S?bado, 07 de mayo de 2011

Debemos garantizar que en nuestras congregaciones la vida sea plenamente cat?lica y en sinton?a total con el carisma del fundador o de la fundadora
Autor: Exmo. Franc Rod? | Fuente: Catholic.net

12 septiembre 2009. Intervenci?n del cardenal Franc Rod?, prefecto de la Congregaci?n para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost?lica, pronunciada en los Estados Unidos, traducida al espa?ol y publicada por "L?Osservatore Romano".


En los ?ltimos cuarenta a?os, la Iglesia ha atravesado una de las mayores crisis de su historia. Todos sabemos que la dram?tica situaci?n de la vida consagrada no ha sido marginal en esta crisis. Pr?cticamente en todos los pa?ses de Occidente los observadores constatan que la mayor?a de las comunidades religiosas est? entrando en la fase final de una prolongada crisis cuyo resultado -dicen- ya lo han establecido las estad?sticas.

En muchos de los pa?ses occidentales los religiosos han perdido la esperanza. Est?n resignados a la p?rdida de vitalidad, de significado, de alegr?a, de atractivo, de vida. Pero Estados Unidos es diferente. La vitalidad, la creatividad, la exuberancia que denotan la floreciente cultura de Estados Unidos se reflejan en la vida cristiana y tambi?n en la vida consagrada. Basta recordar que, desde el concilio Vaticano II, en este f?rtil terreno han surgido m?s de cien nuevas comunidades religiosas.

En abril de 2008, el Santo Padre Benedicto XVI visit? este pa?s con el fin de traerle el mensaje de esperanza de Cristo. Y, cuando volvi? a Roma, dijo: "Encontr? una gran vitalidad y la voluntad firme de vivir y testimoniar la fe en Jes?s". Con gran alegr?a confes? que ?l mismo se sinti? "confirmado en la esperanza por los cat?licos estadounidenses".

El estado actual de la vida religiosa
A pesar de este pasado grandioso y de la actual vitalidad, sabemos -y esta es una de las principales razones por las que nos hemos reunido aqu? hoy- que no todo est? bien en la vida religiosa en Estados Unidos. Hoy mis observaciones se dirigen especialmente a los religiosos de vida activa.

En primer lugar, hay numerosas nuevas comunidades, algunas m?s conocidas que otras, muchas de las cuales son florecientes, y sus estad?sticas indican lo contrario respecto a la tendencia general. En segundo lugar, hay comunidades m?s antiguas que se han esforzado por conservar y reformar la autenticidad de la vida religiosa dentro de su propio carisma; tambi?n estas est?n en fase de crecimiento, contra la tendencia general, y la edad media de sus religiosos es inferior a la general de los religiosos. Ninguno de estos dos grupos cree que se acerca "el fin" en el sentido que suelen se?alar los observadores de las tendencias generales; al contrario, su futuro se presenta prometedor si siguen siendo lo que son y como son.

Un tercer grupo est? constituido por los que aceptan la actual situaci?n de decadencia como -dicen ellos- signo del Esp?ritu en la Iglesia, signo de la nueva direcci?n que se ha de seguir. En este grupo hay algunos que sencillamente han aceptado la desaparici?n de la vida religiosa o, por lo menos, de sus comunidades, y tratan de que esto suceda de la forma m?s pac?fica posible, dando gracias a Dios por los beneficios del pasado.

Adem?s de esos grupos, debemos admitir que otros han optado por caminos que los han alejado de la comuni?n con Cristo en la Iglesia cat?lica, aunque quiz? hayan decidido "estar" en la Iglesia f?sicamente. Estos pueden ser individuos o grupos en institutos que tienen una visi?n diferente, o pueden ser comunidades enteras.

Por ?ltimo, quiero distinguir los que creen firmemente en su vocaci?n personal y en el carisma de su comunidad, y buscan medios para invertir la tendencia actual o, con otras palabras, llevar a cabo una aut?ntica renovaci?n. Estos pueden ser instituciones enteras, individuos, grupos de individuos o incluso comunidades dentro de un instituto. Hoy me dirijo en especial a este ?ltimo grupo, con la intenci?n de ofrecerles mi aliento e ideas que podr?an seguir. Pero mis reflexiones tambi?n pueden ser ?tiles para los dos primeros grupos, a fin de que no pierdan lo que ya tienen, como advierte san Pablo a los Corintios: "El que crea estar en pie, mire no caiga" (1 Co 10, 12).

Con este fin, ser? muy importante examinar las ra?ces de la crisis. Aqu? debemos afrontar una pregunta necesaria y desconcertante: ?No ha sido precisamente "renovaci?n" lo que hemos realizado despu?s del Concilio? ?Esto no deb?a llevarnos a una nueva era? ?No ha sido exactamente esta "renovaci?n" la que nos ha llevado a la situaci?n en la que nos encontramos hoy?

Las hermen?uticas de ruptura y discontinuidad
En realidad, el Concilio dio directrices claras y abundantes para la necesaria reforma de la vida consagrada. La cuesti?n crucial es: ?C?mo se han interpretado y aplicado estas directrices? Por lo general, el Concilio fue interpretado y aplicado, en su conjunto, de dos formas muy diversas y opuestas que debemos analizar m?s a fondo si queremos comprender lo que ha sucedido y trazar un camino por donde avanzar en el futuro.

"?Por qu? la recepci?n del Concilio, en grandes partes de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan dif?cil?", se pregunt? Benedicto XVI en un importante discurso hace tres a?os. La respuesta que da es profunda y di?fana: "Todo depende de la correcta interpretaci?n del Concilio o, como dir?amos hoy, de su correcta hermen?utica, de la correcta clave de lectura y de aplicaci?n". Hay un excelente equilibrio en los documentos conciliares, pero por el momento, dado que el mandato consisti? en la actualizaci?n, fue m?s f?cil justificar los cambios que defender la continuidad.

En el decreto Perfectae caritatis se lee: "La adecuada renovaci?n de la vida religiosa comprende, al mismo tiempo, un retorno incesante a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiraci?n originaria de los institutos, y una adaptaci?n de ?stos a las condiciones de los tiempos, que han cambiado" (n. 2). Ese "retorno incesante a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiraci?n originaria de los institutos" se ha le?do con las hermen?uticas de ruptura y discontinuidad, y por eso se ha tendido a interpretarlo a la luz de la "adaptaci?n a las condiciones de los tiempos, que han cambiado", m?s bien que al contrario.

Las consecuencias en la vida religiosa
Debemos empezar por reconocer que seguramente hab?a mucho que corregir en la vida religiosa y mucho que mejorar en la formaci?n de los religiosos. Tambi?n debemos admitir que la sociedad plante? desaf?os para los que muchos religiosos no estaban preparados. En algunos casos, era necesario sacudirse la rutina y las incrustaciones de costumbres superadas. En este sentido, debemos afirmar categ?ricamente no s?lo que el Concilio no se equivoc? en impulsar la renovaci?n de la vida religiosa, sino tambi?n que verdaderamente el Esp?ritu Santo le inspir? hacerla.
La vida religiosa, al ser un don del Esp?ritu Santo a cada religioso y a la Iglesia, depende especialmente de la fidelidad a sus or?genes, fidelidad al fundador y fidelidad al carisma particular. La fidelidad a este carisma es esencial, pues Dios bendice la fidelidad, y en cambio "resiste a los soberbios" (St 4, 6). Por tanto, la ruptura completa de algunos con el pasado va contra la naturaleza de una congregaci?n religiosa y, en definitiva, provoca el rechazo de Dios.

Al aceptarse el naturalismo como el nuevo camino, la obediencia result? su primera v?ctima, pues no puede sobrevivir sin fe ni esperanza. La oraci?n, especialmente la comunitaria y la liturgia sacramental, se redujo notablemente y se abandon?. La penitencia, el ascetismo y lo que se denomin? "espiritualidad negativa" se convirtieron en cosas del pasado. Muchos religiosos se sintieron inc?modos vistiendo h?bito. La agitaci?n social y pol?tica se convirti? en el acm? de su acci?n apost?lica. La nueva teolog?a llev? a la interpretaci?n personal y a la disoluci?n de la fe. Todo se transform? en un problema que se deb?a discutir. Al rechazar la oraci?n tradicional, las genuinas aspiraciones espirituales de los religiosos desembocaron en formas m?s esot?ricas.
Los resultados no se hicieron esperar, bajo forma de ?xodo de miembros. En consecuencia, apostolados y ministerios que eran esenciales para la vida de la comunidad cat?lica y de su radio de acci?n caritativa, sobre todo las escuelas, desaparecieron r?pidamente. Las vocaciones se agotaron velozmente. A pesar de que los resultados comenzaron a hablar por s? mismos, hubo quienes consideraron que las cosas no iban bien porque no se hab?an realizado suficientes cambios, porque el proyecto no se hab?a completado. As?, el da?o fue aumentando. Adem?s, conviene notar que, a continuaci?n, muchos de los responsables de decisiones y de acciones desastrosas de esos a?os posconciliares abandonaron la vida religiosa. Muchos de vosotros os hab?is mantenido fieles. Con gran valent?a hab?is asumido el compromiso de reparar los da?os y reconstruir vuestras familias religiosas. Pod?is contar con mi afecto y con mis oraciones.

La hermen?utica de la continuidad y de la reforma
El Papa Juan XXIII describi? el aut?ntico esp?ritu del Concilio, en su inauguraci?n, cuando afirm? que buscaba "transmitir pura e ?ntegra la doctrina cat?lica, sin atenuaciones". Y prosigui?: "Nuestro deber no es s?lo custodiar este tesoro precioso, como si ?nicamente nos ocup?semos de la antig?edad, sino tambi?n dedicarnos con voluntad diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos. (...) Ahora, en cambio, en nuestro tiempo, es necesario que el conjunto de la doctrina cristiana sea examinado por todos, sin quitar nada, con esp?ritu sereno y tranquilo (...). Es necesario que esta doctrina, cierta e inmutable, a la que se debe prestar un asentimiento fiel, se profundice y exponga como lo requiere nuestro tiempo. Una cosa es el dep?sito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado" (Discurso del 11 de octubre de 1962: cf. "Concilio Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones", BAC, Madrid 1966, p. 949). Estas palabras permiten interpretar el Concilio de un modo muy diferente del descrito antes. Aqu? tenemos, en esencia, la hermen?utica de la continuidad y de la reforma.

La continuidad suscita un di?logo armonioso entre fe y raz?n. La raz?n iluminada por la fe no caer? en la trampa del laicismo moderno. El aut?ntico profetismo en la Iglesia quiere rectificar los comportamientos y no cambiar la revelaci?n apost?lica.

Los frutos
Hoy sentimos gratitud hacia el concilio Vaticano II por habernos proporcionado directrices claras para distinguir la sustancia del dep?sito de la fe de sus manifestaciones circunstanciales. La continuidad con lo que es esencial en la vida religiosa no suprime, sino que estimula la reforma de lo que es anticuado, accidental y perfeccionable. Esto resulta evidente cuando leemos los criterios y las directrices, esmeradamente equilibradas, del decreto Perfectae caritatis (nn. 1-18), a las que ya he hecho referencia hablando de la ruptura y la discontinuidad.

Si estos mismos n?meros se interpretan seg?n la l?nea de continuidad, se nota que los cambios nunca se deben separar de sus ra?ces. Quienes buscan la continuidad en la renovaci?n notar?n que el Concilio invit? a una renovaci?n que es eminentemente renovaci?n del esp?ritu, poniendo de relieve la centralidad de Cristo como nos lo presentan los Evangelios, sigui?ndolo en el camino trazado por el fundador a trav?s de los votos (cf. ib., 2).

Buscar la renovaci?n
Afrontemos ahora la cuesti?n: ?En qu? direcci?n podemos avanzar? ?Hay una nueva vida para las comunidades religiosas de Estados Unidos que aspiran a una aut?ntica reforma? Aqu? conviene notar que, aunque el fondo del problema es el mismo, y aunque hay problemas y desaf?os comunes para los religiosos y las religiosas (la ingenier?a del lenguaje, la deriva hacia el relativismo, la p?rdida del sentido de lo sobrenatural y, en algunos casos, dudas sobre la importancia y la centralidad de Cristo), tambi?n es verdad que cada grupo debe afrontar sus propios desaf?os espec?ficos. Las religiosas, en particular, necesitan afrontar cr?ticamente cierto feminismo, actualmente pasado de moda, pero que a pesar de ello sigue influyendo fuertemente en algunos ambientes. Voy a centrarme en algunos elementos comunes. Si la ruptura y la confusi?n son caracter?sticas de las recientes dificultades en la vida religiosa, entonces el camino que conviene seguir debe ser una b?squeda mayor de continuidad y claridad. Como el escriba que se ha hecho disc?pulo del reino de los cielos, debemos tener en nuestro tesoro "cosas nuevas y cosas viejas" (cf. Mt 13, 52).

Continuidad con la fe cat?lica
Podr?a parecer superfluo hacer esta observaci?n, pues en este punto no deber?a haber debate. En cambio, todos hemos experimentado la presencia de grupos o de individuos que, bajo su propia responsabilidad, se han "situado m?s all? de la Iglesia", aun permaneciendo externamente "dentro" de la Iglesia. Seguramente, una existencia tan ambivalente no puede dar frutos de alegr?a y paz (cf. Ga 5, 22), ni para s? mismos ni para la Iglesia. Oremos para que el Esp?ritu Santo los ilumine a fin de que vean el camino de la verdadera paz y libertad, y tengan la valent?a para seguirlo.

De acuerdo con el Concilio, "la autoridad misma de la Iglesia, bajo la gu?a del Esp?ritu Santo, se ha esforzado por interpretarlos (los consejos evang?licos), regular su pr?ctica y tambi?n establecer sobre su base formas estables de vida". La autoridad y la tradici?n de la Iglesia han hablado, a lo largo de los siglos, de la sustancia de la vida consagrada. Benedicto XVI la formul? de esta manera: "Pertenecer al Se?or es la misi?n de los hombres y las mujeres que han elegido seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y se salve".

Continuidad con el carisma del fundador
Este punto es de importancia fundamental, y es la clave para renovar y revitalizar nuestras congregaciones, para atraer vocaciones y para cumplir nuestras obligaciones con respecto a los j?venes que optan por entrar en nuestras familias religiosas. El Concilio insiste en este punto. Debemos garantizar que en nuestras congregaciones la vida sea plenamente cat?lica y en sinton?a total con el carisma del fundador o de la fundadora. En esta materia no puede haber contradicciones, dado que el carisma ha sido dado a los fundadores en el contexto eclesial y ha sido sometido a la aprobaci?n de la Iglesia. Muchas congregaciones est?n haciendo grandes esfuerzos en este sentido.

A pesar de ello, algunos superiores religiosos han descubierto que esto no basta. Est?n haciendo grandes esfuerzos por reavivar la figura y la centralidad de sus fundadores; est?n renovando la observancia religiosa y la vida de sus comunidades; pero dicen que todav?a no llegan las vocaciones. Hay otros dos elementos, ambos muy importantes, que se han de tener en cuenta.

En las circunstancias actuales, ofrecer un programa de formaci?n adecuado y fiel es un desaf?o particularmente significativo. Hago algunas consideraciones al respecto: vale la pena realizar cualquier tipo de sacrificio con tal de dedicar a la formaci?n a los mejores miembros. Deben estar plenamente en comuni?n con la Iglesia. Deben ser prudentes, eminentemente espirituales y pr?cticos. Deben amar a su congregaci?n e identificarse con el carisma del fundador, poseer un amor espiritual a sus tareas, ser conscientes de las fuerzas y debilidades de los j?venes de hoy, y contar con la ayuda plena de sus superiores.

Los programas de postulantado y noviciado son m?s f?ciles de cumplir; el desaf?o es mayor por lo que ata?e a los estudios de filosof?a y teolog?a, o a otras carreras universitarias necesarias para el apostolado que han de realizar los miembros. Cuando es necesario que los estudios religiosos se hagan en centros ajenos a la propia congregaci?n, esos centros deben elegirse con prudencia, de modo que la doctrina que los j?venes religiosos reciban sea segura y profunda, y las circunstancias externas les permitan vivir una vida comunitaria y religiosa aut?ntica, sin dejar de cultivar todos los sectores de su formaci?n, incluidos el espiritual, el sacramental y el humano.

Las nuevas vocaciones deben ser formadas a la luz de las ricas aportaciones de Juan Pablo II y de Benedicto XVI con respecto a la comprensi?n de la dignidad de la persona humana, la naturaleza de la libertad, la naturaleza de la dimensi?n religiosa de nuestra vida y la necesidad de la formaci?n humana. Deben impregnarse de amor a su fundador, su historia, sus tradiciones y sus aportaciones, as? como de un saludable anhelo de servir a las almas.

La fidelidad al esp?ritu de la vida religiosa y a un instituto no deber?a ser despersonalizada o est?tica. M?s bien, debe ser creativa, capaz de encontrar caminos innovadores para desarrollar y aplicar el carisma y para llegar a las nuevas generaciones de cat?licos y a los posibles miembros del instituto.

Distingo dos modos diferentes y complementarios para promover las vocaciones: uno indirecto y otro directo. Y, al contrario de lo que se podr?a intuir, creo que la promoci?n indirecta es la m?s importante en el contexto actual de la Iglesia, porque cada uno de nosotros puede comprometerse en ella. Todo el cuerpo eclesial saldr? beneficiado; y sin ella la promoci?n directa de las vocaciones en gran parte ser?a est?ril.

Promoci?n indirecta es todo lo que construye la vida de Cristo en la Iglesia, y se puede sintetizar en tres dimensiones de vida: espiritualidad, catequesis y apostolado o ministerio. Debemos centrar la atenci?n en estas dimensiones de la vida cristiana en los dos lugares que m?s influyen en las vocaciones a la vida consagrada: la familia, y el coraz?n, la mente y el alma del joven. Con mucha frecuencia en nuestra vida y en nuestras comunidades la raz?n por la que la semilla no da fruto no es porque el terreno sea pedregoso o est?ril, sino porque muchos otros intereses llenan nuestro tiempo y centran nuestra atenci?n. Quiero decir que hoy estamos implicados y preocupados por muchas cosas, como Marta (cf. Lc 10, 41). Nuestro calendario est? lleno de comit?s, conferencias, debates sobre justicia social, comunicados de prensa y cosas por el estilo. Pero la ?nica cosa que, en definitiva, cambia el mundo es la ?ntima transformaci?n de la persona a trav?s del contacto con la gracia de Cristo.

La espiritualidad no se debe centrar en el vago sentimiento religioso de estar bien con Dios y con el pr?jimo, y tener experiencias satisfactorias en la oraci?n. Su esencia es la conversi?n continua, alimentada con los sacramentos y el cumplimiento del plan de Dios para la propia vida. Tiene una dimensi?n objetiva.

La catequesis no se limita a una instrucci?n inicial, sino que es la profundizaci?n continua de las riquezas de nuestra fe cat?lica, la cual es la ?nica entre todas las religiones y versiones del cristianismo que ofrece un alimento s?lido y plenamente satisfactorio para el intelecto y para el alma. Es esencial que la catequesis vaya al paso de la espiritualidad y sea capaz de justificar nuestras esperanzas, como dijo san Pedro (cf. 1 P 3, 15), y como testimonia el Papa Benedicto XVI.

La tercera dimensi?n es la acci?n: vivir externamente la caridad de Cristo que lleva a superar los confines de la propia comodidad. Para la persona esta es una nueva experiencia de Cristo.

Normalmente Dios ir? a sembrar la semilla de la vocaci?n en las familias y en la vida de las personas. Y esto nos lleva al siguiente punto: la promoci?n directa. La promoci?n directa de las vocaciones se realiza cuando hemos comenzado a encontrar y animar a los j?venes que Dios est? llamando a nuestras comunidades. Esto supone que nosotros creemos que Dios est? trabajando realmente en esas almas; por esto nos comprometemos con confianza y no nos desalentamos si el ?xito no llega inmediatamente.

Se puede hacer promoci?n directa de muchas formas: con la propaganda, hablando en escuelas y universidades, escribiendo, invitando, ofreciendo retiros y experiencias, etc. Esto debe y puede continuar, y si es posible aumentar, utilizando todos los medios con que contamos actualmente.

Tres elementos contribuyen a hacer efectiva esta promoci?n directa: primero, la preparaci?n indirecta antes mencionada (que se haga por medio de un apostolado o ministerio de una de nuestras comunidades, o de otra comunidad o movimiento eclesial, o tambi?n en la parroquia de la persona). Segundo: lo que ofrecemos debe ser genuino; en otras palabras, la vida de nuestras comunidades y la formaci?n a la que invito a este joven debe reflejar el carisma particular de mi familia religiosa y estar en comuni?n plena y gozosa con la Iglesia. Y, por ?ltimo, los promotores vocacionales deben tener una preparaci?n humana, intelectual y espiritual adecuada a su delicada tarea.

Conclusi?n
No ha de sorprendernos el hecho de que el camino que se debe seguir est? lleno de dificultades y desaf?os. Sin embargo, deseo que est?is seguros de mi total apoyo a cualquier esfuerzo sincero de renovaci?n de cada una de las familias religiosas en la l?nea de la fidelidad a la Iglesia y al fundador. Como ha recordado el Papa Benedicto XVI, hace falta mucha honradez, humildad, valent?a, apertura de mente, di?logo, sacrificio, perseverancia y oraci?n. En el Evangelio, Jes?s nos advirti? que hay dos caminos: el camino estrecho que lleva a la vida, y el camino ancho que lleva a la perdici?n (cf. Mt 7, 13-14).

Quiero concluir con una oraci?n tomada de la oraci?n colecta y de la oraci?n despu?s de la comuni?n de la misa por los religiosos del Misal romano: "Oh Dios, que inspiras y llevas a cabo todo buen prop?sito, gu?a a tus siervos y siervas por el camino de la salvaci?n. Concede a quienes lo hacen todo por amor a ti que sigan a Cristo y renuncien al mundo, sirvi?ndote a ti y a sus hermanos y hermanas, con esp?ritu de pobreza y humildad de coraz?n. Concede que las religiosas y los religiosos, reunidos en tu amor, se animen unos a otros en el ejercicio de la caridad y en la pr?ctica de las obras buenas, y que con su vida santa sean testigos aut?nticos de Cristo en el mundo. Por nuestro Se?or Jesucristo, tu Hijo, en la unidad del Esp?ritu Santo. Am?n".


Publicado por mario.web @ 20:43
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