Jueves, 12 de mayo de 2011
Formar el coraz?n significa, pues, purificar, ordenar y potenciar nuestro amor.
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Formar el Coraz?n
Formar el Coraz?n

1.Concepto e importancia de la formaci?n del coraz?n
La vida consagrada puede entenderse como un aut?ntico matrimonio espiritual, como se ha descrito por tantos santos y autores de la vida espiritual.
Pero ?qu? significa ser esposa de Cristo? Ser esposa de Cristo significa estar consagrada plenamente a ?l, amarle locamente, vivir para ?l y entregarse totalmente a su amor.

En todo ello debe entrar toda la persona, con su mente, con su voluntad, con su amor, con sus sentimientos. Por tanto, una esposa de Cristo verdadera es aquella que se recrea en su pensamiento con Cristo, y por tanto que ora, que platica con ?l, que le pregunta por sus intereses, que se identifica con sus criterios, que le recuerda frecuentemente durante el d?a, que, incluso en momentos de estudio, descanso trabajo, se acuerda de ?l, y que le trata de conocer en el Evangelio y en sus Constituciones, sus Santas Reglas.

Una esposa de Cristo aut?ntica es aquella que vive para ?l, que lucha por ?l, que trabaja activamente para darle a conocer en sus conversaciones, que se identifica con ?l, amando y deseando lo que ?l ama y desea, que siempre est? dispuesta a sacrificarse por defender y conservar el amor, que no acepta conscientemente otros amores al margen de ?l y de su Reino, y trata de obsequiarle cada d?a con su fidelidad en el cumplimiento de todos aquellos detalles y peque?eces del reglamento y de la disciplina, expresi?n de su voluntad sant?sima.

El amor es esencial para nuestra realizaci?n personal, pero es tambi?n el principio del que pende toda la ley y los profetas: "amar?s al Se?or tu Dios con todo tu coraz?n, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a tu pr?jimo como a ti mismo".

Si el coraz?n vive encantado por afectillos sensuales y ego?stas; si la consagraci?n es medio para idolatrar la propia persona; si a la par del amor a Dios se dan cabida a amores ad?lteros, no se est? ciertamente cumpliendo ni viviendo en la verdad.
Buscar la autocomplacencia, rodearse de un grupo de "fans", cultivar las simpat?as, inquietarse por lo que piensa o deja de pensar la Directora, es, adem?s de inmadurez, signo de que falta amor, de que no se est? formando el coraz?n.

Ustedes., religiosas, almas consagradas, por su feminidad tienen un m?s hondo sentido de delicadeza, de finura y de sensibilidad para el amor, deben cultivar esta caridad que llevan en su ser; a convivir intensa y amorosamente con Dios que habita en sus corazones; a buscar s?lo su mayor gloria, olvid?ndose de Ustedes mismas, porque es as? como lograr?n su realizaci?n personal -"quien pierde su vida por mi la hallar?.

Todo amor humano implica emoci?n, un elemento emotivo. Podemos hablar de ?la emoci?n de amor?.
Pero el amor no puede quedarse all?. Podemos reflexionar sobre lo que sucede en la vida matrimonial, y aplicarlo a la vida consagrada. Cuando una persona se casa, se supone que su vida emocional ya se ha desarrollado bastante, aunque habr? que seguir cultivando la integraci?n armoniosa de las emociones entre s? y entre las emociones y las facultades superiores de raz?n y voluntad.

Bajo el influjo de la raz?n, las emociones gradualmente pierden su orientaci?n de tendencia ego?sta y llegan a despertarse en funci?n del bien de la otra persona.
De esta manera el amor que fue originalmente ego?sticamente emotivo se eleva hacia el nivel del amor generoso, maduro, humano en que se busca el bien de la otra persona.

Entonces los esposos experimentar?n tanto en la voluntad como en las emociones y sentimientos, la alegr?a de la entrega mutua.
Cuando los dos esposos han alcanzado este nivel, su amor es entonces ?amor de amistad?, es un amor que sabe dominarse, y en especial en el aspecto sexual.

Tal desarrollo es posible en el matrimonio, aunque no sin dificultades, cuando al inicio de su matrimonio ambos ten?an una vida emocional armoniosa, razonable, con capacidad de amor de entrega y de preocupaci?n por la otra persona, y la subordinaci?n de la sexualidad a las facultades de la raz?n y la voluntad.
Esto est? en claro contraste con el tipo de situaciones que todos Ustedes conocen de matrimonios fundados en la emoci?n y que no superan ese nivel ? y que por lo tanto est?n siempre vulnerables. Contin?an en el nivel de la inmadurez emocional adolescente.

La vida de la persona consagrada en virginidad, en las circunstancias correctas, hace posible que una mujer o un hombre alcancen la madurez de este amor humano incluso en un momento m?s temprano en la vida que en el matrimonio.

Para ello, la persona quien se consagra debe poseer las mismas cualidades que mencionamos para quien entra en matrimonio.
Cuando la persona consagrada sabe aceptar con constancia el sacrificio de la gratificaci?n de sus inclinaciones naturales en raz?n de su ideal, dentro de una visi?n sana y equilibrada de la sexualidad, entonces puede alcanzar la misma felicidad y realizaci?n que se encuentra en el matrimonio.

La persona consagrada quien vive constantemente consciente de la raz?n tan elevada y noble de su opci?n por la virginidad alcanzar? este amor maduro y el gozo que conlleva, incluso m?s temprano que las personas casadas, quien normalmente necesitan m?s tiempo para alcanzarlo. Y es que desde los primeros a?os del noviciado la persona consagrada se ha dedicado a los valores del esp?ritu, el servicio de los dem?s, la contemplaci?n de lo pasajero de las cosas materiales. Este dejarse lleva al aut?ntico amor maduro...

El amor primero, entonces, todav?a cargado de emotividad, con las motivaciones altruistas, tiene que ir dando paso al amor de entrega.

Y esto se cultiva y se desarrolla en la abnegaci?n sencilla pero real de uno mismo.
Lo que quiz? se podr?a hacer en otro contexto ?simplemente? para formar la voluntad, en la vida del alma consagrada se convierte en fuente de crecimiento, profundizaci?n y maduraci?n en el amor.
Amor de entrega, sin esperar recompensa. Amor que busca s?lo complacer al Amado. Y como en el matrimonio, necesariamente ser? un amor ?de detalles?.

Como en el matrimonio, as? tambi?n en la vida consagrada se dan periodos de paz, de tranquilidad y periodos de lucha y dificultad. El amor se prueba en la lucha y la dificultad. En edad joven, tentaci?n m?s bien de tipo sensual, el placer, las a?oranzas de cosas pasadas, la atracci?n de la vida f?cil y los placeres del mundo. M?s adelante en edad, la a?oranza de compa??a humana, comprensi?n ante dificultades...

Nada mueve m?s al amor que el saberse amado. Esta experiencia humana vale tambi?n para la caridad teologal.
Y alguien que ha sido escogida por Dios tiene muchos y muy profundos motivos para sentirse amada por su Creador y Redentor.

Qu? f?cil es, y al mismo tiempo qu? importante, record?rselo y valor?rselo a las j?venes en la vida consagrada. ?Dios te ama! En los momentos de fervor y entusiasmo o en los momentos de sequedad y des?nimo: ?Dios te ama! La caridad es un don de Dios. Hay que poner todos los medios humanos, pero sobre todo hay que pedirlo, esperarlo y acogerlo con humildad y apertura.

El amor a Dios llevar? a las obras del amor. Formar a la persona en la caridad teologal es tambi?n orientarle para que viva siempre en una actitud de autenticidad en su entrega a la voluntad de Dios. Recordarle que quien ama a Dios cumple sus mandamientos (cf. Jn 14,15). Ayudarle a comprender que la voluntad de Dios se manifiesta sobre todo en el interior de su conciencia, pero se expresa tambi?n a trav?s de quienes leg?timamente le representan: desde el supremo Magisterio de la Iglesia hasta su m?s cercano formador.

Finalmente, mostrarle que el amor a Dios debe llevarle a esforzarse del modo m?s sincero por evitar el pecado, como negaci?n del amor; no s?lo: debe foguear en ella un ardiente anhelo de que en todas partes, entre sus hermanas y conocidas, en las familias y las sociedades, reine siempre el amor por encima del pecado.

El amor de Dios orientar? as?, de manera radical, el sentido y el objetivo esencial de su futuro apostolado. Su amor al Padre le lleva a sus hermanos. Los miembros de la primitiva comunidad cristiana ?Ten?an un solo coraz?n y una sola alma? (Hch 4,32). Las comunidades religiosas tambi?n aspiran a ser una grande y ?nica familia por el amor fraterno y por las relaciones mutuas de cordialidad, de respeto y de servicialidad.

Los afectos desordenados, la falta de un coraz?n formado, coartan la libertad, afectan considerablemente la capacidad de atenci?n y dedicaci?n al trabajo, condicionan la objetividad de juicio en muchos asuntos, desmoronan la vida de comunidad; y en el plano moral y espiritual el apego afectivo desordenado a otra persona da paso a una situaci?n de infidelidad y de adulteraci?n de la alianza de amor virginal que el alma consagrada ha sellado con Jesucristo.

Todas sin excepci?n debemos trabajar y luchar por desprendernos de las criaturas, por mantener intacto nuestro amor a Dios, por acrecentarlo y vivir tan enamorados de ?l que el desprecio de nosotros mismos sea una inmolaci?n gozosa y no algo temido u ofrecido a rega?adientes.
A todas, sin excepci?n, nos asalta el ego?smo con su sed de dominio, con su implacable ambici?n de hacer girar el mundo en provecho propio, con su sutil astucia para sojuzgar a los dem?s y sentirse amado y correspondido sensiblemente con el afecto de otros.

Hablamos del ?coraz?n? como sede del amor y centro de la persona humana. Formar el coraz?n significa, pues, purificar, ordenar y potenciar nuestro amor.

El amor es la fuerza que mueve al hombre: ninguna realidad humana se emprender?a si no se amase.

Muy bien podr?amos decir que el amor es creador. En esto, m?s que es cualquier otro aspecto, reflejamos la imagen de Dios, que es Amor, y que amando crea. Si Dios da el ser amando, el hombre integra en s? mismo lo amado, no para absorberlo ni disminuirlo ?si es verdadero amor- sino para potenciarlo y ayudarlo a alcanzar su perfecta realizaci?n.

El hombre perfecto es la gloria de Dios. Sin amor o amando incorrectamente, nunca tendremos una persona realizada.
Nuestra naturaleza tiende al bien verdadero y es el bien conocido lo que atrae a la voluntad y a lo que ?sta tiende empujada por la fuerza del amor. Si, impulsado por las pasiones o cegado por la vida de sentidos, el hombre pierde de vista el bien objetivo, el bien global, ser? arrastrado por los bienes sensibles que tocan la superficie, pero no el n?cleo ni la totalidad de su persona.
Es entonces cuando el individuo se pierde, se vac?a, se destruye: no sabe amar. Sacrifica su personalidad a los placeres, a las emociones y afectos ego?stas y, adem?s, arruina y empobrece lo amado, convirti?ndolo en objeto y no respet?ndolo en su individualidad personal.

El aut?ntico amor enriquece, tanto al amante como al amado; nunca empobrece al que ama en beneficio del amado, pero tampoco vac?a a ?ste en provecho de aqu?l. El que ama bien enriquece y se enriquece, a pesar, y precisamente por ello, de que el amor implique desprendimiento de afectos parciales y contingentes, del que suponga, si quieren Ustedes con una palabra m?s cercana al lenguaje espiritual: purificaci?n.

Tanto importa saber amar como el hecho de la propia realizaci?n personal que es en definitiva el mayor motivo de gloria para quien por amor nos cre? y por amor nos redimi? para que lleg?semos a ser hijos suyos.

Naturalidad: no se creen obsesiones da?inas para su salud mental; que no vayan a andar d?a y noche pensando si tiene o no rectamente orientado su coraz?n. Vivan con sencillez y naturalidad su vida, sirviendo al Se?or y aprovechen los ex?menes de conciencia para analizar, corregir y proponerse nuevas metas. En Mar?a, tiene Ustedes un ejemplo claro de la naturalidad y sencillez con que han de vivir sin angustias ni tensiones psicol?gicas, puestas en las manos de Dios.

La castidad se coloca dentro de la virtud de la templanza. El t?rmino ?templanza proviene del verbo latino ?temperare? que se podr?a traducir hoy como coordinar o moderar. Es el trabajo que hace un moderador en una mesa redonda: hay diversas personas y diversas opiniones que el debe moderar para que el di?logo se desarrolle de la mejor manera posible. Es esto lo que tiene que hacer nuestra raz?n y voluntad: deben coordinar, moderar esas fuerzas, pasiones, pulsaciones, instintos que tenemos de modo natural, sin negarlos, reprimirlos, suprimirlos, sino encauz?ndolos.


2.Madurez afectiva
El t?rmino ?madurez afectiva? es un concepto complejo y todav?a no del todo aclarado y profundizado en sus significados. Podemos entenderlo como una especificidad de la madurez humana, entendida como coherencia y armon?a interna de la persona. Un psic?logo italiano Rulla habla de dos Yo: el ideal y el real.

El ideal es lo que cada uno sabe que debe ser, seg?n su vocaci?n, estado, situaci?n. El real es el yo con sus tendencias y condicionamientos que algunas veces van en la misma direcci?n que el ideal y otras en direcci?n opuesta. La madurez, en t?rminos sicol?gicos, es la capacidad de armonizar estos dos yo.

Hay que buscar la madurez de la persona humana en todos los aspectos, y esto incluye la afectividad: nuestra capacidad de amar.
Madurez afectiva conlleva la integraci?n sana y equilibrada de la propia sexualidad, dada la estructura del ser humano. La persona afectivamente madura es una persona sexualmente madura y equilibrada ? una personalidad integrada.

Educar en la castidad es ense?ar a encauzar, no a reprimir, las propias tendencias y pasiones, de acuerdo con la propia vocaci?n. Dios no quiere que una religiosa sea menos mujer; les quiere personas ?ntegras, con todas sus potencialidades en armon?a con la vocaci?n para la cual les ha creado.
Por lo tanto, hay que lograr que lleguen a poner positivamente y con entusiasmo todo el rico arsenal de sus pasiones al servicio de su vocaci?n y misi?n.

En eso consiste la verdadera madurez afectiva de la persona consagrada: en la integraci?n armoniosa de la capacidad de amar, y de la necesidad de ser amado, con la propia condici?n de vida. No se reduce simplemente a la recta integraci?n de la sexualidad en la personalidad, sino que abarca m?s bien toda la capacidad de relaci?n interpersonal.

Implica la orientaci?n de todos los afectos, y en la medida de lo posible tambi?n de los sentimientos, hacia el ideal que se ha escogido, de modo que la persona est? plenamente identificada consigo misma y no se encuentre dividida entre lo que pretende ser y lo que sus afectos exigen de ella.

Ordinariamente, la experiencia de un amor totalizante y exclusivo resulta el mejor catalizador de la madurez afectiva. Para muchos la preparaci?n para el matrimonio, y la misma vida matrimonial, son ocasi?n natural para lograr esta madurez.

La afectividad madura bajo los rayos del verdadero amor personal. La afectividad de quien ha sido llamado a vivir s?lo para Dios madurar? bajo los rayos de un amor totalizante y exclusivo a Dios, del cual brota su amor de donaci?n universal a todos los hombres. Si no perdemos esto de vista, la maduraci?n afectiva del alma consagrada no es tan complicada como a veces la presentan algunos.

Todo lo que favorezca esa integraci?n armoniosa de las naturales tendencias afectivas y sexuales con el ideal de consagraci?n a Dios y la condici?n de virginidad, ser? un elemento positivo para esa maduraci?n. Todo lo que de alg?n modo dificulte esa integraci?n ser? negativo y habr?a de ser evitado.

Para hacer una correcta valoraci?n de los factores positivos o negativos es necesario tener presente el principio del "realismo antropol?gico y pedag?gico".
Las tendencias y pasiones que una persona que se consagra a Dios, como cualquier ser humano, lleva consigo, son impulsos naturales, queridos por el Creador. Pero el pecado ha creado una situaci?n de desorden en el hombre, en su capacidad de orientar esos impulsos de acuerdo con su raz?n y voluntad.

Hay que evitar el error de creer que una opci?n consciente y libre, por muy profunda que sea, es ya suficiente para encauzar correctamente las pasiones.
Estas son autom?ticas y ciegas, y buscan siempre sus objetos propios, por m?s elevado que se halle el sujeto en su camino de purificaci?n interior. Cientos de historias de santos y m?sticos cristianos nos lo ilustran con creces. La presencia de un est?mulo exterior correspondiente a una tendencia interna har? que ?sta reaccione en esa direcci?n.

Si la direcci?n es contraria a la opci?n vital de consagraci?n a Cristo, ser? ocasi?n de desorden y tensi?n interior, y dificultar? m?s o menos seriamente la integraci?n armoniosa de toda la persona en torno al ideal escogido.

Si una persona consagrada se permite todo tipo de lecturas, pel?culas, espect?culos o diversiones, en la variada oferta de mercado de una sociedad hedonista como la nuestra, encontrar? f?cilmente est?mulos fuertes que provocar?n sus tendencias naturales en contra de su vocaci?n virginal.

Si cultiva un tipo de relaci?n con personas del otro sexo que es propicio para suscitar sentimientos de afecto y llegar al enamoramiento, lo m?s probable es que surjan de hecho esos sentimientos, y que supongan un serio obst?culo para su maduraci?n afectiva, en una vocaci?n que pide la entrega total del propio coraz?n y de la propia vida a Cristo y a su Reino. La naturaleza tiene sus propias leyes. No podemos jugar con ellas.


Debe ser un trabajo sumamente positivo, abierto, alegre. La alegr?a de quien ofrece todas sus renuncias por amor. La adquisici?n de esta madurez requiere ordinariamente un amplio per?odo de tiempo, pues est? ?ntimamente ligada al desarrollo f?sico y psicol?gico del individuo.

Tanto la formadora como la persona en formaci?n han de tener en cuenta que, por circunstancias diversas -fisiol?gicas, psicol?gicas, circunstanciales, etc.- puede haber per?odos de mayores o menores dificultades, de afectos m?s o menos fuertes que tocan a la puerta del coraz?n, de tentaciones m?s o menos marcadas.

Y han de proceder con prudencia, con serenidad y constancia en la aplicaci?n de aquellos medios que la Iglesia por su milenaria experiencia, por su profundo conocimiento de la persona humana, aconseja para la adquisici?n y salvaguarda de la castidad consagrada.


Publicado por mario.web @ 23:00
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