ejemplo de la importancia de este problema lo tenemos en el fen?meno del turismo internacional[141], que puede ser un notable factor de desarrollo econ?mico y crecimiento cultural, pero que en ocasiones puede transformarse en una forma de explotaci?n y degradaci?n moral. La situaci?n actual ofrece oportunidades singulares para que los aspectos econ?micos del desarrollo, es decir, los flujos de dinero y la aparici?n de experiencias empresariales locales significativas, se combinen con los culturales, y en primer lugar el educativo. En muchos casos es as?, pero en muchos otros el turismo internacional es una experiencia deseducativa, tanto para el turista como para las poblaciones locales. Con frecuencia, ?stas se encuentran con conductas inmorales, y hasta perversas, como en el caso del llamado turismo sexual, al que se sacrifican tantos seres humanos, incluso de tierna edad. Es doloroso constatar que esto ocurre muchas veces con el respaldo de gobiernos locales, con el silencio de aquellos otros de donde proceden los turistas y con la complicidad de tantos operadores del sector. A?n sin llegar a ese extremo, el turismo internacional se plantea con frecuencia de manera consumista y hedonista, como una evasi?n y con modos de organizaci?n t?picos de los pa?ses de origen, de forma que no se favorece un verdadero encuentro entre personas y culturas. Hay que pensar, pues, en un turismo distinto, capaz de promover un verdadero conocimiento rec?proco, que nada quite al descanso y a la sana diversi?n: hay que fomentar un turismo as?, tambi?n a trav?s de una relaci?n m?s estrecha con las experiencias de cooperaci?n internacional y de iniciativas empresariales para el desarrollo.

62. Otro aspecto digno de atenci?n, hablando del desarrollo humano integral, es el fen?meno de las migraciones. Es un fen?meno que impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, econ?micos, pol?ticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dram?ticos desaf?os que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional. Podemos decir que estamos ante un fen?meno social de que marca ?poca, que requiere una fuerte y clarividente pol?tica de cooperaci?n internacional para afrontarlo debidamente. Esta pol?tica hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboraci?n entre los pa?ses de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompa?ada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, as? como las de las sociedades de destino. Ning?n pa?s por s? solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Como es sabido, es un fen?meno complejo de gestionar; sin embargo, est? comprobado que los trabajadores extranjeros, no obstante las dificultades inherentes a su integraci?n, contribuyen de manera significativa con su trabajo al desarrollo econ?mico del pa?s que los acoge, as? como a su pa?s de origen a trav?s de las remesas de dinero. Obviamente, estos trabajadores no pueden ser considerados como una mercanc?a o una mera fuerza laboral. Por tanto no deben ser tratados como cualquier otro factor de producci?n. Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situaci?n[142].

63. Al considerar los problemas del desarrollo, se ha de resaltar relaci?n entre pobreza y desocupaci?n. Los pobres son en muchos casos el resultado de la violaci?n de la dignidad del trabajo humano, bien porque se limitan sus posibilidades (desocupaci?n, subocupaci?n), bien porque se deval?an ?los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia?[143]. Por esto, ya el 1 de mayo de 2000, mi predecesor Juan Pablo II, de venerada memoria, con ocasi?n del Jubileo de los Trabajadores, lanz? un llamamiento para ?una coalici?n mundial a favor del trabajo decente?[144], alentando la estrategia de la Organizaci?n Internacional del Trabajo. De esta manera, daba un fuerte apoyo moral a este objetivo, como aspiraci?n de las familias en todos los pa?ses del mundo. Pero ?qu? significa la palabra ?decencia? aplicada al trabajo? Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresi?n de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminaci?n; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer o?r su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias ra?ces en el ?mbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condici?n digna a los trabajadores que llegan a la jubilaci?n.

64. En la reflexi?n sobre el tema del trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a las organizaciones sindicales de los trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el ?mbito laboral. Las organizaciones sindicales est?n llamadas a hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, superando las limitaciones propias de los sindicatos de clase. Me refiero, por ejemplo, a ese conjunto de cuestiones que los estudiosos de las ciencias sociales se?alan en el conflicto entre persona-trabajadora y persona-consumidora. Sin que sea necesario adoptar la tesis de que se ha efectuado un desplazamiento de la centralidad del trabajador a la centralidad del consumidor, parece en cualquier caso que ?ste es tambi?n un terreno para experiencias sindicales innovadoras. El contexto global en el que se desarrolla el trabajo requiere igualmente que las organizaciones sindicales nacionales, ce?idas sobre todo a la defensa de los intereses de sus afiliados, vuelvan su mirada tambi?n hacia los no afiliados y, en particular, hacia los trabajadores de los pa?ses en v?a de desarrollo, donde tantas veces se violan los derechos sociales. La defensa de estos trabajadores, promovida tambi?n mediante iniciativas apropiadas en favor de los pa?ses de origen, permitir? a las organizaciones sindicales poner de relieve las aut?nticas razones ?ticas y culturales que las han consentido ser, en contextos sociales y laborales diversos, un factor decisivo para el desarrollo. Sigue siendo v?lida la tradicional ense?anza de la Iglesia, que propone la distinci?n de papeles y funciones entre sindicato y pol?tica. Esta distinci?n permitir? a las organizaciones sindicales encontrar en la sociedad civil el ?mbito m?s adecuado para su necesaria actuaci?n en defensa y promoci?n del mundo del trabajo, sobre todo en favor de los trabajadores explotados y no representados, cuya amarga condici?n pasa desapercibida tantas veces ante los ojos distra?dos de la sociedad.

65. Adem?s, se requiere que las finanzas mismas, que han de renovar necesariamente sus estructuras y modos de funcionamiento tras su mala utilizaci?n, que ha da?ado la econom?a real, vuelvan a ser un instrumento encaminado a producir mejor riqueza y desarrollo. Toda la econom?a y todas las finanzas, y no s?lo algunos de sus sectores, en cuanto instrumentos, deben ser utilizados de manera ?tica para crear las condiciones adecuadas para el desarrollo del hombre y de los pueblos. Es ciertamente ?til, y en algunas circunstancias indispensable, promover iniciativas financieras en las que predomine la dimensi?n humanitaria. Sin embargo, esto no debe hacernos olvidar que todo el sistema financiero ha de tener como meta el sostenimiento de un verdadero desarrollo. Sobre todo, es preciso que el intento de hacer el bien no se contraponga al de la capacidad efectiva de producir bienes. Los agentes financieros han de redescubrir el fundamento ?tico de su actividad para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados con los que se podr?a traicionar a los ahorradores. Recta intenci?n, transparencia y b?squeda de los buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar. Si el amor es inteligente, sabe encontrar tambi?n los modos de actuar seg?n una conveniencia previsible y justa, como muestran de manera significativa muchas experiencias en el campo del cr?dito cooperativo.

Tanto una regulaci?n del sector capaz de salvaguardar a los sujetos m?s d?biles e impedir escandalosas especulaciones, cuanto la experimentaci?n de nuevas formas de finanzas destinadas a favorecer proyectos de desarrollo, son experiencias positivas que se han de profundizar y alentar, reclamando la propia responsabilidad del ahorrador. Tambi?n la experiencia de la microfinanciaci?n, que hunde sus ra?ces en la reflexi?n y en la actuaci?n de los humanistas civiles -pienso sobre todo en el origen de los Montes de Piedad-, ha de ser reforzada y actualizada, sobre todo en los momentos en que los problemas financieros pueden resultar dram?ticos para los sectores m?s vulnerables de la poblaci?n, que deben ser protegidos de la amenaza de la usura y la desesperaci?n. Los m?s d?biles deben ser educados para defenderse de la usura, as? como los pueblos pobres han de ser educados para beneficiarse realmente del microcr?dito, frenando de este modo posibles formas de explotaci?n en estos dos campos. Puesto que tambi?n en los pa?ses ricos se dan nuevas formas de pobreza, la microfinanciaci?n puede ofrecer ayudas concretas para crear iniciativas y sectores nuevos que favorezcan a las capas m?s d?biles de la sociedad, tambi?n ante una posible fase de empobrecimiento de la sociedad.

66. La interrelaci?n mundial ha hecho surgir un nuevo poder pol?tico, el de los consumidores y sus asociaciones. Es un fen?meno en el que se debe profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que fomentar, como tambi?n excesos que se han de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto moral, y no s?lo econ?mico. El consumidor tiene una responsabilidad social espec?fica, que se a?ade a la responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente educados[145] para el papel que ejercen diariamente y que pueden desempe?ar respetando los principios morales, sin que disminuya la racionalidad econ?mica intr?nseca en el acto de comprar. Tambi?n en el campo de las compras, precisamente en momentos como los que se est?n viviendo, en los que el poder adquisitivo puede verse reducido y se deber? consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir otras v?as como, por ejemplo, formas de cooperaci?n para las adquisiciones, como ocurre con las cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX, gracias tambi?n a la iniciativa de los cat?licos. Adem?s, es conveniente favorecer formas nuevas de comercializaci?n de productos provenientes de ?reas deprimidas del planeta para garantizar una retribuci?n decente a los productores, a condici?n de que se trate de un mercado transparente, que los productores reciban no s?lo mayores m?rgenes de ganancia sino tambi?n mayor formaci?n, profesionalidad y tecnolog?a y, finalmente, que dichas experiencias de econom?a para el desarrollo no est?n condicionadas por visiones ideol?gicas partidistas. Es de desear un papel m?s incisivo de los consumidores como factor de democracia econ?mica, siempre que ellos mismos no est?n manipulados por asociaciones escasamente representativas.

67. Ente el imparable aumento de la interdependencia mundial, y tambi?n en presencia de una recesi?n de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organizaci?n de las Naciones Unidas como de la arquitectura econ?mica y financiera internacional, para que se d? una concreci?n real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en pr?ctica el principio de la responsabilidad de proteger[146] y dar tambi?n una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones m?s pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento pol?tico, jur?dico y econ?mico que incremente y oriente la colaboraci?n internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la econom?a mundial, para sanear las econom?as afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad pol?tica mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deber? estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realizaci?n del bien com?n[147], comprometerse en la realizaci?n de un aut?ntico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, adem?s, deber? estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos[148]. Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, as? como las medidas de coordinaci?n adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correr?a el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los m?s fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboraci?n internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalizaci?n[149], que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, as? como esa relaci?n entre esfera moral y social, entre pol?tica y mundo econ?mico y civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas.

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Publicado por mario.web @ 19:15
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