Jueves, 12 de mayo de 2011
Carta enc?clica de Benedicto XVI "Caritas in veritate" (Caridad en la verdad) sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad. 29 de junio 2009
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Enc?clica Caritas in Veritate
Enc?clica Caritas in Veritate
CARTA ENC?CLICA
CARITAS IN VERITATE
DEL SUMO PONT?FICE
BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS
A LOS PRESB?TEROS Y DI?CONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
A TODOS LOS FIELES LAICOS
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL DESARROLLO
HUMANO INTEGRAL
EN LA CARIDAD Y EN LA VERDAD

INTRODUCCI?N

1. La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrecci?n, es la principal fuerza impulsora del aut?ntico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor -?caritas?- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valent?a y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre ?l, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,22). Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicci?n y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. ?sta ?goza con la verdad? (1 Co 13,6). Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera aut?ntica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocaci?n que Dios ha puesto en el coraz?n y en la mente de cada ser humano. Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la b?squeda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocaci?n a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, ?l mismo es la Verdad (cf. Jn 14,6).

2. La caridad es la v?a maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, seg?n la ense?anza de Jes?s, es la s?ntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relaci?n personal con Dios y con el pr?jimo; no es s?lo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el peque?o grupo, sino tambi?n de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, econ?micas y pol?ticas. Para la Iglesia -aleccionada por el Evangelio-, la caridad es todo porque, como ense?a San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta enc?clica ?Dios es caridad? (Deus caritas est): todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don m?s grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.
Soy consciente de las desviaciones y la p?rdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ?tica vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoraci?n. En el ?mbito social, jur?dico, cultural, pol?tico y econ?mico, es decir, en los contextos m?s expuestos a dicho peligro, se afirma f?cilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales. De aqu? la necesidad de unir no s?lo la caridad con la verdad, en el sentido se?alado por San Pablo de la ?veritas in caritate? (Ef 4,15), sino tambi?n en el sentido, inverso y complementario, de ?caritas in veritate?. Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la ?econom?a? de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. De este modo, no s?lo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreci?n de la vida social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendi?ndose de ella, bien rechaz?ndola.

3. Por esta estrecha relaci?n con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresi?n aut?ntica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, tambi?n las de car?cter p?blico. S?lo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida aut?nticamente. La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz es simult?neamente la de la raz?n y la de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad, percibiendo su significado de entrega, acogida y comuni?n. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vac?o que se rellena arbitrariamente. ?ste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa f?cil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, as? como de un fide?smo que mutila su horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensi?n personal y al mismo tiempo p?blica de la fe en el Dios b?blico, que es a la vez ?Agap? y ?L?gos?: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.
4. Puesto que est? llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la verdad es ?l?gos? que crea ?di?-logos? y, por tanto, comunicaci?n y comuni?n. La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar m?s all? de las determinaciones culturales e hist?ricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas. La verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el l?gos del amor: ?ste es el anuncio y el testimonio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural actual, en el que est? difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesi?n a los valores del cristianismo no es s?lo un elemento ?til, sino indispensable para la construcci?n de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral. Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir f?cilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habr?a un verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es relegada a un ?mbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el di?logo entre saberes y operatividad.

5. La caridad es amor recibido y ofrecido. Es ?gracia? (ch?ris). Su origen es el amor que brota del Padre por el Hijo, en el Esp?ritu Santo. Es amor que desde el Hijo desciende sobre nosotros. Es amor creador, por el que nosotros somos; es amor redentor, por el cual somos recreados. Es el Amor revelado, puesto en pr?ctica por Cristo (cf. Jn 13,1) y ?derramado en nuestros corazones por el Esp?ritu Santo? (Rm 5,5). Los hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y para tejer redes de caridad.
La doctrina social de la Iglesia responde a esta din?mica de caridad recibida y ofrecida. Es ?caritas in veritate in re sociali?, anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la raz?n, en la distinci?n y la sinergia a la vez de los dos ?mbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una soluci?n adecuada de los graves problemas socioecon?micos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan a?n m?s que se estime y d? testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuaci?n social se deja a merced de intereses privados y de l?gicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto m?s en una sociedad en v?as de globalizaci?n, en momentos dif?ciles como los actuales.

6. ?Caritas in veritate? es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acci?n moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una sociedad en v?as de globalizaci?n: la justicia y el bien com?n.
Ante todo, la justicia. Ubi societas, ibi ius: toda sociedad elabora un sistema propio de justicia. La caridad va m?s all? de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo ?m?o? al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es ?suyo?, lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo ?dar? al otro de lo m?o sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los dem?s, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extra?a a la caridad, que no es una v?a alternativa o paralela a la caridad: la justicia es ?inseparable de la caridad?[1], intr?nseca a ella. La justicia es la primera v?a de la caridad o, como dijo Pablo VI, su ?medida m?nima?[2], parte integrante de ese amor ?con obras y seg?n la verdad? (1 Jn 3,18), al que nos exhorta el ap?stol Juan. Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los leg?timos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcci?n de la ?ciudad del hombre? seg?n el derecho y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la l?gica de la entrega y el perd?n[3]. La ?ciudad del hombre? no se promueve s?lo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y m?s a?n, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comuni?n. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios tambi?n en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salv?fico a todo compromiso por la justicia en el mundo.

7. Hay que tener tambi?n en gran consideraci?n el bien com?n. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por ?l. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien com?n. Es el bien de ese ?todos nosotros?, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social[4]. No es un bien que se busca por s? mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que s?lo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo m?s eficaz. Desear el bien com?n y esforzarse por ?l es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien com?n es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jur?dica, civil, pol?tica y culturalmente la vida social, que se configura as? como p?lis, como ciudad. Se ama al pr?jimo tanto m?s eficazmente, cuanto m?s se trabaja por un bien com?n que responda tambi?n a sus necesidades reales. Todo cristiano est? llamado a esta caridad, seg?n su vocaci?n y sus posibilidades de incidir en la p?lis. ?sta es la v?a institucional -tambi?n pol?tica, podr?amos decir- de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al pr?jimo fuera de las mediaciones institucionales de la p?lis. El compromiso por el bien com?n, cuando est? inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y pol?tico. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno. La acci?n del hombre sobre la tierra, cuando est? inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificaci?n de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en v?as de globalizaci?n, el bien com?n y el esfuerzo por ?l, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones[5], dando as? forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haci?ndola en cierta medida una anticipaci?n que prefigura la ciudad de Dios sin barreras.

8. Al publicar en 1967 la Enc?clica Populorum progressio, mi venerado predecesor Pablo VI ha iluminado el gran tema del desarrollo de los pueblos con el esplendor de la verdad y la luz suave de la caridad de Cristo. Ha afirmado que el anuncio de Cristo es el primero y principal factor de desarrollo[6] y nos ha dejado la consigna de caminar por la v?a del desarrollo con todo nuestro coraz?n y con toda nuestra inteligencia[7], es decir, con el ardor de la caridad y la sabidur?a de la verdad. La verdad originaria del amor de Dios, que se nos ha dado gratuitamente, es lo que abre nuestra vida al don y hace posible esperar en un ?desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres?[8], en el tr?nsito ?de condiciones menos humanas a condiciones m?s humanas?[9], que se obtiene venciendo las dificultades que inevitablemente se encuentran a lo largo del camino.

A m?s de cuarenta a?os de la publicaci?n de la Enc?clica, deseo rendir homenaje y honrar la memoria del gran Pont?fice Pablo VI, retomando sus ense?anzas sobre el desarrollo humano integral y siguiendo la ruta que han trazado, para actualizarlas en nuestros d?as. Este proceso de actualizaci?n comenz? con la Enc?clica Sollicitudo rei socialis, con la que el Siervo de Dios Juan Pablo II quiso conmemorar la publicaci?n de la Populorum progressio con ocasi?n de su vig?simo aniversario. Hasta entonces, una conmemoraci?n similar fue dedicada s?lo a la Rerum novarum. Pasados otros veinte a?os m?s, manifiesto mi convicci?n de que la Populorum progressio merece ser considerada como ?la Rerum novarum de la ?poca contempor?nea?, que ilumina el camino de la humanidad en v?as de unificaci?n.

9. El amor en la verdad -caritas in veritate- es un gran desaf?o para la Iglesia en un mundo en progresiva y expansiva globalizaci?n. El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacci?n ?tica de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. S?lo con la caridad, iluminada por la luz de la raz?n y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un car?cter m?s humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el aut?ntico desarrollo, no se asegura s?lo con el progreso t?cnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rm 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones rec?procas de libertad y de responsabilidad.

La Iglesia no tiene soluciones t?cnicas que ofrecer[10] y no pretende ?de ninguna manera mezclarse en la pol?tica de los Estados?[11]. No obstante, tiene una misi?n de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocaci?n. Sin verdad se cae en una visi?n empirista y esc?ptica de la vida, incapaz de elevarse sobre la praxis, porque no est? interesada en tomar en consideraci?n los valores -a veces ni siquiera el significado- con los cuales juzgarla y orientarla. La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la ?nica garant?a de libertad (cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral. Por eso la Iglesia la busca, la anuncia incansablemente y la reconoce all? donde se manifieste. Para la Iglesia, esta misi?n de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una dimensi?n singular de este anuncio: est? al servicio de la verdad que libera. Abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga, la doctrina social de la Iglesia la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo la encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos[12].

CAP?TULO PRIMERO: EL MENSAJE DE LA POPULORUM PROGRESSIO
10. A m?s de cuarenta a?os de su publicaci?n, la relectura de la Populorum progressio insta a permanecer fieles a su mensaje de caridad y de verdad, consider?ndolo en el ?mbito del magisterio espec?fico de Pablo VI y, m?s en general, dentro de la tradici?n de la doctrina social de la Iglesia. Se han de valorar despu?s los diversos t?rminos en que hoy, a diferencia de entonces, se plantea el problema del desarrollo. El punto de vista correcto, por tanto, es el de la Tradici?n de la fe apost?lica[13], patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual la Populorum progressio ser?a un documento sin ra?ces y las cuestiones sobre el desarrollo se reducir?an ?nicamente a datos sociol?gicos.

11. La publicaci?n de la Populorum progressio tuvo lugar poco despu?s de la conclusi?n del Concilio Ecum?nico Vaticano II. La misma Enc?clica se?ala en los primeros p?rrafos su ?ntima relaci?n con el Concilio.[14] Veinte a?os despu?s, Juan Pablo II subray? en la Sollicitudo rei socialis la fecunda relaci?n de aquella Enc?clica con el Concilio y, en particular, con la Constituci?n pastoral Gaudium et spes[15]. Tambi?n yo deseo recordar aqu? la importancia del Concilio Vaticano II para la Enc?clica de Pablo VI y para todo el Magisterio social de los Sumos Pont?fices que le han sucedido. El Concilio profundiz? en lo que pertenece desde siempre a la verdad de la fe, es decir, que la Iglesia, estando al servicio de Dios, est? al servicio del mundo en t?rminos de amor y verdad. Pablo VI part?a precisamente de esta visi?n para decirnos dos grandes verdades. La primera es que toda la Iglesia, en todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra y act?a en la caridad, tiende a promover el desarrollo integral del hombre. Tiene un papel p?blico que no se agota en sus actividades de asistencia o educaci?n, sino que manifiesta toda su propia capacidad de servicio a la promoci?n del hombre y la fraternidad universal cuando puede contar con un r?gimen de libertad. Dicha libertad se ve impedida en muchos casos por prohibiciones y persecuciones, o tambi?n limitada cuando se reduce la presencia p?blica de la Iglesia solamente a sus actividades caritativas. La segunda verdad es que el aut?ntico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones[16]. Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento. Encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse s?lo al incremento del tener; as?, la humanidad pierde la valent?a de estar disponible para los bienes m?s altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige. El hombre no se desarrolla ?nicamente con sus propias fuerzas, as? como no se le puede dar sin m?s el desarrollo desde fuera. A lo largo de la historia, se ha cre?do con frecuencia que la creaci?n de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera autom?tica. En realidad, las instituciones por s? solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocaci?n y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, adem?s, una visi?n trascendente de la persona, necesita a Dios: sin ?l, o se niega el desarrollo, o se le deja ?nicamente en manos del hombre, que cede a la presunci?n de la auto-salvaci?n y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo dem?s, s?lo el encuentro con Dios permite no ?ver siempre en el pr?jimo solamente al otro?[17], sino reconocer en ?l la imagen divina, llegando as? a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que ?es ocuparse del otro y preocuparse por el otro?[18].
12. La relaci?n entre la Populorum progressio y el Concilio Vaticano II no representa un fisura entre el Magisterio social de Pablo VI y el de los Pont?fices que lo precedieron, puesto que el Concilio profundiza dicho magisterio en la continuidad de la vida de la Iglesia[19]. En este sentido, algunas subdivisiones abstractas de la doctrina social de la Iglesia, que aplican a las ense?anzas sociales pontificias categor?as extra?as a ella, no contribuyen a clarificarla. No hay dos tipos de doctrina social, una preconciliar y otra postconciliar, diferentes entre s?, sino una ?nica ense?anza, coherente y al mismo tiempo siempre nueva[20]. Es justo se?alar las peculiaridades de una u otra Enc?clica, de la ense?anza de uno u otro Pont?fice, pero sin perder nunca de vista la coherencia de todo el corpus doctrinal en su conjunto[21]. Coherencia no significa un sistema cerrado, sino m?s bien la fidelidad din?mica a una luz recibida. La doctrina social de la Iglesia ilumina con una luz que no cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo[22]. Eso salvaguarda tanto el car?cter permanente como hist?rico de este ?patrimonio? doctrinal[23] que, con sus caracter?sticas espec?ficas, forma parte de la Tradici?n siempre viva de la Iglesia[24]. La doctrina social est? construida sobre el fundamento transmitido por los Ap?stoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado despu?s por los grandes Doctores cristianos. Esta doctrina se remite en definitiva al hombre nuevo, al ??ltimo Ad?n, Esp?ritu que da vida? (1 Co 15,45), y que es principio de la caridad que ?no pasa nunca? (1 Co 13,8). Ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos han dado la vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia y la paz. En ella se expresa la tarea prof?tica de los Sumos Pont?fices de guiar apost?licamente la Iglesia de Cristo y de discernir las nuevas exigencias de la evangelizaci?n. Por estas razones, la Populorum progressio, insertada en la gran corriente de la Tradici?n, puede hablarnos todav?a hoy a nosotros.
13. Adem?s de su ?ntima uni?n con toda la doctrina social de la Iglesia, la Populorum progressio enlaza estrechamente con el conjunto de todo el magisterio de Pablo VI y, en particular, con su magisterio social. Sus ense?anzas sociales fueron de gran relevancia: reafirm? la importancia imprescindible del Evangelio para la construcci?n de la sociedad seg?n libertad y justicia, en la perspectiva ideal e hist?rica de una civilizaci?n animada por el amor. Pablo VI entendi? claramente que la cuesti?n social se hab?a hecho mundial [25] y capt? la relaci?n rec?proca entre el impulso hacia la unificaci?n de la humanidad y el ideal cristiano de una ?nica familia de los pueblos, solidaria en la com?n hermandad. Indic? en el desarrollo, humana y cristianamente entendido, el coraz?n del mensaje social cristiano y propuso la caridad cristiana como principal fuerza al servicio del desarrollo. Movido por el deseo de hacer plenamente visible al hombre contempor?neo el amor de Cristo, Pablo VI afront? con firmeza cuestiones ?ticas importantes, sin ceder a las debilidades culturales de su tiempo.

14. Con la Carta apost?lica Octogesima adveniens, de 1971, Pablo VI trat? luego el tema del sentido de la pol?tica y el peligro que representaban las visiones ut?picas e ideol?gicas que compromet?an su cualidad ?tica y humana. Son argumentos estrechamente unidos con el desarrollo. Lamentablemente, las ideolog?as negativas surgen continuamente. Pablo VI ya puso en guardia sobre la ideolog?a tecnocr?tica[26], hoy particularmente arraigada, consciente del gran riesgo de confiar todo el proceso del desarrollo s?lo a la t?cnica, porque de este modo quedar?a sin orientaci?n. En s? misma considerada, la t?cnica es ambivalente. Si de un lado hay actualmente quien es propenso a confiar completamente a ella el proceso de desarrollo, de otro, se advierte el surgir de ideolog?as que niegan in toto la utilidad misma del desarrollo, consider?ndolo radicalmente antihumano y que s?lo comporta degradaci?n. As?, se acaba a veces por condenar, no s?lo el modo err?neo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino tambi?n los descubrimientos cient?ficos mismos que, por el contrario, son una oportunidad de crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un mundo sin desarrollo expresa desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto, es un grave error despreciar las capacidades humanas de controlar las desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el hombre tiende constitutivamente a ?ser m?s?. Considerar ideol?gicamente como absoluto el progreso t?cnico y so?ar con la utop?a de una humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son dos modos opuestos para eximir al progreso de su valoraci?n moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad.

15. Otros dos documentos de Pablo VI, aunque no tan estrechamente relacionados con la doctrina social -la Enc?clica Humanae vitae, del 25 de julio de 1968, y la Exhortaci?n apost?lica Evangelii nuntiandi, del 8 de diciembre de 1975- son muy importantes para delinear el sentido plenamente humano del desarrollo propuesto por la Iglesia. Por tanto, es oportuno leer tambi?n estos textos en relaci?n con la Populorum progressio.
La Enc?clica Humanae vitae subraya el sentido unitivo y procreador a la vez de la sexualidad, poniendo as? como fundamento de la sociedad la pareja de los esposos, hombre y mujer, que se acogen rec?procamente en la distinci?n y en la complementariedad; una pareja, pues, abierta a la vida[27]. No se trata de una moral meramente individual: la Humanae vitae se?ala los fuertes v?nculos entre ?tica de la vida y ?tica social, inaugurando una tem?tica del magisterio que ha ido tomando cuerpo poco a poco en varios documentos y, por ?ltimo, en la Enc?clica Evangelium vitae de Juan Pablo II[28]. La Iglesia propone con fuerza esta relaci?n entre ?tica de la vida y ?tica social, consciente de que ?no puede tener bases s?lidas, una sociedad que -mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz- se contradice radicalmente aceptando y tolerando las m?s variadas formas de menosprecio y violaci?n de la vida humana, sobre todo si es d?bil y marginada?[29].

La Exhortaci?n apost?lica Evangelii nuntiandi guarda una relaci?n muy estrecha con el desarrollo, en cuanto ?la evangelizaci?n -escribe Pablo VI- no ser?a completa si no tuviera en cuenta la interpelaci?n rec?proca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre?[30]. ?Entre evangelizaci?n y promoci?n humana (desarrollo, liberaci?n) existen efectivamente lazos muy fuertes?[31]: partiendo de esta convicci?n, Pablo VI aclar? la relaci?n entre el anuncio de Cristo y la promoci?n de la persona en la sociedad. El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelizaci?n, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre. Sobre estas importantes ense?anzas se funda el aspecto misionero [32] de la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelizaci?n[33]. Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella.

16. En la Populorum progressio, Pablo VI nos ha querido decir, ante todo, que el progreso, en su fuente y en su esencia, es una vocaci?n: ?En los designios de Dios, cada hombre est? llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocaci?n?[34]. Esto es precisamente lo que legitima la intervenci?n de la Iglesia en la problem?tica del desarrollo. Si ?ste afectase s?lo a los aspectos t?cnicos de la vida del hombre, y no al sentido de su caminar en la historia junto con sus otros hermanos, ni al descubrimiento de la meta de este camino, la Iglesia no tendr?a por qu? hablar de ?l. Pablo VI, como ya Le?n XIII en la Rerum novarum[35], era consciente de cumplir un deber propio de su ministerio al proyectar la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo[36].
Decir que el desarrollo es vocaci?n equivale a reconocer, por un lado, que ?ste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado ?ltimo por s? mismo. Con buenos motivos, la palabra ?vocaci?n? aparece de nuevo en otro pasaje de la Enc?clica, donde se afirma: ?No hay, pues, m?s que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocaci?n que da la idea verdadera de la vida humana?[37]. Esta visi?n del progreso es el coraz?n de la Populorum progressio y motiva todas las reflexiones de Pablo VI sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo. Es tambi?n la raz?n principal por lo que aquella Enc?clica todav?a es actual en nuestros d?as.

17. La vocaci?n es una llamada que requiere una respuesta libre y responsable. El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los ?mesianismos prometedores, pero forjados de ilusiones?[38] basan siempre sus propias propuestas en la negaci?n de la dimensi?n trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposici?n. Esta falsa seguridad se convierte en debilidad, porque comporta el sometimiento del hombre, reducido a un medio para el desarrollo, mientras que la humildad de quien acoge una vocaci?n se transforma en verdadera autonom?a, porque hace libre a la persona. Pablo VI no tiene duda de que hay obst?culos y condicionamientos que frenan el desarrollo, pero tiene tambi?n la certeza de que ?cada uno permanece siempre, sean los que sean los influjos que sobre ?l se ejercen, el art?fice principal de su ?xito o de su fracaso?[39]. Esta libertad se refiere al desarrollo que tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo, tambi?n a las situaciones de subdesarrollo, que no son fruto de la casualidad o de una necesidad hist?rica, sino que dependen de la responsabilidad humana. Por eso, ?los pueblos hambrientos interpelan hoy, con acento dram?tico, a los pueblos opulentos?[40]. Tambi?n esto es vocaci?n, en cuanto llamada de hombres libres a hombres libres para asumir una responsabilidad com?n. Pablo VI percib?a netamente la importancia de las estructuras econ?micas y de las instituciones, pero se daba cuenta con igual claridad de que la naturaleza de ?stas era ser instrumentos de la libertad humana. S?lo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; s?lo en un r?gimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada.

18. Adem?s de la libertad, el desarrollo humano integral como vocaci?n exige tambi?n que se respete la verdad. La vocaci?n al progreso impulsa a los hombres a ?hacer, conocer y tener m?s para ser m?s?[41]. Pero la cuesti?n es: ?qu? significa ?ser m?s?? A esta pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente el ?aut?ntico desarrollo?: ?debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre?[42]. En la concurrencia entre las diferentes visiones del hombre que, m?s a?n que en la sociedad de Pablo VI, se proponen tambi?n en la de hoy, la visi?n cristiana tiene la peculiaridad de afirmar y justificar el valor incondicional de la persona humana y el sentido de su crecimiento. La vocaci?n cristiana al desarrollo ayuda a buscar la promoci?n de todos los hombres y de todo el hombre. Pablo VI escribe: ?Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupaci?n de hombres, hasta la humanidad entera?[43]. La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoy?ndose en privilegios o posiciones de poder, ni tampoco en los m?ritos de los cristianos, que ciertamente se han dado y tambi?n hoy se dan, junto con sus naturales limitaciones[44], sino s?lo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocaci?n aut?ntica al desarrollo humano integral. El Evangelio es un elemento fundamental del desarrollo porque, en ?l, Cristo, ?en la misma revelaci?n del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre?[45]. Con las ense?anzas de su Se?or, la Iglesia escruta los signos de los tiempos, los interpreta y ofrece al mundo ?lo que ella posee como propio: una visi?n global del hombre y de la humanidad?[46]. Precisamente porque Dios pronuncia el ?s?? m?s grande al hombre[47], el hombre no puede dejar de abrirse a la vocaci?n divina para realizar el propio desarrollo. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo. ?ste es el mensaje central de la Populorum progressio, v?lido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser respuesta a una vocaci?n de Dios creador[48], requiere su autentificaci?n en ?un humanismo trascendental, que da [al hombre] su mayor plenitud; ?sta es la finalidad suprema del desarrollo personal?[49]. Por tanto, la vocaci?n cristiana a dicho desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; ?ste es el motivo por el que, ?cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el "bien", empieza a disiparse?[50].

19. Finalmente, la visi?n del desarrollo como vocaci?n comporta que su centro sea la caridad. En la Enc?clica Populorum progressio, Pablo VI se?al? que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invit? a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Despu?s, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo. Por eso, para alcanzar el desarrollo hacen falta ?pensadores de reflexi?n profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a s? mismo?[51]. Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene una causa m?s importante a?n que la falta de pensamiento: es ?la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos?[52]. Esta fraternidad, ?podr?n lograrla alguna vez los hombres por s? solos? La sociedad cada vez m?s globalizada nos hace m?s cercanos, pero no m?s hermanos. La raz?n, por s? sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia c?vica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. ?sta nace de una vocaci?n transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha ense?ado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna. Pablo VI, presentando los diversos niveles del proceso de desarrollo del hombre, puso en lo m?s alto, despu?s de haber mencionado la fe, ?la unidad de la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres?[53].
20. Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen siendo fundamentales para dar vida y orientaci?n a nuestro compromiso por el desarrollo de los pueblos. Adem?s, la Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de las reformas[54] y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los pueblos, se act?e con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta tambi?n por la caridad en la verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa: ?caritas Christi urget nos? (2 Co 5,14). Esta urgencia no se debe s?lo al estado de cosas, no se deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que est? en juego: la necesidad de alcanzar una aut?ntica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige tomarla en consideraci?n para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente con el ?coraz?n?, con el fin de hacer cambiar los procesos econ?micos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas.

CAP?TULO SEGUNDO: EL DESARROLLO HUMANO
EN NUESTRO TIEMPO

21. Pablo VI ten?a una visi?n articulada del desarrollo. Con el t?rmino ?desarrollo? quiso indicar ante todo el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades end?micas y el analfabetismo. Desde el punto de vista econ?mico, eso significaba su participaci?n activa y en condiciones de igualdad en el proceso econ?mico internacional; desde el punto de vista social, su evoluci?n hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formaci?n; desde el punto de vista pol?tico, la consolidaci?n de reg?menes democr?ticos capaces de asegurar libertad y paz. Despu?s de tantos a?os, al ver con preocupaci?n el desarrollo y la perspectiva de las crisis que se suceden en estos tiempos, nos preguntamos hasta qu? punto se han cumplido las expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las ?ltimas d?cadas. Por tanto, reconocemos que estaba fundada la preocupaci?n de la Iglesia por la capacidad del hombre meramente tecnol?gico para fijar objetivos realistas y poder gestionar constante y adecuadamente los instrumentos disponibles. La ganancia es ?til si, como medio, se orienta a un fin que le d? un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien com?n como fin ?ltimo, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza. El desarrollo econ?mico que Pablo VI deseaba era el que produjera un crecimiento real, extensible a todos y concretamente sostenible. Es verdad que el desarrollo ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado de la miseria a miles de millones de personas y que, ?ltimamente, ha dado a muchos pa?ses la posibilidad de participar efectivamente en la pol?tica internacional. Sin embargo, se ha de reconocer que el desarrollo econ?mico mismo ha estado, y lo est? a?n, aquejado por desviaciones y problemas dram?ticos, que la crisis actual ha puesto todav?a m?s de manifiesto. ?sta nos pone improrrogablemente ante decisiones que afectan cada vez m?s al destino mismo del hombre, el cual, por lo dem?s, no puede prescindir de su naturaleza. Las fuerzas t?cnicas que se mueven, las interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la econom?a real de una actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y despu?s no gestionados adecuadamente, o la explotaci?n sin reglas de los recursos de la tierra, nos induce hoy a reflexionar sobre las medidas necesarias para solucionar problemas que no s?lo son nuevos respecto a los afrontados por el Papa Pablo VI, sino tambi?n, y sobre todo, que tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la humanidad. Los aspectos de la crisis y sus soluciones, as? como la posibilidad de un futuro nuevo desarrollo, est?n cada vez m?s interrelacionados, se implican rec?procamente, requieren nuevos esfuerzos de comprensi?n unitaria y una nueva s?ntesis humanista. Nos preocupa justamente la complejidad y gravedad de la situaci?n econ?mica actual, pero hemos de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama la situaci?n de un mundo que necesita una profunda renovaci?n cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasi?n de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada m?s que resignada.
22. Hoy, el cuadro del desarrollo se despliega en m?ltiples ?mbitos. Los actores y las causas, tanto del subdesarrollo como del desarrollo, son m?ltiples, las culpas y los m?ritos son muchos y diferentes. Esto deber?a llevar a liberarse de las ideolog?as, que con frecuencia simplifican de manera artificiosa la realidad, y a examinar con objetividad la dimensi?n humana de los problemas. Como ya se?al? Juan Pablo II[55], la l?nea de demarcaci?n entre pa?ses ricos y pobres ahora no es tan neta como en tiempos de la Populorum progressio. La riqueza mundial crece en t?rminos absolutos, pero aumentan tambi?n las desigualdades. En los pa?ses ricos, nuevas categor?as sociales se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En las zonas m?s pobres, algunos grupos gozan de un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora. Se sigue produciendo ?el esc?ndalo de las disparidades hirientes?[56]. Lamentablemente, hay corrupci?n e ilegalidad tanto en el comportamiento de sujetos econ?micos y pol?ticos de los pa?ses ricos, nuevos y antiguos, como en los pa?ses pobres. La falta de respeto de los derechos humanos de los trabajadores es provocada a veces por grandes empresas multinacionales y tambi?n por grupos de producci?n local. Las ayudas internacionales se han desviado con frecuencia de su finalidad por irresponsabilidades tanto en los donantes como en los beneficiarios. Podemos encontrar la misma articulaci?n de responsabilidades tambi?n en el ?mbito de las causas inmateriales o culturales del desarrollo y el subdesarrollo. Hay formas excesivas de protecci?n de los conocimientos por parte de los pa?ses ricos, a trav?s de un empleo demasiado r?gido del derecho a la propiedad intelectual, especialmente en el campo sanitario. Al mismo tiempo, en algunos pa?ses pobres perduran modelos culturales y normas sociales de comportamiento que frenan el proceso de desarrollo.




Publicado por mario.web @ 23:45
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