S?bado, 07 de mayo de 2011

Atrev?monos por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas
Autor: Jos? Luis Mart?n Descalzo | Fuente: Razones para el amor


Me parece terrible decirlo, pero creo que no exagero ni un ?tomo si aseguro que noventa y cinco de cada cien habitantes de este planeta no se han preguntado jam?s -digo ?jam?s?-- completamente en serio -digo ?en serio?-- cu?les son las columnas sobre las que se apoya su vida, cu?l es el eje de su existencia, para qu? viven verdaderamente.

?Y de los otros cinco? Dos se lo preguntaron una vez hace a?os, y ya lo han olvidado; otros dos se dieron a si mismos respuestas tranquilizadoras, que luego no coinciden en nada con la realidad de lo que viven. ?Y el ?ltimo? El ?ltimo... iba a decir que es el santo, pero dir? con m?s exactitud que es el ?nico hombre que existe de cada cien que pisan este mundo.

Me temo que el lector est? pensando que comienzo estas l?neas demasiado duramente, que soy tal vez pesimista, que... no es para tanto. Pero me pregunto si no ser? bueno comenzar cogiendo el alma por donde quema y enfrent?ndonos con nuestro propio espejo. ?Somos realmente seres vivientes? Esta, creo, es la primera y capital de las preguntas a que todo hombre tiene obligaci?n de responder.

Porque ?qu? ganar?amos enga??ndonos a nosotros mismos si, al final, somos corresponsables de esa mediocridad colectiva del mundo de la que tanto hablamos? Atrev?monos por unos minutos a coger nuestra vida por las solapas.

Y empecemos por preguntarnos cu?les son, en realidad, las columnas que sostienen el mundo en que vivimos. Haced esta pregunta por las calles, y todos os responder?n -con impudicia y sin la menor verg?enza- que ?el sexo, el dinero y el poder?.

Los tres ?dolos, los tres quicios, las tres columnas que sostienen el camino de la humanidad. ?Y no estar? el mundo tan enloquecido precisamente por apoyarse en tales pilares casi con exclusividad? Un hombre de hoy triunfa -decimos- cuando tiene esas tres cosas. Y est? dispuesto a luchar como un perro por esos tres huesos si est?n lejos de ?l.

Naturalmente, no voy yo a decir nada contra la sexualidad, que est? muy bien inventada por Dios como uno de los grandes caminos por los que puede expresarse el amor. Hablo aqu? del sexo sin amor, que parece ser el gran descubrimiento de los tiempos modernos. Tal vez de todos los tiempos, pero de ninguno con los tonos obsesivos que la erotizaci?n ha conseguido en el nuestro, hasta el punto de que hay que preguntarse si no vivimos ya en una civilizaci?n de adolescentes inmaduros.

El hombre de hoy no es que disfrute del sexo, es que parece vivir para ?l. O eso, al menos, quiere hacernos creer el ambiente de nuestras calles, las pantallas de nuestros televisores, el pensamiento circulante de los predicadores de la libertad sexual.

L?on Bloy podr?a decir hoy m?s que en su siglo que para el hombre real la mayor de las bienaventuranzas es llegar a morir en el pellejo de un cerdo. ? Pero hay algo menos libre que lo que llaman la libertad sexual?

No estoy escribiendo estas l?neas como un ?moralista?. Simplemente como un hombre preocupado. Porque creo que Unamuno tenla toda la raz?n del mundo cuando aseguraba que ?los hombres cuya preocupaci?n es lo que llaman gozar de la vida -como si no hubiera otros goces- rara vez son esp?ritus independientes?. Es cierto: no hay hombre menos humano que el libertino.

Y ese tipo de conquistador se presenta hoy como el verdadero ?triunfador? en este mundo. La columna n?mero dos es el dinero -y sus cong?neres o consecuencias: el placer, el confort, el lujo-. Si alg?n dogma vivimos y practicamos es ?ste: el dinero abre todas las puertas; el dinero no es que d? la felicidad, es que ?l mismo ?es? la felicidad. En conquistarlo invierten los hombres la mayor parte de sus sue?os. A ?l se subordinan todos los valores, incluso por parte de quienes se atreven a predicar las terribles malaventuranzas que Jes?s dijo contra los ricos.

Pero los propios cristianos nos las hemos arreglado para que aquello del evangelio -?es m?s dif?cil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos?-- haya preocupado hasta ahora mucho m?s a los camellos que a los ricos.

Hemos conseguido sustituir esa frase por la que es verdaderamente el evangelio del siglo XX: ?Los negocios son los negocios.? Y as? es como hemos convenido todos en que ?el fin de la vida es ganar mucho dinero, y con ?l, comprar la muerte eterna?, como escribiera Bloy.

Y de nada sirve para alterar nuestro dogma el comprobar que el dinero da todo menos lo importante (la salud, el amor, la fe, la virtud, la alegr?a, la paz): al fin preferimos el dinero a todos esos valores. E incluso creemos que el dinero da la libertad, cuando sabemos que todos renunciamos a infinitas cotas de libertad para conseguirlo.

M?s dif?cil es a?n entender nuestra obsesi?n de poder. Jefferson aseguraba que jam?s comprenderla c?mo un ser racional pod?a considerarse dichoso por el solo hecho de mandar a otros hombres.

Y, sin embargo, es un hecho que el gran sue?o de todos los humanos es ?mandar, aunque sea un hato de ganado?, que dec?a Cervantes. Sabemos que nada hay m?s est?ril que el poder -ya que a la larga son las ideas y no el poder quienes cambian el mundo--; sabemos que ?el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente?, pero apostamos por esa corrupci?n; sabemos que el poder da fuerza, pero quita libertad; pero nos siguen encantando los puestos y los honores aun cuando estemos convencidos de que ?la fuerza y el miedo son dos diosas poderosas que levantan sus altares sobre cr?neos blanqueados?, en frase de Mika Waltari. Mandar, mandar. Seremos felices, pensarnos, el ella en que los que est?n bajo nuestra f?rula sean m?s que aquellos que nos mandan.

Y ni siquiera observamos la terrible fuerza transformadora que el poder tiene: ?Te crees liberal y comprensivo -dec?a Larra-. El d?a que te apoderes del l?tigo, azotar?s como te han azotado.? Y es que el poder -todo poder- vuelve incomprendido (de ah? la soledad radical del poderoso) y hace incomprensivo: un poderoso no ?puede? comprender, no ?puede? amar, aunque se enga?e a s? mismo con falsos paternalismos.

Maurois tuvo el coraje de confesarlo: ?Cuando empec? a vivir en el campo de los que mandan, me fue imposible durante mucho tiempo comprender las penas de los que son mandados?. Porque todo poder lleva en su naturaleza la ceguera del que lo posee. Desde abajo se ve mal. Desde arriba no se ve nada: la niebla del orgullo cubre el valle de los sometidos.

Y, sin embargo, ah? est? el hecho: la humanidad entera vive luchando como una jaur?a de perros por conseguir esos tres huesos, dispuestos los hombres a volverse infelices para conseguirlos, seguros de que la felicidad llegar? cuando los poseamos. As?, destrozan los hombres hasta su salud para conseguir un dinero y un poder que luego gastar?n para recuperar -cuando ya sea tarde- la salud.

En la conquista de esos tres dogmas se apoya el gran sue?o de lo que llamamos ?vivir la vida?. Viven la vida quienes los tienen. Los dem?s -pensamos- son hombres incompletos.

Y como esos tres dogmas se resumen en uno --el ego?smo--, la b?squeda de los tres es, en rigor, una lucha contra los dem?s. Porque no son cosas que se puedan compartir: o las tengo yo o las tienen los dem?s. Habr? que arrebatarlas. Y ya tenemos el mundo convertido en una selva.

Si fu?semos del todo sinceros confesar?amos que es cierta la afirmaci?n de Bloy: ?Vivir la vida consiste en adue?arse de la ajena. Los vampiros estar?an de acuerdo?, ya que en realidad ?uno vive su vida cuando ha conseguido instalarse en el firm?simo prop?sito de ignorar que hay hombres que sufren, mujeres desesperadas, mitos que mueren.

Uno vive su vida cuando hace exclusivamente lo que es grato a los sentidos, sin darse querer darse por enterado de que en el vasto mundo hay almas y que ?l mismo tiene una m?sera alma expuesta a extra?as y terribles sorpresas?.

Pero ?existe verdaderamente un alma? ?Tenemos verdaderamente un alma? ?Qui?n piensa en ella? ?Qui?n dedica a su alma y a las columnas que la sostendr?an al menos una d?cima parte del tiempo que vivimos sobre la tierra?

Esta es, me parece, la pregunta verdaderamente decisiva: ?Hay sobre la tierra otros valores por los que valdr?a ciertamente la pena de vivir? ?Otros valores con los que podr?amos ser felices? ?Otras columnas sobre las que nuestra condici?n humana ser?a diferente?

Este art?culo quiere apostar por una idea absurda: si los hombres, si al menos muchos hombres, construyeran sus vidas sobre columnas diferentes -el amor, la solidaridad, el trabajo, la confianza, la justicia, la sencillez- este mundo ser?a diferente. Y vividero. Comenzar?a a romperse esa soledad que nos agarrota. Ingresar?amos en el mercado com?n de la felicidad.

Porque es terrible pensar con cu?nta tozudez seguimos apoy?ndonos en las columnas que son la verdadera causa de nuestra desgracia.


Publicado por mario.web @ 19:20
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