Jueves, 12 de mayo de 2011

Si nos duele cuando lastimamos un ser querido con una ofensa, ?cu?nto m?s si la ofensa es a Dios mismo!

?

La historia de los primeros Padres nos deja una moraleja: con Dios no se juega. Si bien el diablo es fuerte y tiene ?cierto poder? sobre el hombre, tambi?n es cierto que el alma siempre podr? reorientar su vida, porque Dios es m?s fuerte y le dar? su gracia. El demonio sabe de qu? pie cojeamos y ah? nos pone la zancadilla. Pero Cristo est? de nuestro lado: ?Todo lo puedo en Aquel que me conforta? (Fil 4,13).

Para volver a Dios es preciso remover los obst?culos que se atraviesan en el camino. Por eso un medio eficaz para resistir las tentaciones es la compunci?n del coraz?n. ?Qu? es pues esta compunci?n? Don Columba Marmi?n, en su libro Jesucristo ideal del Monje, nos dice que es una disposici?n interior que mantiene habitualmente al alma en contrici?n. Un ejemplo. Supongamos que una persona tuvo la desgracia de caer en pecado mortal. A esta persona la misericordia de Dios le concede la gracia del arrepentimiento y le dispone a confesarse con sinceridad.

Vemos en Pedro que ante la pregunta de una criada tiene la desfachatez de negar a su Maestro cuando horas antes le hab?a prometido dar su vida por ?l. Sus l?grimas son la muestra perfecta de su compunci?n y as?, arrepentido, Cristo le da su misericordia. Desde aquel momento Pedro dar? testimonio de su Maestro hasta el hero?smo. Lo mismo sucede con el hijo pr?digo, cuando sinti? la lejan?a del Padre: ?Padre, pequ? contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo? (Lc 15, 21). Seguramente aquellas l?grimas conmovieron tanto al Padre que le visti? de ropas finas y le llen? de besos. Esta es la imagen de la misericordia de Dios. Tambi?n Magdalena, postrada ante los pies de Jes?s, no hace otra cosa que llorar. Enjugando con sus cabellos los pies del Maestro pide su misericordia y perd?n. Por eso ante tal Misericordia de Dios digamos: ?No desprecies, Se?or, al coraz?n contrito y humillado? (Salmo 50,19). Cuado un alma se esfuerza en purificarse de sus culpas y con buena voluntad se esmera en reparar las faltas cometidas, Dios nunca le dejar? solo. Como dice San Agust?n: ?Dios atiende m?s a las l?grimas que el mucho hablar?.

Uno puede pensar qu? duro y dif?cil ser? alcanzar esta actitud de compunci?n cuando nunca lo hab?as pensado o practicado. Si nos duele cuando lastimamos un ser querido con una ofensa, ?cu?nto m?s si la ofensa es a Dios mismo! San Benito en su regla dice a sus monjes: ?Y no olvidemos que seremos atendidos, no por largos discursos, sino por la pureza del coraz?n y por las l?grimas de nuestra compunci?n? (Regla Cap. XX). San Francisco de Sales, dando consejos a Filotea sobre la purificaci?n de los pecados mortales del alma dice: ?Despu?s de haber preparado y juntado de esta manera los humores viciosos de tu conciencia, det?stalos y arr?jalos por medio de la m?s fuerte contrici?n y dolor de que fuere capaz tu coraz?n, considerando estas cuatro cosas: que por el pecado has perdido la gracia de Dios, has sido despojada del derecho de la gloria, has aceptado las penas eternas del infierno, y has renunciado al amor eterno de tu Dios?(Cf. Vida devota, cap. I-VIII). Lo mismo podemos hacer nosotros aprendiendo su ejemplo de vida plena y feliz a?n en las muchas tentaciones que sobrellevaron. Ellos se armaron de valor para trabajar con fuerza y ?nimo para permanecer fieles al amor de Dios y alcanzar la gloria del cielo.

Odiemos el pecado. No s?lo al pecado como palabra sino a las consecuencias que de ?ste se desprenden. P?o XII comenta: ?El pecado del siglo es la p?rdida del sentido del pecado? (Radiomensaje 26-X- 1946), y Juan Pablo II lo recalca: ?oscurecido el sentido de Dios, perdido este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado?. (Reconciliatio et paenitentia No. 18). Las tensiones juegan un papel importante en la vida del cristiano. Nos duelen cuando caemos pero muchas veces no nos damos cuenta que son escalones que Dios nos pone para llegar a ?l. Desde la antig?edad grandes m?sticos nos proponen la compunci?n del coraz?n como medio eficaz contra las tentaciones, pues nos hace conscientes que somos pecadores necesitados del auxilio divino.

Si quieres realmente buscar al Se?or, prep?rate, porque ser?s zarandeado constantemente. La Sagrada Escritura dice: ?Dichoso el hombre que es tentado? (Jac 1, 12). Leemos en la vida de Tob?as: ?ya que eres grato a Dios, conven?a que la tentaci?n te probase? (Tob 12, 13). Dios se muestra generoso en permitirnos participar de las tentaciones, pues en cada una se muestra su gracia y su poder. ?l mismo quiso ser tentado en el desierto para mostrarnos su poder ante las tentaciones y asegurarnos su victoria. No temamos, pues ?l ya ha vencido. Arroj?monos a sus brazos en las tentaciones y digamos como los ap?stoles cuando estaban en medio del lago y las olas se levantaban con fuerza: ?Se?or, s?lvanos, que perecemos! (Mt 8, 24).

Hagamos como las v?rgenes del evangelio que entraron al banquete de bodas. Santa Teresa de ?vila, al ver a Cristo en la cruz dec?a: ?...lo mal que hab?a agradecido aquellas llagas, que el coraz?n se me part?a, y arroj?me cabe ?l con grand?simo agradecimiento de l?grimas, suplic?ndole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle...? El pensamiento constante en Dios nos hace permanecer en su presencia amorosa. Nos pone en alerta al ?instante? del asalto del maligno. ?Pues hay que apagar la chispa antes de que haga un fuego.? Muchas veces detr?s de cada tentaci?n est? la mano de Dios que quiere podar el ?rbol para ensanchar el coraz?n y tenga as? la capacidad de amor que necesita Dios.

Mucho bien produce rezar el salmo que compuso el rey David tras su pecado con Betsab?. Humillado se golpea el pecho y exclama: ?contra Ti, contra Ti s?lo pequ? (Salmo 50). Nuestro Se?or conoci? la inmensidad del pecado pues ?su coraz?n rebosaba tristeza y una tristeza mortal? (Mt 26,38). La compunci?n del coraz?n de Cristo viene no por ser pecador, pues ?l nunca conoci? pecado alguno, m?s bien al profundizar en el pecado de los hombres que se alejaban de su Padre. Clavado en el madero, con gritos y l?grimas, ensancha su coraz?n en amor ?hasta el extremo? (Jn 13,1).

Tengamos presente en todo momento que somos pecadores. San Agust?n nos ense?a: ? Ya que nuestro progreso se realiza precisamente a trav?s de la tentaci?n nadie se conoce a s? mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones? (CCL 39,776). Y con Santa Catarina de Siena: ?...la le?a verde, puesta al fuego, gime por el calor y echa fuera el agua. As?, el coraz?n, reverdecido por la gracia, no tiene ya la sequedad del amor propio que es el que seca el alma. As?, el fuego y las l?grimas est?n unidos y forman un mismo deseo ardiente.? Cristo se hizo uno como t? para salvarte ?Porque no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores? (Mt 9,13).

Cuando uno conoce su gran miseria reconoce la omnipotencia de Dios. P?dele a Cristo vivir cada Bienaventuranza y ya obtenida, practica la compunci?n del coraz?n para seguir creciendo en uni?n con ?l. ?Bienaventurados los pobres de esp?ritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de coraz?n, los que trabajan por la paz, los perseguidos por mi causa, porque de ellos es el Reino de los Cielos? (Mt 5, 3-11).


Publicado por mario.web @ 14:51
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios