Jueves, 12 de mayo de 2011
Fragmento del Catecismo que habla del deseo ileg?timo, la avaricia, la envidia, la corrupci?n, la pobreza de esp?ritu,
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?Qu? dice el Catecismo sobre la codicia, la corrupci?n y el deseo ileg?timo?
?Qu? dice el Catecismo sobre la codicia, la corrupci?n y el deseo ileg?timo?
ART?CULO 10
EL D?CIMO MANDAMIENTO



No codiciar?s... nada que sea de tu pr?jimo (Ex 20, 17).

No desear?s... su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu pr?jimo (Dt 5, 21).

Donde est? tu tesoro, all? estar? tambi?n tu coraz?n (Mt 6, 21).


2534 El d?cimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Proh?be la codicia del bien ajeno, ra?z del robo, de la rapi?a y del fraude, prohibidos por el s?ptimo mandamiento. La ?concupiscencia de los ojos? (cf 1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2, 2). La codicia tiene su origen, como la fornicaci?n, en la idolatr?a condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14, 12). El d?cimo mandamiento se refiere a la intenci?n del coraz?n; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

I El desorden de la concupiscencia

2535 El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. As?, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene fr?o. Estos deseos son buenos en s? mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la raz?n y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otra persona.

2536 El d?cimo mandamiento proh?be la avaricia y el deseo de una apropiaci?n inmoderada de los bienes terrenos. Proh?be el deseo desordenado nacido de la pasi?n inmoderada de las riquezas y de su poder. Proh?be tambi?n el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se da?ar?a al pr?jimo en sus bienes temporales:


Cuando la Ley nos dice: ?No codiciar?s?, nos dice, en otros t?rminos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del pr?jimo es inmensa, infinita y jam?s saciada, como est? escrito: ?El ojo del avaro no se satisface con su suerte? (Si 5, 9) (Catec. R. 3, 37).


2537 No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al pr?jimo siempre que sea por medios justos. La catequesis tradicional se?ala con realismo ?qui?nes son los que m?s deben luchar contra sus codicias pecaminosas? y a los que, por tanto, es preciso ?exhortar m?s a observar este precepto?:


Los comerciantes, que desean la escasez o la carest?a de las mercanc?as, que ven con tristeza que no son los ?nicos en comprar y vender, pues de lo contrario podr?an vender m?s caro y comprar a precio m?s bajo; los que desean que sus semejantes est?n en la miseria para lucrarse vendi?ndoles o compr?ndoles... Los m?dicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos... (Catec. R. 3, 37).


2538 El d?cimo mandamiento exige que se destierre del coraz?n humano la envidia. Cuando el profeta Nat?n quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le cont? la historia del pobre que s?lo pose?a una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos reba?os, envidiaba al primero y acab? por robarle la oveja (cf 2 S 12, 1-4). La envidia puede conducir a las peores fechor?as (cf Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29). La muerte entr? en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2, 24).


Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros... Si todos se afanan as? por perturbar el Cuerpo de Cristo, ?a d?nde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo... Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo har?an las fieras. (S. Juan Cris?stomo, hom. in 2 Cor. 28, 3-4).


2539 La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del pr?jimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al pr?jimo un mal grave es un pecado mortal:


San Agust?n ve?a en la envidia el ?pecado diab?lico por excelencia? (ctech. 4,8). ?De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegr?a causada por el mal del pr?jimo y la tristeza causada por su prosperidad? (S. Gregorio Magno, mor. 31, 45).


2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:


?Querr?ais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios ser? glorificado por vosotros. Dios ser? alabado -se dir?- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegr?a en los m?ritos de otros (S. Juan Cris?stomo, hom. in Rom. 7, 3).

II Los deseos del Esp?ritu

2541 La econom?a de la Ley y de la Gracia aparta el coraz?n de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Supremo Bien; lo instruye en los deseos del Esp?ritu Santo, que sacia el coraz?n del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra la seducci?n de lo que, desde entonces, aparece como ?bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabidur?a? (Gn 3, 6).

2542 ?La Ley confiada a Israel nunca fue suficiente para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la ?concupiscencia? (cf Rm 7, 7). La inadecuaci?n entre el querer y el hacer (cf Rm 7, 10) manifiesta el conflicto entre la ?ley de Dios?, que es la ?ley de la raz?n?, y la otra ley que ?me esclaviza a la ley del pecado que est? en mis miembros? (Rm 7, 23).

2543 ?Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen? (Rm 3, 21-22.]. Por eso, los fieles de Cristo ?han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias? (Ga 5, 24); ?son guiados por el Esp?ritu? (Rm 8, 14) y siguen los deseos del Esp?ritu (cf Rm 8, 27).


III La pobreza de coraz?n

2544 Jes?s exhorta a sus disc?pulos a preferirle a El respecto a todo y a todos y les propone ?renunciar a todos sus bienes? (Lc 14, 33) por El y por el Evangelio (cf Mc 8, 35). Poco antes de su pasi?n les mostr? como ejemplo la pobre viuda de Jerusal?n que, de su indigencia, dio todo lo que ten?a para vivir (cf Lc 21, 4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 ?Todos los cristianos... han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del esp?ritu de pobreza evang?lica, buscar el amor perfecto? (LG 42).

2546 ?Bienaventurados los pobres en el esp?ritu? (Mt 5, 3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jes?s celebra la alegr?a de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (Lc 6, 20):


El Verbo llama ?pobreza en el Esp?ritu? a la humildad voluntaria de un esp?ritu humano y su renuncia; el ap?stol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: ?Se hizo pobre por nosotros? (2 Co 8, 9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).


2547 El Se?or se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (cf Lc 6, 24). ?El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en esp?ritu busca el Reino de los cielos? (S. Agust?n, serm. Dom. 1, 3). El abandono en la providencia del Padre del cielo libera de la inquietud por el ma?ana (cf Mt 6, 25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos ver?n a Dios.

IV ?Quiero ver a Dios?

2548 El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y tendr? su plenitud en la visi?n y la bienaventuranza de Dios. ?La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir? (S. Gregorio de Nisa, beat. 6).

2549 Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2550 En este camino hacia la perfecci?n, el Esp?ritu y la Esposa llaman a quien les escucha (cf Ap 22, 17) a la comuni?n perfecta con Dios:


All? se dar? la gloria verdadera; nadie ser? alabado all? por error o por adulaci?n; los verdaderos honores no ser?n ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, all? nadie indigno pretender? honores, pues all? s?lo ser?n admitidos los dignos. All? reinar? la verdadera paz, donde nadie experimentar? oposici?n ni de s? mismo ni de otros. La recompensa de la virtud ser? Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometi? a ella como la recompensa mejor y m?s grande que puede existir: "Yo ser? su Dios, y ellos ser?n mi pueblo" (Lv 26, 12)...Este es tambi?n el sentido de las palabras del ap?stol: "para que Dios sea todo en todos" (1 Co 15, 28). El ser? el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupaci?n ser?n ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agust?n, civ. 22,30).


Resumen

2551 "Donde est? tu tesoro all? estar? tu coraz?n" (Mt 6,21).

2552 El d?cimo mandamiento proh?be el deseo desordenado, nacido de la pasi?n inmoderada de las riquezas y del poder.

2553 La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del pr?jimo y el deseo desordenado de apropi?rselo. Es un pecado capital.

2554 El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

2555 Los fieles cristianos "han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias" (Gal 5,24); son guiados por el Esp?ritu y siguen sus deseos.

2556 El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. "Bienaventurados los pobres de coraz?n".

2557 El hombre que anhela dice: "Quiero ver a Dios". La sed de Dios es saciada por el agua de la vida (cf Jn 4,14).

Publicado por mario.web @ 11:59
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