Martes, 10 de mayo de 2011
Cualquier interrogante acerca del papel del Cristianismo en la vida p?blica se basa en un supuesto que no puede darse por descontado : la relevancia p?blica del hecho cristiano
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El Cristianismo en la vida p?blica :simples valores o una presencia verdadera
El Cristianismo en la vida p?blica :simples valores o una presencia verdadera
Cualquier interrogante acerca del papel del Cristianismo en la vida p?blica, cualquier intento de tematizar su incidencia en forma de valores enunciados con autoridad o de testimonio a trav?s de una presencia bien clara, cualquier contraposici?n o conciliaci?n entre estos t?rminos, se basa en un supuesto que no puede darse por descontado : la relevancia p?blica del hecho cristiano, el valor pol?tico - en el sentido m?s amplio de la palabra ? de la experiencia de la fe.

Este supuesto no es obvio en la medida en que las reflexiones te?ricas y los movimientos hist?ricos han intentado a menudo confinar al Cristianismo en una dimensi?n intimista, reducir la fe a una cuesti?n particular y separar de forma innatural la experiencia religiosa de las dem?s dimensiones de la vida humana. Dicha tentaci?n - igual y contraria a la teocr?tica, que transforma al Cristianismo en una imposici?n pol?tica - ha hallado terreno f?rtil tanto en ?mbitos del mundo religioso como del mundo laico, los unos preocupados por mantener una pureza del Cristianismo tan absoluta como alejada de la vida concreta de los hombres, y los otros interesados en marginar a un peligroso rival en su proyecto de sumisi?n de las conciencias.

El significado de las palabras de Jes?s en el Evangelio, ?Al C?sar lo que es del C?sar, y a Dios lo que es de Dios?, ha sido tergiversado por unos y otros para expulsar al sujeto cristiano de la Historia. En efecto, resulta exagerado deducir de estas palabras que todo el ?mbito de la vida p?blica es una prerrogativa del C?sar, y es pecar de ingenuidad pensar que, hist?ricamente, el C?sar siempre ha sido tan honrado y respetuoso de la competencia divina como para conformarse con recibir lo que le corresponde por derecho. A menudo, el C?sar pretende mucho m?s, tanto de los cristianos como de los no cristianos : pretende el alma, precisamente lo que los cristianos no pueden ni quieren entregarle, y que a ning?n hombre digno de llamarse tal le conviene entregar.

La dimensi?n p?blica del Cristianismo se hace patente desde sus mismos or?genes : p?blica era la predicaci?n de Jesucristo, p?blicas eran sus acciones y las de sus disc?pulos, y como ?vida p?blica? se definen los tres a?os de la misi?n de Jes?s que culminaron con su muerte y resurrecci?n. De su sacrificio viene la salvaci?n de los hombres que, por lo tanto, es obra divina. Pero esta salvaci?n requiere a su vez que los hombres act?en. Como afirma la instrucci?n de la Congregaci?n para la doctrina de la fe ?Libertad cristiana y liberaci?n?, ?La liberaci?n radical llevada a cabo por Cristo, al devolverle al hombre su verdadera libertad, le asigna un cometido : la pr?ctica cristiana, que es la aplicaci?n concreta del gran mandamiento del amor. Este es el principio supremo de la moral social cristiana?.

Ya en el Antiguo Testamento se destaca la dimensi?n pol?tica y social de la sumisi?n a la voluntad de Dios, sintetizada en la vigorosa alocuci?n del profeta Isa?as : ??No es antes el ayuno que yo escog?, desatar las ligaduras de la impiedad, deshacer los haces de la opresi?n, y dejar ir libres a los quebrantados, y que romp?is todo yugo? ?No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes metas en casa; que cuando vieres al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu carne??. Lo que en el Antiguo Testamento es, sobre todo, una exhortaci?n, tras el adviento de Cristo puede describirse incluso en t?rminos de experiencia hist?rica, como hace Juan Pablo II en su enc?clica Centesimus Annus, donde explica (cap. VI, n? 57) que ?para la Iglesia, il mensaje social del Evangelio no debe considerarse como una teor?a, sino, ante todo, como un fundamento y una motivaci?n para la acci?n. Impulsados por este mensaje, algunos de los primeros cristianos repart?an sus bienes entre los pobres, demostrando que, a pesar de las diferentes procedencias sociales, era posible una conviencia pac?fica y solidaria. A lo largo de los siglos, con la fuerza del Evangelio, los monjes cultivaron las tierras, los religiosos y religiosas fundaron hospitales y asilos para los pobres, las hermandades, as? como los hombres y mujeres de todas las condiciones, trabajaron en favor de los necesitados y los marginados?. Esta tradici?n perdura todav?a hoy a trav?s de las escuelas de todos los ?rdenes y grados, las comunidades y cooperativas laborales para drogadictos, discapacitados y dem?s marginados, los consultorios, los asilos para madres con problemas, los proyectos de desarrollo para los pa?ses del denominado Tercer Mundo y las organizaciones para el suministro de alimentos y ropa a los m?s pobres y necesitados, creados y animados por seglares y religiosos cristianos. Y tambi?n pasa a trav?s de actuaciones e iniciativas m?s directamente pol?ticas, como la reivindicaci?n de legislaciones m?s equitativas en materia de familia e igualdad escolar, las campa?as internacionales contra el tr?fico de armas, el empleo de ni?os en las guerras, el trabajo infantil en condiciones degradantes, y en favor del perd?n de la deuda exterior del Tercer Mundo y del aumento de los fondos de solidaridad internacional destinados a ayudas.
Para comprender a fondo el sentido de la pr?ctica cristiana, es preciso tomar conciencia de la dimensi?n cultural inherente al hecho cristiano. Esto no ata?e simplemente a la constataci?n de las ra?ces jud?as, griegas y latinas evidentes en el Cristianismo de la ?poca de los Ap?stoles, y que no pueden separarse del mismo m?s que al precio de transformar el misterio de la Encarnaci?n en pura abstracci?n, sino al hecho de que el Cristianismo hist?rico, como pr?ctica y visi?n del mundo, conjunto de valores y tentativas de encarnar dichos valores, de h?bitos y costumbres que crean una tradici?n y capacidad cr?tica para reflexionar acerca de la actualidad de la tradici?n es, evidentemente, una cultura en medio de otras culturas. Juan Pablo II, en su hist?rica alocuci?n en la UNESCO, ense?? que ?el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura?. Y en la Centesimus Annus puntualiza que ?Toda la actividad humana tiene lugar dentro de una cultura y establece una interacci?n con la misma. Para una formaci?n adecuada de dicha cultura, se requiere la participaci?n de toda la persona, que despliega en ella su creatividad, su inteligencia y su conocimiento del mundo y de los hombres. Adem?s, invierte en ella su capacidad de autodominio, de sacrificio personal, de solidaridad y de disponibilidad para promover el bien com?n.?. El Papa Pablo VI ya hab?a adelantado esta definici?n en 1.974, al hablar del pueblo cristiano como de ?una entidad ?tnica sui generis?. Y el cardenal Ratzinger, en una alocuci?n de 1.993, puntualiz? que la pertenencia del individuo y de las comunidades a la cultura cristiana es una pertenencia cultural aut?ntica y real que, sin embargo, no excluye la pertenencia a una de las culturas hist?ricas, con sus connotaciones ling??sticas y simb?licas, que se han ido formando a lo largo de milenios : el cristiano, dec?a Ratzinger, vive la experiencia de la ?doble pertenencia? a su grupo etnonacional y al pueblo cristiano. Todas estas puntualizaciones sirven para aclarar que si, por una parte, el Cristianismo es un advenimiento metacultural en tanto en cuanto juzga todas las culturas a la luz de los valores cristianos, por otra es intensamente cultural, tiene una naturaleza cultural irrenunciable, puesto que es el fruto de una encarnaci?n de lo divino acaecida en un momento dado y en un lugar concreto de la Historia y que ha proseguido a lo largo de los siglos de la misma forma.

La pol?tica y la acci?n social, como actos conscientes de un individuo consciente, deben colocarse, pues, en el ?lveo de la cultura, de la naturaleza cultural de los seres humanos. Si es cierto, como dijo Juan Pablo II en la UNESCO, que ?la cultura se sit?a siempre en relaci?n esencial y necesaria a lo que es el hombre?, la pol?tica, como forma completa de cultura, no puede dejar de tener al hombre como preocupaci?n fundamental. Pero, entonces, la pol?tica y la acci?n social no podr?n evitar plantearse las preguntas fundamentales acerca de la naturaleza del ser humano, acerca de su vocaci?n, y orientar sus acciones en base a la respuesta a dichas preguntas. La pol?tica, y m?s en general la vida p?blica, no pueden ser, como afirman algunos, asuntos meramente terrenales, porque tienen que enfrentarse continua y estructuralmente a la realidad del hombre, y esta realidad tiene que definirse en su esencia - que no es meramente terrenal - para que tengan sentido las actuaciones relacionadas con el mismo que se quieran llevar a cabo. La pol?tica no puede hacer nada por el hombre si no sabe qui?n y qu? es el hombre, cu?les son sus necesidades m?s profundas, sus aut?nticas prioridades. En su alocuci?n en la UNESCO, Juan Pablo II dice que ?En la cultura (y por tanto, agrego yo, tambi?n en la pol?tica) es preciso considerar siempre al hombre en su integridad, al hombre por entero, en toda la verdad de su subjetividad espiritual y corporal. No hay que superponerle a la cultura - sistema aut?nticamente humano, espl?ndida s?ntesis del esp?ritu y del cuerpo - divisiones y oposiciones preconcebidas?. Pero, ?qu? es lo que define al hombre en su integridad, al hombre por entero? ?En qu? consiste el ?coraz?n? del hombre, que la acci?n pol?tica tiene que ser capaz de reconocer, si no quiere parecer abusiva y sin criterio, osea, realmente da?ina para las necesidades humanas m?s aut?nticas y profundas? Ya lo dijo con gran acierto Monse?or Luigi Giussani, el fundador del movimiento eclesial de Comuni?n y Liberaci?n, cuando en febrero de 1.987 le invitaron a participar en la asamblea regional de un partido italiano de inspiraci?n cristiana, aquella Democracia Cristiana que durante 45 a?os garantiz? la gobernabilidad de Italia : ??Qu? es lo que determina, es decir, da forma, a la unidad del hombre, del yo? Es ese elemento din?mico que, a trav?s de las preguntas, las necesidades fundamentales en que se expresa, gu?a la expresi?n personal y social del hombre. En pocas palabras, yo llamo sentido religioso a este elemento din?mico, este factor fundamental que se expresa en el hombre a trav?s de preguntas, instancias, solicitaciones personales y sociales. La forma de la unidad del hombre es el sentido religioso ? as?, se me antoja que el sentido religioso es la ra?z de la que brotan los valores. Un valor, ?ltimamente, consiste en la perspectiva de la relaci?n entre un contingente y la totalidad, lo absoluto. La responsabilidad del hombre, a trav?s de todos los tipos de solicitaci?n que le vienen del impacto con lo real, se empe?a en responder a las preguntas que expresa el sentido religioso?. Como todos habr?n entendido, se trata de anotaciones cruciales : si el ?sentido religioso?, es decir, un conjunto de preguntas, evidencias y necesidades originales relacionadas con el sentido de la vida personal y de la historia universal, representan el ?coraz?n? del hombre, la pol?tica y la acci?n social, al tener en cuenta los fines terrenales del ser humano, no pueden ignorar su fin sobrenatural, cuya urgencia se manifiesta tan vivamente en todo yo consciente de s? mismo.

Para avanzar en nuestro discurso, a estas alturas cabe subrayar la leg?tima distinci?n entre dos niveles de la pr?ctica social cristiana que ya hemos citado con anterioridad : el de las obras sociales, que suelen ser el resultado de la actuaci?n de los individuos de la sociedad civil, y el de la pol?tica en s?, entendida tanto en su acepci?n arist?telica de atenci?n a la polis en tanto en cuanto ?el hombre es un ser pol?tico por naturaleza?, como en la que Romano Guardini defin?a como ?trazado de la finalidad com?n y organizaci?n de las cosas para alcanzarla?. Ambos est?n obligados a respetar la realidad del sentido religioso como centro unificador del yo humano.
Las obras sociales, fruto de la actuaci?n de movimientos y grupos, afrontan las necesidades en las que se encarnan los deseos (de verdad, bondad y belleza) que son la expresi?n del sentido religioso. La obra social es coherente con su inspiraci?n cristiana si no pretende agotar la demanda que se manifiesta a trav?s de la necesidad concreta, sino que ayuda, tanto a quien expresa solidaridad como a quien la recibe, a comprender que la respuesta plena y definitiva a la necesidad humana s?lo puede darla Otro. La obra social tiene valor sobre todo en la medida en que hace presentir esta respuesta y alimenta tanto la tristeza fruto de la conciencia de que la plenitud no es de este mundo, como el regocijo que da la esperanza de que la promesa se cumplir?. Por el contrario, la obra social, aunque tenga una motivaci?n cristiana, tiende a traducirse en un asistencialismo que mortifica tanto a quienes dan como a quienes reciben, crea una mentalidad de asistido en quienes son objeto de una actuaci?n que s?lo tiene en cuenta los aspectos cuantitativos y calculables de la necesidad, y crea una mentalidad paternalista en quienes act?an con la ?nica finalidad de sentirse buenos y adquirir respetabilidad social. Para que sea de verdad una aventura humana, la obra social precisa un enfoque orientado al hombre en su totalidad, y no a una necesidad en concreto, es decir, orientado a una necesidad circunscrita con arreglo a unas modalidades y un estilo (de trabajo, de relaciones humanas, de forma de ver la realidad) tales que quienes son objeto de la actuaci?n se sientan tenidos en cuenta como personas, y no etiquetados en una de las categor?as de necesitados.

En lo que se refiere a la pol?tica en s?, que es el ?mbito que me afecta m?s de cerca, la cuesti?n es m?s larga y compleja, por una raz?n : que la pol?tica puede suponer una gran ayuda para desarrollar una pr?ctica social cristiana, pero tambi?n puede levantar barreras insuperables para la misma o incluso proyectar la supresi?n de la pr?ctica social cristiana como tal e intentar realizarla. Voy a empezar por este segundo e inquietante aspecto. Una vez m?s me ayudar?n las palabras que Monse?or Luigi Giussani pronunci? en Assago : ?O el poder tiene la voluntad de servir a la criatura de Dios en su din?mica evoluci?n (es decir, servir al hombre, a la cultura y a la pr?ctica que de ella deriva), o bien tiende a reducir la realidad humana a aquello que ha decidido de antemano que es su imagen de la evoluci?n de lo real, es decir, de la Historia. De esta forma, el Estado se presenta como la fuente de todos los derechos y, por tanto, como reza la Gaudium et Spes, reduce al hombre a ?un pedazo de materia o un ciudadano an?nimo de la ciudad terrenal?. La condena por parte de la Gaudium et Spes y de Monse?or Giussani de este tipo de Estado, de esta forma totalitaria de entender el poder pol?tico, se hace eco de lo que Pio IX ya identificaba con claridad en su Sillabo (n? 39), al estigmatizar la propuesta seg?n la cual ?el Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de un derecho tal que no hay conf?n alguno que lo delimite?. Hoy en d?a, uno de los cometidos del pol?tico cristiano - a decir verdad, de cualquier hombre de buena coluntad que se preocupe por la aut?ntica dignidad humana - consiste, sin lugar a dudas, en luchar contra toda forma de Estado totalitario, impedir que el Estado se convierta en el ?nico empresario, el ?nico pedagogo, el ?nico agente sanitario, el ?nico comunicador, etc?tera. Al vivir conscientemente la experiencia de la criaturalidad, del haber sido creado por Otro y, en particular, esa flexi?n de la criaturalidad que supone el ser hijos de Dios, el reconocimiento vivido de la paternidad de Dios, el cristiano no est? dispuesto a atribuirles al Estado y al poder atributos que son propios de la divinidad. As? era en tiempos de los emperadores romanos y as? sigue siendo hoy. Tanto si se trata del Estado jacobino fruto de la Revoluci?n francesa, que se proclama como igualitario, solidario y democr?tico, como del gobierno chino, expresi?n del Partido Comunista, el cristiano no puede ni quiere reconocer la primac?a de un poder terrenal sobre su conciencia. Y sabe articular filos?fica y pol?ticamente su rechazo : puesto que la persona viene antes que el Estado, puesto que las sociedades naturales y los cuerpos sociales vienen antes que el Estado, los derechos de los ciudadanos, de las sociedades naturales y de los cuerpos sociales son anteriores a los derechos del Estado; el Estado no tiene que conceder estos derechos, sino reconocerlos, porque no es ?l el fundador de los mismos. Un Estado que pretendiera ser la fuente de los derechos de los ciudadanos ser?a un Estado totalitario, aunque se presentara como republicano y democr?tico.

Las l?neas de demarcaci?n est?n perfectamente claras y, tras las tragedias de la Segunda Guerra Mundial y la ca?da - hace ya diez a?os - del comunismo sovi?tico, el rechazo del totalitarismo y de los supuestos en que se basaba parece haberse generalizado. En realidad, actualmente los cristianos y no cristianos siguen vi?ndose amenazados por una forma totalitaria de organizaci?n de la vida social; el totalitarismo se ha hecho m?s huidizo, no se presenta con su nombre, es m?s, profesa plena adhesi?n a los ideales de libertad. Pero no por ello es menos real, al contrario, es m?s insinuante, m?s dif?cil de identificar y, por tanto, de combatir. Hoy en d?a, el totalitarismo ya no se impone por la fuerza (con la importante excepci?n de los pa?ses del Tercer Mundo, donde la fuerza y el miedo siguen siendo factores decisivos para la legitimaci?n de muchos reg?menes), sino a trav?s de la persuasi?n oculta. El poder ha descubierto y comprendido que, para dominar verdaderamente al hombre, es preciso dominar sus deseos, es decir, es preciso sofocar y hacerle olvidar los deseos m?s verdaderos y aut?nticos del coraz?n humano y sustituirlos por su caricatura fundada en lo instintivo (el hedonismo y el consumismo), o en el espiritualismo (la huida de la realidad que preconizan las religiones desencarnadas, nuevas y viejas, con las que el poder siempre ha sido condescendiente, desde la ?poca del Imperio Romano hasta hoy). Las palabras de Monse?or Giussani tambi?n resultan ilumindoras a este respecto : ?Si el poder - dice Monse?or Giussani - s?lo busca obtener su propia imagen de lo real, tiene que intentar dominar los deseos del hombre, ya que el deseo es el emblema de la libertad, porque abre el horizonte de la categor?a de la posibilidad, mientras que el problema del poder estriba en asegurarse el m?ximo consenso de una masa cada vez m?s condicionada en sus necesidades. De esta forma, los medios de comunicaci?n de masas y la secularizaci?n se convierten en instrumentos para la inducci?n empecinada de determinados deseos y para la cancelaci?n o la eliminaci?n de otros. Y los deseos del hombre y, por tanto, los valores, sufren una esencial y sistem?tica reducci?n?. Estas palabras recuerdan muy de cerca las que Juan Pablo II pronuncia en su enc?clica Dives in Misericordia : ?Esta es la tragedia de nuestro tiempo : la p?rdida de la libertad de conciencia de pueblos enteros, conseguida mediante un uso c?nico de los medios de comunicaci?n social por parte de quienes ostentan el poder?. Incluso los m?s l?cidos de entre los pensadores laicos, sobre todo los que han pasado por la experiencia hist?rica del socialismo real y, a la vez, han tenido tiempo de familiarizarse con las din?micas pol?ticas de Europa Occidental, son plenamente conscientes de este peligro. Por ello, me gustar?a citar a Vaclav Balohradsky, uno de los firmatarios de Charta ?77, el documento que constituy? un punto de referencia para la ?Revoluci?n de terciopelo? que en 1.990 reinstaur? la democracia en la entonces Checoslovaquia : ?La irreductibilidad de la conciencia ante las instituciones se ve amenazada en la ?poca de los medios de comunicaci?n de masas, de los Estados totalitarios y de la informatizaci?n generalizada de la sociedad. De hecho, nos resulta muy f?cil conseguir imaginarnos unas instituciones tan perfectamente organizadas que pueden imponer todas sus acciones como si fueran leg?timas. Es suficiente con disponer de una organizaci?n eficiente para legitimar cualquier cosa. Podr?amos sintetizar as? la esencia de lo que nos amenaza : los Estados programan a los ciudadanos, las industrias a los consumidores, las editoriales a los lectores, etc. Poco a poco, toda la sociedad se convierte en algo que el Estado se fabrica?.
Una vez dicho todo lo necesario para explicar lo que no debe ser la pol?tica seg?n un cristiano, lo que el poder no debe hacer, ahora nos queda por ilustrar la pars construens, el papel positivo y constructivo de la pol?tica frente a la pr?ctica social cristiana. Dir? pues, en s?ntesis, que el Estado que quiera cumplir de verdad el mandato para el que los hombres lo han creado (como dice Santo Tom?s, en base a una necesidad ?nsita en su propia naturaleza), tiene que ponerse al servicio de los seres humanos y de sus fines naturales y sobrenaturales, en lugar de servirse de ellos para sus propios fines, que consisten, en definitiva, en la sacralizaci?n del poder por s? mismo. Esto puede hacerlo el Estado si decide promover los dos valores b?sicos de la doctrina social cristiana, definidos como tales en todos los documentos m?s importantes del Magisterio : la subsidiariedad y la solidaridad.

La subsidiariedad, no me da miedo decirlo, es el principal valor en el que se inspira mi actuaci?n pol?tica, como pol?tico activo en un partido nacional y como responsable final del ejecutivo que gobierna un territorio, el de Lombard?a. Para captar toda la envergadura de este principio y de sus efectos a nivel de la vida social y pol?tica, as? como en la actuaci?n de las instituciones, es preciso dar un paso atr?s y volver a la cuesti?n del totalitarismo que antes mencionaba. El siglo XX est? a punto de terminar, y el balance hist?rico del mismo nos dice que ha sido el siglo de los totalitarismos y de los nacionalismos, es decir, que ha sido el terreno de visiones ideol?gicas impuestas a la sociedad y a los individuos. El Estado moderno, el Estado jacobino franc?s, naci? como un proyecto par imponerle a cada ciudadano la identidad nacional como esqueleto simb?lico de la identidad personal. A trav?s de la interiorizaci?n de etiquetas irremovibles de pertenencia nacional en las identidades personales, los pensadores y pol?ticos revolucionarios que crearon el Estado moderno apuntaban a conseguir el control social de las conciencias necesario para organizar el Estado nacional.
Posteriormente, el fascismo y el comunismo continuaron la obra y redujeron cada vez m?s al ciudadano a un producto del Estado, ignorando los derechos naturales del ser humano y de sus agregaciones, y sustituy?ndolos por permisos y autorizaciones concedidos por el poder. Hoy en d?a, el totalitarismo ya no se presenta a cara descubierta, pero la l?gica de fondo sigue siendo ideol?gica : los gobiernos de izquierdas, socialdem?cratas en gran parte de Europa y postcomunista en Italia, siguen viendo a los ciudadanos y a los cuerpos sociales como entidades que hay que mantener bajo tutela, como eternos menores de edad para los que s?lo el Estado-mam? sabe lo que es bueno, como individuos a los que no se les puede conceder demasiada libertad de iniciativa, porque perjudicar?a a la primac?a de quienes ostentan el poder pol?tico y ocupan las instituciones. Como escribi? el poeta polaco Czeslaw Milosz, ?se ha logrado que el hombre entienda que si vive s?lo es por gracia de los poderosos?.

Entonces, ?qu? tendr?a que hacer un poder pol?tico que quisiera facilitar de verdad la vida de una sociedad en la que los sujetos de la actuaci?n social son los individuos y las formaciones sociales en las que aqu?llos se reconocen, y no el Estado? Pueden y deben aplicar el principio de subsidiariedad. El principio de subsidiariedad es ese principio de organizaci?n social seg?n el cual el Estado no tiene que sustituir a los ciudadanos en las cosas que ellos, por s? solos o asociados entre s?, pueden hacer por s? mismos, es m?s, tiene que intentar echarles una mano sin erigirse en protagonista, osea, de forma subsidiaria.

Es un principio que formaliz? por primera vez un Papa, Pio XI, que lo expuso en su enc?clica Quadragesimo Anno, pero es un principio que tambi?n pueden entender perfectamente y compartir los laicos, porque no se refiere solamente a las relaciones entre el Estado y la sociedad, sino que afecta directamente al ser humano y a la libre responsabilidad del mismo. La subsidiariedad dice que no es l?cito transformar a los hombres en marionetas, no es l?cito arrebatarle al hombre su libertad personal ni su responsabilidad de responder a las necesidades, acaso alegando el pretexto de responder a esa necesidad mejor de lo que ?l y sus amigos y familiares podr?an hacerlo. Y la subsidiariedad tambi?n dice que tanto las personas como las instituciones pol?ticas tienen un deber : el deber de ayudar a las dem?s personas y a los grupos sociales en los que se desarrolla la vida de las personas a responder libremente a sus necesidades. Esta l?gica no afecta s?lo a las instituciones pol?ticas, sino a todas las relaciones humanas, puesto que, cuando se trata de gobernar una naci?n, una regi?n, una instituci?n o, sencillamente, una relaci?n humana, existen tres posibilidades respecto a aqu?llos sobre los que se ejerce un poder : hacerlo todo en su lugar, dejarles hacer con indiferencia o ayudarles a hacerlo, colaborando con ellos y compartiendo sus responsabilidades.

El Estado subvencional que vengo describiendo no es ni mucho menos un Estado confesional, todo lo contrario: es un Estado laico al no imponer su propia ideolog?a a los ciudadanos, no obstante se pone al servicio de ?stos reconociendo la primac?a de la persona y la inviolabilidad de su dignidad. Es ?nicamente reconociendo esta primac?a que cobra valor lo que Juan XXIII solia definir en la Mater et Magistra ?la geniaildad creativa de los individuos?. Esta genialidad creativa es polifac?tica: representa sin lugar a duda una libertad y un derecho a la iniciativa, pero al mismo tiempo una responsabilidad hacia la sociedad. Es aqu? que entra de lleno el tema de la segunda columna de la doctrina social cristiana: ?l de la solidaridad.
La solidaridad, dijo Juan Pablo II en su Solicitudo Rei Socialis, no es un sentimiento de compasi?n indefinida o de enternecimiento superficial hacia los males de muchos, sean ?stos pr?ximos o lejanos. Todo lo contrario, se trata de la determinaci?n firme de comprometerse para el bien comun?. Alrededor de la solidaridad son muchas las equivocaciones posibles. Son muchos, hasta en el marco de la cristianidad, los que afirman que los cristianos deber?an siempre decantarse por la izquierda en raz?n del concepto de solidaridad; la preferencia de la Iglesia por los ?ltimos y por la justicia social parecer?a deber desembocar en todo caso una elecci?n pol?tica coherente en favor de la izquierda. Se trata, como es obvio, de una equivocaci?n de indudable comodidad para algunos. En el momento en que se convierte un una obligaci?n de ley un comportamiento decretado por el Estado a trav?s del poder ejecutivo, cuya violaci?n implica sanciones prescritas por la ley, la solidaridad deja de ser solidaridad, para convertirse en un un sistema pol?tico cuyo estilo recuerda mucho el socialismo y el comunismo. La solidaridad, de hecho, es un acto moral de la persona, mientras que las instituciones no son sujetos morales debido a su impersonalidad. Aceptar que una estructura - el Estado, la ley, la hacienda p?blica, el gobierno - se apodere por completo de la dimensi?n de nuesta responsabilidad social, de nuestra vida moral, significa aceptar ser REIFICATI, es decir reducidos a meros productos sociales. La solidaridad se debe vivir en primera pesona tanto a nivel individual, como a nivel comunitario y ello implica la entrada en juego de dos valores m?s: la libertad y la responsabilidad. Don Giussani, refiri?ndose a la responsabilidad social con la que tienen que cumplir, de acuerdo con el Cristianismo, la creatividad y el genio de individuos y grupos afirm? que: ?en el compromiso con esta primac?a de socialidad libre y creativa ante el poder se demuestra la fuerza y el talante de la responsabilidad personal. En la primac?a de la sociedad ante el Estado se salva la cultura de la responsabilidad. Primac?a de la sociedad en el entramado creado por la relaciones din?micas entre movimientos: a trav?s de la creaci?n de obras y agregaciones los movimientos realizan las comunidades intermedias, que expresan la libertad de las personas fortalecida por la forma asociativa?.

Existe por lo tanto un mundo cat?lico que tiende a confundir la solidaridad con el estatalismo y el amor para los pobres con las alianzas de izquierdas, que invoca la justicia en detrimento de la libertad, que quiere redistribuir la riquieza pero condena su creaci?n al poner en entredicho la propiedad privada que es su propio fundamento. Sin embargo, tambi?n existe un mundo cat?lico orgulloso de su autonom?a, de su sujetividad social, que quiere expresar directa y personalmente los valores de la justicia y de la solidaridad, sin entregarlos al embalse del estatalismo socialista que todo lo homologa y lo despersonaliza. Es un mundo cat?lico que aprendi? la lecci?n de espiritus liberales pr?ximos al Cristianismo como es el caso de Alexis de Tocqueville, que nos ense?? que no hay vida moral sin libertad, y que el bien no supone m?rito alguno si no se elige libremente. Dios quiere el homenaje de hombres libres y no de esclavos. Por esta raz?n, ning?n cat?lico verdadero aceptar? jam?s que un sujeto an?nimo como el Esado le arrebate la libertad de elegir el bien, sustituy?ndosele con el cobro de los impuestos y con leyes y normas que convierten la solidaridad y el espiritu de justicia en comportamientos obligatorios e impersonales. En una intervenci?n de hace algunos a?os el cardenal Ratzinger acert? al estigmmatizar como no cristiana la posici?n que pretende confiar completamente la liberaci?n humana a las estructuras marginando la libre adhesi?n moral de los hombres al bien: ?En una sociedad liberada el bien no estriba m?s en los esfuerzos ?ticos de los hombres que soportan esta sociedad, ya que ?ste es irrevocablemente soportado por las estructuras....Por este motivo la salvaci?n apoya en el an?lisis de las estructuras y de las actividades pol?tico-econ?micas que de ?stas derivan. No es el ?ethos? (o sea el acto moral responsable del individuo - N.d.r.) que sustenta las estructuras, sino que son las estructuras que soportan el ethos, ya que es ?ste el elemento fr?gil, mientras las estructuras tienen un valor s?lido y seguro. En el el marco de esta inversi?n, en cuya base se halla el mito de un mundo mejor, acieto a ver el fundamento del materialismo?.


Una ?ltima cita del prefecto de la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe me sirve para introducir el ?ltimo punto que me interesa mencionar en esta exposici?n: el tema de la relaci?n entre realismo e idealismo en la acci?n pol?tica del cristiano.
Tambi?n en este caso se trata seguramente de una materia controvertida, complicada en los ?ltimos a?os por un "multiplicarse de teolog?a pol?ticas que a la pol?tica le han asignado tareas exorbitantes, es decir que han rebajado la perspectiva teol?gica a praxis pol?tica. "El primer servicio que la fe le hace a la pol?tica -ha escrito el cardenal Ratzinger- consiste en la liberaci?n del hombre de la irracionalidad de los mitos pol?ticos que constituyen el verdadero riesgo de nuestro tiempo. Ser sobrios y realizar lo que es posible, en vez de reclamar con el coraz?n inflamado lo imposible, ha sido siempre dif?cil; la voz de la raz?n nunca es tan fuerte como el grito irracional. El grito que reclama las grandes cosas tiene la vibraci?n del moralismo; limitarse al posible parece en cambio una renuncia a la pasi?n moral, parece el pragmatismo de los mezquinos. Pero la verdad es que la moral pol?tica consiste precisamente en la resistencia a la seducci?n de las grandes palabras con las cuales se juega con la humanidad del hombre y de sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura, que pretende realizar por s? mismo las cosas de Dios. Lo es en cambio la lealtad que acepta las medidas del hombre y cumple, dentro de estas medidas, la obra del hombre. No la ausencia de todo compromiso, sino el compromiso mismo es la verdadera moral de la actividad pol?tica".

El juicio del cardenal nos ayuda mucho a precisar la distinci?n de los roles entre religi?n y pol?tica: aunque animadas por el mismo deseo (el bien de los seres humanos), ambas se mueven en planos diferentes y hay que tener cuidado de no superponerlos. La religi?n expresa la acci?n de Dios y mira al mundo desde punto de vista prof?tico; la pol?tica en cambio, expresa la acci?n humana y mira al mundo desde el punto de vista de las posibilidades hist?ricas. El buen religioso se preocupa de la verdad de su testimonio, espera en la acci?n de Dios en la historia y conf?a al pol?tico la responsabilidad del bien com?n; el buen pol?tico reconoce el valor ejemplar del testimonio religioso, se preocupa de los efectos pr?cticos de sus acciones y no excluye de su horizonte el presentimiento de la se?or?a de Dios en la historia, es decir de la posibilidad de su intervenci?n misteriosa. El religioso no debe tratar de superponer historia y profec?a, el pol?tico no debe considerar su propia acci?n como el horizonte ?ltimo de la historia.
Si en cambio se le pide a la pol?tica que realice la profec?a, si el pol?tico imagina su misi?n como una especie de investidura para transformar en realidad altos ideales, se produce un cortocircuito que degrada la religi?n en milenarismo y que transforma la acci?n pol?tica en una peligrosa imposici?n del estado ?tico. Me impresiona y me inquieta mucho ese paso del juicio del cardenal Ratzinger en el cual afirma que "la voz de la raz?n nunca es tan fuerte como el grito irracional". Este es exactamente el punto: la idea de raz?n. Los pol?ticos "idealistas" parecen partir de la convicci?n de que la raz?n es un criterio externo a la realidad, que hay que imponer a la realidad. La realidad reflejar?a sobre todo lo irracional, mientras que en su mente est? bien viva la idea pura de raz?n. Por el contrario, los pol?ticos "realistas", no obedecen como se afirma com?nmente, a un est?ril pragmatismo, sino a la convicci?n de que es la realidad quien dicta al sujeto el m?todo y los criterios de su conocimiento, y no viceversa. En este sentido, la raz?n consiste tom?sticamente en un adequatio intellectus et rei, una convergencia, un punto de encuentro entre el intelecto y la cosa. Para el pol?tico "idealista", la realidad es solamente un obst?culo, o al m?ximo un pretexto para la afirmaci?n de sus principios y valores personales, estos s? realmente racionales. Para el pol?tico "realista", en cambio, la preocupaci?n fundamental es aqu?lla de tener en cuenta la realidad en la totalidad de sus factores y de llevar a cabo s?lo aquellos programas que son compatibles con esta compleja totalidad. Los pol?ticos de la primera familia son los que arrastran sus pa?ses a revoluciones que causan enormes sufrimientos, para obtener cambios que se habr?an podido conquistar en un tiempo m?s largo, pero con menos lutos y destrucciones a trav?s del gradualismo; son los que promueven "guerras justas" en base a ideales pur?simos y valores irrefutables, pero que despu?s terminan por causar sufrimientos mayores que aquellos a los cuales quer?an poner fin. En efecto ?sta es la caracter?stica del idealismo en pol?tica: no teniendo debidamente en cuenta la realidad sobre la que se puede operar, y actuando sobre la base de la ?tica de las intenciones m?s bien que de aqu?lla de la responsabilidad, normalmente causa males mayores que aquellos que quer?a eliminar. El realismo del cristiano, anclado a la doctrina del pecado original que establece el origen de la imperfecci?n humana y vacuna contra toda veleidad de querer instaurar el Para?so en la tierra, es m?s ?til a la paz y al bien com?n por su capacidad de tener debidamente en cuenta tanto los vicios como las virtudes de las cuales el hombre es hist?ricamente capaz.

Sin duda, el realismo y la subsidiariedad representan los dos principios gu?a que han animado mi acci?n pol?tica en estos ?ltimos cuatro a?os de experiencia de gobierno de la Regi?n de Lombard?a. Nuestras intervenciones a favor de las familias, de la paridad escolar, por una profunda reforma del sistema de salud regional y de apoyo a los sujetos econ?micos y empresariales, se han inspirado en estos principios. Y sobre todo se han inspirado en el reconocimiento de que no es tarea del pol?tico promover una novedad de vida, promover la vida buena que es la promesa del cristianismo, sino que es tarea del pol?tico favorecer y defender a cuantos est?n cumpliendo dicha experiencia y ayudarles a dar una dimensi?n social y laica a la misma para que sus beneficios puedan extenderse a todo el cuerpo social.

Gracias.


Roberto Formigoni
Presidente del Gobierno Regional de Lombard?a

Publicado por mario.web @ 22:25
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