Jueves, 12 de mayo de 2011
Analizar cu?les han sido los derroteros que el concepto de autoridad bajo el Magisterio de la Iglesia ha desarrollado en estos tiempos de la renovaci?n de la vida religiosa. Y espec?ficamente la autoridad que debe desempe?ar la superiora de comunidad.
?
Autoridad de la Superiora en el Magisterio de la Iglesia despu?s del concilio
Autoridad de la Superiora en el Magisterio de la Iglesia despu?s del concilio
Introducci?n.

Debemos aceptarlo. Hablar de autoridad y de obediencia en nuestros tiempos resulta algo inc?modo, podemos decir que incluso es ?pol?ticamente incorrecto?. Crea una cierta perplejidad y vienen a nuestra mente los clich?s con los que podemos ser adjetivados: fundamentalistas, oscurantistas, retr?grados. La autoridad y la obediencia en un mundo que cambia no se ven bien. Se habla de democracia, de participaci?n en el gobierno, de consenso. Tal pareciera que el vocablo obediencia se ha hecho ant?nimo de libertad o de realizaci?n personal.

Y no es para menos. ?La as? llamada cultura occidental contempor?nea ha exaltado la individualidad exasperadamente a trav?s de la masificaci?n y la homologaci?n cultural. ?Individuo? es la palabra a la orden del d?a, seguida de su ?realizaci?n?, por supuesto individual. Es la visi?n de la m?nada, al centro del Universo. Todo gira en torno a ?l, como los planetas giran alrededor del sol. El otro se reduce solamente a un medio.? Y si esto es cierto en la cultura de nuestros d?as, no es menos cierto en el mundo religioso. Somos hijos de nuestro tiempo y no escapamos a sufrir su influencia, tanto positiva como negativa. Podemos observar que junto a un desarrollo de las capacidades humanas que le permiten responder con mayor conciencia a su cualidad de bautizado y de consagrado, no es menos cierto que el individualismo se ha infiltrado tambi?n en el campo religioso, y m?s espec?ficamente en todo lo que se refiere al binomio autoridad ? obediencia. ?El resultado es que a?n circula por ah? una especie de tab? en relaci?n con la obediencia, como si fuera un fantasma que evocara oscuras tramas y ambiguos significados, mientras que en ciertos ambientes y comunidades el obedecer se ha convertido en un optional, en algo sumamente discrecional y facultativo, relacionado con la personalidad de quien manda y con la astucia e (in)disponibilidad de quien obedece o deber?a obedecer.?

Podr?amos prolongar la reflexi?n de este binomio autoridad ? obediencia, pero debemos frenarnos, pues no es el objetivo de este estudio. Pretendemos analizar cu?les han sido los derroteros que el concepto de autoridad bajo el Magisterio de la Iglesia ha desarrollado en estos tiempos de la renovaci?n de la vida religiosa. Y espec?ficamente la autoridad que debe desempe?ar la superiora de comunidad.

Iniciaremos analizando el estado de la situaci?n, es decir, cu?l es el marco cultural e institucional en el que se ha venido desarrollando la autoridad a lo largo de estos 40 a?os del postconcilio. Veremos por tanto conceptos como libertad, autoridad y gobierno tanto en la cultura del mundo como su influencia en las comunidades religiosas. Pasaremos enseguida a tratar los or?genes de la de la autoridad para fundamentar su ejercicio, enfoc?ndonos en las funciones de la autoridad y sus aspectos m?s caracter?sticos.

Guiados siempre del Magisterio de la Iglesia utilizaremos para nuestro estudio aquellos documentos m?s representativos, no interpret?ndolos, sino descubriendo la riqueza de su significado en s? mismos y encuadr?ndolos en el desarrollo hist?rico del propio Magisterio en el per?odo de la renovaci?n post-conciliar. No por ello despreciamos ni a los autores, que apegados al Magisterio de la Iglesia han hecho grandes aportaciones al tema, ni a las ciencias humanas (la psicolog?a y la sociolog?a entre otras), que se han sumado a los aportes que la Teolog?a de la vida consagrada ha venido configurando en estos 40 a?os de vida posconciliar. Queremos sin embargo, ir a las fuentes. Estos documentos esconden grandes riquezas, que como en una mina, necesitan ser descubiertos, trabajados y elaborados. No podemos ni contentarnos con verlos s?lo de lejos, ni darnos por satisfechos si otros los analizan y los comentan por nosotros. Con nuestra poca o mucha cultura podemos acercarnos a ellos para estudiarlos, meditarlos, hacerlos parte de nuestro esp?ritu y as?, ponerlos en pr?ctica.



El binomio autoridad ? obediencia.

El Concilio Vaticano II no fue un Concilio convocado para tratar alg?n tema doctrinal. Quiz?s esto lo sabemos de memoria pero no hemos analizado a fondo sus consecuencias. El Concilio no quer?a definir nada, no necesitaba hacer ninguna declaraci?n dogm?tica. Quer?a tan s?lo, bajo nuestro punto de vista adecuar la doctrina al mundo contempor?neo. Ni el hombre ni la Iglesia, en su esencia, hab?an cambiado. Eran las circunstancias externas del hombre y del mundo, las que estaban cambiando y urg?a por tanto adecuarse a esos cambios. Adecuar no es cambiar. Renovar no es quitar. Nunca podemos establecer un parang?n entre las cosas del esp?ritu y las cosas de la materia. Se habla de renovar algo cuando es caduco o ha perdido su eficacia. Muchas veces la palabra renovar puede tomarse como sin?nimo de cambiar, cambiar todo. Y a partir de aqu? es de d?nde surgen algunos problemas. La renovaci?n de la vida consagrada no es cambiar todo. Se trata m?s bien de distinguir entre lo accidental y lo esencial, de forma que cambiando o adecuando ?adaptando- lo accidental a las situaciones cambiantes del hombre y del mundo, pueda brillar mejor lo esencial. Los elementos de la vida consagrada, entre ellos la autoridad y la obediencia, deb?an seguir siempre vigentes, pero conven?a hacer una revisi?n de aquellas circunstancias accidentales que rodeaban a la autoridad y a la obediencia para valorarlos de acuerdo con un fundamento espiritual (carism?tico, propio de cada Congregaci?n o instituto religioso), de valores perennes, con el fin de que la autoridad y la obediencia en su esencia no cambiaran, sino que se adecuaran al hombre y al mundo de estos tiempos.


Estas situaciones cambiantes del hombre y del mundo, en relaci?n con la autoridad y con la obediencia, fueron detectadas en el Concilio y hechas evidentes en la Constituci?n pastoral Gaudium et spes. Se ve?a como el hombre de la posguerra mundial y ya dirigido hacia el final del milenio ten?a y buscaba afanosamente como valor supremo en la vida el valor de la libertad: ?La orientaci?n del hombre hacia el bien s?lo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contempor?neos ensalzan con entusiasmo. Y con toda raz?n.? Pero esta libertad a veces es malentendida: ?Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre.? Por ello, frente a estos malos entendidos del concepto de la libertad, que influir?n tambi?n sobre la autoridad en la vida religiosa, el documento del Vaticano II aclara, no sin vigor y fuerza, lo que debe entenderse por libertad y la forma de llevarla a cabo: ?La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre act?e seg?n su conciencia y libre elecci?n, es decir, movido e inducido por convicci?n interna personal y no bajo la presi?n de un ciego impulso interior o de la mera coacci?n externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elecci?n del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes.?


Actuar seg?n la conciencia parecer?a el grito de batalla de muchos contestatarios de la vida consagrada. En aras a esta libertad de conciencia pod?a hacerse, pensarse y decirse cuanto se quisiese o viniese en gana. Conviene aclarar. El documento no habla de libertad de conciencia como licencia para hacer cualquier cosa, sino como condici?n para que el hombre viva con dignidad el valor de la libertad. No se es libre cuando se act?a bajo presi?n, ya sea ?sta proveniente de agentes externos a la persona, o de agentes internos como suelen ser las pasiones, las emociones o los sentimientos. Por ello, para actuar con libertad de conciencia, no dominado por factores externos o internos, es necesario haberla formado, de tal manera que el hombre elige aquello que m?s le conviene, no movido por factores externos o internos, sino por aquello que le har? ser m?s hombre, es decir por convicci?n personal. En el mundo religioso esta convicci?n personal ha llegado a entenderse por un respeto a la persona. Se deja en libertad a la persona para respetarla y as? obtener mejor su obediencia.


Pero esta postura en algunos casos es un ?libi para una renuncia a ejercer la autoridad. No se trata ciertamente, de coaccionar a la persona, sino de ayudarla a que responda como tal, es decir, como persona y como persona consagrada. La autoridad es una ayuda para hacer que crezca la persona. ?Etimol?gicamente, <> significa <>, <>; pero, ?qu? deber?a hacer crecer la obediencia si no es, precisamente esa libertad para buscar en todas partes y cumplir responsablemente la voluntad divina??


Los a?os setenta vieron caer muchas de las estructuras institucionales. Toda autoridad era fuertemente contestada y la Iglesia no qued? a salvo de este movimiento. Estos momentos de tensi?n se prolongar?n por varias d?cadas, dejando su huella en la forma de gestionar la autoridad. Si bien es cierto que el respeto a la dignidad del hombre debe ponerse al centro del ejercicio de la autoridad, no es menos cierto que no se debe prescindir de dicho ejercicio por el propio bien del individuo. La formaci?n como acto educativo no puede prescindir de la autoridad. El seguimiento de Cristo a trav?s de los consejos evang?licos pide tambi?n un ejercicio de la autoridad. ?La doctrina conciliar y posconciliar insiste en ciertos principios relativos al gobierno religioso, que han estado a la base de considerables cambios durante los ?ltimos veinte anos. Dej? bien en claro la necesidad de una autoridad religiosa, efectiva, personal, en todos los niveles: general, intermedio y local, si se ha de vivir la obediencia religiosa (cf PC 14; ET 25). Subray? adem?s la necesidad de consultar la base, de comprometer apropiadamente a todos los miembros en el gobierno del instituto, de compartir la responsabilidad y fomentar la subsidiariedad (cf ES II, 18). La mayor?a de estos principios han encontrado su expresi?n en las constituciones revisadas. Es importante que estos principios sean entendido y llevados a la pr?ctica de modo que se cumpla el objetivo del gobierno religioso: la edificaci?n de una comunidad unida en Cristo, en la cual Dios es buscado y amado sobre todas las cosas y la misi?n de Cristo es generosamente realizada.?
Estos vientos de cambio continuar?an por varias d?cadas. Prueba de ello es que en 1994 el documento Vida fraterna en comunidad deja un testimonio exacto de lo que ven?a ocurriendo, con su secuela en la vida consagrada: ?La reivindicaci?n de la libertad personal y de los derechos humanos ha estado en la base de un amplio proceso de democratizaci?n que ha favorecido el desarrollo econ?mico y el crecimiento de la sociedad civil. En el per?odo inmediatamente posterior al Concilio, este proceso -especialmente en Occidente- ha experimentado una aceleraci?n caracterizada por movimientos ?asamblearios? y por actitudes renuentes a la autoridad. El rechazo de la autoridad no ha perdonado ni siquiera a la Iglesia ni a la vida religiosa, con consecuencias evidentes tambi?n en la vida comunitaria. La afirmaci?n unilateral y exasperada de la libertad ha contribuido a difundir en Occidente la cultura del individualismo, con el debilitamiento del ideal de la vida com?n y del compromiso por los proyectos comunitarios. Hay que se?alar tambi?n algunas reacciones igualmente unilaterales, como pueden ser las evasiones hacia formas de autoritarismo, basadas en la confianza ciega en un gu?a que inspira seguridad.?


Frente a estos cambios fundamentales, el Magisterio de la Iglesia, anticip?ndose a los tiempos, daba lineamientos claros respecto al gobierno y a la autoridad en la vida consagrada. El primer documento del Concilio dirigido expresamente a la vida consagrada, el Decreto Perfectae caritatis, habla expl?citamente sobre la forma en que la superiora debe ejercer la autoridad. Resulta significativo este documento pues al mismo tiempo que es reflejo de la situaci?n por la que pasaba el ejercicio de la autoridad, marca las pautas a seguir. Procedemos a citar el texto, para despu?s comentarlo: ?Mas los Superiores, que habr?n de dar cuenta a Dios de las almas a ellos encomendadas, d?ciles a la voluntad divina en el desempe?o de su cargo, ejerzan su autoridad en esp?ritu de servicio para con sus hermanos, de suerte que pongan de manifiesto la caridad con que Dios los ama. Gobiernen a sus s?bditos como a hijos de Dios y con respeto a la persona humana. Por lo mismo, especialmente, d?jenles la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la direcci?n de conciencia. Logren de los s?bditos, que en el desempe?o de sus cargos y en la aceptaci?n de las iniciativas cooperen ?stos con obediencia activa y responsable. Por tanto, escuchen los Superiores con agrado a los s?bditos, procurando que empe?en su actividad en bien del Instituto y de la Iglesia, quedando, no obstante, siempre a salvo su autoridad para determinar y mandar lo que debe hacerse.?


El Decreto es conciente que la autoridad debe ejercerse siempre con respeto a la dignidad de la persona humana. De alguna manera est? reflejando el cambio de los tiempos que se estaban dando, como hemos analizado previamente. El ejercicio de la autoridad en la vida consagrada no podr?a seguirse llevando a cabo si no se contaba con la libertad del s?bdito. No es que antes la libertad del s?bdito viniera anulada o suprimida. Debemos recordar que sin libertad el hombre no es capaz de tomar ninguna decisi?n, incluso la de obedecer. Quiz?s, por el ambiente que antes prevalec?a, esto se daba por supuesto, tanto en la superiora como en la religiosa que deb?a obedecer. Se habla de abusos en la autoridad, pero cu?ntos de esos abusos, algunos de ellos muy criticables, son juzgados con la mentalidad de otra ?poca, es decir la nuestra y algunas veces una mentalidad no del todo justa y equilibrada. Por ello no es l?cito hacer comparaciones. Los famosos ?antes s? y ahora no?, son muy criticables pues algunos de estos juicios carecen de validez cient?fica. Repetimos: no podemos juzgar unos hechos con una mentalidad diferente a la que en aquel momento prevalec?a.


La primera recomendaci?n que da el Decreto es la de ejercer la autoridad en esp?ritu de servicio para con sus hermanos, de suerte que pongan de manifiesto la caridad con que Dios los ama. El centro viene puesto en la caridad. Toda autoridad en la Iglesia tiene como presupuesto el amor. De la misma manera como Dios ama al hombre, as? el hombre (la superiora) debe amar a las almas a ella encomendada. Este amor nace de la fraternidad que se construye cuando las mujeres consagradas deciden responder a la llamada de Cristo para seguirlo m?s de cerca, de acuerdo a un carisma espec?fico. Para los religiosos, la comuni?n en Cristo se expresa de una manera estable y visible en la vida comunitaria. ?Tan importante es esa vida comunitaria para la consagraci?n religiosa, que cada religioso, cualquiera que sea su trabajo apost?lico, est? obligado a ella por el mero hecho de la profesi?n y debe normalmente vivir bajo la autoridad de un superior local, en una comunidad del instituto al que pertenece. Normalmente, tambi?n, la vida de comunidad lleva consigo el compartir la vida de cada d?a seg?n unas estructuras concretas y las prescripciones de las Constituciones.?


Un segundo aspecto que la Perfectae caritatis recomienda en el ejercicio de la autoridad es el gobernar con respeto a la dignidad de la persona humana. Respeto que no significa abdicar al derecho ? deber de seguir formando a las personas que se encuentran bajo la direcci?n de la superiora. Este respeto a la dignidad de la persona ha sido en algunas ocasiones malentendido. Respeto que no significa una renuncia a dirigir las almas hacia la consecuci?n del fin com?n, es decir, el seguimiento de Cristo bajo una espiritualidad propia y la observancia de los consejos evang?licos. Respetar a la persona no significa dejar hacer a la persona, sino ayudar a que sea m?s persona consagrada, observando, eso s?, unas formas adecuadas que reflejen la caridad de Cristo. Respeto a la persona es tratarla como Cristo la tratar?a. ?l no dej? la oveja descarriada, por respeto a su dignidad. Al contrario, por respeto a su dignidad sali?, la busc?, la encontr? y la carg? sobre sus hombros. Toda una lecci?n educativa de ejercicio de la autoridad. Cristo, respetando la dignidad de la persona, no tuvo reparo en se?alar los defectos y las faltas de los hombres, como en el caso de la samaritana. No le reprocha que haya tenido cinco maridos, ni se los echa en cara. Magistralmente, con amor, le hace ver sus errores, dejando en libertad a la mujer para que los acepte. Pero Cristo no renuncia a ejercer su autoridad y dar a conocer cu?l es la verdad y por d?nde puede llegar a vivir dicha verdad. ?ste es el tipo de gobierno al que invita el n?mero 14 de la Perfectae caritatis. No es un gobierno basado en el consenso de los s?bditos, ni en el rol o funci?n de la superiora, ni en sus dotes de liderazgo personal o comunitario. Es una autoridad basada en el amor de Cristo. Parangonando este n?mero podemos decir que la superiora debe gobernar a los miembros de su comunidad con el mismo amor con el que Cristo los gobernar?a.


Otro aspecto que debemos considerar y que ha originado no pocos problemas en la vida consagrada lo es sin duda la frase dedicada a la obediencia activa y responsable. El decreto encarece a los superiores que gu?en a sus religiosos de tal manera que ?stos cooperen con una obediencia activa y responsable en la aceptaci?n de las iniciativas. El decreto utiliza un lenguaje perentorio en donde marca un ideal a conseguir, como lo es la obediencia activa y responsable. Para ello, debe guiar a los religiosos. No se trata simplemente de esperar que los religiosos lleguen a actuar espont?neamente en forma activa y responsable, sino que la Superiora debe guiar para que los religiosos respondan de la manera deseada. El gu?a no permanece a la expectativa de lo que pueda suceder. No espera un resultado sino que provoca el resultado. Muestra el ideal que se debe alcanzar, explica los medios necesarios para alcanzarlo, motiva y exhorta, lleva a cabo una labor de prevenci?n avisando los posibles peligros que se pueden encontrar en el camino y la mejor formar de sortearlos. Gu?a es la ant?tesis de espectador. La Superiora debe guiar a la obediencia activa y responsable, debe procurarla y no quedarse de brazos cruzados si ?sta no llega a darse.


Muchos quiz?s entendieron este tipo de obediencia en forma laxa: la Superiora deber?a buscar el consenso de la comunidad para lograr que obedecieran en forma activa y responsable, o cayendo en otro extremo, la Superiora no pod?a imponer nada pues cada uno de los s?bditos deber?a actuar seg?n su conciencia para as? lograr la obediencia activa y responsable. Y sin embargo esta postura est? tan alejada de la realidad pues el mismo n?mero del decreto mencionara hacia el final que si bien los superiores deben esforzarse por lograr estas actitudes en sus s?bditos, no deben renunciar al ejercicio de su autoridad: ?quedando, no obstante, siempre a salvo su autoridad para determinar y mandar lo que debe hacerse.? Determinar y mandar lo que debe hacerse no supone un contentarse con lo que buenamente y en conciencia hayan decidido hacer los s?bditos. Se trata de marcar las pautas de lo que debe hacerse, motivar de la mejor manera para lograr la obediencia activa y responsable (aqu? viene incluida la escucha a los s?bditos) para despu?s marcar lo que debe hacerse. Los modos de este proceso deben cuidarse con delicadeza y esmero, pues el respeto a la persona humana exige tambi?n una educaci?n y una correcci?n en la forma de poner en pr?ctica el servicio de la autoridad.


El servicio de la autoridad
El origen de la autoridad de la Superiora le viene por el Esp?ritu Santo. ?Los Superiores ejercen su funci?n de servicio y gu?a, dentro del Instituto religioso, de acuerdo con la ?ndole propia del mismo. Su autoridad proviene del Esp?ritu del Se?or en conexi?n con la sagrada Jerarqu?a que ha erigido can?nicamente el Instituto y aprobado aut?nticamente su misi?n especifica.? Por lo tanto, la Superiora no act?a por s? mismo, sino en funci?n de una autoridad que le viene delegada por el Esp?ritu Santo a trav?s de los canales propios de cada Instituto o Congregaci?n religiosa: Cap?tulo general, provincial, normas, constituciones. ?Esa autoridad, caracter?stica de los institutos religiosos, no proviene de los miembros; es conferida por Dios mediante el ministerio de la Iglesia, al reconocer el instituto y aprobar sus constituciones. Es una autoridad de la que est?n investidos los superiores, mientras duren sus per?odos de servicio, ya sea a nivel general, intermedio o local. Debe ser ejercida de acuerdo con las normas del derecho com?n y propio, con esp?ritu de servicio, respetando la persona humana de cada religioso como hijo de Dios (cf PC 14), estimulando la cooperaci?n para el bien del instituto, pero siempre preservando el derecho de la Superiora de discernir y decidir lo que ha de hacerse (cf ET 25). Estrictamente hablando, esta autoridad religiosa no se comparte. Puede ser delegada, seg?n la constituciones, para determinados fines, pero, normalmente, es ejercida por raz?n de oficio y es la persona del Superior la investida de autoridad.? De aqu? que la base fundamental de este tipo de autoridad es la fe. Sin esta fe, la autoridad en la vida consagrada y la obediencia quedan reducidas a una caricatura. ?La Iglesia considera ciertos elementos como esenciales para la vida religiosa: la vocaci?n divina, la consagraci?n mediante la profesi?n de los consejos evang?licos con votos p?blicos, una forma estable de vida comunitaria, para los institutos dedicados a obras de apostolado, la participaci?n en la misi?n de Cristo por medio de un apostolado comunitario, fiel al don fundacional espec?fico y a las sanas tradiciones; la oraci?n personal y comunitaria, el ascetismo, el testimonio p?blico, la relaci?n caracter?stica con la Iglesia, la formaci?n permanente, una forma de gobierno a base de una autoridad religiosa basada en la fe.?
Es necesario cuestionarnos sobre la esencia de la obediencia, indispensable para el ejercicio de la autoridad. ?Por qu? existe la autoridad en la vida consagrada y por qu? se debe obedecer? Bien sabemos que la autoridad forma parte de los elementos esenciales de la vida consagrada. Pueden cambiar la forma en que se vive, pero su esencia no puede cambiar. ?Los cambios hist?ricos y culturales traen consigo una evoluci?n en la vida real, pero el modo y el rumbo de esa evoluci?n son determinados por los elementos esenciales, sin los cuales, la vida religiosa pierde su identidad.? La cuesti?n a tratar es saber el porqu? la autoridad, el gobierno, la obediencia forman parte esencial de la vida consagrada.


Quien se consagra responde a la llamada de Dios para seguirlo m?s de cerca, a imitaci?n de Jesucristo. ?Es el Esp?ritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es El quien gu?a el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo despu?s su fiel realizaci?n; es El quien forma y plasma el ?nimo de los llamados, configur?ndolos a Cristo casto, pobre y obediente, y movi?ndolos a acoger como propia su misi?n.? Cristo es el obediente al Padre y nos ense?a que el valor de la obediencia reside en la misi?n. Cristo obedece porque quiere ser fiel a la misi?n que el Padre le hab?a encomendado. De aqu? nace toda la obediencia en la vida consagrada. Se obedece y se ejerce la obediencia porque se quiere prolongar el ejemplo de Cristo. As? como Cristo obedeci? al Padre en el cumplimiento de una misi?n, as? la persona consagrada obedece a quien hace las veces de Cristo para llevar a cabo la misma misi?n que el Padre encomend? a su Hijo, misi?n que viene actualizada a trav?s del carisma del propio Instituto. Se trata por tanto no de obedecer a una persona, sino obedecer al Padre, a ejemplo del Hijo en la persona de la Superiora a trav?s del Esp?ritu Santo. Se establece por tanto la obediencia con su car?cter trinitario. La obediencia no es s?lo cuesti?n de factores humanos como podr?an ser la personalidad, el car?cter, la conveniencia, las dotes de liderazgo, sino, y sobre todo, es cuesti?n de misterio: es encarnar nuevamente la obediencia de Jesucristo pregunt?ndose que har?a Jesucristo en mi lugar. Las cualidades personas, sin duda alguna, ayudar?n en la mejor ejecuci?n de la obediencia, pero no deben ser el factor determinante para ejercer la autoridad. ?La obediencia religiosa es al mismo tiempo imitaci?n de Cristo y participaci?n en su misi?n. Ella se preocupa de hacer lo que Jes?s hizo y, al mismo tiempo, lo que ?l har?a en la situaci?n concreta en la que el religioso se encuentra hoy. En un instituto, se ejerza o no la autoridad, una persona no puede mandar ni obedecer, sin referirse a la misi?n. Cuando el religioso obedece, pone su obediencia en l?nea de continuidad con la obediencia de Jes?s para la salvaci?n del mundo. Por esto, todo lo que en el ejercicio de la autoridad o de la obediencia, sabe a compromiso, a soluci?n diplom?tica o a presi?n, o a cualquier tipo de manejo humano, traiciona la inspiraci?n fundamental de la obediencia religiosa que es la de conformarse con la misi?n de Jes?s y actualizarla en el tiempo, incluso cuando se trate de un compromiso dif?cil.?


Este ejercicio de la autoridad queda limitado a unas competencias espec?ficas. Si bien las personas consagradas se han donado completamente a Dios, en las manos de los superiores leg?timos, es necesario que el gobierno en la vida consagrada tenga una forma espec?fica de ejecutarse, es decir, unas funciones espec?ficas. ?Personas que han escogido vivir la obediencia consagrada como valor de vida; y, por ello, necesitan una forma de gobierno que exprese estos valores y una forma particular de autoridad religiosa.? Dichas funciones se establecen por analog?a a las tres funciones del ministerio pastoral: ense?ar, santificar y gobernar.


La funci?n de ense?ar

?Funci?n de magisterio: los Superiores religiosos tienen la misi?n y autoridad del maestro de esp?ritu con relaci?n al contenido evang?lico del propio Instituto; dentro de ese ?mbito, pues, deben ejercitar un a verdadera direcci?n espiritual de toda la Congregaci?n y de las comunidades de la misma; lo cual procurar?n llevar a la pr?ctica en armon?a sincera con el magisterio aut?ntico de la Jerarqu?a, conscientes de realizar un mandato de grave responsabilidad dentro del ?mbito del ?rea evang?lica se?alada por el Fundador.?
Asombra la forma en que el magisterio ha fijado la funci?n de ense?ar para los superiores. Todo acto educativo es un acto en el que se busca la transformaci?n del individuo. En este caso el acto educativo no se reduce ?nicamente a una mera transmisi?n de conocimientos, sino a la transformaci?n de la persona en su aspecto espiritual. La Superiora lo es por la funci?n que tiene de ilustrar espiritualmente a sus s?bditos. Su figura, por tanto, no se reduce a la de un mero coordinador de actividades, ni al aspecto meramente administrativo de la comunidad. ?La Superiora desempe?a en la comunidad un papel de animaci?n simult?neamente espiritual y pastoral en conformidad con la "gracia de unidad" propia de cada Instituto. Aquellos que son llamados a ejercer el ministerio de la autoridad deben comprender y ayudar a comprender que, en esas comunidades de consagrados, el esp?ritu de servicio hacia todos los hermanos se convierte en expresi?n de la caridad con la cual Dios los ama.? . Por lo tanto la Superiora no debe sentirse lejano del desarrollo espiritual de sus s?bditos. Al contrario, es maestro de espiritualidad de sus hermanos, que la Providencia le ha asignado, y debe velar para que el plan de Dios sobre cada persona se lleve a cumplimiento, de acuerdo al proyecto evang?lico expresado en el carisma.
Son pues, varios los elementos que la Superiora debe tener en cuenta, si quiere realizar verdaderamente su funci?n de ense?anza. El primero de ellos se refiere al proyecto carism?tico del Instituto o de la Congregaci?n querido por el Fundador. No se trata de llevar a cabo una administraci?n de bienes o de persona al estilo administrativo, sino de colaborar con el Esp?ritu para aplicar el carisma a las situaciones concretas no de la comunidad en general, sino de cada uno de los individuos que conforman la comunidad. Esta atenci?n se realizar? no s?lo verificando los aspectos externos de estos individuos como pudieran ser el cumplimiento de sus deberes y obligaciones en el apostolado o en la comunidad, su estado de salud, sino sobretodo y en primer lugar, la conformaci?n de su persona con el carisma del Instituto o Congregaci?n, conformaci?n que significa un progreso en la vida espiritual. Para llevar a cabo esta funci?n de maestro espiritual, la Superiora cuenta con un medio recomendado por el Magisterio de la Iglesia, olvidado, menospreciado o tenido aparte. Nos referimos a la direcci?n espiritual: ?Tambi?n la direcci?n espiritual en sentido estricto merece recobrar su propia funci?n en el desarrollo espiritual y contemplativo de las personas. De hecho, nunca podr? ser sustituida por inventos ps?quico-pedag?gicos. Por eso aquella direcci?n de conciencia, para la cual Perfectae caritatis reclama la debida libertad, habr? de ser facilitada por la disponibilidad de personas competentes y calificadas. Tal disponibilidad ser? ofrecida ante todo por los sacerdotes, pues ellos, por su misi?n pastoral espec?fica, promover?n su estima y participaci?n fructuosa. Pero tambi?n los otros superiores y formadores, consagr?ndose al cuidado de cada una de las personas que les han sido confiadas, contribuir?n, si bien de otra manera, a guiarlas en el discernimiento y la fidelidad a su vocaci?n y misi?n.? Podr?amos hablar mucho sobre las caracter?sticas de dicha direcci?n espiritual, pero baste se?alar en este espacio que dicha direcci?n espiritual se identifica con un di?logo sereno y armonioso entre tres personas, el director, el dirigido y el Esp?ritu Santo, para buscar en la persona la voluntad de Dios, de acuerdo al estado de vida consagrada y al carisma espec?fico. Si bien esta direcci?n espiritual puede ser impartida por un sacerdote, el Magisterio deja la libertad para que la misma superiora pueda ser la directora espiritual de sus hermanas en comunidad, salvaguardando las prescripciones que el Derecho can?nico prescribe para el fuero interno y el fuero externo.

Publicado por mario.web @ 11:42
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios