Jueves, 12 de mayo de 2011
Carta Apost?lica de sus santidad el Papa Pablo VI al se?or Cardenal Mauricio Roy, Presidente del Consejo para los seglares y de la Comisi?n Pontificia Justicia y Paz en ocasi?n del LXXX Aniversario de la Enc?clica Rerum Novarum
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Carta Apost?lica Octogesima Adveniens
Carta Apost?lica Octogesima Adveniens
CARTA APOST?LICA
OCTOGESIMA ADVENIENS
DE SU SANTIDAD EL PAPA
PABLO VI
AL SE?OR CARDENAL MAURICIO ROY,
PRESIDENTE DEL CONSEJO PARA LOS SEGLARES
Y DE LA COMISI?N PONTIFICIA ?JUSTICIA Y PAZ?
EN OCASI?N DEL LXXX ANIVERSARIO
DE LA ENC?CLICA ?RERUM NOVARUM?

Vaticano, 14 de mayo de 1971



Se?or Cardenal:


1. El LXXX aniversario de la publicaci?n de la enc?clica Rerum novarum, cuyo mensaje sigue inspirando la acci?n en favor de la justicia social, nos anima a continuar y ampliar las ense?anzas de nuestros predecesores para dar respuesta a las necesidades nuevas de un mundo en transformaci?n. La Iglesia, en efecto, camina unida a la humanidad y se solidariza con su suerte en el seno de la historia. Anunciando la Buena Nueva de amor de Dios y de la salvaci?n en Cristo a los hombres y mujeres, les ilumina en sus actividades a la luz del Evangelio y les ayuda de ese modo a corresponder al designio de amor de Dios y a realizar la plenitud de sus aspiraciones.

Llamamiento universal a una mayor justicia

2. Nos vemos con confianza como el Esp?ritu del Se?or contin?a su obra en el coraz?n de la humanidad y congrega por todas partes comunidades cristianas conscientes de su responsabilidad en la sociedad. En todos los continentes, entre todas las razas, naciones, culturas, en todas las condiciones, el Se?or sigue suscitando aut?nticos ap?stoles del Evangelio.

Nos hemos tenido la dicha de encontrarlos, admirarlos y alentarlos durante nuestros recientes viajes. Nos hemos acercado a las muchedumbres y escuchado sus llamamientos, gritos de preocupaci?n y de esperanza a la vez. En estas circunstancias, hemos podido ver con nuevo relieve los graves problemas de nuestro tiempo, particulares ciertamente en cada regi?n, pero de todas maneras comunes a una humanidad que se pregunta sobre su futuro, sobre la orientaci?n y el significado de los cambios en curso. Siguen existiendo diferencias flagrantes en el desarrollo econ?mico, cultural y pol?tico de las naciones: al lado de regiones altamente industrializadas, hay otras que est?n todav?a en estadio agrario; al lado de pa?ses que conocen el bienestar, otros luchan contra el hambre; al lado de pueblos de alto nivel cultural, otros siguen esforz?ndose por eliminar el analfabetismo. Por todas partes se aspira una justicia mayor, se desea una paz mejor asegurada en un ambiente de respeto mutuo entre las personas y entre los pueblos.

La diversidad de situaciones de los cristianos en el mundo

3. Ciertamente, son muy diversas las situaciones en las cuales, de buena gana o por fuerza, se encuentran comprometidos los cristianos, seg?n las regiones, los sistemas socio-pol?ticos y las culturas. En unos sitios se hallan reducidos al silencio, considerados como sospechosos y tenidos, por as? decirlo, al margen de la sociedad, encuadrados sin libertad en un sistema totalitario. En otros son una d?bil minor?a, cuya voz dif?cilmente se hace sentir. Incluso en naciones donde a la Iglesia se le reconoce su puesto, a veces de manera oficial, ella misma se ve sometida a los embates de la crisis que estremece la sociedad, y algunos de sus miembros se sienten tentados por soluciones radicales y violentas de las que creen poder esperar resultados mas felices. Mientras que unos, inconscientes de las injusticias actuales, se esfuerzan por mantener la situaci?n establecida, otros se dejan seducir por ideolog?as revolucionarias, que les promete, con espejismo ilusorio, un mundo definitivamente mejor.

4. Frente a situaciones tan diversas, nos es dif?cil pronunciar una palabra ?nica como tambi?n proponer una soluci?n con valor universal. No es este nuestro prop?sito ni tampoco nuestra misi?n. Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situaci?n propia de su pa?s, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexi?n, normas de juicio y directrices de acci?n seg?n las ense?anzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia especialmente en esta era industrial, a partir de la fecha hist?rica del mensaje de Le?n XIII sobre la condici?n de los obreros, del cual Nos tenemos el honor y el gozo de celebrar hoy el aniversario.

A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Esp?ritu Santo, en comuni?n con los obispos responsables, en di?logo con los dem?s hermanos cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, pol?ticas y econ?micas que se consideren de urgente necesidad en cada caso.

En este esfuerzo por promover tales transformaciones, los cristianos deber?an, en primer lugar, renovar su confianza en la fuerza y en la originalidad de las exigencias evang?licas. El Evangelio no ha quedado superado por el hecho de haber sido anunciado, escrito y vivido en un contexto sociocultural diferente. Su inspiraci?n, enriquecida por la experiencia viviente de la tradici?n cristiana a lo largo de los siglos, permanece siempre nueva en orden a la conversi?n de la humanidad y al progreso de la vida en sociedad, sin que por ello se le deba utilizar en provecho de opciones temporales particulares, olvidando su mensaje universal y eterno (1).

El mensaje espec?fico de la Iglesia

5. En medio de las perturbaciones e incertidumbres de la hora presente, la Iglesia tiene un mensaje espec?fico que proclamar, tiene que prestar apoyo a los hombres y mujeres en sus esfuerzos por tomar en sus manos y orientar su futuro. Desde la ?poca en que la Rerum novarum denunciaba clara y categ?ricamente el esc?ndalo de la situaci?n de los obreros dentro de la naciente sociedad industrial, la evoluci?n hist?rica ha hecho tomar conciencia, como lo testimoniaban ya la Quadragesimo anno (2) y la Mater et magistra (3), de otras dimensiones y de otras aplicaciones de la justicia social.

El reciente Concilio ecum?nico ha tratado, por su parte, de ponerlas de manifiesto, particularmente en la constituci?n pastoral Gaudium et spes. Nos mismo hemos continuado ya estas orientaciones con nuestra enc?clica Populorum progressio: ?Hoy el hecho de mayor importancia, dec?amos, del que cada uno debe tomar conciencia, es que la cuesti?n social ha adquirido proporciones mundiales? (4). ?Una renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evang?lico impone a la Iglesia el deber de ponerse al servicio de los seres humanos para ayudarles a comprender todas las dimensiones de este grave problema y para convencerles de la urgencia de una acci?n solidaria en este viraje de la historia de la humanidad? (5). Este deber, del que Nos tenemos viva conciencia, nos obliga hoy a proponer algunas reflexiones y sugerencias, promovidas por la amplitud de los problemas planteados al mundo contempor?neo.

6. Corresponder?, por otra parte, al pr?ximo S?nodo de los obispos estudiar m?s de cerca y analizar profundamente la misi?n de la Iglesia ante los graves problemas que plantea hoy la justicia en el mundo. El aniversario de la Rerum novarum nos ofrece hoy la ocasi?n, se?or cardenal, de confiar nuestras inquietudes y nuestro pensamiento ante este problema a usted en su calidad de presidente de la Comisi?n ?Justicia y Paz? y del Consejo para los Seglares. Queremos as? alentar a estos organismos de la Santa Sede en su acci?n eclesial al servicio de toda la humanidad.

Amplitud de los cambios actuales

7. Al hacerlo queremos, sin olvidar por ello los constantes problemas ya abordados por nuestros predecesores, atraer la atenci?n sobre algunas cuestiones que por su urgencia, su amplitud, su complejidad, deben estar en el centro de las preocupaciones de los cristianos en los a?os venideros, con el fin de que, en uni?n con las dem?s personas, se esfuercen por resolver las nuevas dificultades que ponen en juego el futuro mismo de hombres y mujeres. Es necesario situar los problemas sociales planteados por la econom?a moderna ?condiciones humanas de la producci?n, equidad en el comercio y en la distribuci?n de las riquezas, significaci?n e importancia de las crecientes necesidades del consumo, participaci?n en las responsabilidades― dentro de un contexto m?s amplio de civilizaci?n nueva. En los cambios actuales tan profundos y tan r?pidos, la persona humana se descubre a diario de nuevo y se pregunta por el sentido de su propio ser y de su supervivencia colectiva. Vacilando sobre si debe o no aceptar las lecciones de un pasado que considera superado y demasiado diferente, tiene, sin embargo, necesidad de esclarecer su futuro ―futuro que la persona percibe tan incierto como inestable― por medio de verdades permanentes, eternas, que le rebasan ciertamente, pero cuyas huellas puede, si quiere realmente, encontrar por s? misma (6).

I. Nuevos Problemas Sociales

La urbanizaci?n

8. Un fen?meno de gran importancia atrae nuestra atenci?n, tanto en los pa?ses industrializados como en las naciones en v?as de desarrollo: la urbanizaci?n. Tras un largo per?odo de siglos, la civilizaci?n agraria se esta debilitando. Por otra parte, ?se presta suficiente atenci?n al acondicionamiento y mejora de la vida de la gente rural, cuya condici?n econ?mica inferior, y hasta miserable a veces, provoca el ?xodo hacia los tristes amontonamientos de los suburbios, donde no les espera ni empleo ni alojamiento?

Este ?xodo rural permanente, el crecimiento industrial, el aumento demogr?fico continuo, el atractivo de los centros urbanos, provocan concentraciones de poblaci?n cuya amplitud apenas se puede imaginar, puesto que ya se habla de meg?polis que agrupan varias decenas de millones de habitantes. Ciertamente, existen ciudades cuya dimensi?n asegura un mejor equilibrio de la poblaci?n. Susceptibles de ofrecer un empleo a aquellos a quienes el progreso de la agricultura habr? dejado disponibles, permiten un acondicionamiento del ambiente humano capaz de evitar la proliferaci?n del proletariado y el amontonamiento de las grandes aglomeraciones.

9. El crecimiento desmedido de estas ciudades acompa?a a la expansi?n industrial, pero sin confundirse con ella. Basada en la investigaci?n tecnol?gica y en la transformaci?n de la naturaleza, la industrializaci?n prosigue sin cesar su camino, dando prueba de una incesante creatividad. Mientras unas empresas se desarrollan y se concentran, otras mueren o se trasladan, creando nuevos problemas sociales: paro profesional o regional, cambios de empleo y movilidad de personas, adaptaci?n permanente de los trabajadores, disparidad de condiciones en los diversos ramos industriales. Una competencia desmedida, utilizando los medios modernos de la publicidad, lanza continuamente nuevos productos y trata de atraer al consumidor, mientras las viejas instalaciones industriales todav?a en funcionamiento van haci?ndose in?tiles. Mientras ampl?simos estratos de la poblaci?n no pueden satisfacer sus necesidades primarias, se intenta crear necesidades de lo superfluo. Se puede uno preguntar, por tanto, con todo derecho, si, a pesar de todas sus conquistas, el ser humano no est? volviendo contra s? mismo los frutos de su actividad. Despu?s de haberse asegurado un dominio necesario sobre la naturaleza (7), ?no se est? convirtiendo ahora en esclavo de los objetos que fabrica?

Los cristianos en la ciudad

10. El surgir de la civilizaci?n urbana que acompa?a al incremento de la civilizaci?n industrial, ?no es, en realidad, un verdadero desaf?o lanzado a la sabidur?a de la persona, a su capacidad de organizaci?n, a su imaginaci?n prospectiva? En el seno de la sociedad industrial, la urbanizaci?n trastorna los modos de vida y las estructuras habituales de la existencia: la familiar la vecindad, el marco mismo de la comunidad cristiana. La humanidad experimenta una nueva soledad, no ya de cara a una naturaleza hostil que le ha costado siglos dominar, sino en medio de una muchedumbre an?nima que le rodea y dentro de la cual se siente como extra?a. Etapa sin duda irreversible en el desarrollo de las sociedades humanas, la urbanizaci?n plantea a hombres y mujeres dif?ciles problemas: ?c?mo frenar su crecimiento, regular su organizaci?n, suscitar el entusiasmo ciudadano por el bien de todos? En este crecimiento desordenado nacen nuevos proletariados. Se instalan en el centro de las ciudades que los ricos a veces abandonan; acampan en los suburbios, cintur?n de miseria que llega a asediar, mediante una protesta silenciosa, todo el lujo demasiado estridente de las ciudades del consumo y del despilfarro. En lugar de favorecer el encuentro fraternal y la ayuda mutua, la ciudad desarrolla las discriminaciones y tambi?n las indiferencias; se presta a nuevas formas de explotaci?n y de dominio, de las que algunos, especulando con las necesidades de los dem?s, sacan ganancias inadmisibles. Detr?s de las fachadas se esconden muchas miserias, ignoradas a?n por los vecinos m?s cercanos; otras aparecen all? donde la dignidad de la persona humana zozobra: delincuencia, criminalidad, droga, erotismo.

11. Son, en efecto, los m?s d?biles las v?ctimas de las condiciones de vida inhumana, degradantes para las conciencias y da?osas para la instituci?n familiar: la promiscuidad de las viviendas populares hace imposible un m?nimo de intimidad; los matrimonios j?venes, en la vana espera de una vivienda decente y a un precio asequible, se desmoralizan y hasta su misma unidad puede quedar comprometida; los j?venes abandonan un hogar demasiado reducido y buscan en la calle compensaciones y compa??as incontrolables. Es un deber grave de los responsables tratar de dominar y orientar este proceso.

Urge reconstruir, a escala de calle, de barrio o de gran conjunto, el tejido social, dentro del cual hombres y mujeres puedan dar satisfacci?n a las exigencias justas de su personalidad. Hay que crear o fomentar centros de inter?s y de cultura a nivel de comunidades y de parroquias, en sus diversas formas de asociaci?n, c?rculos recreativos, lugares de reuni?n, encuentros espirituales, comunitarios, donde, escapando al aislamiento de las multitudes modernas cada uno podr? crearse nuevamente relaciones fraternales.

12. Construir la ciudad lugar de existencia de las personas y de sus extensas comunidades, crear nuevos modos de proximidad y de relaciones, percibir una aplicaci?n original de la justicia social, tomar a cargo este futuro colectivo que se anuncia dif?cil, es una tarea en la cual deben participar los cristianos. A estos seres humanos amontonados en una promiscuidad urbana que se hace intolerable, hay que darles un mensaje de esperanza por medio de la fraternidad vivida y de la justicia concreta. Los cristianos, conscientes de esta responsabilidad nueva, no deben perder el ?nimo en la inmensidad amorfa de la ciudad, sino que deben acordarse de Jon?s, quien por mucho tiempo recorre N?nive, la gran ciudad, anunciar en ella la Buena Nueva de la misericordia divina, sostenido en su debilidad por la sola fuerza de la palabra de Dios todopoderoso. En la Biblia, la ciudad es frecuentemente, en efecto, el lugar del pecado y del orgullo; orgullo del ser humano que se siente suficientemente seguro para construir su vida sin Dios y tambi?n para afirmar su poder contra Dios. Pero existe tambi?n Jerusal?n, la ciudad santa, el lugar de encuentro con Dios, la promesa de la ciudad que viene de lo alto (8).

Los j?venes

13. La transformaci?n de la vida urbana provocada por la industrializaci?n pone al descubierto, por otra parte, problemas hasta ahora poco conocidos. ?Qu? puesto corresponder?, por ejemplo, a los j?venes y a la mujer en la sociedad que est? surgiendo?

Por todas partes se presenta dif?cil el di?logo entre una juventud portadora de aspiraciones, de renovaci?n y tambi?n de inseguridad ante el futuro, y las generaciones adultas. ?Qui?n no ve que hay una fuente de graves conflictos, de rupturas y de abandonos, incluso en el seno de la familia, y un problema planteado sobre las formas de autoridad, la educaci?n de la libertad, la transmisi?n de los valores y de las creencias, que toca a las ra?ces m?s profundas de la sociedad?

El puesto de la mujer

Asimismo, en muchos pa?ses, una legislaci?n sobre la mujer que haga cesar esa discriminaci?n efectiva y establezca relaciones de igualdad de derechos y de respeto a su dignidad, es objeto de investigaciones y a veces de vivas reivindicaciones. Nos no hablamos de esa falsa igualdad que negar?a las distinciones establecidas por el mismo Creador, y que estar?a en contradicci?n con la funci?n espec?fica, tan capital, de la mujer en el coraz?n del hogar y en el seno de la sociedad. La evoluci?n de las legislaciones debe, por el contrario, orientarse en el sentido de proteger la vocaci?n propia de la mujer, y al mismo tiempo reconocer su independencia en cuanto persona y la igualdad de sus derechos a participar en la vida econ?mica, social, cultural y pol?tica.

Los trabajadores

14. La Iglesia lo ha vuelto a afirmar solemnemente en el ?ltimo Concilio: ?La persona humana es y debe ser el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones? (9). Toda persona tiene derecho al trabajo, a la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ejercicio de su profesi?n, a una remuneraci?n equitativa que le permita a esta persona y a su familia ?llevar una vida digna en el plano material, cultural y espiritual? (10), a la asistencia en caso de necesidad por raz?n de enfermedad o de edad.

Si para la defensa de estos derechos las sociedades democr?ticas aceptan el principio de la organizaci?n sindical, sin embargo, no se hallan siempre dispuestas a su ejercicio. Se debe admitir la funci?n importante de los sindicatos: tienen por objeto la representaci?n de las diversas categor?as de trabajadores, su leg?tima colaboraci?n en el progreso econ?mico de la sociedad, el desarrollo del sentido de sus responsabilidades para la realizaci?n del bien com?n. Su acci?n no est?, con todo, exenta de dificultades; puede sobrevenir, aqu? o all?, la tentaci?n de aprovechar una posici?n de fuerza para imponer, sobre todo por la huelga ―cuyo derecho como medio ?ltimo de defensa queda ciertamente reconocido―, condiciones demasiado gravosas para el conjunto de la econom?a o del cuerpo social, o para tratar de obtener reivindicaciones de orden directamente pol?tico. Cuando se trata en particular de los servicios p?blicos, necesarios a la vida diaria de toda una comunidad, se deber? saber medir los l?mites, m?s all? de los cuales los perjuicios causados son absolutamente reprobables.

Las victimas de los cambios

15. En resumen, se han hecho ya algunos progresos para introducir, en el seno de las relaciones humanas, m?s justicia y mayor participaci?n en las responsabilidades. Pero en este inmenso campo queda todav?a mucho por hacer. Es necesario, por ello, proseguir la reflexi?n, la b?squeda y la experimentaci?n, para que no se retrasen las soluciones referentes a las leg?timas aspiraciones de los trabajadores, aspiraciones que se van afirmando a medida que se desarrollan su formaci?n, la conciencia de su dignidad, el vigor de sus organizaciones.

El ego?smo y el af?n de dominar al pr?jimo son tentaciones permanentes del ser humano. Se hace por ello necesario un discernimiento, cada vez m?s afinado, de la realidad para poder conocer desde su mismo origen las situaciones de injusticia e instaurar progresivamente una justicia siempre menos imperfecta. En el cambio industrial, que reclama una r?pida y constante adaptaci?n, los que se van a ver m?s da?ados ser?n los m?s numerosos y los menos favorecidos para hacer o?r su voz.

La atenci?n de la Iglesia se dirige hacia estos nuevos ?pobres? ―los minusv?lidos, los inadaptados, los ancianos, los marginados de diverso origen―, para conocerlos, ayudarlos, defender su puesto y su dignidad en una sociedad endurecida por la competencia y el aliciente del ?xito.

Las discriminaciones

16. Entre el n?mero de las v?ctimas de situaciones de injusticia ―aunque el fen?meno no sea por desgracia nuevo― hay que contar a aquellos que son objeto de discriminaciones, de derecho o de hecho, por raz?n de su raza, su origen, su color, su cultura, su sexo o su religi?n.

La discriminaci?n racial reviste en estos momentos un car?cter de mayor actualidad por las tensiones que crea tanto en el interior de algunos pa?ses como en el plano internacional. Con raz?n, las personas consideran injustificable y rechazan como inadmisible la tendencia a mantener o introducir una legislaci?n o pr?cticas inspiradas sistem?ticamente por prejuicios racistas; los miembros de la humanidad participan de la misma naturaleza, y, por consiguiente, de la misma dignidad, con los mismos derechos y los mismos deberes fundamentales, as? como del mismo destino sobrenatural. En el seno de una patria com?n, todos deben ser iguales ante la ley, tener guales posibilidades en la vida econ?mica, cultural, c?vica o social y beneficiarse de una equitativa distribuci?n de la riqueza nacional.

Derecho a la emigraci?n

17. Nos pensamos tambi?n en la precaria situaci?n de un gran n?mero de trabajadores emigrados, cuya condici?n de extranjeros hace tanto m?s dif?cil, por su parte, toda reivindicaci?n social, no obstante su real participaci?n en el esfuerzo econ?mico del pa?s que los recibe. Es urgente que se sepa superar, con relaci?n a ellos, una actitud estrictamente nacionalista, con el fin de crear en su favor una legislaci?n que reconozca el derecho a la emigraci?n, favorezca su integraci?n, facilite su promoci?n profesional y les permita el acceso a un alojamiento decente, adonde pueda venir, si es posible, su familia (11).

Tienen relaci?n con esta categor?a las poblaciones que, por encontrar un trabajo, librarse de un cat?strofe o de un clima hostil, abandonan sus regiones y se encuentran desarraigadas entre las dem?s.

Es deber de todos ―y especialmente de los cristianos (12)― trabajar con energ?a para instaurar la fraternidad universal, base indispensable de una justicia aut?ntica y condici?n de una paz duradera: ?No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relaci?n del hombre para con Dios Padre y la relaci?n del hombre para con los hombres sus hermanos est?n de tal forma unidas, que, como dice la Escritura, el que no ama, no conoce a Dios (1 Jn 4,8)? (13).

Crear puestos de trabajo

18. Con el crecimiento demogr?fico, sobre todo en las naciones j?venes, el n?mero quienes no llegan a encontrar trabajo y se ven reducidos a la miseria o al parasitismo ir? aumentando en los pr?ximos a?os, a no ser que un estremecimiento de la conciencia humana provoque un movimiento general de solidaridad por una pol?tica eficaz de inversiones, de organizaci?n de la producci?n y de los mercados, as? como de la formaci?n adecuada. Conocemos la atenci?n que se est? dando a estos problemas dentro de los organismos internacionales, y Nos deseamos vivamente que sus miembros no tarden en hacer corresponder sus actos a sus declaraciones.

Es inquietante comprobar en este campo una especie de fatalismo que se apodera incluso de los responsables. Este sentimiento conduce a veces a las soluciones maltusianas aguijoneadas por la propaganda activa en favor de la anticoncepci?n y del aborto. En esta situaci?n cr?tica hay que afirmar, por el contrario, que la familia, sin la cual ninguna sociedad puede subsistir, tiene derecho a la asistencia que le asegure las condiciones de una sana expansi?n. ?Es cierto, dec?amos en nuestra enc?clica Populorum progressio, que los poderes p?blicos pueden intervenir dentro de los l?mites de su competencia, desarrollando una informaci?n apropiada y tomando medidas adecuadas, con tal que sean conformes a las exigencias de la ley moral y respeten la justa libertad de la pareja humana. Sin el derecho inalienable al matrimonio y a la procreaci?n, no existe ya dignidad humana? (14).

19. Jam?s en cualquier otra ?poca hab?a sido tan expl?cito el llamamiento a la imaginaci?n social. Es necesario consagrar a ella esfuerzos de invenci?n y de capitales tan importantes como los invertidos en armamentos o para las conquistas tecnol?gicas. Si la humanidad se deja desbordar y no prev? a tiempo la emergencia de los nuevos problemas sociales, ?stos se har?n demasiado graves como para que se pueda esperar una soluci?n pac?fica.

Los medios de comunicaci?n social

20. Entre los cambios m?s importantes de nuestro tiempo debemos subrayar la funci?n creciente que van asumiendo los medios de comunicaci?n social y su influencia en la transformaci?n de las mentalidades, de los conocimientos, de las organizaciones y de la misma sociedad. Ciertamente, tienen muchos aspectos positivos; gracias a ellos, las informaciones del mundo entero nos llegan casi instant?neamente, creando un contacto, por encima de las distancias, y elementos de unidad, entre todos los pueblos y personas; con lo cual se hace posible una difusi?n m?s amplia de la informaci?n y de la cultura. Sin embargo, estos medios de comunicaci?n social, debido a su misma eficacia llegan a representar como un nuevo poder. ?C?mo no plantearse, por tanto, la pregunta sobre los detentadores reales de este poder, sobre los fines que persiguen y los medios que ponen en pr?ctica, sobre la repercusi?n de su acci?n en cuanto al ejercicio de las libertades individuales, tanto en los campos pol?tico e ideol?gico como en la vida social, econ?mica y cultural? Los hombres en cuyas manos est? este poder tienen una grave responsabilidad moral en relaci?n con la verdad de las informaciones que deben difundir, en relaci?n a las necesidades y con las reacciones que hacen nacer, en relaci?n con los valores que proponen. M?s a?n, con la televisi?n, es un modo original de conocimiento y una nueva civilizaci?n los que est?n naciendo: los de la imagen.

Naturalmente, los poderes p?blicos no pueden ignorar la creciente potencia e influjo de los medios de comunicaci?n social, as? como las ventajas o riesgos que su uso lleva consigo para la comunidad civil y para su desarrollo y perfeccionamiento real. Ellos, por tanto, est?n llamados a ejercer su propia funci?n positiva para el bien com?n, alentando toda expresi?n constructiva, apoyando a cada ciudadano o ciudadana y a los grupos en la defensa de los valores fundamentales de la persona y de la convivencia humana; actuando tambi?n de manera que eviten oportunamente la difusi?n de cuanto menoscabe el patrimonio com?n de valores, sobre el cual se funda el ordenado progreso civil (15).

El medio ambiente

21. Mientras el horizonte de hombres y mujeres se va as? modificando, partiendo de las im?genes que para ellos se seleccionan, se hace sentir otra transformaci?n, consecuencia tan dram?tica como inesperada de la actividad humana. Bruscamente, la persona adquiere conciencia de ella; debido a una explotaci?n inconsiderada de la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez v?ctima de esta degradaci?n. No s?lo el ambiente f?sico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que la persona no domina ya, creando de esta manera para el ma?ana un ambiente que podr?a resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera.

Hacia otros aspectos nuevos es hacia donde tiene que volverse el hombre o la mujer cristiana para hacerse responsable, en uni?n con las dem?s personas, de un destino en realidad ya com?n.

II. Aspiraciones Fundamentales y Corrientes Ideol?gicas


22. Al mismo tiempo que el progreso cient?fico y t?cnico contin?a transformando el marco territorial de la humanidad, sus modos de conocimiento, de trabajo, de consumo y de relaciones, se manifiesta siempre en estos contextos nuevos una doble aspiraci?n m?s viva a medida que se desarrolla su informaci?n y su educaci?n: aspiraci?n a la igualdad, aspiraci?n a la participaci?n; formas ambas de la dignidad de la persona humana y de su libertad.

Ventajas y limites de los reconocimientos jur?dicos

23. Para inscribir en los hechos y en las estructuras esta doble aspiraci?n, se han hecho progresos en la definici?n de los derechos humanos y en la firma de acuerdos internacionales que den realidad a tales derechos (16). Sin embargo, las injustas discriminaciones―?tnicas, culturales, religiosas, pol?ticas― renacen siempre. Efectivamente, los derechos humanos permanecen todav?a con frecuencia desconocidos, si no burlados, o su observancia es puramente formal. En muchos casos, la legislaci?n va atrasada respecto a las situaciones reales. Siendo necesaria, es todav?a insuficiente para establecer verdaderas relaciones de justicia e igualdad. El Evangelio, al ense?arnos la caridad, nos inculca el respeto privilegiado a los pobres y su situaci?n particular en la sociedad: los m?s favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los dem?s. Efectivamente, si m?s all? de las reglas jur?dicas falta un sentido m?s profundo de respeto y de servicio al pr?jimo, incluso la igualdad ante la ley podr? servir de coartada a discriminaciones flagrantes, a explotaciones constantes, a un enga?o efectivo. Sin una educaci?n renovada de la solidaridad, la afirmaci?n excesiva de la igualdad puede dar lugar a un individualismo donde cada cual reivindique sus derechos sin querer hacerse responsable del bien com?n.

?Qui?n no ve en este campo la aportaci?n capital del esp?ritu cristiano, que va, por otra parte, al encuentro de las aspiraciones del ser humano a ser amado? ?El amor del hombre, primer valor del orden terreno?, asegura las condiciones de la paz, tanto social como internacional, al afirmar nuestra fraternidad universal (17).

La sociedad pol?tica

24. La doble aspiraci?n hacia la igualdad y la participaci?n trata de promover un tipo de sociedad democr?tica. Diversos modelos han sido propuestos; algunos de ellos han sido ya experimentados; ninguno satisface completamente, y la b?squeda queda abierta entre las tendencias ideol?gicas y pragm?ticas. Toda persona cristiana tiene la obligaci?n de participar en esta b?squeda, al igual que en la organizaci?n y en la vida pol?ticas. El hombre y la mujer, seres sociales, construyen su destino a trav?s de una serie de agrupaciones particulares que requieren, para su perfeccionamiento y como condici?n necesaria para su desarrollo, una sociedad m?s vasta, de car?cter universal, la sociedad pol?tica. Toda actividad particular debe colocarse en esta sociedad ampliada, y adquiere con ello la dimensi?n del bien com?n (18). Esto indica la importancia de la educaci?n para la vida en sociedad, donde, adem?s de la informaci?n sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los dem?s; el sentido y la pr?ctica del deber est?n mutuamente condicionados por el dominio de s?, la aceptaci?n de las responsabilidades y de los limites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo.

25. La acci?n pol?tica ―?es necesario subrayar que se trata aqu? ante todo de una acci?n y no de una ideolog?a?― debe estar apoyada en un proyecto de sociedad coherente en sus medios concretos y en su aspiraci?n, que se alimenta de una concepci?n plenaria de la vocaci?n del ser humano y de sus diferentes expresiones sociales. No pertenece ni al Estado, ni siquiera a los partidos pol?ticos que se cerraran sobre s? mismos, el tratar de imponer una ideolog?a por medios que desembocar?an en la dictadura de los esp?ritus, la peor de todas. Toca a los grupos establecidos por v?nculos culturales y religiosos―dentro de la libertad que a sus miembros corresponde―desarrollar en el cuerpo social, de manera desinteresada y por su propio camino, estas convicciones ?ltimas sobre la naturaleza, el origen y el fin de la persona humana y de la sociedad. En este campo conviene recordar el principio proclamado por el Concilio Vaticano II: ?La verdad no se impone m?s que por la fuerza de la verdad misma, que penetra el esp?ritu con tanta dulzura como potencia? (19).

Ideolog?as y libertad humana

26. El hombre o la mujer cristiana que quieren vivir su fe en una acci?n pol?tica concebida como servicio, no pueden adherirse, sin contradecirse a s? mismos, a sistemas ideol?gicos que se oponen, radicalmente o en puntos sustanciales, a su fe y a su concepci?n de la persona humana. No es l?cito, por tanto, favorecer a la ideolog?a marxista, a su materialismo ateo, a su dial?ctica de violencia y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la colectividad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al ser humano y a su historia personal y colectiva. Tampoco apoya la comunidad cristiana la ideolog?a liberal, que cree exaltar la libertad individual sustray?ndola a toda limitaci?n, estimul?ndola con la b?squeda exclusiva del inter?s y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias m?s o menos autom?ticas de iniciativas individuales y no ya como fin y motivo primario del valor de la organizaci?n social.

27. ?Es necesario subrayar las posibles ambig?edades de toda ideolog?a social? Unas veces reduce la acci?n pol?tica o social a ser simplemente la aplicaci?n de una idea abstracta, puramente te?rica; otras, es el pensamiento el que se convierte en puro instrumento al servicio de la acci?n, como simple medio para una estrategia. En ambos casos, ?no es el ser humano quien corre el riesgo de verse enajenado? La fe cristiana es muy superior a estas ideolog?as y queda situada a veces en posici?n totalmente contraria a ella, en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela, a trav?s de todos los niveles de lo creado, a la humanidad como libertad responsable.

28. Otro peligro consiste en adherirse a una ideolog?a que carezca de un fundamento cient?fico completo y verdadero y en refugiarse en ella como explicaci?n ?ltima y suficiente de todo, y construirse as? un nuevo ?dolo, del cual se acepta, a veces sin darse cuenta, el car?cter totalitario y obligatorio. Y se piensa encontrar en ?l una justificaci?n para la acci?n, aun violenta; una adecuaci?n a un deseo generoso de servicio; ?ste permanece, pero se deja absorber por una ideolog?a, la cual ―aunque propone ciertos caminos para la liberaci?n de hombres y mujeres― desemboca finalmente en una aut?ntica esclavitud.

29. Si hoy d?a se ha podido hablar de un retroceso de las ideolog?as, esto puede constituir un momento favorable para la apertura a la trascendencia y solidez del cristianismo. Puede ser tambi?n un deslizamiento m?s acentuado hacia un nuevo positivismo: la t?cnica universalizada como forma dominante del dinamismo humano, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin que la cuesti?n de su sentido se plantee realmente.

Publicado por mario.web @ 23:17
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