Domingo, 08 de mayo de 2011
Hugh McDonald retoma el postulado de Marshall McLuhan para hablar de la necesidad de devolver a los medios un rostro humano en el que sus contenidos y no la forma sean el verdadero mensaje evangelizador.
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El medio es el mensaje
El medio es el mensaje


Todo lo que act?a, act?a con un fin. Es f?cil reducir todas las acciones del hombre al deseo de felicidad. El motivo ?ltimo de nuestras acciones da sentido a todos los motivos intermedios.


Para entender el significado de la frase de McLuhan "el medio es el mensaje", tenemos que recurrir a la filosof?a de Arist?teles y Santo Tom?s. Marshall McLuhan escribi? lo siguiente en una carta a J.M. Davey, asesor del Primer Ministro Trudeau:

?Se ve entonces que mi teor?a de la comunicaci?n es tomista hasta lo m?s profundo. Tiene adicionalmente la ventaja de ser capaz de explicar a Santo Tom?s y a Arist?teles en t?rminos modernos. Estamos contentos con cualquier cosa que usemos, tan s?lo porque estas cosas son extensiones de nosotros mismos?. (15)

El acto del conocimiento humano est? ante todo y objetivamente dirigido a conocer las formas de las cosas materiales. ?ste es el realismo fundamental del conocimiento humano.

El conocimiento de los conceptos no es el motivo primero del acto de conocer, sino que es a trav?s de los conceptos que conocemos las cosas. S?lo despu?s que conocemos las cosas, podemos reflexionar y preguntarnos c?mo conocemos.

Es entonces que tomamos conciencia del rol intermediario del concepto. El concepto es algo que necesariamente se encuentra entre el objeto de conocimiento y el juicio del entendimiento. ?Encontrarse entre? es ser un medio. Hay m?s de un medio entre el objeto mismo y el acto de juicio que es la meta final del conocimiento o "mensaje".

En la visi?n corporal, la luz misma hace de intermediaria, luego la impresi?n sensorial en el ojo, y finalmente un acto de percibir conscientemente lo que el sentido f?sico est? proveyendo.

En la visi?n mental, la luz de la mente haciendo conocer las cosas es un medio, como lo es el concepto o la especie en el entendimiento, y luego la mente entabla una relaci?n entre la especie o concepto y la realidad en un acto de juicio.

En este proceso la mente act?a como espejo de la realidad, lo que constituye otro sentido en el que se da un medio en el acto de conocer (16). Es com?n que estos medios permanezcan ocultos durante el acto objetivo de conocer.

Si alguien dice "Hay fuego en el edificio", no dirigimos nuestra atenci?n al rol intermediario de las palabras y los conceptos, sino al peligro real e inminente, y actuamos consecuentemente.

Sin embargo, cuando conocemos algo, simult?neamente sabemos que sabemos. Esto es lo que se denomina reflexi?n concomitante, lo que significa que es un acto de reflexi?n que siempre y necesariamente acompa?a el acto objetivo de conocer.

Es el elemento esencial de la conciencia. Normalmente esta reflexi?n forma el trasfondo del acto de conocer. Normalmente no nos recordamos a nosotros mismo o a otros lo impl?cito, como al decir "S? que hay fuego" en vez de "Hay fuego".

La mente o el alma no est? siempre consciente de s? misma como separada o distinta de las otras cosas (17). El conocimiento de uno mismo no existe siempre en acto (con la atenci?n dirigida al alma), sino que, a trav?s de la reflexi?n concomitante, existe siempre en potencia. Cuando el alma ve su acto, se ve a s? misma. Cuando me veo a m? mismo pensando, me veo a m? mismo.

De esta manera, el medio se convierte en el mensaje. Esto nos lleva m?s lejos al movernos, desde el conocimiento de uno mismo como imagen, hacia el conocimiento de Dios como Aquel a cuya imagen somos creados. A trav?s del acto de reflexi?n los medios mismos se convierten en el mensaje, y as? tenemos las semillas de la teor?a de McLuhan sobre la comunicaci?n y sus efectos en las ense?anzas de Santo Tom?s.

Marshall McLuhan fue m?s lejos al afirmar que sin un acto de reflexi?n no somos conscientes de los diversos medios artificiales de comunicaci?n. La palabra impresa "bandera estadounidense" y la bandera en s? son ambos medios de comunicaci?n.

La palabra impresa, sin embargo, no evoca una reacci?n emocional en un estadounidense, mientras que la bandera real, o una imagen de ella, s? lo hace. Los medios de comunicaci?n afectan la manera en que recibimos la comunicaci?n, y as? los medios mismos portan un mensaje. Podemos encontrar algunos precedentes de esta observaci?n de McLuhan en la tradici?n filos?fica.

Plat?n cuenta una f?bula acerca de la invenci?n de la escritura (18). Cuando el dios egipcio Thot invent? la escritura, present? su invento al rey de Tebas, esperando ser alabado por un invento que ampliar?a el poder de la memoria.

El rey de Tebas, por el contrario, dijo que esta invenci?n provocar?a que los hombres pierdan su memoria, pues simplemente escribir?an las cosas y se las olvidar?an. Asimismo, las palabras impresas pueden caer en poder de cualquiera, quien puede luego repetirlas y aparentar sabidur?a sin saber lo que significan.

La palabra hablada viene de la mente del maestro, y cuando el mensaje del maestro no est? claro, el disc?pulo puede preguntarle. Las palabras escritas, sin embargo, no hablan cuando les hacemos preguntas.

Santo Tom?s se pregunta si acaso las realidades divinas deban estar veladas por medio de palabras oscuras y nuevas (19). Al ense?ar, el maestro debe procurar que el disc?pulo no aprenda cosas antes de estar listo para ello.

Sus palabras deben ser medidas m?s bien para ayudar que para estorbar a sus estudiantes. ?l tiene adem?s la responsabilidad de evitar que gente de malas intenciones reciba el conocimiento de materias dif?ciles de entender.

Como dice el Se?or: "No deis a los perros lo que es santo" (Mt 7,6). Se puede ser discretos al hablar. Podemos decir cosas al entendido que no le mencionar?amos a las muchedumbres.

Un libro escrito, sin embargo, puede caer en manos de cualquiera, y por eso no es posible evitar por medio del silencio que la verdad sea distorsionada o mal usada. Se pueden expresar realidades dif?ciles por medio de palabras nuevas, para que incluso si la persona equivocada lee el libro, no haga ning?n progreso.

Santo Tom?s aborda tambi?n la pregunta de por qu? Nuestro Se?or no puso su doctrina por escrito (20). Dos de los m?s grandes maestros entre los gentiles, Pit?goras y S?crates, no escribieron nada.

Lo que se escucha queda grabado en el alma del oyente, y lo que se escribe est? para ser le?do. Nuestro Se?or ense?? como quien tiene autoridad (ver Mt 7,29), no como los escribas y fariseos. Asimismo, la excelencia de la doctrina de Cristo no pod?a ser contenida en meras palabras escritas, como recuerda San Juan Ap?stol cuando dice que ni todo el mundo bastar?a para contener los libros que se escribieran para contar lo que Cristo hizo (ver Jn 21,25).

Si Cristo hubiese puesto por escrito algo, muchos habr?an pensado que no habr?a m?s en su doctrina que lo que est? contenido en lo escrito. Podr?a hacerse notar tambi?n que no es meramente el n?mero de cosas que Cristo hizo y ense?? lo que no puede ser contenido en meras palabras escritas, sino adem?s la calidad.

Cuando ocurre algo totalmente distinto a cualquier cosa anterior, descubrimos que las palabras que usamos son inadecuadas, pues las palabras evocan im?genes tomadas de la experiencia com?n.

Con una argumentaci?n similar, Santo Tom?s nos ense?a que la Nueva Ley no es una ley escrita (21). La Ley de Mois?s fue escrita en tablas, pero la Ley de Cristo est? escrita en los corazones de los hombres.

La Nueva ley es principalmente la gracia del Esp?ritu Santo que es dada al fiel de Cristo. Esta ley no es otra cosa que la presencia misma del Esp?ritu Santo. Las cosas que est?n escritas en la Sagrada Escritura no son la Nueva Ley en s?, sino que nos disponen a creer en la Nueva Ley, o que nos dan indicaciones espec?ficas acerca de c?mo aprovechar la gracia que constituye la Nueva Ley.

McLuhan conjetura que la idea protestante de la sola Scriptura fue el resultado de los nuevos medios de la imprenta. Cuando las Escrituras eran transmitidas en documentos escritos a mano, era f?cil entender que el documento es un medio.

Cuando miles de libros pod?an ser impresos exactamente de la misma manera, este poder t?cnico impresion? tanto a la gente que idolatraron la tecnolog?a, de modo que el poder de la imprenta parec?a tener m?s autoridad que la autoridad viviente del Magisterio.

Finalmente, Santo Tom?s consider? el rol de la m?sica en la comunicaci?n (22). Unas mismas palabras tienen un efecto diferente cuando son habladas que cuando son cantadas.

La m?sica tiene un efecto emocional, tanto para el cantor como para el oyente, y por eso por medio de la m?sica nuestros corazones son remitidos a Dios. Diversas melod?as tienen efectos diferentes en las emociones de los que cantan y de los que escuchan, un hecho conocido ya por Pit?goras. La melod?a y el modo de cantar es meramente un medio, pero el medio mismo porta un mensaje.




Habetudo sensus y la necesidad de ascetismo
Mientras m?s necesario sea para la vida humana el objeto de un apetito, m?s fuerte ser? tal apetito. Mientras m?s fuerte sea el apetito, m?s necesitar? el control de la raz?n. El ascetismo apunta a restaurar la armon?a interna del hombre, la que se conoce como la virtud de la templanza.

A su vez, la virtud de la templanza preserva en buen estado la virtud de la prudencia, que es la capacidad de tomar decisiones correctamente.

La prudencia requiere de un conocimiento verdadero de c?mo son las cosas, y por ello requiere de la memoria, y a partir de la memoria la prudencia llega a una comprensi?n correcta de c?mo son las cosas.

Estos son elementos cognoscitivos de la prudencia. La prudencia tiene tambi?n un elemento volitivo, que es la capacidad de tomar una decisi?n ni muy precipitadamente, ni muy dubitativamente. La interferencia de apetitos descontrolados puede opacar la memoria y el entendimiento, y puede influenciar indebidamente la acci?n de la voluntad (23).

Tradicionalmente el ?nfasis en el ascetismo ha estado en los dos apetitos m?s ?ntimamente relacionados con la existencia humana, el apetito por la auto-preservaci?n, que tiene su exceso en la gula, y el apetito por la preservaci?n de la especie, que es deformado en el exceso de la lujuria. El apetito por el conocimiento puede tambi?n exceder sus l?mites racionales y adecuados.

Esto encierra una paradoja. El apetito por el conocimiento parecer?a ser la raz?n misma. ?C?mo podr?a alguien actuar en contra de la raz?n al tratar de ser m?s razonable? La primera consideraci?n que hay que hacer es que el deseo de conocimiento es en un sentido el m?s fuerte de los deseos humanos.

Analicemos la filosof?a eudemonista de Arist?teles, su doctrina de que toda acci?n humana tiene a la felicidad por causa final. La felicidad no puede ser la mera posesi?n de algo, pero implica que conozcamos con plena conciencia que poseemos lo que nos hace felices (24).

Arist?teles hace notar tambi?n que todos los hombres por naturaleza desean el conocimiento. No tenemos un deseo de conocer simplemente como medio para un fin que no es el conocimiento, sino que la sensaci?n misma nos es placentera. De entre todos los sentidos, dice Arist?teles, la vista es el que nos brinda mayor placer en tanto nos provee de los mayores detalles acerca de las cosas (25).

?Pero c?mo puede el deseo de conocimiento llevarnos por mal camino? San Agust?n cuenta la historia de c?mo su amigo Alipio asisti? a los juegos de gladiadores en Roma, y estaba decidido a cerrar sus ojos en el momento de la muerte del perdedor (26).

Hab?a decidido que incluso si sus amigos hab?an tra?do su cuerpo a los juegos, no podr?an forzar su mente a disfrutarlo. Cuando la muchedumbre aclam? con voz potente, no pudo resistir, y abri? los ojos, dici?ndose a s? mismo que aunque viese el espect?culo, a?n as? estar?a por encima de ?l y lo despreciar?a en su coraz?n. Sin embargo, en contra de lo que se hab?a propuesto, termin? disfrutando en su coraz?n del espect?culo.

La verdad es un bien en s? misma. Incluso la verdad acerca de un mal es un bien. La mente busca conocer la verdad, y la relaci?n de la mente con la realidad que se denomina verdad es tambi?n el primer y m?s esencial elemento del conocimiento moral. Como escribi? Karol Wojtyla en 1958, cuando era profesor de filosof?a:

El principio de que uno debe permanecer en armon?a o de acuerdo con la realidad, tanto la realidad objetiva como la subjetiva, en la propia actividad, es la medida del realismo en el conjunto de la filosof?a pr?ctica, y en particular en la ?tica. Las normas ?ticas se basan en la realidad. La misma facultad de la raz?n, que a trav?s del conocimiento llega a la realidad misma, define tambi?n los principios de la actividad (27).

Cualquier cosa que atropelle nuestra relaci?n cognoscitiva con la realidad objetiva reduce asimismo nuestra capacidad de actuar como agentes morales. Si el uso de los medios electr?nicos de comunicaci?n, o incluso de medios m?s antiguos como los medios impresos, cambia de alguna manera nuestra relaci?n con la realidad objetiva en el acto de conocer, nos encontramos ante una cuesti?n de ?ndole moral.

Marshall McLuhan tomaba ideas de Arist?teles cuando observaba que la conciencia existe como una proporci?n o ratio entre sensaciones (28). Arist?teles citaba el saber m?dico de su ?poca al observar que los est?mulos sensoriales son dolorosos comparados con un estado neutral o no-sensorial (29).

Por ejemplo, cuando abandonamos un lugar oscuro, la luz repentina nos es dolorosa. Sin embargo, nos habituamos a cierto nivel de sensaci?n, y por lo tanto caer por debajo de ese nivel o excederlo nos es doloroso. En el nivel m?s b?sico, podemos habituarnos a cierta temperatura, o a cierto nivel de sonido. En otro nivel, podemos habituarnos a cierto nivel o calidad de informaci?n en nuestra informaci?n sensorial.

Si tenemos el h?bito de leer peri?dicos todos los d?as, y luego nos mudamos a un pa?s extra?o o vamos a la selva, la falta de noticias es al inicio dolorosa. Despu?s de un tiempo nos acostumbramos, y luego cuando regresamos al mundo de la informaci?n, inicialmente encontramos dolorosa la abundancia de eventos reportados, hasta que nos volvemos a acostumbrar.

Nuestra dependencia de un flujo constante de informaci?n proveniente de todos los rincones del mundo representa un problema de adicci?n, y me aventurar?a a decir que puede implicar los mismos mecanismos qu?micos que se encuentran en la adicci?n a las drogas.

Los efectos de los medios electr?nicos en el entendimiento a trav?s de su efecto en los sentidos pueden ser comprendidos por analog?a con otro estado alterado de la conciencia: el sue?o. El entendimiento es superior a los sentidos. Las potencias inferiores de los sentidos est?n ordenadas al entendimiento (30).

De alguna manera, el entendimiento gobierna a los sentidos, pues la voluntad es el apetito del entendimiento. Por medio de la volici?n, el entendimiento tiene en s? mismo el poder de dirigir su atenci?n hacia los objetos presentados por los sentidos, o de apartarla de ellos. En otro sentido, el entendimiento depende de los sentidos en cuanto a su operaci?n.

?ste recibe los objetos de su atenci?n inicialmente de los sentidos, y los objetos originales en el entendimiento se basan en la cosa sensible. Por ello, cuando los sentidos no funcionan del todo bien, se dificulta la operaci?n del entendimiento (31).

En varias etapas del sue?o, la operaci?n del entendimiento es estorbada en diverso grado, en tanto son diversamente estorbados los sentidos externos e internos. En el sue?o profundo, la imaginaci?n no funciona en absoluto. En otra etapa, el poder de la imaginaci?n est? a?n dificultado, pero funciona parcialmente, y pueden aparecer im?genes distorsionadas.

Las im?genes son m?s regulares en tanto la imaginaci?n funciona m?s. En el sue?o m?s ligero, el sentido com?n o unitivo funciona parcialmente, y quien duerme empieza a distinguir entre sus sue?os y las cosas reales. Es capaz de percibir la diferencia entre las im?genes del sue?o y sus propios pensamientos (32).

Puede asimismo evocar im?genes diversas de las del sue?o (33). Pero incluso en la etapa del sue?o l?cido, el poder de juicio del entendimiento est? obstruido. Una persona que estando dormida trata de razonar seg?n los pasos l?gicos de un silogismo, dice Santo Tom?s, al despertar siempre reconocer? que hubo alguna falla en su raciocinio. Joseph Keogh teoriz? que sus estudiantes que miraban televisi?n hab?an en realidad substituido el sue?o por la televisi?n (34).

Cuando aparentemente estaban pensando, el proceso mental no era el proceso lineal y silog?stico de un persona letrada. El ni?o que ve televisi?n podr?a contemplar una asociaci?n de ideas en su mente con la misma pasividad con que ver?a televisi?n.

La principal apreciaci?n de McLuhan fue que un medio de comunicaci?n tiene un efecto definido en quien lo ve independientemente del contenido de sus mensajes manifiestos. Con respecto a la televisi?n, la observaci?n de McLuhan fue confirmada por cient?ficos de la General Electric, quienes descubrieron que las ondas cerebrales de un televidente se alteran de la misma forma al ver televisi?n, sin relaci?n alguna con el contenido visto.

El efecto mensurable de la televisi?n era el mismo sea que la persona estuviese viendo la programaci?n o los comerciales (35). Los experimentos fueron repetidos por otros que esperaban descalificar la hip?tesis de McLuhan de que "el medio es el mensaje", tan s?lo para encontrar confirmados los descubrimientos (36). El cerebro reacciona de la misma determinada forma ante la televisi?n como un medio en general. La variedad de contenido no tiene ning?n efecto espec?fico que pueda medirse.

Los activistas muestran a menudo gran preocupaci?n por los efectos morales del contenido de la televisi?n y de otros medios. Est?n justamente preocupados acerca de malos modelos de comportamiento y de la alta incidencia de la violencia y la sensualidad sexual.

Tambi?n est?n leg?timamente preocupados por la manera en que la opulencia retratada en la televisi?n puede hacer sentir insatisfecha con su condici?n material a la gente. Reconozco que estas preocupaciones son leg?timas, pero la preocupaci?n principal deber?a estar en el medio mismo.

Los medios electr?nicos tienen en s? mismos un efecto narcotizante en quien abusa de ellos. Hoy, cuando los gobiernos y las corporaciones internacionales luchan contra la comercializaci?n de estupefacientes, nadie se siente movido a contrarrestar los efectos negativos de los medios electr?nicos.

Los medios electr?nicos perturban las relaciones normales de la familia y de la comunidad basadas en el contacto f?sico y en la proximidad, conduciendo a un suced?neo de comunidad donde la gente tiene la ilusi?n de ser como ?ngeles. La gente en sus relaciones queda reducida a ser piezas de una informaci?n desarticulada sin contexto ni substancia.

No distinguimos entre el uso de la morfina como ayuda para la inspiraci?n (Edgar Allan Poe), y su uso como un escape de condiciones intolerables (un usuario en un barrio bajo estadounidense). El uso abundante de tales drogas es peligroso y adictivo en ambos casos. Sin embargo, no aplicamos la misma prudencia con respecto a los medios de comunicaci?n.

El nivel de sensaci?n presente en nuestras vidas afecta nuestro juicio intelectual. Santo Tom?s de Aquino habla de dos casos relacionados de debilidad intelectual derivados de un desequilibro en el campo sensorial.

El primero es el entumecimiento del sentido intelectual (habetudo sensus), que se produce por la inmersi?n en los placeres de la comida. El segundo es la ceguera intelectual (caecitas mentis), que se produce como resultado de excesivos placeres sexuales (37).

El entumecimiento del sentido intelectual todav?a deja en funcionamiento al entendimiento. Sin embargo, lo que un coraz?n puro puede percibir r?pidamente, el de sentido entumecido tiene que esforzarse por verlo. Su entendimiento carece de poder de penetraci?n. En el caso de la ceguera intelectual, el entendimiento es completamente incapaz de considerar las realidades espirituales.

Apliquemos esto al efecto de los medios de comunicaci?n. Ellos sirven para proveernos de mayores cantidades de informaci?n. Esto se ve claramente en los medios impresos, pues la cantidad de informaci?n difundida por medio de libros y peri?dicos es mucho mayor que la que uno pod?a aprender por medio de la conversaci?n en una sociedad pre-letrada.

Pero se ve m?s a?n en el caso de los medios electr?nicos, donde no s?lo somos provistos del mundo por medio de s?mbolos, sino que somos provistos de las sensaciones auditivas y visuales del mundo entero. Los medios no seguir?an creciendo si no se diese un inmenso apetito de conocimiento. Y tal como se da hoy en d?a, ese apetito se encuentra desordenado.

Si la verdad es un bien, e incluso la verdad acerca de las cosas insignificantes o malas es un bien comparado con la falsedad acerca de las mismas cosas, ?c?mo entonces puede la verdad representar un peligro? La mente humana tiene como fin conocer la verdad. Arist?teles ense?? que cuando conocemos algo, de alguna manera nos hacemos ese algo, y de alguna manera hacemos ese algo (38).

El conocimiento es la existencia del objeto conocido en el sujeto que conoce, en el cual el objeto forma o informa al sujeto como conocedor. Cada persona tiene una sola mente, y esa mente pude conocer s?lo una cosa a la vez.

Si pensamos varias cosas a la vez, es tan s?lo porque las hemos aprehendido como una cierta unidad, como cuando al conocer el todo de alguna manera confusa conocemos las cosas que se encuentran enlazadas en una unidad relacional (39).

En el conocimiento mismo se da una jerarqu?a de valores. El valor m?s elevado es el conocimiento de Dios, y los dem?s valores relacionados al conocimiento se encuentran por debajo de ?l. Una mente distra?da en asuntos menores no puede conocer a Dios.

Podemos extraer de esto algunas conclusiones pr?cticas. En primer lugar, es necesario hacernos conscientes del efecto de cualquier medio en nuestra relaci?n cognoscitiva con la realidad, y de su efecto en nuestros apetitos.

En segundo lugar, debemos reconocer que la tecnolog?a es algo bueno en s? mismo, pues forma parte del mandato de Dios al hombre de someter la tierra. Pero debemos reconocer que si nos vamos a fiar de la tecnolog?a para resolver todos los problemas humanos, nos estamos convirtiendo en id?latras. La idolatr?a pone al hombre en un nivel inferior al del ?dolo, y esto trae como resultado un desorden personal y social.

En tercer lugar, el uso correcto de la tecnolog?a significa que debemos adem?s contrarrestar sus atracciones. La tecnolog?a de las comunicaciones ata?e al apetito m?s fundamental del hombre, el apetito de su auto-realizaci?n por medio del conocimiento. Sin embargo, la mera cantidad de informaci?n puede distraernos del conocimiento que tiene verdadero valor.

La actitud m?s peligrosa es la de aqu?l que se sienta ante el televisor o la computadora sin una actitud cr?tica.

Puesto que la m?quina est? encendida, ?ste adopta una postura pasiva y receptiva. Las pr?cticas cristianas del ayuno y la abstinencia son tal vez f?cilmente comparables con la limitaci?n consciente de nuestro uso de los medios, y ?sta es necesaria para la salud mental y moral.

Hugh McDonald
(http://www.vaxxine.com/hyoomik/), nacido en 1956 en Canad?, es Licenciado en Filosof?a por la Universidad Cat?lica de Lubl?n (Polonia). Actualmente se dedica a la traducci?n al ingl?s de obras de la Escuela de Filosof?a de Lubl?n, a la ense?anza en la Universidad de Ni?gara y a la reflexi?n filos?fica.
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Notas

15. Letters of Marshall McLuhan, seleccionadas y editadas por Matie Molinaro, Corinne McLuhan, William Toye; Oxford University Press, 1987. El trasfondo tomista y aristot?lico del trabajo de McLuhan es tratado brevemente en Brigid Elson, In Defence of the Human Person: The Christian Humanism of Marshall McLuhan, en The Canadian Catholic Review, mayo de 1994.

16. Ver Santo Tom?s de Aquino, De veritate, q. 18, a. 1, ad 1.

17. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, q. 93, a. 7, ad 4.; ver tambi?n de ?l mismo, Expositio super librum Boetii de Trinitate, q. 1, a. 3.: Santo Tom?s ense?a que los medios en el acto de conocer no est?n en s? mismos, aparte de los dem?s objetos, abiertos a la inspecci?n directa. Nadie entiende que entiende a menos que primero entienda alguna otra cosa que es inteligible. No podemos conocer acerca de la luz de nuestra mente a menos que primero estemos viendo algo m?s en esa luz.

18. Ver Plat?n, Fedro, 274-275.

19. Ver Santo Tom?s de Aquino, Expositio super librum Boetii de Trinitate, q. 2, a. 4.

20. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, III, q. 42, a. 4.

21. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 106, a. 1

22. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 91, a. 2.

23. Ver Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1976

24. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa contra gentiles, III, c. 25-37; Summa theologiae, I-II, q. 1-4; Arist?teles,

25. Ver Arist?teles, Metaf?sica, I, i. 980a 22 - 980b 1.

26. Ver San Agust?n, Confesiones, VI, 8.

27. P. Karol Wojtyla, Elementary Etyczny [Introducci?n a la ?tica], Znak, Cracovia 1979, una colecci?n de art?culos que aparecieron en el Tygodnik Powszechny [Semanario Cat?lico entre 1957 y 1958. La traducci?n al ingl?s es del autor.

28. Ver Arist?teles, De Anima, II, ix-x. 422a 20 - 424a 35; McLuhan, Understanding Media, cap. 4 "The Gadget Lover".

29. Ver Arist?teles, ?tica a Nic?maco, VI, xiv. 1154b 6-10.

30. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I, q. 65, a. 2.

31. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 8, ad 1.

32. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 8, ad 2.

33. Ver Arist?teles, De somniis, I, 458b 15-20.

34. Ver Barrington Nevitt y Maurice McLuhan (eds.), Who Was Marshall McLuhan, Comprehensivist Publications, Toronto 1994, p. 63.

35. Ver Letters of Marshall McLuhan, seleccionadas y editadas por Matie Molinaro, Corinne McLuhan, William Toye; Oxford University Press, 1987: "Letter to Hugo McPherson, Professor of English at McGill", 1970. En la carta, McLuhan se refiere a descubrimientos que fueron publicados luego en el Journal of Advertising Research, Vol. II, n. 1, febrero de 1971, "Brain Wave Measurement of Media Involvement".

36. Ver The Global Village, cap. 3 "Plato and Angelism".

37. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 15, a. 1-3; q. 46, a. 1-3.

38. Ver Arist?teles, De anima, III, v-vi, 430a 10-20.

39. Ver Santo Tom?s de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 4


Publicado por mario.web @ 21:02
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