S?bado, 07 de mayo de 2011

Invitamos a las chicas que esten interesadas a conocer nuestra vida, a ponerse en contacto con nosotras
Autor: n/a | Fuente: Clarisas Capuchinas de Alcobendas, Madrid
Comunidad de Hnas. Clarisas Capuchinas de Alcobendas

Las Hermanas Clarisas Capuchinas est?n bajo la protecci?n de Sta. Clara y su gran amor a CRISTO a quien adoraba de modo especial en la Eucarist?a y de su imitaci?n a San Francisco en el seguimiento evang?lico.

Desde su aprobaci?n en 1535 las Clarisas buscan cultivar la pobreza y austeridad en sus peque?as comunidades en que la fraternidad y alegr?a , a la vez que est?n atentas a la Palabra Divina.

Con gran devoci?n a la Santisima Virgen le presentan sus trabajos, encuentros con el Se?or en la Liturgia y en la oraci?n y contemplaci?n personales asi como en la Lectura y rezo del Breviario.

Aunque la clausura les separa de familiares, amigos y del mundo, no significa que se olvidan de ellos sino que al contrario les tienen de modo muy especial en su cercan?a y oraci?n.

Dos polos de su vida comunitaria son la sala de trabajos manuales, etc. de donde buscan su propia manutenci?n y sobre todo la Capilla en que saben est?: EL MAESTRO QUE ESTA AQU? Y NOS LLAMA?.


Por la edad y enfermedades de las religiosas la comunidad se ha ido reduciendo.


Clarisas y Terciarias Capuchinas

Orden de las Hermanas Franciscanas Clarisas Capuchinas

Las divisiones y reformas de los franciscanos de la primera Orden se reflej? tambi?n en la orden de las Clarisas, que depend?an espiritualmente de ellos. De ah? que, pocos a?os despu?s del nacimiento oficial de la Orden de los Capuchinos (1525), surgiera en N?poles el primer monasterio de clarisas capuchinas. Su origen fue un hospital de incurables de N?poles, fundado por la noble viuda espa?ola Mar?a Lorenza Longo. Los primeros capuchinos llegados a la ciudad se hospedaron all? y se hicieron cargo de la direcci?n espiiritual de la comunidad de terciarias franciscanas que lo atend?an.

En 1533 la direcci?n cay? en manos de San Cayetano de Thienne, fundador de los teatinos, que di? al grupo un marcado acento contemplativo y obtuvo de la Santa Sede para ellas la aprobaci?n can?nica con el nombre de Hermanas Franciscanas de la Tercera Orden, mientras Mar?a Lorenza establec?a una clausura rigurosa. En 1538, San Cayetano las confi? al cuidado de los capuchinos, que no eran ajenos al nuevo rumbo que tomaba la nueva fundaci?n. Y el 10 de diciembre del mismo a?o Pablo III confirmaba la erecci?n definitiva del monasterio bajo la Regla de Santa Clara, poni?ndolo bajo la direcci?n de los capuchinos, por expreso deseo de la fundadora. Una disposici?n pontificia limitaba el n?mero de monjas a 33, por lo que fue llamado popularmente "il Monastero delle Trentatr?".

La caracter?stica principal de la nueva Orden de las capuchinas ser? "la estrict?sima observancia de la regla de santa Clara": m?xima pobreza, austeridad, estricta clausura, sencillez fraterna e intensa vida de oraci?n. Para lograrlo, sor Mar?a Lorenza adopt? las Constituciones de santa Coleta, complet?ndolas y sustituy?ndolas en parte con algunos puntos de las Constituciones de los capuchinos. La veneraci?n general de que fueron objeto desde un principio fue la causa de que la nueva congregaci?n se extendiera enseguida con nuevas fundaciones en Italia (Perusa, Gubbio, Roma, Mil?n?) y en el mundo. La primera fundaci?n fuera de Italia fue la de Granada, en Espa?a, donde Luc?a de Ure?a (+1597) fund? las Capuchinas M?nimas del Desierto de Penitencia. En 1599 Angela Margarita Serafina Prat fundaba en Barcelona otra comunidad, "conforme a la regla y estatutos de las monjas capuchinas de Roma y Granada", como se dec?a en el decreto de erecci?n. A finales del siglo XVII eran ya 24 monasterios en Espa?a. En 1665, un grupo de capuchinas fundaba en la ciudad de M?xico, extendi?ndose la reforma rapidamente por todo el pa?s. Y desde Madrid llegaban a Lima (Per?) en 1713 y a La Antigua (Guatemala) en 1725. En Francia, entre el 16013 y el 1619 surgieron monasterios de capuchinas en Par?s, Amiens (ex-recoletas) Marsella y Tours, de donde salieron para fundar en Lisboa en 1665, a petici?n de la reina de Portugal.

Siendo monasterios aut?nomos, ten?an gran variedad de usos y observancias, hasta que, en 1610, el Procurador general de los capuchinos Jer?nimo Castelferretti revis? las constituciones de N?poles, que fueron adoptadas por numerosos monasterios de Italia y Espa?a. Otras obtuvieron constituciones propias aprobadas por sus obispos o por breve pontificio. Hoy la Congregaci?n cuenta con m?s de dos mil religiosas y unos 150 monasterios (ver Directorio).

Entre sus miembros destacan la fundadora, que muri? el 21 de diciembre de 1542 en loor de santidad, y la estigmatizada Santa Ver?nica Giuliani (1660-1727), con su voluminoso diario donde relata sus experiencias espirituales, que la convierten en una de las mayores m?sticas contemplativas de la Iglesia. Recordamos tambi?n a su disc?pula la beata Florida o Fiorita C?voli (1685-1767) y a la beata Mar?a Magdalena Martinengo (1687-1737), prodigio de penitencia y austeridad.


Clarisas Capuchinas Sacramentarias o de la Adoraci?n Perp?tua

Las Clarisas Capuchinas de la Adoraci?n Perp?tua son una rama de la orden anterior, compuesta por 25 monasterios que comparten los mismos or?genes y espiritualidad. La diferencia es que se dedican, por encima de todo, a interceder y a ralizar el fin m?s noble de la comunidad de orantes que es la Iglesia: glorificar a Dios a todas horas en nombre de toda la humanidad, sobre todo con la participaci?n activa en la Celebraci?n Eucar?stica, que se prolonga en la Adoraci?n, ofreci?ndose a s? mismas en favor de todo el mundo y de las necesidades de la Iglesia.


Terciarias Franciscanas Capuchinas (TORCap)

Adem?s de las clarisas capuchinas, est?n afiliadas a la orden de los Hermanos Menores Capuchinos las Capuchinas de Frances Taffin, peque?o grupo de 23 hermanas que viven en 4 monasterios y las Capuchinas de la Tercera Orden Regular, con unos 16 monasterios.

Tambi?n hay Capuchinas fruto de la reforma hom?nima masculina. Se trata de aquellos conventos femeninos de la tercera orden regular franciscana (TOR) de entre los siglos XIV y XVI que, en base a las Constituciones de la Orden, se convirtieron en Terciarias Capuchinas, con autonom?a propia. Entre ellas destaca la reforma iniciada en Pfanneregg, Suiza, por Elisabeth Spitzlin, que se extendi? a otros conventos. A partir de 1958, 15 conventos de terciarias capuchinas, sometidos a la visita del ministro provincial capuchino o al obispo diocesano, se unieron en la Federaci?n de Santa Clara, que en 1965 contaba con 573 religiosas y con 209 en el 2003. Se dedican principalmente a la vida contemplativa, a la elaboraci?n de hostias y ornamentos lit?rgicos y a la catequesis. En 1888, 1965 y 1967 fundaron varias misiones y conventos en Am?rica Latina y en ?frica.




Beata Florida Cevoli

Florida naci? en Pisa el 11 de noviembre de 1685, de familia noble. Ingres? en las clarisas capuchinas el a?o 1703, llegando a ser la mejor disc?pula y compa?era de Santa Ver?nica Giuliani, a la que sucedi? en el cargo de abadesa. Se distingui? por su esp?ritu de oraci?n, su inserci?n en las tareas sencillas y cotidianas de la vida comunitaria, sus carismas extraordinarios, y por el impulso que dio a su Orden en la observancia fiel de la Regla. Muri? el 12 de junio de 1767 en Citt? di Castello (Perusa). La beatific? Juan Pablo II el 16 de mayo de 1993.

Lucrecia, und?cima de los catorce hijos de los condes Curzio Cevoli y Laura della Seta, naci? en Pisa el 11 de noviembre de 1685: ?Sali? una ni?a agraciada, de ?ndole despierta y de buena inteligencia?, afirman quienes oyeron hablar de sus primeros a?os. En contraste con la precocidad mental, tard? en aprender a andar; era gordota y no pod?a tenerse en pie. La condesa, su madre, lo atribu?a al vicio de hacerse llevar en brazos y hac?a responsable del retraso a la nodriza; pero hubo de convencerse de que la causa estaba en la debilidad de las piernas, que no sosten?an el peso del cuerpo.

Entre tantos hermanos y hermanas mayores que ella, era normal que se convirtiera en el centro de atenci?n de la noble familia y de la servidumbre. Pero a medida que Lucrecia fue adquiriendo conciencia de s? misma, se observ? en ella una reacci?n de rechazo hacia las manifestaciones de afecto, que pudo ser interpretado como s?ntoma de un temperamento ap?tico o esquivo que pod?a comprometer la normalidad de las relaciones en el futuro. La realidad era que estaba naciendo en su ?nimo -como ella explicar? m?s tarde- un instinto superior que la llevaba a evitar todo apego humano y toda complacencia sensible, para poder reservar su coraz?n para Aquel que, ya entonces, atra?a su coraz?n, si bien todav?a a escala infantil.

Sorprend?a a los dem?s con imprevistos desplantes, que desconcertaban. Hall?ndose toda la familia de veraneo en su quinta de Cevoli, la turba de los hermanos organiz? una comedia de t?teres. Todos se dieron a componer y vestir los mu?ecos y a disponer la sucesi?n de las escenas. A Lucrecia se le confi? el encargo de manejar los hilos, escondida bajo el tablado. En lo mejor de la representaci?n, ante numerosos invitados, he aqu? que las figuras se paran de pronto; la peque?a operadora se niega a continuar no obstante todas las insistencias. Aquella normal satisfacci?n ante el aplauso general por el ?xito produjo en ella una repulsa s?bita, como si estuviera sustrayendo a Dios lo que a El solo pertenec?a.

A este sentido de rectitud se un?a una capacidad tal de discernimiento que la hac?a descubrir sin esfuerzo el desagrado de Dios en sus acciones y en sus sentimientos. Hasta el afecto que profesaba a su buena nodriza le pareci? quit?rselo a Dios. Una de las infidelidades de la infancia, que dej? en ella recuerdo permanente, fue en relaci?n con la Virgen Mar?a. Una ma?ana le hab?a ofrecido un hermoso clavel ante un gran cuadro que hab?a en una sala; pero m?s tarde, con la volubilidad propia de la edad, fue a quitarlo y llev?rselo. Por la noche, en el examen de conciencia que acostumbraba a hacer, tuvo fuerte remordimiento de semejante conducta.

Lucrecia crec?a bella, con una belleza que todos admiraban. Un d?a, siendo de unos seis a?os, oy? c?mo las mujeres de casa ponderaban entre ellas el atractivo de la condesita silenciosa. Y le vino el deseo de cerciorarse hasta d?nde era verdad. Se subi? con una silla sobre una mesita para mirarse en un espejo, pero al puesto de ?ste se encontr? delante un cuadro de la Virgen, y oy? en su interior que le dec?a:

-- ?Eres boba! ?De qu? sirven tales vanidades? Te basta ser bella en el alma.

Le hicieron tal efecto estas palabras que, llena de verg?enza, cerr? todos los ventanillos. Y por toda la vida llorar?a aquella condescendencia con la vanidad.

Por lo dem?s, su adiposidad ven?a a contrapesar la delicadeza de sus facciones y le procuraba no pocas desazones, ya que a veces ten?a que renunciar a acompa?ar a los suyos en las salidas para no serles de estorbo.

Entre los hermanos mayores hab?a uno, Dom?nico, que supo ganarse de modo especial su confianza, tal vez por cierta afinidad de temperamento y de riqueza interior. Era aficionado a la pintura y pasaba parte del tiempo encerrado en su estudio, donde nadie ten?a entrada excepto Lucrecia, once a?os m?s joven que ?l. Vino a ser su confidente y tambi?n su maestro de dibujo, habilidad que le ser?a muy ?til despu?s en la vida claustral. Este pintor-ermita?o, que morir?a en fama de santidad, ejerci? sin duda un influjo en la orientaci?n asc?tica de la hermanita.

Lucrecia aprendi? las primeras letras y se hab?a iniciado en las labores femeninas en la casa paterna; pero su rango familiar exig?a una formaci?n intelectual y social en un internado seg?n el uso de la ?poca. A los trece a?os entr? como educanda en el ?noble monasterio? de clarisas de San Mart?n, donde ya la hab?an precedido dos hermanas suyas. Bajo la gu?a de las religiosas adquiri? una esmerada formaci?n literaria, con un dominio notable de la lengua latina e italiana, sin excluir la poes?a; se perfeccion? en el bordado y dem?s aptitudes femeninas.

Al propio tiempo llam? la atenci?n de sus educadoras por su profunda piedad, su esp?ritu de mortificaci?n y su af?n de retiro, como tambi?n por su porte absorto y grave, que le mereci? el sobrenombre de la abadesita; y no precisamente a motivo de sus modales afectados: todo lo contrario, mostraba fuerte repugnancia a dejarse servir por las religiosas conversas, como ya lo hab?a hecho en su casa con la servidumbre.

La educaci?n recibida no modific? en ella aquella su actitud esquiva hacia cualquier lisonja o halago por parte de nadie, aun a riesgo de pasar por descort?s, siendo como era de trato fino y afable.

El llamamiento de Dios

Cuando Lucrecia se despidi? de las clarisas, su vocaci?n estaba ya decidida. Ella misma refiri? m?s tarde el porqu? de su opci?n por el lejano monasterio de las capuchinas de Citt? di Castello. Estando todav?a en el educandato, aprovech? la presencia de un confesor extraordinario, barnabita, que gozaba fama de docto y de santo, para exponerle sus anhelos de una vida de escondimiento y de austeridad, en pobreza total. El religioso examin? el esp?ritu de la joven y sus motivos. Luego lo hizo delante de sus padres. Al reparo de ?stos sobre la lejan?a de aquel monasterio, respondi? Lucrecia que precisamente por eso lo hab?a preferido, para poner distancia entre su vida retirada y su patria y familia. Hab?a adem?s otro motivo: hasta Pisa hab?a llegado la fama de sor Ver?nica Giuliani, la estigmatizada, que formaba parte de aquella comunidad.

No fue f?cil lograr el consentimiento de las capuchinas; fue necesario valerse de algunas influencias, entre otras la de la princesa Violante de Baviera, esposa de Fernando de M?dici, hijo del Gran Duque de Toscana. En marzo de 1703 lleg? respuesta afirmativa. Y comenzaron los preparativos para el viaje de la esposa. Era uso entonces que, antes de dejar el mundo para encerrarse en el convento, la joven aspirante hiciera una gira, en traje nupcial, para despedirse de parientes y conocidos, emprendiendo despu?s el viaje. Llegado el d?a de la vestici?n, la esposa era llevada por las calles hasta la iglesia conventual, en carroza, bien escoltada de damas y caballeros. Pues bien, Lucrecia hab?a so?ado para tal ocasi?n ?un vestido de brocado con fondo rosa?; pero, cuando lleg? el momento de prob?rselo, se hall? con que el que le hab?an preparado ten?a el fondo blanco. Pudo dominar el primer sentimiento de contrariedad acord?ndose de que hab?a pedido al Se?or verse privada, en aquella gira, de toda satisfacci?n por leg?tima que fuera.

Recorri? primero los monasterios de Pisa. Despu?s, acompa?ada de sus padres, se puso en camino, haciendo etapa en Florencia, donde fue muy agasajada por el Gran Duque y su familia. Reanud? el viaje, o mejor peregrinaci?n, hacia el santuario de Loreto, donde pidi? por devoci?n el honor de barrer la santa Casa, y lo hizo de rodillas, vestida de esposa, con el alma llena de consuelo.

Llegada a Citt? di Castello, esper? la admisi?n formal, con el voto de la comunidad, y la vestici?n; ?sta se celebr? el 7 de junio de 1703, fiesta de Corpus Christi; la presidi? el obispo, quien le impuso el nombre de sor Florida, por devoci?n al patrono de la ciudad, san Florido. Se hab?a preparado a la nueva vida mediante la renuncia a toda satisfacci?n terrena; Dios le hizo ver, en ese mismo momento, que deb?a renunciar tambi?n a los consuelos espirituales. El rito de la vestici?n se conclu?a con un gesto de elocuente significado: el obispo pon?a en el hombro de la novicia una cruz desnuda de madera, y ella se encaminaba, a lo largo de la iglesia, hacia la puerta del monasterio. La cruz era ligera, pero sor Florida la hall? tan pesada, que a duras penas pod?a andar.

A la escuela de sor Ver?nica Giuliani

Sor Ver?nica hab?a sido depuesta del cargo de maestra de novicias en 1699, en virtud de las medidas tomadas por el Santo Oficio respecto a ella despu?s de la estigmatizaci?n. Pero la comunidad pens? que nadie mejor que ella pod?a hacerse cargo de la formaci?n de la noble candidata y obtuvo le fuera levantada la suspensi?n. Ella ha dejado descrita en su Diario la lucha interior que hubo de sostener, no sinti?ndose a la altura de una misi?n tan delicada: ?qu? pod?a ense?ar a una joven dotada de una cultura muy superior a la suya y con una madurez espiritual poco com?n? Pero se sinti? confortada cuando Jes?s le prometi?: ?Yo ser? el maestro tuyo y de la novicia?. Tambi?n la Virgen Mar?a vino en su ayuda, d?ndole a entender que se trataba de un alma muy selecta: ?Te recomiendo, Ver?nica, a mi Floridina, gozo m?o y gozo de mi divino Hijo?.

Cuando sor Florida se puso bajo la direcci?n de sor Ver?nica, ?sta gozaba ya de gran aceptaci?n entre las hermanas; hab?an quedado atr?s sus penitencias rebuscadas, aquellas que ella defin?a ahora ?locuras que me hac?a hacer el amor?, y tambi?n en gran parte los fen?menos externos; todo en ella se hab?a ?intronsecado?, todo era m?s ?ntimo y secreto. La novicia ser?a muy pronto, no s?lo su mejor disc?pula, sino su confidente y testigo de algunas de sus experiencias corporales, ello por disposici?n de los confesores.

No fue dif?cil la sinton?a entre maestra y novicia, especialmente cuando sor Ver?nica descubri? que la joven estaba llamada a recorrer, como ella, el camino de la cruz. Le cost?, s?, a la condesita hacerse al modo llano y espont?neo, quiz? no siempre delicado, tradicional en las capuchinas; pero no tard? en asimilarlo, contenta de sacudirse el amaneramiento del ambiente en que hab?a crecido. Sufr?a cuando se ve?a tratada con especiales miramientos por causa de su origen familiar. A un confesor, que le pregunt? sobre su condici?n social, le respondi?:

-- Mi padre vend?a aceite.

Y no ment?a: uno de los mejores ingresos de los nobles de Toscana proven?a, en efecto, de la cosecha de los olivares de sus tierras.

Hubiera querido abrazar con el m?ximo rigor todas las observancias conventuales, de modo particular el ayuno perpetuo impuesto por la Regla; pero, despu?s de varias pruebas, hubo de convencerse de que no era ?sa la voluntad de Dios: su est?mago no soportaba tal r?gimen, por causa de la rapidez de su digesti?n; por prescripci?n m?dica se ve?a obligada a tomar alimento varias veces al d?a.

Emiti? la profesi?n el 10 de junio de 1704. Era norma que las neoprofesas continuaran en r?gimen de noviciado por otros dos a?os, si bien con velo negro y colaborando con las otras profesas en los oficios. Sor Florida pidi?, por gracia, proseguir con el velo blanco, observando el silencio como lo hab?a hecho el primer a?o.

De lo que fue para ella la direcci?n de su venerada maestra poseemos su propio testimonio en el proceso de canonizaci?n de sor Ver?nica: era una pedagog?a exquisitamente evang?lica, centrada en lo fundamental.

En 1708 sor Florida tuvo la amarga noticia de la muerte de su querido padre, el conde Curzio Cevoli, seguida a los pocos d?as de la de su madre, ambas repentinas. Al dolor de la p?rdida se junt? la incertidumbre sobre la suerte eterna de los dos. S?lo recobr? la paz cuando su santa maestra conoci? por luz superior que estaban en camino de salvaci?n y cuando, juntamente con ella, se ofreci? a satisfacer por ellos las penas del purgatorio.

Disc?pula e hija espiritual de sor Ver?nica, no fue sin embargo una copia de ella. Ni por car?cter ni por fe era una mujer propensa a mimetismos infantiles. Am? a su maestra, la admir? profundamente, vener? en ella la riqueza de dones superiores de que estaba adornada; fue para ella un modelo de fidelidad a Dios, pero no un patr?n que reproducir; m?s a?n, reaccionar?a siempre con repulsa ante favores o fen?menos extraordinarios que pudieran colocarla a la par con la estigmatizada.

A tal abadesa tal vicaria

De profesa sor Florida se ejercit? en los varios servicios a la comunidad, aun los m?s humildes, como era uso entre las capuchinas: cocina, lavander?a, enfermer?a, etc. Desempe??, todav?a joven, el importante cargo de portera o tornera. Pero el empleo en el cual la hallamos habitualmente es el de boticaria o encargada de la farmacia conventual, donde eran preparados los remedios emp?ricos, siempre bajo vigilancia del m?dico. Es posible que tuviera ya de antes alguna preparaci?n en este ramo. Lo cierto es que a esta su especializaci?n debe el monasterio el valioso botiqu?n port?til, regalo de la familia M?dici de Florencia.

El 5 de abril de 1716, despu?s de haber obtenido de Roma la revocaci?n de la privaci?n de la voz pasiva, que pesaba sobre sor Ver?nica, ?sta fue elegida abadesa; la comunidad le dio como vicaria a sor Florida, que entonces contaba 31 a?os de edad. Terminado el primer trienio, fueron reelegidas ambas para los mismos cargos; lo cual se fue repitiendo al cabo de cada trienio hasta la muerte de sor Ver?nica.

Sor Florida ser? siempre la colaboradora fiel y v?lida de la que para ella seguir? siendo maestra m?s que superiora. ?sta hall? en su vicaria una ayuda verdaderamente preciosa, una verdadera secretaria, ante todo en el sentido etimol?gico del t?rmino, o sea, una confidente con quien pod?a compartir los ?secretos de Dios?, tareas que requer?an un nivel cultural superior al de la Giuliani. Recib?a y respond?a a las cartas que le llegaban en gran n?mero, ya que Ver?nica ten?a prohibido mantener correspondencia si no era con el obispo, con el confesor y con sus hermanas clarisas. Le transcrib?a largas secciones del Diario, ya sea porque se requer?a el duplicado, ya para una mejor presentaci?n ortogr?fica.

Y Ver?nica sigui? ayud?ndola en la respuesta cada d?a m?s generosa a la acci?n de la gracia, dej?ndola caminar bajo la gu?a del Esp?ritu.

En la corte de los M?dici se manten?a viva la impresi?n dejada por Lucrecia en su visita de despedida. De manera especial le hab?a quedado aficionada la princesa Violante, la cual, en 1714, fue a visitar el monasterio para verla y venerar a sor Ver?nica. M?s tarde, cuando ella era vicaria, el Gran Duque Cosme III, espl?ndido bienhechor del monasterio, se propuso fundar un convento de capuchinas en la capital de su estado, Florencia; hizo cuanto pudo para obtener que fuera como fundadora ?su Cevolina?, como ?l la llamaba, pero hall? siempre la negativa cerrada, sea por parte de sor Ver?nica, apoyada por la comunidad, que no se resignaba a perder a una religiosa de tanta val?a, como por parte de la misma sor Florida que, en su voluntad de desapego total, se resist?a a volver al ambiente social y familiar del cual se hab?a alejado para seguir su vocaci?n. La fundaci?n se hizo, pero con capuchinas del monasterio de Perusa.

Veinticinco a?os a la gu?a de la comunidad

El 9 de julio de 1727 la muerte pon?a fin a la peregrinaci?n de amor y de dolor de Ver?nica Giuliani. El 21 del mismo mes se celebr? cap?tulo, en el cual fue elegida abadesa sor Florida. Ninguna como ella, pensaron las religiosas, estaba en grado de dar continuidad al magisterio y a las directivas de la santa maestra. Con sus 42 a?os de edad, pose?a cuanto se pod?a desear de madurez humana, de talla espiritual y de dotes morales para ser gu?a y modelo de la numerosa comunidad.

Ella, en cambio, no se sent?a a la altura de semejante responsabilidad. Orando ante una imagen de la Virgen que ten?a en su celda, le pareci? entender que la misma Virgen le aseguraba que no ser?a elegida mientras tuviera consigo la imagen. Al exponer esta esperanza suya al confesor, ?ste le dio orden de llevar al coro aquella imagen; as? es c?mo Mar?a mantuvo su palabra y ella se vio elegida. Y ser?a reelegida por tres trienios consecutivos (1730, 1733 y 1736); despu?s de un trienio de reposo, fue nuevamente elegida en 1742 y luego reelegida otras dos veces. Y todav?a en 1761, con 76 a?os de edad, cuando pensaba en ir prepar?ndose ?para morir como capuchina?, seg?n escrib?a a la abadesa del convento de Siena, hubo de plegarse una vez m?s a la voluntad de las hermanas. Apoyada en un bastoncito, logr? seguir la observancia y atender a las exigencias del cargo. Complexivamente ejerci? el oficio de abadesa por 25 a?os y el de vicaria por otros 20. No asumi? la responsabilidad inmediata de la formaci?n de las novicias, pero ejerci? este oficio en forma indirecta, ya que las actas capitulares a?aden al nombre de la designada como maestra: ?Con la ayuda de la abadesa?.

Cada nueva elecci?n era para ella motivo de confusi?n y de sufrimiento, pensando en la gran responsabilidad que pesaba sobre ella; por otra parte, la conciencia de tener que ser modelo de sus hermanas era un nuevo est?mulo para su entrega a Dios y para su fidelidad a los compromisos de la vida religiosa. En sus cartas a las capuchinas de Siena se expresaba en estos t?rminos: ?No tengo de religiosa otra cosa que el h?bito? Por caridad, ayudadme con la oraci?n para que Jes?s me conceda comenzar de una vez a ser lo que debo, y que no siga sirviendo de obst?culo a esta santa comunidad, s?lo por m? profanada? Esta pobre comunidad, ?oh, c?mo pierde con mi mal gobierno!?

Hermana entre las hermanas, tomaba parte como cualquier otra en las faenas conventuales, aun las m?s humildes. No permit?a actitudes obsequiosas con su persona. Repet?a: ?Jes?s me guarde de la tentaci?n de dejarme servir?. Obediencia pronta y alegre s?, pero nunca manifestaciones serviles. Una hermana, vi?ndola moverse con dificultad, se ofreci? a barrerle la celda, pero no se lo permiti? en manera alguna.

Hubiera querido estar a los pies de todas. No perd?a oportunidad de satisfacer este deseo mediante actos de humillaci?n p?blica, entonces en uso en las comunidades claustrales. Lejos de usar modos autoritarios, cuando deb?a dar una orden o una correcci?n lo hac?a con gran caridad y humildad.

No obstante dej? en el monasterio el recuerdo de un rigorismo inflexible en el modo de guiar la comunidad, atenta a la pura observancia de la Regla y de las Constituciones, especialmente por lo que hace a la pobreza. No se content? con mantener el nivel alcanzado bajo el gobierno de santa Ver?nica, quiso ir m?s adelante, contando con el fervor de las hermanas y con la confianza que ?stas depositaban en ella al reelegirla. Con los a?os, como sucede de ordinario, fue suavizando aquel rigor y se mostr? m?s comprensiva y condescendiente, convencida tal vez de que la tensi?n permanente en pretender lo perfecto puede degenerar en un formalismo sin vigor evang?lico.

Las hermanas que testificaron en orden al proceso de beatificaci?n recuerdan con admiraci?n la eficacia de su ejemplo personal, sus exhortaciones llenas de sabidur?a superior y de celo por el bien de todas. Sol?a repetir: ?Jes?s quiere ser servido por nosotras y por todos a modo suyo, no a modo nuestro?. Y tambi?n: ?Por nuestro buen Dios todo es poco, lo que se hace y lo que se padece?.

Insist?a sobre la caridad fraterna, que se deb?a manifestar en la solicitud de las unas por las otras, en la colaboraci?n y hasta en las maneras delicadas y corteses del trato. Todo en un clima de alegre sencillez franciscana y de igualdad, sin diferencia entre hermanas de coro y conversas o ?de obediencia?, sin t?tulos ni tratamientos rebuscados. Ella se hac?a llamar sencillamente ?sor Florida?. Y quer?a le fuera dado el tratamiento italiano del voi, com?n entre iguales, y no el de lei (usted), que era la f?rmula de respeto, uso al que les costaba habituarse a las j?venes reci?n llegadas. No contenta con la igualdad interna, sin discriminaci?n alguna, hubiera querido volver tambi?n a la Regla de santa Clara en lo tocante a las hermanas externas, que no profesaban clausura. Por propia cuenta pidi? y obtuvo de Roma hacerlas vivir con las dem?s dentro del convento, a fin de que pudieran compartir la vida comunitaria con las dem?s. Pero hall? fuerte oposici?n entre las claustrales y, probablemente, tambi?n entre las interesadas; y tuvo que renunciar a su intento.

Desde novicia sor Florida se distingui? por una extrema pobreza personal. En la renovaci?n de la comunidad, llevada a cabo por santa Ver?nica durante su gobierno, la pobreza ocupaba el centro del programa, y se pensaba que no se pod?a ir m?s lejos en la ?expropiaci?n? de las hermanas. Pero sor Florida despleg? un celo todav?a m?s avanzado, imponiendo un desprendimiento radical y una l?nea de austeridad y de sencillez as? personal como comunitaria. No toler? ninguna curiosidad en las celdas. En 1732 el cap?tulo de la comunidad tom? la decisi?n de quitar de los ornamentos sagrados toda ornamentaci?n en oro. Otro paso audaz dio en 1737, asimismo por decisi?n capitular, y fue la sustituci?n de los cuadros al ?leo, que hab?a en el coro, con sencillas estampas de papel de las estaciones del V?a Crucis. Todo ello con el consiguiente consentimiento del obispo.

Austera consigo misma, y amante de la sencillez y de la austeridad en las cosas externas, era en cambio generosa en proveer a las hermanas de todo lo necesario, sobre todo cuando se trataba de mirar por la salud y por la higiene personal.

En todos esos a?os sor Florida se sinti? obligada con una doble deuda para con santa Ver?nica. Ante todo, se ocup? de impulsar la prosecuci?n del Proceso de canonizaci?n de la que todos designaban con el t?tulo de Venerable; hab?a sido iniciado ya el mismo a?o de su muerte, 1727, a nivel diocesano; durante el proceso apost?lico, con una larga declaraci?n muy detallada. La comunidad hall? modo de afrontar los gastos gracias a la ayuda de v?lidos bienhechores, entre los que figuraban los hermanos de la abadesa. Ella segu?a de cerca todos los pasos de la Causa; hac?a imprimir y difundir estampas de la Venerable. Pero los procedimientos eran lentos y los gastos se multiplicaban. Sor Florida muri? sin ver logrado su anhelo: la beatificaci?n de Ver?nica no llegar?a hasta el a?o 1804 y su canonizaci?n en 1839.

La otra deuda con su venerada maestra era la fundaci?n de un monasterio de capuchinas en Mercatello, en la antigua casa de los Giuliani. No le fue f?cil lograr que el proyecto fuera aceptado por el obispo de Urbania y por el clero de Mercatello, poblaci?n peque?a de monta?a, donde ya exist?a el monasterio de Santa Clara. Pero logr? conseguir buenos colaboradores y bienhechores. En 1753 fue colocada la primera piedra. Sor Florida estaba al tanto de cada particular; se conservan medio centenar de cartas suyas a los delegados del obispo para la construcci?n del edificio. Antes de morir, en 1767, pudo tener el consuelo de saber que la obra estaba terminada y que s?lo se esperaba la aprobaci?n pontificia para realizar la fundaci?n. El monasterio ser?a inaugurado seis a?os despu?s, en 1773.


Publicado por mario.web @ 19:57
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