Jueves, 12 de mayo de 2011

Discurso de Newman en Roma al recibir el Biglietto que le anunciaba su designaci?n cardenalicia (12 de mayo de 1879)
Autor: Fernando Mar?a Cavaller | Fuente: Revista Humanitas

El 19 de septiembre del 2010, Benedicto XVI beatific? a John Henry Newman.

Recordamos sus palabras cuando recibi? de Le?n XIII el capelo cardenalicio



"Me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta a?os, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al esp?ritu del liberalismo en religi?n. ?Nunca la Santa Iglesia necesit? defensores contra ?l con m?s urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasi?n, en que es natural para quien est? en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como est?, y su futuro (...) El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religi?n, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la ense?anza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religi?n como verdadera".


En la ma?ana del lunes 12 de mayo, Newman fue al Palazzo della Pigna, la residencia del Cardenal Howard, que le hab?a cedido sus apartamentos para recibir all? al mensajero del Vaticano que tra?a el Biglietto de parte del Cardenal Secretario de Estado, inform?ndole que en un Consistorio secreto, que hab?a tenido lugar esa misma ma?ana, el Santo Padre le hab?a elevado a la dignidad de Cardenal.

A las once en punto, las habitaciones estaban llenas de cat?licos ingleses y americanos, tanto eclesi?sticos como laicos, y tambi?n muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para ser testigos de la ceremonia. Poco despu?s del mediod?a fue anunciado el mensajero consistorial.

Al entrar entreg? el Biglietto en manos de Newman, quien, despu?s de romper el sello, lo pas? a Mons. Clifford, obispo de Clifton, el cual ley? el contenido en voz alta. Luego, el mensajero inform? al nuevo Cardenal que Su Santidad lo recibir?a en el Vaticano a las diez de la ma?ana del d?a siguiente, para conferirle la birreta cardenalicia. Despu?s de los acostumbrados cumplidos, Su Eminencia el Cardenal John Henry Newman pronunci? el siguiente discurso, que desde entonces es conocido como Biglietto Speech. El primer p?rrafo lo pronunci? en italiano:

?Le agradezco, Monse?or, la participaci?n que me hecho del alto honor que el Santo Padre se ha dignado conferir sobre mi humilde persona. Y si le pido permiso para continuar dirigi?ndome a Ud., no en su idioma musical, sino en mi querida lengua materna, es porque en ella puedo expresar mis sentimientos, sobre este amabil?simo anuncio que me ha tra?do, mucho mejor que intentar lo que me sobrepasa.

En primer lugar, quiero hablar del asombro y la profunda gratitud que sent?, y siento a?n, ante la condescendencia y amor que el Santo Padre ha tenido hacia m? al distinguirme con tan inmenso honor. Fue una gran sorpresa. Jam?s me vino a la mente semejante elevaci?n, y hubiera parecido en desacuerdo con mis antecedentes. Hab?a atravesado muchas aflicciones, que han pasado ya, y ahora me hab?a casi llegado el fin de todas las cosas, y estaba en paz.

?Ser? posible que, despu?s de todo, haya vivido tantos a?os para esto? Tampoco es f?cil ver c?mo podr?a haber soportado un impacto tan grande si el Santo Padre no lo hubiese atemperado con un segundo acto de condescendencia hacia m?, que fue para todos los que lo supieron una evidencia conmovedora de su naturaleza amable y generosa. Se compadeci? de m? y me dijo las razones por las cuales me elevaba a esta dignidad. Adem?s de otras palabras de aliento, dijo que su acto era un reconocimiento de mi celo y buen servicio de tanto a?os por la causa cat?lica, m?s a?n, que cre?a darles gusto a los cat?licos ingleses, incluso a la Inglaterra protestante, si yo recib?a alguna se?al de su favor. Despu?s de tales palabras bondadosas de Su Santidad, hubiera sido insensible y cruel de mi parte haber tenido escr?pulos por m?s tiempo.

Esto fue lo que tuvo la amabilidad de decirme, ?y qu? m?s pod?a querer yo? A lo largo de muchos a?os he cometido muchos errores. No tengo nada de esa perfecci?n que pertenece a los escritos de los santos, es decir, que no podemos encontrar error en ellos. Pero lo que creo poder afirmar sobre todo lo que escrib? es esto: que hubo intenci?n honesta, ausencia de fines personales, temperamento obediente, deseo de ser corregido, miedo al error, deseo de servir a la Santa Iglesia, y, por la misericordia divina, una justa medida de ?xito.

Y me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta a?os, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al esp?ritu del liberalismo en religi?n. ?Nunca la Santa Iglesia necesit? defensores contra ?l con m?s urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasi?n, en que es natural para quien est? en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como est?, y su futuro, espero que no se juzgar? fuera de lugar si renuevo la protesta que hecho tan a menudo.

El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religi?n, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la ense?anza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religi?n como verdadera. Ense?a que todas deben ser toleradas, pues todas son materia de opini?n. La religi?n revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto; no es un hecho objetivo ni milagroso, y est? en el derecho de cada individuo hacerle decir tan s?lo lo que impresiona a su fantas?a. La devoci?n no est? necesariamente fundada en la fe.

Los hombres pueden ir a iglesias protestantes y cat?licas, pueden aprovechar de ambas y no pertenecer a ninguna. Pueden fraternizar juntos con pensamientos y sentimientos espirituales sin tener ninguna doctrina en com?n, o sin ver la necesidad de tenerla. Si, pues, la religi?n es una peculiaridad tan personal y una posesi?n tan privada, debemos ignorarla necesariamente en las interrelaciones de los hombres entre s?. Si alguien sostiene una nueva religi?n cada ma?ana, ?a ti qu? te importa? Es tan impertinente pensar acerca de la religi?n de un hombre como acerca de sus ingresos o el gobierno de su familia. La religi?n en ning?n sentido es el v?nculo de la sociedad.

Hasta ahora el poder civil ha sido cristiano. A?n en pa?ses separados de la Iglesia, como el m?o, el dicho vigente cuando yo era joven era: ?el cristianismo es la ley del pa?s?. Ahora, en todas partes, ese excelente marco social, que es creaci?n del cristianismo, est? abandonando el cristianismo.

El dicho al que me he referido se ha ido o se est? yendo en todas partes, junto con otros cien m?s que le siguen, y para el fin del siglo, a menos que interfiera el Todopoderoso, habr? sido olvidado. Hasta ahora, se hab?a considerado que s?lo la religi?n, con sus sanciones sobrenaturales, era suficientemente fuerte para asegurar la sumisi?n de nuestra poblaci?n a la ley y al orden. Ahora, los fil?sofos y los pol?ticos est?n empe?ados en resolver este problema sin la ayuda del cristianismo. Reemplazar?an la autoridad y la ense?anza de la Iglesia, antes que nada, por una educaci?n universal y completamente secular, calculada para convencer a cada individuo que su inter?s personal es ser ordenado, trabajador y sobrio.

Luego, para el funcionamiento de los grandes principios que toman el lugar de la religi?n, y para el uso de las masas as? educadas cuidadosamente, se provee de las amplias y fundamentales verdades ?ticas de justicia, benevolencia, veracidad, y semejantes, de experiencia probada, y de aquellas leyes naturales que existen y act?an espont?neamente en la sociedad, y en asuntos sociales, sean f?sicas o psicol?gicas, por ejemplo, en el gobierno, en los negocios, en las finanzas, en los experimentos sanitarios, y en las relaciones internacionales. En cuanto a la religi?n, es un lujo privado que un hombre puede tener si lo desea, pero por el cual, por supuesto, debe pagar, y que no debe imponer a los dem?s ni permitirse fastidiarlos.

El car?cter general de esta gran apostas?a es uno y el mismo en todas partes, pero en detalle, y en car?cter, var?a en los diferentes pa?ses. En cuanto a m?, hablar?a mejor de mi propio pa?s, que s? conozco. Creo que all? amenaza con tener un formidable ?xito, aunque no es f?cil ver cu?l ser? su resultado final. A primera vista podr?a pensarse que los ingleses son demasiado religiosos para un movimiento que, en el continente, parece estar fundado en la infidelidad.

Pero nuestra desgracia es que, aunque termina en la infidelidad como en otros lugares, no necesariamente brota de la infidelidad. Se debe recordar que las sectas religiosas que se difundieron en Inglaterra hace tres siglos, y que son tan poderosas ahora, se han opuesto ferozmente a la uni?n entre la Iglesia y el Estado, y abogar?an por la descristianizaci?n de la monarqu?a y de todo lo que le pertenece, bajo la noci?n de que semejante cat?strofe har?a al cristianismo mucho m?s puro y mucho m?s poderoso. Luego, el principio liberal nos est? forzando por la necesidad del caso.

Considerad lo que se sigue por el mismo hecho de que existen tantas sectas. Se supone que son la religi?n de la mitad de la poblaci?n, y recordad que nuestro modo de gobierno es popular. Uno de cada doce hombres tomados al azar en la calle tiene participaci?n en el poder pol?tico, y cuando les pregunt?is sobre sus creencias representan una u otra de por lo menos siete religiones.

?C?mo puede ser posible que act?en juntos en asuntos municipales o nacionales si cada uno insiste en el reconocimiento de su propia denominaci?n religiosa? Toda acci?n llegar?a a un punto muerto a menos que el tema de la religi?n sea ignorado. No podemos ayudarnos a nosotros mismos.

Y, en tercer lugar, debe tenerse en cuenta que hay mucho de bueno y verdadero en la teor?a liberal. Por ejemplo, y para no decir m?s, est?n entre sus principios declarados y en las leyes naturales de la sociedad, los preceptos de justicia, veracidad, sobriedad, autodominio y benevolencia, a los que ya me he referido. No decimos que es un mal hasta no descubrir que esta serie de principios est? propuesta para sustituir o bloquear la religi?n.

Nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de ?xito. Y ya ha respondido a la expectativas que han aparecido sobre la misma. Est? haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran n?mero de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de aprobados antecedentes, y j?venes con una carrera por delante.

Tal es el estado de cosas en Inglaterra, y es bueno que todos tomemos conciencia de ello. Pero no debe suponerse ni por un instante que tengo temor de ello. Lo lamento profundamente, porque preveo que puede ser la ruina de muchas almas, pero no tengo temor en absoluto de que realmente pueda hacer alg?n da?o serio a la Palabra de Dios, a la Santa Iglesia, a nuestro Rey Todopoderoso, al Le?n de la tribu de Jud?, Fiel y Veraz, o a Su Vicario en la tierra. El cristianismo ha estado tan a menudo en lo que parec?a un peligro mortal, que ahora debemos temer cualquier nueva adversidad. Hasta aqu? es cierto.

Pero, por otro lado, lo que es incierto, y en estas grandes contiendas es generalmente incierto, y lo que es com?nmente una gran sorpresa cuando se lo ve, es el modo particular por el cual la Providencia rescata y salva a su herencia elegida, tal como resulta. Algunas veces nuestro enemigo se vuelve amigo, algunas veces es despojado de esa especial virulencia del mal que es tan amenazante, algunas veces cae en pedazos, algunas veces hace s?lo lo que es beneficioso y luego es removido. Generalmente, la Iglesia no tiene nada m?s que hacer que continuar en sus propios deberes, con confianza y en paz, mantenerse tranquila y ver la salvaci?n de Dios. ?Los humildes poseer?n la tierra y gozar?n de inmensa paz? (Salmo 37,11).[1]


Su Eminencia habl? con voz fuerte y clara, y a?n cuando estuvo de pie todo el tiempo no mostr? signos de fatiga.

El texto fue telegrafiado a Londres por el corresponsal del ?The Times? y apareci? completo en el peri?dico al d?a siguiente. M?s a?n, gracias a la bondad del Padre Armellini, S.J., que lo tradujo al italiano durante la noche, sali? completo en ?L?Osservatore Romano? del d?a siguiente.





Traducci?n y comentario Fernando Mar?a Cavaller





(1) El texto original est? en My Campaign in Ireland, Aberdeen, 1896, pp.393-400.


Comentarios al editor de la Revista Humanitas: [email protected]

Publicado por mario.web @ 19:19
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