S?bado, 07 de mayo de 2011
El relativismo moral conduce al relativismo legal y ?ste acaba siempre resbalando por un precipicio
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La era de la cibercultura
La era de la cibercultura
La era de la cibercultura
Nos encontramos, aunque no seamos muy conscientes, ante un cambio de era, en una verdadera revoluci?n de consecuencias insospechadas. Marcada por la telem?tica, la rob?tica y las autopistas de la comunicaci?n, la era de la cibercultura es tan radical como lo fuera aquella del Neol?tico, y las otras m?s recientes, la del siglo XVIII ?revoluci?n del carb?n y del acero? y la del XIX, la de la energ?a el?ctrica. Vivimos ante un convulso cambio de esquemas, todav?a no sabemos si de consecuencias favorables o perjudiciales. Cambiar?n ?est?n cambiando desde hace 25 a?os? las relaciones sociales, los modelos de producci?n, la distribuci?n econ?mica, el concepto del trabajo y del ocio, las costumbres, las actitudes, los valores, las creencias... Por eso es m?s que una crisis: estamos ante un cambio de era.

Las modificaciones afectan a dos ?mbitos fundamentales y s?lidamente interrelacionados: por un lado, el proceso tecnol?gico; por otro, un nuevo modo de pensar y de enfrentarse a la vida que se ha dado en llamar, resumiendo en una palabra muchos conceptos, la postmodernidad.

La revoluci?n tecnol?gica, al introducir nuevos elementos en el sistema comunicativo, est? cambiando el n?mero y la naturaleza de los soportes t?cnicos y, por consiguiente, los h?bitos de consumo y el modo de vida de los ciudadanos. Los medios de informaci?n se han convertido en medios para el ocio, y la influencia de la televisi?n, el cine o los videojuegos es indudablemente m?s persistente ?quiz? incluso m?s eficaz? que los tradicionales agentes de formaci?n: la familia, la escuela y la Iglesia. Por eso nos parece que el mundo ?y quiz? nosotros mismos? estamos patas arriba. Aunque intuimos que ma?ana habr? nuevas sorpresas, no sabemos cu?les ser?n, y el ritmo de los cambios no s?lo produce v?rtigo sino que nos conduce hacia un punto desconocido. Corremos muy deprisa pero no sabemos hacia d?nde.


Materialismo, permisivismo y consumismo

Por lo que se refiere a la postmodernidad, aunque sea un concepto no s?lo amplio sino muy difuso, s? sabemos c?mo se caracteriza. Las sociedades occidentales pivotan en la actualidad y sin excepciones sobre tres principios: materialismo, permisivismo y consumismo.

El materialismo se manifiesta en la negaci?n ?quiz? no expl?cita, pero s? de facto? de la espiritualidad y la trascendencia. No hay Dios, y si lo hubiera no hay modo de conocerlo. La principal consecuencia de este materialismo ?envuelto, eso s?, en el atractivo celof?n de la tolerancia? es que, como apuntara Dovstoievski, si Dios no existe resulta que, al fin y al cabo, todo puede estar permitido. Y cuando digo todo, es todo: incluso matar a una vieja a hachazos. Crimen y castigo es muy revelador en este sentido. No hay modo de sustentar norma moral alguna si Dios no existe, porque las relaciones humanas acaban desembocando, en ?ltima instancia, simplemente en la ley del m?s fuerte: homo homini lupus. Los reg?menes totalitarios saben mucho de este materialismo: unas veces lo proclaman sin ambages y otras se empe?an en adornarlo con agua bendita.

Por su parte, el permisivismo es la consecuencia l?gica de un liberalismo exacerbado: no hay fines, s?lo importan los medios. Gato negro o gato blanco ?Qu? m?s da? Lo importante es que cace ratones, dijo un presidente de Gobierno espa?ol. El hombre debe hacer actos libres, s?lo as? se realiza; cuantos m?s mejor, da igual que sean contradictorios entre s?. L?gico resulta entonces que la responsabilidad se acabe percibiendo como un obst?culo que entorpece las decisiones: pongamos, por tanto, fin a las trabas, guerra a los l?mites: prohibido prohibir.

El consumismo, en tercer lugar, es el af?n del hombre postmoderno. Vivir es consumir, si se consume m?s se logra m?s felicidad. Nadie en su sano juicio sostendr?a esta afirmaci?n pero es dif?cil en la pr?ctica no dejarse enredar por el torbellino del consumo. En ?ltima instancia, el consumismo es la sombra del hedonismo: hay que buscar el placer como sea. Al sistema capitalista le viene de maravilla recordarnos permanentemente que el placer est? en tener cosas. Otra posibilidad de consumo es la de tratar a las personas como si fueran objetos; en esos casos el precio que se paga acaba siendo una repugnante obscenidad de la que nuestras televisiones ofrecen ejemplos a diario.


Nada importa, nada dura, nada vale la pena, nada llena

No obstante, la experiencia personal y social demuestra testarudamente que materialismo, permisivismo y consumismo no son nav?os seguros para conducir al ser humano hasta el puerto de la felicidad. La consecuencia l?gica es la frustraci?n personal, el individualismo salvaje y el nihilismo filos?fico. Nada importa, nada dura, nada vale la pena, nada llena. La vida es una n?usea, el infierno son los otros, como dir?a el pobre de Sartre.

Todo lo anterior est? obviamente relacionado con la evoluci?n geopol?tica de las sociedades occidentales. El fin del bloque sovi?tico ha tenido muchas consecuencias. Una de ellas es que Estados Unidos se ha quedado sola como ?nica e indiscutible potencia mundial. Las doctrinas neoliberales defendidas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los ochenta han acabado desembocando en un capitalismo salvaje, en un individualismo atroz y en un consumismo desproporcionado. Los sistemas capitalistas ?con Estados Unidos a la cabeza? son cada a?o m?s ricos, mientras que los pueblos del Tercer Mundo ?4000 millones de personas? no cesan de reducir su renta hasta situaciones de degradaci?n indescriptible. El gran drama de nuestro tiempo es que ni la tecnolog?a ni la postmodernidad, por m?s que se elogien, logran disminuir la injusticia social. Es m?s, la renta est? peor repartida que hace tres d?cadas pues m?s bienes est?n en menos manos, m?s gente vive en condiciones infrahumanas.

El concepto ilustrado y liberal de progreso salta hecho a?icos ante esta realidad incuestionable. La ?nica ley econ?mica ?como la ?nica ley social? es la que logra imponer el m?s fuerte. No importa la sociedad ni el bien com?n: s?lo tiene importancia el individuo. Los tribunales internacionales no est?n hechos para m? si yo soy el m?s fuerte. No importa la ONU. Se ha quebrado la supranacionalidad porque un Estado, uno solo, es el grandull?n del colegio y toca jugar a lo que disponga.

Dispone, por ejemplo, que el mayor problema del mundo es la falta de seguridad. R?os de tinta corren sobre la amenaza terrorista y todo se justifica, a la postre, si se trata de lograr un mundo m?s seguro. No obstante, ?ste es un presupuesto falso: el mayor problema del mundo no es la falta de seguridad sino la falta de justicia. Pero parece obvio que no interesa recordarlo: nos obligar?a a cambiar demasiado, especialmente a los que vivimos en el mundo rico.


Estrategias de sustituci?n para sobrevivir al nihilismo

En la vida cotidiana, el nihilismo tiene mala prensa. Nadie quiere reconocer que no cree en nada, que su vida no sirve para nada y que no tiene el menor viso de que sirva para algo: nadie reconoce que su existencia no tiene futuro. Es demasiado duro. Sabemos que Suecia o Jap?n tienen alt?simos ?ndices de suicidio pero preferimos no saber por qu?. Sabemos que en el pa?s de la libertad hay m?s armas que hogares, pero es mejor no preguntarse las razones. No se puede ser nihilista, es preciso aparentar que esto funciona y funciona bien. ?C?mo lo logramos? Justamente as?, mediante la apariencia, a trav?s de estrategias de sustituci?n.

Veamos cu?les. Negamos la existencia de Dios pero proclamamos la tolerancia religiosa; apariencia de tolerancia. Renunciamos a la responsabilidad pero aparentamos vivir en una ?poca de much?sima libertad; apariencia de libertad. La justicia brilla por su ausencia, as? que la sustituimos por una apariencia de solidaridad aunque no deje satisfecho a nadie ni resuelva gran cosa. La tolerancia, la libertad y la solidaridad se reducen a meras apariencias, porque en el fondo, el nihilismo, como no pod?a ser de otro modo, difumina la frontera entre el bien y el mal: se pierde el sentido de lo que es bueno y lo que es malo. Basta un solo ejemplo: esta misma semana un diputado dec?a en televisi?n que "las prostitutas tienen un trabajo muy digno que me merece mucho respeto". Nadie le contradijo. Es evidente que las prostitutas merecen respeto, pero la prostituci?n es una indignidad humana se mire por donde se mire.

Pero lamentablemente, nos vamos acostumbrando a que el bien y el mal sean una cuesti?n de opiniones que ha de quedar reducida al ?mbito de la propia conciencia. ?Denunciar al vecino porque oigo como pega a la mujer todas las noches? No, mejor no meterse en l?os. Es cosa suya. ?Ense?ar a los ni?os religi?n en el colegio? No parece progresista; que lo hagan los padres, ellos sabr?n, y que lo hagan en la intimidad, nunca en el ?mbito p?blico.

Desde esta posici?n, el bien y el mal no pueden existir m?s que en la conciencia de cada cual y cuando afectan al ?mbito social, entonces son relativos, cambiantes. Las leyes hoy son unas, ma?anas pueden ser otras: hoy la frontera del crimen est? en las 16 semanas de embarazo; ma?ana puede cambiar y ser 8 semanas, o 4 horas. Todo es relativo. Antes no era delito abandonar a un perro a su suerte. Hoy s?, hoy est? penado. Aunque si se pone uno a pensar no acaba de ver claro por qu? entonces se pueden clavar alfileres en las mariposas con lo hermosas que son cuando revolotean. ?Qu? culpa tendr?n las mariposas de no haber nacido perros! Por cierto, con la ley en la mano uno puede abandonar a su padre en una silla de ruedas en mitad de una gasolinera y no pasa nada, pero como abandone al perro... Es todo tan relativo que a veces resulta surrealista. Ayer no hab?a bodas de homosexuales; hoy s?, porque esto de la condici?n sexual es algo muy de uno. ?Y qui?n puede impedir que yo forme matrimonio con quien quiera con tal de que nos amemos? Es verdad... ?Y si mi hija y yo nos amamos y decidimos casarnos? ?No ha hecho, acaso, algo parecido Woody Allen? ?Y si amo a tres de mis hijas y aceptan ser mis esposas? El relativismo moral conduce al relativismo legal y ?ste acaba siempre resbalando por un precipicio no s?lo surrealista sino inacabable.

Eso s?, como al final hay que dejar claro lo que es bueno y lo que es malo, alguien con poder acaba determinando las cosas. En las sociedades democr?ticas se suele hacer apelando a la mayor?a, a lo que se ha dado en llamar la demanda social. Y si no la hay, el marketing la crea de un plumazo. ?Era una demanda social en Espa?a que los homosexuales pudieran adoptar ni?os? Es evidente que no. Tampoco en Estados Unidos ninguna demanda social pidi? la invasi?n de Irak, hasta que a alg?n descerebrado se le ocurri? que ven?a bien quedarse con el petr?leo irak? aunque fuera mediante una guerra. Entonces a trav?s de la opini?n publicada se va moldeando a la opini?n p?blica y el hombre toma forma de marioneta al servicio del poder. En este sentido ?duro es decirlo? los sistemas totalitarios no se distinguen de la partitocracia m?s que en los procedimientos, pero no en los fines.

En esa estrategia de manipulaci?n de la opini?n p?blica, la corriente medi?tica dominante anatemiza a quien no se digne adorar el dinero, el lujo, el consumo y el placer; a quien recuerda que la libertad sin responsabilidad es libertinaje; y, sobre todo, a quien con claridad sostiene que hay Dios y que tiene un designio para cada hombre. Lo que se salga de esas veredas est? en el terreno de lo pol?ticamente incorrecto. Se anatemiza ridiculizando con iron?a a quien defiende esos postulados, calific?ndolo de dogm?tico, de intolerante o de arcaico. ?Bienvenidos al laicismo!

Juan Pablo II lo defin?a as?: "una ideolog?a que lleva gradualmente de forma m?s o menos consciente a la restricci?n de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponi?ndose a su expresi?n p?blica". Gregorio Peces Barba reconoc?a abiertamente el 23 de enero en declaraciones a RNE que "el laicismo es una ideolog?a que, como todas las ideolog?as, aspira a ser a ser dominante, si es posible, haciendo desaparecer a todas las dem?s".

"Cristianismo y medios de comunicaci?n:
entre los prejuicios y las buenas intenciones". Arturo Merayo es Decano de la Facultad de Comunicaci?n de la Universidad Cat?lica de Murcia

Publicado por mario.web @ 22:24
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