S?bado, 07 de mayo de 2011
Carta del Papa Juan Pablo II a los trabajadores, profesionales y artesanos de Roma. 8 de diciembre de 1998. Habla del Evangelio del trabajo.
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Carta a todos los trabajadores, profesionales y artesanos de la ciudad de Roma
Carta a todos los trabajadores, profesionales y artesanos de la ciudad de Roma
CARTA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A TODOS LOS TRABAJADORES, PROFESIONALES
Y ARTESANOS DE LA CIUDAD DE ROMA



Queridos hermanos y hermanas que viv?s,
actu?is y trabaj?is en esta amada ciudad de Roma:


1. Estamos ya cerca del a?o 2000, durante el cual los cristianos, con el gran jubileo, celebrar?n el acontecimiento m?s importante de la historia: la encarnaci?n del Hijo de Dios y su plena inserci?n en las vicisitudes humanas como Salvador y Se?or.

El aniversario jubilar implica a toda la Iglesia, pero de modo muy especial a los habitantes de Roma, llamados a vivir intensamente este tiempo de gracia y a acoger a millones de peregrinos procedentes de todos los lugares de la tierra. Roma y su comunidad cristiana est?n invitadas a manifestar con alegr?a su identidad y a cumplir con profunda responsabilidad la misi?n, que les ha confiado la Providencia, de ser sede del Sucesor de Pedro, centro vivo de la catolicidad de la Iglesia y punto de referencia para el desarrollo espiritual y civil de la humanidad entera.

Para predisponer a los romanos a renovar su fe durante la preparaci?n del A?o santo, convoqu? la misi?n ciudadana, que se est? llevando a cabo con frutos positivos. Con ella se busca llevar el anuncio de Jesucristo a toda casa, llegar a todo habitante de Roma y penetrar en todo ambiente de trabajo y de vida.

2. Amad?simos hermanos y hermanas que viv?s, actu?is y trabaj?is en Roma, a cada uno de vosotros renuevo el apremiante llamamiento que desde el inicio de la misi?n resuena en las parroquias, en las casas y en las calles de la ciudad: ?Abre la puerta a Cristo, tu Salvador?. En este ?ltimo a?o de la preparaci?n inmediata para el jubileo, os invito a abrir no s?lo el coraz?n, sino tambi?n los ambientes en donde actu?is, al paso de la cruz de Jesucristo, ?nica fuente de salvaci?n para toda persona y fundamento seguro de convivencia plenamente humana, solidaria y fraterna.

Repasando con la memoria los a?os de mi juventud, cuando experiment? la condici?n de trabajador, y los siguientes, en los que fui profesor universitario, de buen grado me pongo en sinton?a con vosotros, compartiendo vuestras preocupaciones y las exigencias del mundo del trabajo y de la cultura.

3. En las enc?clicas y en los encuentros con las clases afectadas, he propuesto con frecuencia el ?evangelio del trabajo?, en relaci?n con los problemas propios de las diversas profesiones. En esta carta deseo tratar algunos aspectos que ata?en a las finalidades de la ?ltima etapa de la misi?n ciudadana que, entrando en los diversos ambientes, quiere despertar en cada persona la fe en Cristo.

En el evangelio de san Lucas, Jes?s plantea la pregunta: ??De qu? le sirve al hombre ganar el mundo entero, si ?l mismo se pierde o se arruina?? (Lc 9, 25). Esas palabras evang?licas y todo el mensaje cristiano recuerdan ante todo que el valor m?s grande que se ha de conservar y promover en el ambiente donde se act?a es la persona humana, con su derecho inalienable a ser reconocida en su profunda dignidad. En efecto, el hombre y la mujer, creados ?a imagen y semejanza de Dios? (Gn 1, 27), est?n llamados en Cristo a recibir la filiaci?n adoptiva y a cooperar, con su trabajo, en la mejora de la creaci?n.

Esa dignidad funda cualquier otro derecho-deber de la persona que trabaja: un empleo adecuado a sus cualidades profesionales y a las exigencias familiares; la producci?n de bienes y servicios cualificados; y la justicia retributiva y la solidaridad.

El trabajo es la senda para la propia realizaci?n, mediante el crecimiento y el desarrollo de las potencialidades y capacidades que se adquieren con la formaci?n, la experiencia y la actividad concreta.

Este proceso es m?s evidente en algunas profesiones vinculadas al campo de la cultura, el arte, el cine y el teatro, as? como de la investigaci?n cient?fica, pero tambi?n se realiza en el ejercicio de funciones m?s pr?cticas, dado que el trabajo humano supone inteligencia y tiende a incidir un designio inteligente en la realidad material y social donde la persona act?a.

4. Con todo, la consideraci?n de la brecha que existe entre lo que nos proponemos y lo que de hecho logramos realizar, es decir, la constataci?n de los l?mites personales y socioculturales que nos condicionan, inserta a menudo elementos de sufrimiento en la experiencia concreta del trabajo. Adem?s, esta experiencia se halla radicalmente marcada por el pecado, que se manifiesta como competitividad desenfrenada, celos y prepotencias, superficialidad o indiferencia en las relaciones mutuas, injusticias y atropellos.

El ritmo de trabajo, impulsado por el af?n de eficiencia y de lucro, lleva frecuentemente a absolutizar las complejas exigencias de la actividad econ?mica, en perjuicio de la humanizaci?n del ambiente de trabajo y de los derechos primarios de la persona. Precisamente por estos motivos, el trabajo se vive a veces como algo pesado y como necesidad inevitable de supervivencia, m?s que como senda para lograr la propia realizaci?n personal y para alcanzar el fin querido por Dios.

A menudo nos vemos en la necesidad de tener que elegir entre la coherencia con los valores y los principios que profesamos, incluso yendo contra corriente y pagando las consecuencias, y la aceptaci?n de la l?gica dominante en muchos ambientes, tal vez llegando a componendas con la propia conciencia.

?C?mo afrontar estas dif?ciles situaciones?

En las m?ltiples y arduas circunstancias de la vida, el cristiano sabe que puede contar con el don de la sabidur?a, que se obtiene con la oraci?n y se fortalece con la escucha de la palabra del Se?or y con la obediencia al Magisterio de la Iglesia. Ese don del Esp?ritu, recibido en el bautismo y en la confirmaci?n, ayuda a encontrar el camino que es preciso recorrer para dar testimonio de la verdad y del bien moral, si es necesario hasta la objeci?n de conciencia.

Sin embargo, el cristiano sabe tambi?n que el trabajo forma parte del camino diario de purificaci?n y salvaci?n para cuantos lo acogen con esp?ritu de obediencia a la voluntad de Dios y de servicio humilde y paciente al pr?jimo. En la cruz de Cristo encontrar? la fuerza para afrontar situaciones de sufrimiento o dificultad, y para dar a todos un testimonio eficaz y coherente.

5. De la visi?n cristiana del trabajo brota el compromiso constante de privilegiar en toda circunstancia el bien de la persona y su plena promoci?n espiritual, cultural y social.

As?, en el hospital, el enfermo es quien debe ocupar el centro de los cuidados del m?dico, de los enfermeros y de todo el personal administrativo; en la escuela y en la universidad, al alumno se le ha de ayudar, mediante la ense?anza y la educaci?n, a formarse para desempe?ar el d?a de ma?ana su tarea en la sociedad; en las f?bricas y en las oficinas de empresas p?blicas y privadas, en las actividades comerciales y empresariales, la ley absoluta e inderogable es el logro de una mejor calidad de vida, y no el simple aumento de los bienes y los beneficios; en el ejercicio de las profesiones liberales, en las tareas administrativas y en el sector terciario, al responder a las exigencias de la gente se han de privilegiar la honradez, la idoneidad y la calidad de los servicios; en la comunicaci?n, el valor primario es el servicio a la verdad, al que es preciso atenerse con fidelidad constante; en el ejercicio de la justicia, el derecho de cada persona y el respeto a la legalidad deben guiar a los magistrados y a los abogados; en el deporte y en el ?mbito del turismo y de la acogida, se ha de promover el crecimiento de la persona humana en todas sus potencialidades y exigencias f?sicas y espirituales.

6. La calidad del ambiente depende, ante todo, de las personas. En efecto, su esfuerzo puede convertirlo en lugar vital de colaboraci?n, comuni?n y relaciones marcadas por el respeto y la estima rec?proca, por la ayuda y la solidaridad, y por el testimonio coherente con los valores morales de la propia profesi?n. Como recuerda la Escritura: Un hermano ayudado por su hermano es como una plaza fuerte (cf. Pr 18, 19).

Por consiguiente, el cristiano no ve a sus colegas como antagonistas sino como colaboradores, y trata a los destinatarios de su actividad profesional como hermanos a los que debe servir por amor a Cristo. Esta visi?n del trabajo, que genera actitudes y comportamientos no formales o superficiales, sino marcados por un di?logo, una acogida y una comprensi?n constantes, hace que el contexto en el que se act?a se convierta en ocasi?n de crecimiento humano y de santificaci?n.

7. El planteamiento correcto de las relaciones en el ambiente de trabajo exige el ejercicio constante de la justicia: para ello deben servir los organismos sindicales y las diversas formas de organizaci?n, que tienen como finalidad no s?lo asegurar una justa paga, sino tambi?n el respeto de los derechos-deberes de las personas y el desarrollo arm?nico de las condiciones profesionales y laborales.

El sentido de la justicia compromete, asimismo, a mejorar las competencias profesionales, a respetar los valores de la honradez y la legalidad, y a prestar atenci?n a las exigencias de los que trabajan en actividades de producci?n.

Por ?ltimo, la organizaci?n del trabajo debe tener presentes las expectativas de la familia y las de la condici?n de la mujer, especialmente con respecto a la maternidad, al descanso dominical y al tiempo libre.

Como record? en la reciente carta apost?lica Dies Domini, ?por medio del descanso dominical, las preocupaciones y las tareas diarias pueden encontrar su justa dimensi?n: las cosas materiales por las cuales nos inquietamos dejan paso a los valores del esp?ritu; las personas con las que convivimos recuperan, en el encuentro y en el di?logo m?s sereno, su verdadero rostro. Las mismas bellezas de la naturaleza ?deterioradas muchas veces por una l?gica de dominio que se vuelve contra el hombre? pueden ser descubiertas y gustadas profundamente. (...) Por tanto, si despu?s de seis d?as de trabajo ?reducidos ya para muchos a cinco? el hombre busca un tiempo de distensi?n y de m?s atenci?n a otros aspectos de la propia vida, esto responde a una aut?ntica necesidad, en plena armon?a con la perspectiva del mensaje evang?lico? (n. 67).

8. La justicia va unida a la solidaridad, que vincula a los hombres y mujeres del mundo del trabajo y abre a ineludibles compromisos que van m?s all? del inter?s personal o de grupo. La justicia y la solidaridad exigen que se afronte el grave problema de los que buscan su primer trabajo o de los parados.

Tambi?n en la ciudad de Roma esas situaciones constituyen la preocupaci?n m?s apremiante de demasiadas familias e influyen en gran medida en el futuro de los j?venes, mortificando expectativas, esperanzas y proyectos.

La crisis del mercado de trabajo suele ir acompa?ada de nuevas formas de pobreza que afectan a un n?mero cada vez mayor de familias, ancianos, minusv?lidos e inmigrantes, mientras importantes sectores de la vida ciudadana, como la sanidad, la escuela, la casa, los servicios sociales, atraviesan un per?odo dif?cil, no s?lo debido a motivos de orden econ?mico.

La soluci?n de esos problemas requiere el compromiso tempestivo y responsable de todos: instituciones pol?ticas, fuerzas empresariales, agentes econ?micos p?blicos y privados, sindicatos, profesionales, comerciantes y artesanos, trabajadores dependientes, escuela y universidad, medios de informaci?n, familias, j?venes, realidades eclesiales, deben unir sus esfuerzos para que la crisis de esperanza que parece frenar el impulso de muchos romanos no se transforme en situaci?n permanente. Ojal? que con la colaboraci?n de todos y tomando medidas sociales, econ?micas y pol?ticas m?s abiertas a la iniciativa y al cambio, se promueva en la ciudad una mentalidad de mayor confianza y m?s creativa.

A este respecto, invito a la comunidad cristiana y a cada uno de los creyentes a un esfuerzo constante de reflexi?n y de programaci?n para que Roma, apoy?ndose en su misi?n espiritual y civil, y aprovechando su patrimonio de humanidad, cultura y fe, promueva su desarrollo civil y econ?mico tambi?n con vistas al bien de toda la naci?n italiana y del mundo.

9. Queridos trabajadores, profesores, profesionales, agentes econ?micos, artesanos y comerciantes, la misi?n ciudadana es una gran ocasi?n para analizar los m?ltiples aspectos de vuestro servicio profesional y laboral. Interpela a todos, pero estimula en particular a los creyentes en Cristo, cuyo compromiso en el ambiente de trabajo y en la actividad profesional no puede limitarse a los problemas y a las exigencias econ?micas, sociales y organizativas; tambi?n deben tratar de dar testimonio, personal y p?blico, del Evangelio como camino privilegiado para lograr que el trabajo sea plenamente humano y ocasi?n de salvaci?n para la persona y la sociedad.

La evangelizaci?n del mundo del trabajo conlleva fidelidad y honradez en el cumplimiento del servicio profesional, coherencia moral tanto en las opciones grandes como en las peque?as, y solidaridad fraterna con los necesitados. Asimismo, exige el testimonio, mediante las formas oportunas y posibles, de la propia identidad cristiana, para que el anuncio de Jesucristo, ?nico Salvador, sea propuesto en todos los lugares de trabajo como don y gracia de renovaci?n interior y fuerza de cambio social. En efecto, el Hijo del hombre ?trabaj? con manos de hombre, pens? con inteligencia de hombre, obr? con voluntad de hombre y am? con coraz?n de hombre ? (Gaudium et spes, 22). Quien cree en ?l y lo sigue, encuentra la luz y la fuerza para ser sal y levadura en cualquier ambiente y en cualquier circunstancia.

La misi?n exige el anuncio valiente, respetuoso y atento del Evangelio, con la convicci?n de que toda persona en su coraz?n espera a Cristo y de que s?lo ?l es la respuesta a los interrogantes m?s profundos de todo hombre y de toda mujer.

10. Amad?simos hermanos y hermanas de Roma, no teng?is miedo de proponer a Cristo a vuestros colegas y de colocar la cruz en los lugares donde realiz?is vuestra actividad y en vuestras casas. Recordar? a todos el don de amor del Hijo de Dios, que redimi? el mundo y rescat? del pecado toda condici?n de vida y de trabajo.

La Iglesia necesita seglares que sean aut?nticos obreros de la nueva evangelizaci?n en los ambientes secularizados de nuestro tiempo. ?Vosotros sois la sal de la tierra (...). Vosotros sois la luz del mundo (...) ?dice Jes?s a sus disc?pulos?. Brille as? vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que est? en los cielos? (Mt 5, 13-16). Siempre y por doquier cumplid este mandato del Se?or realmente y con coherencia.

11. Que os ayude y sostenga Mar?a, Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra. Ella no s?lo puso sus energ?as de mujer, de esposa y de madre al servicio del crecimiento de su Hijo; tambi?n se dedic? con amor generoso y constante a los hermanos, llev?ndoles la alegr?a de la presencia del Se?or. Mar?a, la primera disc?pula de Cristo, hizo de su existencia un don gratuito, conservando en su coraz?n todas las cosas que le acontec?an y descubriendo en las vicisitudes de la vida la voluntad de Dios, a quien se abandon? con obediencia y fidelidad.

La intercesi?n de la Madre de Dios obtenga a todos los creyentes en Cristo plena fidelidad al Evangelio y valent?a para anunciarlo con sus palabras y con su vida.

12. Espero que esta carta, juntamente con el crucifijo, signo de la misi?n, llegue a todos los ambientes de la ciudad y sea acogida como mensaje de esperanza y como invitaci?n a caminar juntos por la senda de la fe en Cristo, de la fraternidad y de la aut?ntica libertad.

Sobre todos vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestro compromiso laboral y sobre vuestros proyectos profesionales, descienda mi bendici?n apost?lica.

Vaticano, 8 de diciembre de 1998, solemnidad de la Inmaculada Concepci?n de la Virgen Mar?a.

Publicado por mario.web @ 23:45
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