S?bado, 07 de mayo de 2011
Intervenci?n del Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado de su Santidad, en un congreso. Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, Jueves 6 de noviembre de 2008
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La herencia del Magisterio de P?o XII
La herencia del Magisterio de P?o XII
INTERVENCI?N DEL CARDENAL TARCISIO BERTONE,
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD,
EN UN CONGRESO SOBRE
LA HERENCIA DEL MAGISTERIO DE P?O XII*

Pontificia Universidad Gregoriana de Roma
Jueves 6 de noviembre de 2008



El joven Pacelli, nacido en Roma el 2 de marzo de 1876 en el seno de una familia de la peque?a nobleza pontificia y ordenado sacerdote el 2 de abril de 1899, entr? en el servicio de la Santa Sede en el a?o 1901, al final del pontificado de Le?n XIII, comenzando una carrera eclesi?stica brillante que lo llevar?a al v?rtice de la diplomacia pontificia ya antes del estallido de la guerra. Elegido en 1904 por el cardenal Pietro Gasparri como secretario de la comisi?n para la redacci?n del C?digo de derecho can?nico, entr? el a?o sucesivo en la Congregaci?n para los asuntos eclesi?sticos extraordinarios, de la cual el Papa P?o x lo nombr? subsecretario en 1911, secretario adjunto en 1912 y secretario en 1914, precisamente en v?speras del conflicto. En esas funciones de responsabilidad cada vez mayor, monse?or Pacelli se ocup? en particular de la rotura de las relaciones diplom?ticas con Francia y despu?s fue protagonista de dos dif?ciles misiones durante la cat?strofe b?lica, en repetidos pero in?tiles intentos de mediaci?n llevados a cabo por la Santa Sede, que desde hac?a m?s de cuarenta a?os ?como est? bien documentado y estudiado? era cada vez m?s activa "en las fronteras de la paz".

En 1917 monse?or Pacelli fue nombrado nuncio pontificio en Munich por Benedicto XV, que el 13 de mayo de ese mismo a?o le confiri? personalmente, en la capilla Sixtina, la consagraci?n episcopal. En calidad de nuncio en Munich, como ?nico representante pontificio en los territorios alemanes, se encontr? con el K?iser, para sondear las intenciones reales de Alemania.

El encuentro con Guillermo II fue solemne, pero sin ?xito, y fue descrito inmediatamente por el diplom?tico pontificio en un l?cido informe al secretario de Estado, que desde 1914 era el cardenal Gasparri: "Introducido en la presencia del K?iser (...), le expuse, de acuerdo con las instrucciones recibidas, las profundas preocupaciones del Santo Padre con respecto a la prolongaci?n de la guerra, el crecimiento de los odios y el acumularse de ruinas materiales y morales que representan el suicidio de la Europa civil y hacen retroceder en muchos siglos el camino de la humanidad.(...) Su Majestad me escuch? con atenci?n respetuosa y seria. Con todo, debo decir con plena franqueza que con su modo de fijar largamente la mirada en su interlocutor, con sus gestos y con su voz me dio la impresi?n (no sabr?a decir si es su naturaleza o si es consecuencia de estos tres largos y angustiosos a?os de guerra) de estar algo exaltado y no totalmente normal. Me respondi? que Alemania no hab?a provocado esta guerra, sino que se hab?a visto obligada a defenderse contra las intenciones destructoras de Inglaterra, cuya potencia beligerante (al decir esto el emperador lanz? con energ?a un pu?o al aire) deb?a ser aplastada". Cinco a?os m?s tarde, una versi?n diversa y menos cre?ble de ese encuentro, realizada en sus memorias por el soberano ya destronado, fue desmentida por la Santa Sede.

La representaci?n pontificia tambi?n afront? la desastrosa situaci?n del pa?s con la que se defini? "diplomacia de la ayuda", de la que fue protagonista Pacelli en el marco mucho m?s amplio de una actividad humanitaria desplegada por la Santa Sede desde 1915 en favor de los prisioneros de guerra. Testigo de la destrucci?n sucesiva al conflicto, el nuncio en Munich ?al que desde 1920 se hab?a confiado tambi?n la nunciatura en Berl?n, mientras en el c?nclave de 1922 hab?a sido elegido P?o XI? vio con claridad los peligros de la nueva situaci?n, provocados por el derrumbamiento del imperio de Guillermo, por las responsabilidades de las potencias vencedoras con respecto a Alemania, por las pruebas de revoluci?n comunista, por los peligros de una posible alianza militar ruso-germana hostil a los pa?ses occidentales, por el crecimiento del nacionalismo alem?n, aunque fuera de ra?z protestante, tambi?n entre los cat?licos, y por la difusi?n del movimiento hitleriano. Por eso, monse?or Pacelli sostuvo la Rep?blica de Weimar, la colaboraci?n entre el Zentrum cat?lico y los socialistas, la unidad estatal del pa?s, y se esforz? por lograr acuerdos concordatarios, que estableci? con Baviera en 1924 y con Prusia en 1929, e inici? con Baden y con el Reich. En cambio, no tuvieron ?xito las negociaciones del nuncio en Berl?n con los emisarios sovi?ticos, encaminadas a asegurar condiciones de supervivencia a la Iglesia cat?lica, que comenzaron en 1924 y duraron m?s de tres a?os.

El 16 de diciembre de 1929, P?o XI cre? cardenal a su representante en Berl?n, que Pacelli dej? recibiendo reconocimientos ?incluso en la "prensa adversaria", como subraya un informe enviado al Vaticano por la nunciatura? de sus dotes y de sus m?ritos. Pocas semanas m?s tarde, el Papa Ratti nombr? al nuevo purpurado su secretario de Estado, con un breve documento fechado el 7 de febrero de 1930, ?ntegramente redactado y escrito de su pu?o y letra, que est? colocado en la exposici?n, muy interesante, organizada en el Brazo de Carlomagno de la plaza de San Pedro por el Comit? pontificio de ciencias hist?ricas para conmemorar al hombre Pacelli y su pontificado en el 50? aniversario de su muerte; una exposici?n que tuve el placer de inaugurar hace dos d?as.

Por su inter?s, vale la pena citar ?ntegramente el texto del Papa: "Se?or cardenal, habiendo cre?do yo que deb?a acoger (lo cual he hecho hoy mismo, no sin gran tristeza) la petici?n del se?or cardenal Pietro Gasparri de que aceptara su dimisi?n como mi secretario de Estado, coram Domino he decidido llamarlo y nombrarlo a usted, se?or cardenal ?como lo llamo y lo nombro con este quir?grafo? a la sucesi?n, ciertamente dif?cil y ardua, en ese alto y delicado cargo. A este nombramiento me mueven, y me dan plena y gran seguridad, ante todo su esp?ritu de piedad y de oraci?n, que no puede menos de obtenerle la abundancia de la ayuda divina, as? como las cualidades y las dotes con que Dios lo ha enriquecido y que usted ha demostrado saber usar tan bien en todas las misiones que se le han encomendado ?especialmente en las dos nunciaturas de Baviera y de Alemania? para gloria del divino Dador y para servicio de su Iglesia. Lo bendigo cordialmente".

As? comenz? el ?ltimo tramo, decisivo, del camino de Pacelli antes del brev?simo c?nclave que, nueve a?os m?s tarde, el 2 de marzo de 1939, precisamente el d?a de su 63? cumplea?os, lo elegir?a Papa, el primer romano y el primer secretario de Estado en serlo despu?s de m?s de dos siglos.

El per?odo durante el cual el cardenal fue el primer colaborador de P?o XI, profundizado por primera vez por un estudioso de valor como el padre Pierre Blet, al que deseo saludar, fue uno de los m?s dif?ciles y tr?gicos del siglo XX. El contexto internacional era dificil?simo, por la crisis econ?mica mundial y por la creciente marea totalitaria que parec?a sumergir a Europa, mientras ?resuelta por fin la "cuesti?n romana" con la conciliaci?n entre Italia y la Santa Sede? la Iglesia de Roma asum?a de forma cada vez m?s visible la dimensi?n mundial inscrita en su vocaci?n y que precisamente los pontificados de P?o XI y P?o XII habr?a desarrollado y subrayado fuertemente, preparando los a?os del concilio Vaticano II y los de sus sucesores en la segunda mitad del siglo.

En esta obra fue fundamental la acci?n del secretario de Estado Pacelli, con la ayuda de colaboradores muy cualificados. Entre estos destac? sobre todo el d?o constituido por las personalidades, muy diversas pero complementarias, de Domenico Tardini y Giovanni Battista Montini, en 1937 nombrados respectivamente secretario para los Asuntos eclesi?sticos extraordinarios y sustituto de la Secretar?a de Estado, y luego confirmados por Pacelli una vez elegido Papa, hasta convertirse ambos, a fines de 1952, en prosecretarios de Estado.

Con Pacelli lleg? a la direcci?n de la Secretar?a de Estado un eclesi?stico de preparaci?n extraordinaria, que impresion? inmediatamente a los diplom?ticos acreditados ante la Santa Sede. He aqu? como lo recordaba, escribiendo cerca de quince a?os m?s tarde, el embajador de Francia en el Vaticano Fran?ois Charles-Roux: ?Era un negociador perfecto, escrupuloso, perseverante para hacer que prevaleciera lo esencial del punto de vista de la Santa Sede, pero al mismo tiempo conciliador, equitativo, imparcial, de una lealtad escrupulosa. Evitaba ser irritante cuando se ve?a obligado a ser intransigente o en?rgico, a dar una negativa o a quejarse. Un trato frecuente con ?l hac?a que volvieran a la memoria las palabras de un diplom?tico o estadista franc?s, Choiseul: "La verdadera finura es la verdad, dicha alguna vez con fuerza, pero siempre con gracia"?.

Y la Santa Sede pudo aprovechar estas cualidades inmediatamente, en los a?os oscuros que prepararon la segunda guerra mundial.

Aqu? no me es posible comentar un per?odo tan denso de acontecimientos y tan complejo desde el punto de vista hist?rico, pero para mostrar la actividad de la Sede apost?lica, la acci?n del Papa y la obra de su secretario de Estado bastar?n algunas alusiones a hechos conocidos, aunque no siempre interpretados en su contexto hist?rico y a veces tergiversados.

En Italia, a pesar de la conciliaci?n, se multiplicaron las pol?micas y las tensiones entre la Santa Sede y el r?gimen fascista hasta la crisis de 1931, cuando el jefe del gobierno, Mussolini, dio orden de disolver las asociaciones juveniles cat?licas. P?o XI reaccion? con energ?a y public? la c?lebre enc?clica Non abbiamo bisogno, fuertemente pol?mica contra la decisi?n del Gobierno, hasta el punto de que para divulgarla fuera de Italia, por el temor de que se impidiera su publicaci?n en su interior, a monse?or Montini se le encarg? que llevara de inc?gnito el texto a las nunciaturas de Munich y Berna: "Se ha intentado ?afirmaba el Papa al inicio del texto escrito en italiano? golpear mortalmente todo lo que era y ser? siempre m?s querido por nuestro coraz?n de padre y pastor de almas".

La crisis se super?, pero la tensi?n volvi? varias veces en los a?os sucesivos, en un pa?s donde la ?nica voz de prensa realmente libre fue el diario del Papa, como recordar?a a la asamblea constituyente un exponente laico, Piero Calamandrei: "Porque en cierto momento, en los a?os de la mayor opresi?n, nos dimos cuenta de que el ?nico diario en el que todav?a se pod?a encontrar alg?n signo de libertad, de nuestra libertad, de la libertad com?n a todos los hombres libres, era "L?Osservatore Romano"; porque hemos experimentado que quien compraba "L?Osservatore Romano" se ve?a expuesto a ser atacado; porque en los Acta diurna del amigo Gonella se encontraba una voz libre".

Ese mismo a?o 1931 se public? otra enc?clica: Nova impendet, sobre la gravedad de la crisis econ?mica y sobre la creciente carrera de armamentos; y a continuaci?n, en octubre, otro gran documento social conmemorativo del de Le?n XIII, la enc?clica Quadragesimo anno, publicada en mayo. El a?o sucesivo, se afrontaba tambi?n la grave situaci?n social como tema de la Caritate Christi, a la que sigui? ese mismo a?o 1932 la Acerba animi sobre la persecuci?n anticat?lica en M?xico, que rompi? las relaciones diplom?ticas con la Santa Sede. Pero la crisis se precipitaba tambi?n en Espa?a, donde la Rep?blica recientemente proclamada pon?a en marcha una pol?tica duramente contraria a la Iglesia con medidas que suscitaron en 1933 la firme protesta de la Santa Sede, ya desde la carta enc?clica Dilectissima nobis, por la "grave ofensa no s?lo a la religi?n y a la Iglesia, sino tambi?n a los afirmados principios de libertad civil en los que el nuevo r?gimen espa?ol dice que se basa. Y no se crea ?prosigue el documento papal? que nuestra palabra se inspira en sentimientos de aversi?n a la nueva forma de gobierno o a los dem?s cambios estrictamente pol?ticos acontecidos recientemente en Espa?a. En efecto, es de todos conocido que la Iglesia cat?lica, en absoluto vinculada a una forma de gobierno m?s que a otra, con tal de que se respeten los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad para llegar a acuerdos con las diversas instituciones civiles, sean mon?rquicas o republicanas, aristocr?ticas o democr?ticas. Son prueba manifiesta, por aludir s?lo a hechos recientes, los numerosos concordatos y acuerdos estipulados en estos ?ltimos a?os y las relaciones diplom?ticas entabladas por la Santa Sede con diversos Estados, en los cuales, despu?s de la ?ltima gran guerra, tras gobiernos mon?rquicos han llegado gobiernos republicanos".

Por lo dem?s, es lo mismo que repet?a el secretario de Estado Pacelli a prop?sito de la actitud de la Iglesia con respecto a los poderes p?blicos: "Una experiencia de dos mil a?os le impide exagerar la importancia de las cuestiones vinculadas a la forma del Estado y de las estructuras que condiciona". Y como prueba de la moderaci?n y del realismo de la Iglesia de Roma durante la tragedia que, tres a?os m?s tarde, desembocar?a en la guerra civil espa?ola, est? la posici?n de la Santa Sede, y del propio P?o XI, durante muchos meses notoriamente no favorables a los insurgentes guiados por el general Franco.

Entre los concordatos firmados por la Santa Sede destaca naturalmente el establecido con el Reich, al que se lleg? en el mismo a?o 1933, pero en una situaci?n completamente diversa de la que Pacelli hab?a dejado tres a?os antes, a causa del aumento del consenso con respecto al nazismo.

La Santa Sede y la mayor?a de los obispos alemanes ?a diferencia de muchos cat?licos y de la gran mayor?a de los protestantes? mantuvieron una actitud negativa, aunque la oposici?n inicial del Episcopado no pudo menos de tener en cuenta el ascenso al poder de Hitler y el consenso obtenido por el nuevo r?gimen. Para recordar s?lo un dato, once mil sacerdotes cat?licos (casi la mitad del clero alem?n) "sufrieron medidas punitivas, motivadas pol?tica y religiosamente, por parte del r?gimen nazi", acabando a menudo en campos de concentraci?n. Una de las consecuencias del concordato fue la eliminaci?n del escenario pol?tico del partido cat?lico (el Zentrum), pero los contrastes entre la Iglesia cat?lica y el nazismo ?a pesar de las crecientes preocupaciones por la consolidaci?n del totalitarismo comunista y a pesar del tradicional antijuda?smo cat?lico? se intensificaron con la puesta en marcha de la legislaci?n antisemita y las disposiciones sobre la esterilizaci?n obligatoria, contra las cuales se pronunci? con firmeza, ya en 1934, sobre todo el obispo de M?nster, Clemens von Galen.

La oposici?n al nazismo se hizo clara y en 1936 una carta colectiva del Episcopado pidi? al Papa una enc?clica. P?o XI convoc? a Roma a los tres cardenales alemanes (Adolf Bertram, Michael von Faulhaber y Karl Joseph Schulte) y a los dos obispos m?s contrarios al r?gimen, precisamente von Galen y Konrad von Preysing. As?, con la ayuda decisiva del cardenal Pacelli y de sus colaboradores alemanes de mayor confianza (monse?or Ludwig Kaas y los jesuitas Robert Leiber y Augustin Bea) se lleg? a la Mit brennender Sorge ("Con gran preocupaci?n"), la enc?clica que en 1937 conden? la ideolog?a racista y pagana que ya se hab?a consolidado en el Reich alem?n; pocos d?as despu?s siguieron las enc?clicas contra el comunismo ateo (Divini redemptoris) y sobre las sangrientas persecuciones del laicismo mas?nico contra los cat?licos mexicanos (Firmissimam constantiam).

La relaci?n entre P?o XI y su secretario de Estado est? a?n por investigarse plenamente, y esto se podr? hacer con el tiempo y el estudio progresivo de los documentos de los archivos vaticanos, que con respecto al pontificado del Papa Ratti, es decir, hasta inicios del a?o 1939, est?n completamente accesibles desde hace m?s de dos a?os, pero han sido poco consultados por los estudiosos. Es conocida la estima que el Pont?fice ten?a por Pacelli, desde su creaci?n cardenalicia, ocasi?n durante la cual pronunci? la frase evang?lica (Jn 1, 26), luego interpretada como una premonici?n, medius vestrum stat quem vos nescitis.

Esta estima se acrecent? continuamente e indujo a P?o XI, con una innovaci?n sin precedentes, a enviar a su secretario de Estado a repetidas misiones internacionales. As?, en 1934, el cardenal Pacelli atraves? el Atl?ntico, como hab?a hecho ya m?s de un siglo antes otro futuro Papa, el joven Mastai Ferretti, para una misi?n diplom?tica que lo llev? a Chile. El secretario de Estado y legado pontificio estuvo en Buenos Aires para el Congreso eucar?stico internacional, y durante el largo viaje visit? despu?s Montevideo y R?o de Janeiro, luego Las Palmas de Gran Canaria y Barcelona, hasta volver al Vaticano a inicios de 1935.

Pocos meses m?s tarde, el purpurado se encontraba en Lourdes, donde, en la homil?a conclusiva del viaje, contrapuso la redenci?n de Cristo a la "bandera de la revoluci?n social", a la "falsa concepci?n del mundo y de la vida" y a la "superstici?n de la raza o de la sangre": una condena de la "idolatr?a de la raza" que con esas palabras clar?simas volver?a dos a?os m?s tarde a los labios del cardenal Pacelli, enviado de nuevo a Francia por el Papa, esta vez a consagrar la bas?lica de Lisieux y luego a Par?s, donde el purpurado se encontr? con exponentes del Gobierno formado por el Frente popular. Y en 1938 el secretario de Estado, con ocasi?n de otro Congreso eucar?stico internacional, viaj? a Hungr?a, donde reafirm? el principio tradicional seg?n el cual la Iglesia no determina las formas de gobierno, y sobre todo denunci? la carrera de armamentos, "que se ha convertido en la ocupaci?n dominante de la humanidad del siglo XX", advirtiendo de que "la locura destructora" de nuevos conflictos superar?a "lo m?s espantoso que ha conocido el pasado".

Publicado por mario.web @ 23:56
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