Martes, 10 de mayo de 2011

Henry Quinson (Marsella, Francia)
De Wall Street a monje de periferia
Autor: Equipo de Buenas Noticias | Fuente: www.buenas-noticias.org

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Un curr?culum excelente, de aquellos que hacen saltar a las multinacionales (con o sin crisis). Triangulaciones continuas entre Par?s, Nueva York y Londres. Departamento parisino, con una amplia vista a la Torre Eiffel. Las puertas de Wall Street que se abren de par en par. El mareo de estar maniobrando millones de d?lares. Una seguridad que te viene de tu propia aptitud, construida con inteligencia y dedicaci?n. Y la cuenta del banco que se eleva, junto a las brillantes promesas del futuro. Un edificio perfecto, construido ladrillo a ladrillo, por Henry Quinson.

A los ojos de todos amigos, parientes, colegas el joven trader es la encarnaci?n del hombre de ?xito. Pero a pesar de haber entrado en la ?lite de unos de los institutos de cr?dito franceses m?s importantes, el banco Indosuez, Quinson un franco-americano, nacido en 1961 no conoce la voracidad del ?conquistador?. Su perfil no concuerda con ese particular caracter?stico de un manager (la reciente crisis que ha infectado las econom?as de medio mundo ha desvelado a muchos de ?sos), dispuesto a ocultar las cartas bajo la manga. A?os despu?s, cuando su vida sea puesta a prueba, Henry Quinson pondr? a fuego su ?enfermedad?, esa polilla que corro?a su vida aparentemente perfecta, esa inquietud que le imped?a gozar plenamente sus ?xitos.

Con candor, lo llama un ?h?ndicap espiritual?. La sed de riqueza se desmenuza, el ansia de poder explota como una burbuja ante una invasi?n que Quinson experimenta como ?una paz indecible?: la fuerza de la oraci?n. Pero al ex manager no le basta ser un religioso, quiere ser un ?enamorado?. ?Es escribe en su diario-testimonio, Del champ?n a los salmos. La aventura de un banquero de Wall Street convertido en un monje de la periferia una cosa absolutamente loca: debo abandonar todo por ?l?.

Del hombre que, en 1989 cosechaba ?xitos en ese mundo de la finanza, competitivo hasta el canibalismo, hoy no queda casi ni una se?al. El agente de Wall Street desapareci?. En su lugar ha quedado el monje: monje de ?periferia?, como se define. ?Una fulguraci?n? M?s bien, una escalada. Fatigosa. A veces incierta. Acompa?ada de un trabajo intelectual, de una b?squeda que lo lleva a experimentar, a entrar en el monasterio de Tarni?, a hospedarse en la comunidad de Bosse, a preguntarse continuamente cu?l ser? su camino.

Quinson se siente suspendido entre la decisi?n mon?stica y el tormento por un mundo que lo clava y, al mismo tiempo, lo asusta. Una b?squeda que, finalmente, encuentra su meta. Marsella. Las periferias llenas de la llegada de inmigrantes, magreb?es en su mayor?a. Zonas de confines en los que el Islam se vuelve cada d?a m?s agresivo. Esa ?l?nea s?smica? a trav?s de la cual el Norte y el Sur del mundo se olfatean, se encuentran, se complementan.

Degradaci?n. Desocupaci?n. Pobreza. Son los males que se anidan detr?s de esas casas prefabricadas, todas iguales, sin ning?n brillo est?tico, nacidas como una soluci?n arquitect?nica provisional, pero que se han convertido en ?nido? de las sucesivas olas migratorias.

El an?lisis del monje-banquero es l?cido: las periferias son el lugar en el que se encuentran las ?l?gicas tribales?, que la mayor?a de las veces traen los inmigrantes, y ?la cultura individualista del Occidente?, una cultura que reduce todo a beneficio.

?C?mo obrar? ?C?mo transformar los errores en fuente de riquezas? La respuesta es neta: meterse a la par con quien vive y lucha en las periferias. Nada de superioridad, nada de distancias por encima del techo. M?s bien experimentar, d?a a d?a, la cercan?a. ?ste es el camino que el monje siente como suyo, que le pertenece ?ntimamente: fundar una fraternidad, que tenga como primera regla acoger. Quinson sabe que s?lo el conocimiento mutuo puede anular esa visi?n del otro, detr?s de la cual muchas veces nos enraizamos: una visi?n muchas veces ?de caricatura, ideol?gica?.

?Objetivo n?mero uno? Los j?venes. Recuperarlos, poniendo el peso en la ense?anza. La lengua es la primera barrera que hay que tumbar: un muro separa no s?lo a los alumnos y a los profesores en los bancos del colegio, sino, al interno de las mismas familias, a hijos y a padres.

El otro punto de fuerza: la comuni?n. De la soledad, del no conocimiento, nace la difidencia, el odio. La receta est? en mezclar los mundos, favorecer los encuentros. ?ste es, pues, el programa que el monje de las periferias se traza como regla de vida: ?Comuni?n en las pruebas dif?ciles y en el rec?proco perd?n, comuni?n en la oraci?n fraterna y en la acogida del pr?jimo?.

Wall Street no habita ya m?s por estas partes

Traducci?n al espa?ol de un art?culo de Luca Miele, en el diario italiano Avvenire


Publicado por mario.web @ 16:47
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