Martes, 10 de mayo de 2011

S?ntesis del art?culo:

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Educar y evangelizar es, b?sicamente, acompa?ar procesos de maduraci?n personal. Hacer que cada uno de nosotros alcance la plenitud de sus posibilidades, que alcance, -hablando en sentido cristiano-, la medida del hombre perfecto que es Cristo. Ambas tareas s?lo son posibles si creamos el conveniente caldo de cultivo: el silencio interior. La ausencia de silencio denota vac?o interior. Y es, precisamente en ese exceso de palabras in?tiles, donde nace tanto aturdimiento, tanta superficialidad, tanta ligereza como padecemos los hombres y mujeres de hoy. Habiendo alcanzado el silencio interior, nuestras palabras alcanzan un sonido nuevo, m?s armonioso y m?s bello: saben a autenticidad, a paz, a calma y sosiego, a reflexi?n y a hondura. Frente a lo que pudiera parecernos, el silencio es alegre, un surtidor de alegr?a y armon?a. No es la alegr?a prefabricada y postiza de la sociedad de consumo. El silencio brota de la plenitud que vive en nosotros, y esa plenitud es Dios mismo. Empezamos a hablar con las palabras mismas de Dios que habita en nosotros y habla a trav?s nuestro. El silencio es, pues, condici?n imprescindible para encontrarnos con Dios y poder as? hablar y actuar en su nombre. ?Puede tener ?xito nuestra acci?n educativa y evangelizadora sin cuidar esta imprescindible dimensi?n?

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1. Nos han robado el silencio

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El ruido nos invade por dentro y por fuera. Es la ?conquista? m?s representativa de nuestra civilizaci?n. Los sonidos que se meten por los cinco sentidos, el bullicio, la palabrer?a, el estr?pito, el aturdimiento se han convertido en el h?bitat de las nuevas generaciones. Estamos condenados a vivir en un mundo ruidoso. Nos roban el silencio y nos sumerge en ocupaciones y actividades desenfrenadas para que no tengamos tiempo de pensar. Es un truco de esta sociedad consumista, que necesita la prisa y el ruido para mantenerse en pie. Si nos diera por pensar, posiblemente renegar?amos de nuestras actuales condiciones de vida y de trabajo. Y es que el silencio nos acerca al sentido de la vida, nos plantea las cuestiones verdaderamente ?ltimas. No estamos vivos para resolver problemas ni para vivir aturdidos, sino para contemplar, saborear y disfrutar el misterio de la vida.

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Cuando las palabras ahogan el silencio, a la armon?a le sucede el desequilibrio. La situaci?n es muy extra?a, pero muy real: el silencio engendra miedo, produce escalofr?os, no deja dormir. Muchos, especialmente j?venes, prefieren la compa??a, al menos, del ruido. Y todos tememos el silencio, nos resistimos a ?l. Porque cuando el silencio toma posesi?n de nosotros, salen a flote los rincones desconocidos del alma; el silencio deja al descubierto nuestras debilidades. Lo primero que vemos es un desfile de inquietudes, angustias, perplejidades, luchas interiores... Solamente se trata de un primer momento. El silencio es una gran rebeli?n contra nuestro propio desorden. Si permanecemos en silencio no tardar?n en aparecer nuevas luces, caminos nuevos, en una palabra, un estilo de vida distinto. Seremos nosotros mismos, no marionetas en manos de quien pretende manejarnos. Podremos encontrar nuestra propia verdad, la que duerme en nuestro coraz?n. No tenemos por qu? asustarnos. El silencio es respirar libremente.

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2. Crear silencio

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Es necesario pararse de vez en cuando para crear silencio. El silencio no es vac?o, ni es ausencia, ni es olvido. En el silencio nacen, crecen, lloran y mueren muchas esperanzas. ?La abeja zumba ruidosamente alrededor de la flor en busca de la miel y, cuando ha entrado dentro de la flor, bebe silenciosamente. En tanto un hombre discute y arguye, es que no ha alcanzado a?n el conocimiento divino; en cuanto gusta sus dulzuras, se calla, igual que la abeja?(Ramakishna). Es m?s insoportable el hast?o del ruido que la inquietud del silencio. La ausencia de silencio denota vac?o interior. Al hombre de hoy, ?juntamente con el silencio, le han robado tambi?n las palabras para hablar del silencio? (M. Baldini). Cuando se pierde el silencio, se pierde la capacidad para sentir la belleza, la capacidad de asombrarse, de abrirse a lo maravilloso.

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Es preciso mantener la capacidad de reflexi?n en momentos de crisis. La sociedad de consumo nos condena a un activismo enloquecedor. Pero el tiempo nos arrastra sin que seamos due?os de ?l y, al mismo tiempo, somos bombardeados sin interrupci?n por tal cantidad de informaci?n, que nos sentimos aturdidos. S?lo hallaremos la felicidad cuando encontremos momentos de reflexi?n, cuando penetremos en nuestro interior y seamos capaces descubrir qu? es lo que de verdad nos interesa. No podemos aplazar perpetuamente el sentirnos felices caminando de frustraci?n en frustraci?n. No hay mejor circunstancia para vivir feliz que el momento presente. Los desaf?os y proyectos que llenan nuestra vida, no son obst?culos para nuestra felicidad. El silencio nos ense?a que la felicidad no es un destino, sino un camino.

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3. Fuera la palabra vac?a y superficial

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El silencio no es desamor o desprecio a la palabra, sino rechazo de la palabra vac?a, impersonal, superficial y mec?nica. Cuando sobran las palabras, protestamos p?blicamente con un minuto de silencio. S?lo aprecia la luz quien ha vivido en la oscuridad; s?lo valora la palabra quien ha gustado el silencio. Gandhi dec?a que ?l hombre empobrece las cosas mucho m?s con las palabras que con el silencio?. Quien no ha gustado los silencios iluminados, jam?s proferir? palabras luminosas. El silencio es el hogar de la palabra. Silencio y palabra se reclaman como fecundo e insustituible contrapunto. ?Nuestra civilizaci?n -ha escrito el famoso dramaturgo Eug?ne Ionesco- es una civilizaci?n de palabras, es una civilizaci?n alterada. Las palabras crean confusi?n. Las palabras no son la palabra?. ?Calla mucho -aconseja Lanza del Vasto- para tener algo que decir que merezca la pena ser escuchado?.

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Los Padres del desierto practicaban el silencio y lo aconsejaban vivamente: ?A menudo me he arrepentido de haber hablado, dijo una vez el abad Macario, nunca de haber guardado silencio?. ?Un d?a el arzobispo Te?filo acudi? al desierto a visitar al abad Pambo, pero ?ste no le dirigi? la palabra. Cuando los hermanos dijeron a Pambo: 'Padre, diga algo al arzobispo para que se edifique', ?l replic?: 'Si no se edifica con mi silencio, tampoco lo har? con mis palabras?.

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4. El silencio protege el fuego interior

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Ense?a Diadoco de F?tice: ?Cuando la puerta de la sauna se deja continuamente abierta, se escapa a trav?s de ella el calor del interior; de la misma forma, el alma en su deseo de decir muchas cosas, deja que se disipe el recuerdo de Dios por la puerta del discurso, incluso cuando todo lo que se dice es bueno. El intelecto, falto de ideas apropiadas y sin el Esp?ritu que guarde su entendimiento de la fantas?a, derrama sobre el primero que encuentra un mar de ideas confusas. Las ideas valiosas, extra?as a la confusi?n y a la fantas?a, reh?yen la verbosidad. El silencio oportuno es, pues, precioso ya que es nada menos que la madre de los pensamientos m?s sabios?.

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Me gustar?a hablar con un hombre que haya olvidado las palabras. Este es el deseo del fil?sofo taoista Chunag Tzu, quien escribe: ?El fin de una trampa para coger peces es coger peces y cuando ?stos se cogen, la trampa se olvida. El fin de una trampa para ratones es atrapar ratones y, cuando esto se consigue, la trampa se olvida. El fin de las palabras es servir de veh?culo a las ideas. Cuando las ideas son aprehendidas, se olvidan las palabras. ?D?nde encontrar un hombre que haya olvidado las palabras? Con este hombre es con quien yo quisiera hablar?.

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5. El silencio ense?a a hablar

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La palabra verdaderamente regeneradora, nace del silencio. Porque el verdadero silencio no procede de la turbaci?n, de la verg?enza o de la culpa, sino que denota paz y plenitud. Las palabras tienen poder para crear comuni?n y vida nueva, cuando encarnan el silencio del que brotan. Las palabras que usamos para defendernos o para ofender a otros, no brotan normalmente del silencio. Hemos de advertir, sin embargo, que el silencio impuesto crea hostilidad y resentimiento. El silencio es ante todo una palabra del coraz?n que hace crecer la caridad. ?Puede parecer -dec?a el abad Poemen- que un hombre guarda silencio, pero si en su coraz?n condena a otros, est? charlando sin parar. Por el contrario, puede haber otro que, teniendo que hablar de la ma?ana a la noche, est? en verdad en silencio?.

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6. Para o?r otras voces

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?La naturaleza nos ha dado dos orejas y una sola lengua, a fin de que escuchemos m?s y hablemos menos?, ense?aba Zen?n de Elea. Pero si o?mos siempre las mismas voces, terminan por aburrirnos. Necesitamos silencio exterior y, sobre todo interior, para tomar distancia de las cosas, de los acontecimientos, de las personas. Es necesaria una cierta distancia para situarnos ante la realidad, sin implicarnos ni desentendernos excesivamente. La labor de la filosof?a, que es lenguaje, consiste en reencontrar el silencio, dice Merleau Ponty. Y Mart?n Heidegger nos recuerda que la resonancia de toda palabra aut?ntica s?lo puede brotar del silencio. El silencio nos permite o?r voces distintas de las habituales. Voces ajenas, orales o escritas. Voces que nos llegan al coraz?n y nos incitan a reflexionar. La voz de los desheredados de la tierra y, sobre todo, la voz de Dios. El silencio predispone a la escucha. El silencio otorga espesor de significado a la palabra. ?Quien no sabe callar ?dice Romano Guardini- hace de su vida lo que har?a uno que pretendiese s?lo espirar y no inspirar?.

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7. El silencio es alegre

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El silencio no es aburrido. Puede ser toda una forma de vida. Algunos hombres y mujeres se sienten irresistiblemente atra?dos por el silencio. Son todos aquellos que se entregan a la contemplaci?n. No es nada nuevo. A lo largo de los siglos, como explica Thomas Merton en Vida contemplativa cisterciense, la llamada a abandonar la sociedad y a vivir en un desierto f?sico o espiritual se ha expresado en las formas m?s variadas. Cuando naci? el monacato, hab?a algunos monjes que viv?an en el desierto sin morada fija. Otros viv?an completamente solos, como ermita?os. Con el tiempo, descubrieron que se necesitaba cierta forma de vida social e institucional para dar estabilidad y orden. De esta forma se afianz? la vida com?n tambi?n entre los monjes, pero ubicada en el desierto, o por lo menos alejada de la ciudad, para poder preservar un ambiente de oraci?n por medio del silencio con el exterior y entre ellos mismos.

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La forma de vida, las costumbres, las razones de la existencia de los monjes tan s?lo son un esc?ndalo para los que las ignoran. Los contemplativos son la alternativa radical a lo que se supone deber?a ser la vida, tal como la plantea la minor?a dominante.

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Los contemplativos poseen el instrumento m?s antiguo que conoce el hombre para acercarse al sentido de su existencia. El silencio, aquella ausencia de sonidos que deja o?r otro tipo de voces, es igual para todos. Todos somos iguales ante el silencio; a nuestros ??dolos? s?lo hay que imagin?rselos en plena soledad. De nada sirven las caretas, las actuaciones, los papeles ensayados delante del espejo. El alma se queda en cueros, no queda lugar para lo que no es nuestro. Blas Pascal dec?a: ?Toda la desgracia del hombre proviene de que no aguanta estar solo en una habitaci?n?. El silencio, de alg?n modo, nos empeque?ece. O mejor, nos enfrenta con la realidad de nuestra peque?ez, porque el silencio desnuda lo superficial y mantiene lo esencial.

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?Es triste el silencio? ?Dicen las gentes, comenta un joven trapense como el Hermano Rafael, que el silencio en el monasterio es triste, y dif?cil de llevar en la Regla. No hay cosa m?s equivocada que esa opini?n... El silencio en la Trapa es la m?s alegre algarab?a que los hombres puedan sospechar... ?Ay! si Dios nos diese facultad para ver en los corazones, entonces ver?amos que del alma de ese trapense de m?sero aspecto exterior y que vive en silencio, brota a raudales y constantemente un glorioso canto de j?bilo, lleno de amor y de alegr?a a su Criador, a su Dios, al Padre amoroso que le cuida y le consuela... El silencio del monasterio no es triste; al contrario, se puede decir que no hay cosa m?s alegre que el silencio de un trapense?.

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El silencio brota de la plenitud que habita en nosotros. Recomienda Isaac el Sirio: ?Esforc?monos primero por callar. De ah? nacer? en nosotros lo que nos conducir? al silencio. Que Dios te d? entonces sentir lo que nace del silencio. Si obras as?, no sabr?a yo expresarte la luz que se alzar? en ti [...] De la ascesis del silencio brota en el coraz?n un placer que fuerza al cuerpo a permanecer pacientemente en la hesiquia. Y nos vienen las l?grimas abundantes, primero en la pena, despu?s en el arrobamiento, el coraz?n siente entonces lo que discierne en el fondo de la contemplaci?n?.

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8. Dios habla en el silencio

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?El silencio nos conduce verdaderamente al encuentro con Dios y con nosotros mismos. En ?l nos damos cuenta de nuestra naturaleza herida, de nuestra pobreza, de la necesidad que tenemos de Dios. El silencio es una de las condiciones para que resuene la voz de Dios, para 'sentir y gustar las cosas internamente', por 'de dentro', como gustaba decir Quevedo. S?lo desde el fondo del silencio puede emerger una palabra profunda, s?lo desde ?l se puede leer dialogando con el autor o escribir -siempre una Pascua de silencio - sin traicionar la experiencia. La p?gina en blanco -dice el poeta argentino Roberto Juaroz- es un o?do que aguarda; por eso, toda obra literaria o de pensamiento filos?fico o teol?gico descansa sobre un lecho de silencio. Incluso pudi?ramos decir que son monumentos de silencio. S?lo quien sabe guardar silencio, callarse, sabe esencialmente hablar y actuar (Kierkegaard). Cu?nto silencio se necesita para ver todo lo que hay en un cuadro. Como ha mostrado J. L. Chr?tiene en El arca y la palabra, el silencio es posibilidad de escucha, posibilidad de respuesta, lugar de encuentro y presencia mutua, de recuperarse para la ofrenda, pero tambi?n exceso, ?xtasis, silencio m?stico, su posibilidad m?s alta, donde la palabra recibe -en la sorpresa y la pasividad- el don de un silencio m?s elevado. Los poetas han sido maestros consumados del silencio. Claude Vig?e oye verdear un avellano (?J? ?coute / un jeune noisetier/ verdir?), y Patocchi oye rezar a lo lejos las fuentes de la tierra. La poetisa de lengua portuguesa Sophia de Mello, tiene un verso que contagia ondas de silencio:

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?Como el rumor del mar dentro de un concha

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lo divino susurra en el universo

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Algo emerge: primordial proyecto?.

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El hombre esconde dentro de s? un pozo profundo en el que puede hallar el agua de la vida. Hay que desenterrarlo, excavarlo, hacerlo emerger de las profundidades. Es la intimidad del coraz?n lugar sellado donde puedes encontrar a Dios y vivir en comuni?n con ?l. No des rodeos para encontrarte con Dios que habita tu coraz?n. En el silencio pronuncia el Padre su ?nica Palabra: su Verbo de Luz. Calla. Fu?rzate al silencio. Olvida tus proyectos para descubrir el plan de Dios sobre ti. Con el inmenso ruido que llevas dentro, nunca oir?s la suave brisa en la que Dios se manifiesta. Calla. Aprende a reunir todas tus fuerzas para caminar silenciosamente al encuentro de quien te ama. Entr?gale a tu Dios todos tus ruidos; reposa en ?l. ?Venid a m? los que est?is cansados y agobiados que yo os aliviar?, dice el Se?or. ?Est?s enfurecido porque te han humillado y han pisado tus derechos? Guarda silencio y desah?gate con Dios. Encontrar?s la paz del coraz?n. Y s?lo despu?s hallar?s las palabras adecuadas para decir la verdad sin causar heridas. Escucha los latidos del coraz?n de Dios en un encuentro de dos silencios que se buscan. Desciende, baja hasta tu propio coraz?n. A Dios, no lo olvides, s?lo se llega descendiendo. Y no temas alejarte de los hombres, tus hermanos, porque es en Dios donde de verdad los encontrar?s. En este lugar sagrado podr?s vivir la experiencia de lo que realmente es vivir, morir, y resucitar.

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San Ignacio de Antioquia dice que el cristiano tiene que ser reconocido por lo que hace y por lo que calla: ?Es mejor callar y ser que hablar y no ser. Bien est? el ense?ar, a condici?n de que, quien ense?a, haga. Ahora bien, un Maestro hay que dijo y fue. Mas tambi?n lo que callando hizo son cosas dignas de su Padre. El que de verdad posee la Palabra de Jes?s, puede tambi?n escuchar su silencio, a fin de ser perfecto. De esta manera, seg?n lo que habla, obra; y por lo que calla, es conocido?.

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En Apolog?a del trapense, el Hermano Rafael explica: ?Mucha gente me pregunta acerca del silencio de la Trapa y yo no s? qu? contestar, pues el silencio de la Trapa no es silencio, es un concierto sublime que el mundo no comprende. Es ese silencio que dice: No metas ruido, hermano, que estoy hablando con Dios. Es el silencio del cuerpo para dejarle al alma gozar de la contemplaci?n de Dios. No es el silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que teniendo muchas cosas dentro, y muy hermosas, se calla, para que sus palabras, que siempre son torpes, no adulteren el di?logo con Dios.

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Es el silencio que nos hace humildes, que nos hace sufridos, que al tener una pena nos la hace contar solamente a Jes?s, para que El tambi?n, en silencio, nos la cure, sin que los dem?s se enteren... El silencio es necesario para la oraci?n?.

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9. El silencio ante lo inefable

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?En determinados momentos es necesario callar sobre lo que no se puede expresar con palabras, sobre lo inefable. Nos lo acaba de recordar aquel joven que iba para arquitecto y se qued? en trapense, el beato Rafael. Ante el Misterio, nuestro saber no pasa de la aproximaci?n y nuestro discurso es puro balbuceo. ?Cuando el esp?ritu calla de tanto como tiene que manifestar, no vale ning?n idioma?, afirma J. Guill?n en su estudio sobre S. Juan de la Cruz .

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Si el hombre busca y trata de expresar con palabras el misterio que le envuelve y le desborda, llegar? un momento en que tendr? que dar un salto cualitativo y convertirse en el hombre capaz de callar y adorar. El silencio de la adoraci?n no es mutismo robador de la palabra debida y esperada, sino cabal expresi?n de la incapacidad para decir y decirse; es desbordamiento en el que el hombre calla de tanto como tiene que expresar. Para el m?stico como para el amante, las palabras no son ni dom?sticas ni domesticables, sino que permanecen en su estado originario y hablar puede resultar la suma impertinencia. Esto no significa sacrificio o aniquilaci?n cruenta, sino una especie de ofertorio, cuando se ha comprendido que la palabra no lo es todo. Si los m?sticos hablan o escriben de Dios no es tanto para darle a conocer cuanto para que podamos unirnos con El. Quieren suscitar la experiencia de Dios en nuestros corazones, pretenden despertar la atracci?n hacia el Misterio que nos habita. Ver en el interior no significa imaginar subjetivamente. Lo verdaderamente importante es invisible para los ojos; s?lo se ve bien con el coraz?n, como dijo Antoine de Saint-Exup?ry.

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Sin embargo, no faltan ocasiones en que el silencio sobre lo esencial ya no puede ser observado sin lesionar el deber de sinceridad y de verdad, y sin poner en peligro el n?cleo mismo de lo esencial.

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10. El silencio, camino de libertad

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Porque s?lo el silencio nos ayuda a seleccionar, diferenciar lo que queremos que sea nuestro. S?lo el silencio forma criterio, propicia el encuentro con uno mismo y con los dem?s, y s?lo el silencio demuestra la peque?ez y dependencia del ser humano. La verdad de uno mismo s?lo se percibe en el silencio. La paz, el conocimiento de uno mismo, la reflexi?n profunda, la humildad y la perplejidad ante la vida s?lo surgen escuchando el sonido m?s dulce y sencillo que Dios invent? para el hombre: el silencio.

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?Buscas la libertad? ?A?oras sentirte verdaderamente libre, ajeno a la manipulaci?n del consumismo, sin atarte a necesidades prescindibles, a obsesiones y sufrimientos innecesarios? Prueba el camino del silencio. El camino del silencio es la senda de la verdadera libertad.

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El ritmo de vida impuesto en esta escalada contrarreloj en la que se ha convertido nuestra sociedad, sin reflexi?n, desde la superficialidad, tiene consecuencias fatales. No disponer de tiempos de silencio conlleva vivir al d?a, sin profundidad, sin preguntas o esperanzas verdaderas. Implica poca sensibilidad y falta asombro ante algo tan maravilloso como el hecho de estar vivo. Una persona que no busca el silencio ignora para qu? vive; por qu? las cosas son como son; por qu? existe el dolor; por qu? no es feliz, si aparentemente lo tiene todo. Es, en definitiva, una muestra de conformismo indigno del ser humano.

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El silencio crea libertad porque permite distinguir lo nuestro de lo que se nos impone desde fuera. Si no somos incapaces de percibir la aut?ntica belleza, los verdaderos valores, lo que realmente merece la pena ?c?mo caminaremos tras ellos?

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Manuel S?NCHEZ MONGE


Publicado por mario.web @ 0:43
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