Jueves, 12 de mayo de 2011

Tambi?n resulta muy f?cil albergar rencores, promover sospechas, ahogarse en envidias, lanzar ataques llenos de rabia y de cobard?a a los cercanos o a los lejanos
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net


Hablar mal de otros es sumamente f?cil. Basta con poner en la mira a un personaje de la vida pol?tica, econ?mica, deportiva, cultural, religiosa, y lanzar palabras acusatorias, normalmente adecuadas a cada ?mbito.

Imaginemos, por ejemplo, que se trata de hablar mal de un banquero. El detractor supondr? que tiene las cuentas sucias, que roba, que enga?a. Como maneja dinero, las cr?ticas ir?n a otros ?mbitos: seguramente el banquero se permitir? una vida licenciosa, ser? infiel a su esposa, enga?ar? a sus amigos, sobornar? a los pol?ticos. Adem?s, el mundo de las financias est? lleno de personas que pertenecen a sociedades secretas. ?Ser? un mas?n o miembro de otra organizaci?n m?s o menos secreta?

Las sospechas se suceden con facilidad. Si, adem?s, ya ha habido alguna noticia o insinuaci?n en la prensa sobre la persona en cuesti?n, todo est? claro y ?probado?: las acusaciones tienen un soporte seguro, el amigo de las cr?ticas crece en su aplomo a la hora de atacar una y otra vez al banquero declarado ladr?n.

El mecanismo que lleva a hablar mal parece, por lo tanto, muy sencillo, f?cil, asequible a la gran mayor?a de la gente. Pueden hablar mal casi todos: un joven de sus profesores universitarios; un trabajador de sus jefes o de sus compa?eros; un pol?tico de los pol?ticos del otro partido o de alg?n colaborador al que hay que tumbar para ?ascender?; un periodista de sus directores o de otras personas; un futbolista de su entrenador (o del entrenador del equipo contrincante); una persona cualquiera de las personas de otras razas, o de otras nacionalidades, o de otras culturas, o de otras religiones.

Detr?s de todos los ataques verbales se esconde un mecanismo psicol?gico que muestra c?mo la violencia de las palabras tiene una base muy fr?gil. Porque una antipat?a, o una actitud hostil, o el miedo a la competencia, o la sospecha patol?gica, son suficientes para lanzar cr?ticas envenenadas, pero no para mejorar como personas, para respetar la justicia, para conocer los hechos tal como ocurrieron, para defender a los inocentes y acusar a los verdaderos culpables.

La fragilidad de la base no destruye lo f?cil que resulta hablar mal de otros. La sociedad permite muchos modos y situaciones que llevan a formular juicios, ofrecer opiniones, redactar textos de ataque. El mundo de internet facilita a?n m?s las cr?ticas gracias al anonimato (no siempre bien garantizado) en el que se amparan muchos para lanzar cr?ticas despiadadas o incluso calumnias sumamente injustas.

Es, por lo tanto, f?cil, muy f?cil, hablar mal. M?s f?cil que robar, precisamente porque existen pocos mecanismos para perseguir las mentiras, y porque en algunos ambientes se ha exaltado hasta el absurdo la ?libertad de expresi?n?, como una especie de patente para decir todo tipo de falsedades, difamaciones y calumnias.

Lo que no resulta tan f?cil es sanar las ra?ces que llevan a cr?ticas mordaces, a despellejar al pr?jimo con palabras despiadadas. Si al menos abri?semos los ojos al da?o que puede provocar en los criticados las palabras que formulamos contra ellos; si pudi?ramos sospechar que hay cr?ticas capaces de destruir vidas fr?giles, de desintegrar matrimonios, de provocar depresiones... quiz? pensar?amos dos veces las cosas antes de lanzar acusaciones gratuitas o calumnias despiadadas.

Desde un grito del alma, santa Faustina Kowalska explicaba c?mo ?en la lengua est? la vida, pero tambi?n la muerte. Y a veces con la lengua asesinamos, cometemos aut?nticos homicidios? (Diario n. 119).

Por eso Santiago, en su carta, advert?a a los primeros cristianos sobre los peligros de la lengua: ?en cambio ning?n hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; est? llena de veneno mort?fero. Con ella bendecimos al Se?or y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendici?n y la maldici?n. Esto, hermanos m?os, no debe ser as? (St 3,8-10).

Hay que reconocerlo: resulta muy f?cil hablar mal, porque tambi?n resulta muy f?cil albergar rencores, promover sospechas, ahogarse en envidias, lanzar ataques llenos de rabia y de cobard?a a los cercanos o a los lejanos.

Ante el grave riesgo de pecar gravemente con la lengua hasta el punto de destruir la fama de inocentes, podemos dirigir una oraci?n humilde a Dios para que limpie nuestro coraz?n de toda envidia y malquerencia, para que nos haga justos, para que nos acerque al amor que se construye sobre la verdad y el respeto.

As? ser? posible reconocer, con humildad y con justicia, que s?lo Dios sabe lo que hay en el interior de cada hombre, y que los dem?s deben ser tratados con el amor y el respeto que merecen en cuanto creaturas y compa?eros de camino en el viaje com?n que nos lleva, si somos buenos, al encuentro eterno con un Dios que ama a todos.


Publicado por mario.web @ 19:13
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