Viernes, 13 de mayo de 2011

Si Dios es infinitamente bueno, ?c?mo puede poner un castigo tan tremendo, un castigo eterno, a todas luces desproporcionado para el pecado, que, al fin y al cabo, es una acci?n pasajera?
Autor: P. Juan L. Pedraz S.I. | Fuente: ?De veras el cristianismo no convence?
Para finalizar el recorrido de estos conceptos inmaduros o equivocados m?s fundamentales, voy a referirme ahora a esa tremenda realidad sostenida por la Iglesia y que m?s quiz?s que ninguna otra ha contribuido a que se tenga al Cristianismo por una religi?n b?rbara y cruel: El Infierno.


Y no voy a disimular en nada la fuerza de las dificultades que se esgrimen contra esta creencia.
Es una dificultad que la puede formular un ni?o, sin raciocinios complicados, sencilla, pero brutal y devastadora y con un impacto emocional tremendo.


Si Dios es infinitamente bueno, ?c?mo puede poner un castigo tan tremendo, un castigo eterno, a todas luces desproporcionado para el pecado, que, al fin y al cabo, es una acci?n pasajera? Aunque sea verdad que el castigo de la falta no se mide por su duraci?n, sino por su gravedad, nunca dejar? de ser verdad que una falta humana o muchas faltas humanas no pueden ser tan intensamente malas que merezcan un castigo eterno.
Un castigo as? har?a de Dios un ser rencoroso, vengativo, s?dico, peor que cualquiera de sus criaturas, que necesita complacerse eternamente en el sufrimiento de los que le han ofendido para satisfacer su rencor.


No se sacia por un per?odo por largo que sea, no, tiene que ser siempre.


Y, por otra parte, si Dios ve que una persona se va a condenar, ?por qu? la crea? Un padre humano, por malo que fuera, no lo har?a.
Y para mayor cinismo esa misma Iglesia quiere presentarnos a Dios como un Padre, quiere que le llamemos Padre y le queramos como Padre.
?Qu? nombre reserva entonces para los verdugos? ?C?mo, pues, creer en una religi?n que adora a un Dios as? y c?mo esta religi?n puede ser buena y, por consiguiente, ser verdadera? Estas y parecidas consideraciones son las que hacen a muchas personas imposible la creencia en el infierno y consecuentemente la creencia en el Cristianismo y en la Iglesia que tiene esta creencia como un dogma de fe.
Con frecuencia se encuentra uno con personas, que se profesan cat?licas, y que, sin embargo, tambi?n afirman que no creen ni pueden creer en el infierno.


C?mo pueden decir que son cat?licos y no creer en el infierno, s?lo se puede entender porque no han entendido lo que es la fe: conciben el Cristianismo como una especie de partido pol?tico con un programa; para ellos tener la fe cat?lica es aceptar una especie de programa o lista de verdades cat?licas, y el hecho de que uno no est? de acuerdo en uno u otro punto de ese programa, si est? de acuerdo en todos los dem?s, no le excluye de ser cat?lico.
No caen en la cuenta que la fe es ante todo y sobre todo creer en una persona, creer en Cristo, fiarme totalmente de El, y si no acepto o pongo en duda una sola de sus afirmaciones, ya no puedo seguir creyendo en El, como Dios, que ni puede enga?arse, ni puede enga?arnos.
En el fondo, pues, no tienen la fe cristiana, no creen por la autoridad de Cristo; creen lo que a ellos les parece aceptable el creer.

Un eco de esta misma actitud se da hoy d?a en no pocos sacerdotes y predicadores del Evangelio, que no se atreven a negar abiertamente esta realidad, aunque est? demasiado claramente y demasiadas veces proclamada en el Evangelio; m?s a?n, la vida de Cristo como salvador no tendr?a sentido, porque entonces, ?de qu? nos salv?? Pero silencian esta realidad en sus conversaciones y predicaciones, y preguntados esquivan responder comprometi?ndose.

Se sienten acomplejados e inseguros, quisieran borrar de las creencias fundamentales de la Iglesia esta realidad de la condenaci?n eterna y la ocultan como se oculta una bastard?a.
En el fondo, es porque muchas veces ellos tambi?n m?s o menos tienen una serie de ideas inmaduras y equivocadas de lo que es el infierno.
Por otra parte, hay que admitir tambi?n que la palabra "infierno" est? bastante desprestigiada.

No se puede negar que en ?pocas pasadas, con una mentalidad m?s b?rbara y cruel, esta doctrina del infierno ha sido presentada de una manera terriblemente s?dica: calderas de aceite hirviendo, tenazas, lenguas de fuego, etc.
, y toda la dem?s utiler?a de una pel?cula de horror.
Entre muchos predicadores se establec?a un campeonato para ver qui?n se ganaba el oscar de la tremendez.
Pretendieron hacerlo tan terrible que lo hicieron rid?culo.
Tomaron al pie de la letra la imaginer?a que us? Cristo al hablar sobre el infierno, de gusanos que roen, de rechinar de dientes y la gehenna del fuego, etc, etc., y la exageraron.

Por otra parte, esto fue comprensible.
Porque ?ste es tambi?n otro de esos puntos de los que habl?bamos al referirnos a las creencias de la Iglesia que han sufrido una transformaci?n.
Aqu? tambi?n ha tenido lugar lo que dec?amos al hablar de la inspiraci?n, de la diferencia entre mensaje y el veh?culo de ese mensaje.
Cristo, al hablar de esta realidad, us? el lenguaje apocal?ptico de su tiempo, las im?genes que se usaban para hablar de estas realidades ultraterrenas.

Era un lenguaje convencional, que no hay que tomarlo al pie de la letra.
La Biblia est? tambi?n llena de im?genes exageradas para representar cualidades abstractas: "tierra que mana leche y miel", por fertilidad, ?el cordero habitar? con el le?n?, por la paz, etc, etc.

Era su manera de enfatizar ciertas cosas.
En la tumba de un rabino posterior a Cristo se encontr? esta inscripci?n: "El d?a que muri?, las estrellas del cielo cayeron, los cimientos de la tierra se conmovieron y hasta el sol y la luna dejaron de dar luz?.
Supongo que nadie tomar?a esto al pie de la letra.
La palabra "fuego", "gusano", etc, son "expresiones metaf?ricas para algo radicalmente no de este mundo.
De aqu? que nunca se pueden describir en t?rminos propios... s?lo pueden expresarse en im?genes", dice ?Rahner-K en la palabra infierno en el Diccionario de Teolog?a citado.
M?s adelante diremos cu?l es la realidad de estas expresiones.
No voy a probar aqu? que existe el infierno eterno.
Lo ?nico que pretendo es corregir este concepto en lo que tiene de falso o inmaduro y hacer ver que este dogma est? expresando una posibilidad real para el hombre.
Una posibilidad metahist?rica que no le va a ser impuesta desde afuera, sino que se va a producir en virtud de la dial?ctica de la libertad.

Dicho de otra manera: que, puesta la libertad del hombre, se puede producir mediante el juego de esta misma libertad esa situaci?n existencial a la que llamamos infierno. Por consiguiente, que es el hombre, no Dios, el hacedor de su infierno, el hacedor de la intensidad de su infierno y el hacedor de su eternidad.

Y la revelaci?n de la existencia del infierno en definitiva se limita a decir que Dios va a respetar esa situaci?n creada por la libertad del hombre y no va a intervenir en contra de esa libertad para cambiarla, y va a concurrir en la creaci?n de esta situaci?n como concurre con todas las acciones del individuo, aun cuando esta acci?n sea la de suicidarse.

Como se puede ver, todo esto est? de acuerdo con lo que hemos dicho de Dios como fundamento del ser, que respeta el ser de las cosas, lo garantiza y no lo impide.
Voy a tratar de hacer ver c?mo esta situaci?n existencial a la que llamamos infierno puede producirse.

No trato de afirmar que es exactamente como lo digo; en este problema estamos movi?ndonos en planos existenciales de los que no tenemos ninguna experiencia.
Todo lo que diga s?lo puede tener un valor de analog?a, y aun ?ste bastante limitado, pero basta hacer ver que son posibles estas situaciones para hacer cambiar nuestro juicio sobre esta realidad.

-El condenado hace su infierno INFIERNO/CASTIGO CONDENACI?N:

La primera inexactitud est? en decir en que el infierno es castigo del pecado.
El infierno no es un castigo del pecado; el infierno es el pecado, o si queremos, el eco del pecado en nosotros mismos: Como el quemarse, al meter la mano en una llama, no es un castigo de meter la mano, es una consecuencia; es como el eco de esa llama en nosotros. S?lo en ese sentido se puede llamar castigo.

Esta primera inexactitud arranca de otra inexactitud: la de creer que el infierno es algo distinto del pecado, porque el castigo siempre es distinto y posterior al delito.
P/CASTIGO:P/QU?-ES: Pero el infierno no es algo distinto del pecado, el infierno es el mismo pecado; porque el infierno no es un sitio o un lugar de tormento, sino ante todo y sobre todo es un estado, una situaci?n existencial.

Por eso, quiz?s, ser?a mejor llamarlo estado de condenaci?n eterna.
Esta inexactitud nace de la idea puramente moralista que la mayor parte de la gente tiene del pecado.
Para ellos, y desgraciadamente es la ?nica definici?n que aprendieron, pecado es el quebrantar la ley de Dios en materia grave.
Es, pues, una infracci?n del orden establecido por Dios.
Y, naturalmente, Dios es el guardi?n de este orden; al morir el hombre le impone un castigo por ese delito.

Por as? decir, existe un c?digo de leyes a cuya infracci?n Dios, como supremo legislador, se?al? un cat?logo correlativo de castigos: a la infracci?n grave, le impuso un castigo eterno, el infierno. Pero el pecado, aunque es tambi?n eso, no es eso fundamentalmente.
Este es el aspecto moralista del pecado; existe tambi?n el teol?gico, que es su aspecto principal y fundamental.

El pecado es ante todo y sobre todo la ruptura de un amor; es el rechazo consciente y libre que el hombre hace del amor que Dios le ofrece. El hombre reh?sa a Dios conscientemente su amor personal y se reh?sa a ser amado por El.
En todo amor existen siempre acciones, que son incompatibles con ese amor, lo rompen y lo desgarran. El amor conyugal queda roto, cuando uno de los dos c?nyuges se va con otra persona.

Si el marido, por ejemplo, prefiere a otra mujer, la esposa no puede aceptar eso, se siente injustamente herida y ofendida en lo m?s profundo de su ser: en el amor.
Ahora bien, tambi?n existen acciones que son incompatibles con el amor que Dios ofrece al hombre y que el hombre ha aceptado libremente, acciones que Dios no puede aceptar, porque van contra el orden esencial del universo que tiene su fundamento en El o contra leyes que El directa o indirectamente ha dado.
Y el hombre, al romper ese orden, est? rompiendo tambi?n el amor.

A ciencia y conciencia est? poniendo una acci?n que sabe que es incompatible con ese amor.
Y no basta decir, como muchas veces hace la gente para disculparse y tranquilizarse, que ellos no lo hacen por ofender a Dios, que a pesar de todo ellos quieren a Dios y Dios, por consiguiente, no puede darse por ofendido.
Naturalmente, nadie que est? en sus cabales y que crea en Dios, hace cosas por ofenderle. Pero le ofende.

Tampoco el hombre que se va con otra mujer lo hace precisamente para ofender a su mujer, pero la ofende.
En eso est? precisamente la ofensa: en que prefiere a otra mujer, a su propia esposa; en que sabiendo que esa acci?n es incompatible con el amor y el matrimonio y que su mujer no puede aceptarla, sin embargo, lo hace.

Todo pecado es una opci?n entre Dios y el gusto, el placer que me proporcionan otras cosas; y el hombre, consciente y libremente sabiendo que no puede tener las dos cosas a la vez, opta contra Dios; prefiere renunciar a Dios a renunciar a las cosas, al gusto y satisfacci?n que le proporciona.
El hombre se deifica a s? mismo y creaturiza a Dios.

Se coloca a s? mismo en el centro del ser y del querer del universo y hace de su propio yo el valor supremo y todo lo dem?s lo subordina a s? mismo, incluso Dios.
El pecado es, pues, el rechazo a Dios, la rebeld?a contra El.
No se le acepta vitalmente, existencialmente como Dios, aunque se le acepte te?ricamente. En este sentido vital existencial le rechaza.

Ahora bien, el infierno no es m?s que este rechazo de Dios sentido y realizado por el pecador; es este rechazo rebot?ndole al condenado en su propio ser; es el eco de este rechazo resonando dentro de ?l.
Pero el que da el grito es tambi?n el que hace el eco y la intensidad del eco es proporcional a la intensidad del grito. Pero es el condenado el que da el grito.
Dios en ning?n momento ha rechazado al pecador; ha sido ?ste el que ha rechazado a Dios.

Es ?ste, pues, el que crea su infierno.
Situaciones existenciales parecidas las tenemos en la vida.
Un muchacho locamente enamorado de una muchacha, por no querer someterse a una exigencia justa de la muchacha, se aleja de ella, la rechaza.
Y aquel muchacho no come, no duerme, camina como un son?mbulo por la vida, nada le interesa ni le importa.

No quiere estar con ella y no puede estar sin ella. La vida se le ha convertido en un infierno. Pero ?qui?n est? haciendo este infierno?, ?qui?n est? convirtiendo su vida en un infierno? No es la muchacha; ella est? dispuesta a aceptarle en cuanto ?l se acerque a ella, en cuanto acepte esa exigencia justa por parte de ella.
Su infierno no es m?s que el eco de su rechazo rebot?ndole en el ser; es este rechazo de la muchacha sentido.

Ahora bien, mientras el hombre est? en este mundo no siente el eco de este rechazo.
Todas las cosas de ?l hacen demasiado ruido para que lo sienta. Estas cosas le dan felicidad, est? anestesiado.
El enfermo al que le han amputado un brazo no siente el dolor mientras est? bajo el efecto de la anestesia, pero el dolor est? ah?.

Al pecador le han amputado, o ?l mismo ha amputado a Dios de su ser, pero la felicidad que le proporcionan los seres de este mundo le tienen anestesiado y no siente el dolor de la falta de este ser.

Pero cuando cay? el tel?n de la muerte y desapareci? todo aquello que le daba felicidad y que le compensaba de la p?rdida de Dios, desaparecieron los seres y s?lo queda el Ser, Dios. Pero ?l rechaza ese Ser, pero al mismo tiempo le necesita para ser feliz. Ha rechazado a Dios, porque se prefiri? a s? mismo.
Entre Dios y ?l opt? por s? mismo y ahora se tiene s?lo a s? mismo. Depende nada m?s que de s? mismo para ser feliz, pero sigue necesitando de otros seres para ser feliz.

El amor da felicidad, pero se necesita a alguien a quien amar; la vista da felicidad, pero la vista depende de los colores, las figuras, para dar felicidad; como el o?do de los sonidos, etc, etc. Pero ahora est? solo, tr?gicamente solo consigo mismo a quien prefiri?.

Con un hueco en el ser que quiere llenar, que necesita llenar, pero no puede. Dios est? presente en ?l como hueco; como el agua est? presente en el sediento que siente dentro de s? mismo el hueco que la ausencia de ese agua ha hecho en su ser f?sico. El condenado es un mu??n de ser.

El infierno no es, pues, algo que se produce, que se crea, es algo que resulta; no es un castigo del pecado, es este mismo pecado sentido. Al morir desapareci? el efecto del narc?tico y ese rechazo a Dios en que consiste el pecado, lo empez? a sentir. Lo que se produce, y esto lo produce s?lo el pecador, es el rechazo a Dios, lo que resulta es el infierno. El infierno no es, pues, un castigo del pecado, es el mismo pecado.
Ahora bien, esta situaci?n existencial no ha sido inducida por Dios: ha sido inducida por la libertad del hombre.

Es el hombre el que no ha querido aceptar el orden esencial de los seres y ha hecho de esta actitud una actitud vital. Dios sigue ofreciendo su perd?n al pecador cada instante de su existencia; basta un segundo, no importa lo que haya hecho, para que Dios le acepte de nuevo en su amor. Pero el hombre no quiere, no le interesa o no le importa. Se mantiene en esa actitud de rechazo, de rebeld?a; ha hecho de esa actitud un modo permanente de ser.

-Pecado-acto y pecado-actitud:P/ACTO:P/

ACTITUD: Y aqu? es importante una aclaraci?n: No es propiamente el pecado-acto el que condena, es el pecado-actitud.
Es la actitud de pecado en el hombre que no quiere rectificar, que se mantiene en su opci?n contra Dios; que sigue deific?ndose a s? mismo y creaturizando a Dios.
Es la adhesi?n obstinada, sostenida, terca al pecado.

No es, pues, lo que a veces se le?a en algunos libros asc?ticos y lo que a veces algunos predicadores tronaban desde el p?lpito y yo lo o? muchas veces cuando era ni?o: Basta un solo pecado, cometido en un instante, despu?s de una vida de santidad, para que un hombre se condene. Muy efectista, pero falso.

Porque un pecado as?, ser?a un acto aislado, un acto de debilidad, no la expresi?n de una actitud, sino la ca?da contra una actitud; y Dios, nos lo repite El mismo ciento de veces, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta.

Dios le sigue ofreciendo su perd?n, y si ese pecado no es una actitud de pecado, el pecador se convertir?, porque Dios le dar? la oportunidad de convertirse.
Y si no quisiera hacerlo, entonces ya no es un pecado-acto, sino un pecado-actitud y un hombre que, como se dice, toda su vida ha amado a Dios, no puede tener esta actitud.

Es, por lo tanto, est?pido el decir que por un solo pecado el hombre se condena; es el pecado que no se quiere rectificar el que condena. No es, pues, la condenaci?n el resultado de un pecado-acto, ni siquiera el de muchos pecados-acto; es m?s bien la consecuencia de una actitud que se mantuvo durante la vida hasta el momento ?ltimo de la existencia y que la muerte hizo definitiva porque la hace irreversible, como veremos en seguida.

Una actitud deliberada consciente y libre de rechazo a Dios, de rebeld?a contra Dios; no esos pecados de debilidad que el hombre comete, pero contra los que se esfuerza y lucha y de los que se arrepiente. Es la orientaci?n fundamental de la vida contra Dios, alejada de Dios, o sin que Dios cuente en ella para nada.

No es necesario tampoco que sea un acto directo de rebeld?a, de rechazo de Dios; son muy pocos los que act?an de esa manera. Ni tampoco se necesita que esa actitud sea plenamente consciente, cuando no lo es porque nosotros libremente estamos impidiendo que lo sea.

Hay personas que est?n en esta situaci?n de rechazo de Dios permanente como actitud vital, que viven en pecado y se sienten relativamente tranquilos, porque han levantado una muralla de racionalizaciones y defensas tras las cuales se parapetan y sencillamente asfixian en su nacimiento todos los pensamientos en contra, ahogan todos los remordimientos y evitan todo aquello que les pudiera hacer reflexionar.
Naturalmente, se sienten tranquilos porque no dejan que nada les inquiete.

No son plenamente conscientes, cierto, pero es porque no quieren.
No sabemos en realidad de qu? es capaz cada hombre.
Por eso no se puede decir de nadie con certeza que tenga en grado suficiente esta actitud de rechazo a Dios, que es la que condena.
No sabemos hasta d?nde sus pecados se deben a una ignorancia invencible en su situaci?n existencial concreta o a un siquismo m?s o menos averiado en sus resortes fundamentales.

En realidad estos hombres, y son legi?n, son religiosa y humanamente unos ni?os, incapaces, por consiguiente, de adoptar una actitud lo suficientemente libre y consciente, como para constituir su rechazo de Dios una actitud suficiente para incurrir en esta condenaci?n.

Y Dios, que quiere la salvaci?n de todos los hombres, tiene mil maneras rec?nditas de salir al encuentro y que le acepten en el grado que les es humanamente posible.
Nadie puede juzgar, pues, qui?nes son los que se condenan ni el n?mero de los que se condenan. A cada uno su propia conciencia le dictar?, si est? haciendo lo que buenamente puede o no.

Pero de nuevo, para esto se requiere sinceridad; no basta que uno dicte lo que puede hacer y lo que no puede, sin intentarlo y seguir intent?ndolo.
Quiz?s muchos lo ?nico que pueden hacer es seguir intentando, tratar de no aceptar su situaci6n actual.

En conclusi?n, la condenaci?n no es propiamente un castigo del pecado-actitud, sino una consecuencia; y la naturaleza de la consecuencia es la de seguirse necesariamente de las premisas.
Quien pone las premisas, pone las consecuencias. Es, pues, una situaci?n existencial creada por la decisi?n libre del pecador y que Dios respeta.

-El condenado hace la intensidad de su infierno Y podemos a?adir, y esto no es m?s que un aspecto de lo anterior, que el condenado hace tambi?n la intensidad de su infierno. Sufre lo que quiere sufrir y no sufre m?s de lo que quiere sufrir.

Es de nuevo la dial?ctica de la actitud: un ser no s?lo obra conforme a su ser, sino tambi?n conforme a la intensidad de su ser.

Cuanto m?s amargado est? un ser, m?s intensa es la amargura de sus pensamientos y sus reacciones y sentimientos son m?s amargos. Por otra parte, la actitud es tambi?n una caja de resonancia: los sucesos resuenan en el hombre seg?n la caja de resonancia que tenga para ellos. Cuanto m?s amargado est?, m?s le amargar?n los sucesos desagradables que le ocurran. Lo mismo podr?amos decir de cualquier actitud: cuanto m?s enamorado est? un muchacho de una muchacha, mayor ser? la felicidad que le produzca su presencia.


Entre actitud y reacci?n se produce un equilibrio continuo y estable.
Por lo tanto, cuanto m?s intensa es la actitud de rechazo a Dios que tiene el condenado, m?s intenso ser? en el impacto de este rechazo: a mayor golpe, mayor dolor.
Hay diversos grados de sufrimiento en el condenado, aunque el sufrimiento es proporcional a la exigencia y capacidad de cada uno.

Con ellos sucede lo que sucede con los bienaventurados, aunque con signo contrario: todos gozan conforme a la capacidad que tienen de gozar y por eso unos gozan m?s que otros, aunque todos gozan lo m?s que pueden gozar.
Es conocida la comparaci?n: copas de diversas capacidades llenas de vino; cada una contiene todo lo que puede contener, sin embargo unas tienen m?s vino que otras.
El condenado, pues, produce tambi?n la intensidad de sufrimiento que su actitud exige y que, por consiguiente, ?l quiere.

-El condenado hace el infierno eterno Sin duda esta eternidad del infierno es el elemento m?s perturbador de todas sus caracter?sticas.
Sin embargo, tambi?n aqu? digo que es el condenado el que hace al infierno eterno, porque ha creado un proceso que de por s? es irreversible.
Para comprender de alguna manera la irreversibilidad de este proceso tenemos que tener en cuenta dos factores: la naturaleza de la actitud y la naturaleza de la eternidad.

Y primero, la naturaleza de la actitud: toda actitud: si no existen factores externos que la puedan modificar, tiende a perpetuarse indefinidamente.
La actitud es una manera de estar s?quico que se hace permanente.
Una cosa es "estar" amargado y otra "ser" un amargado.
Lo primero puede ser una cosa pasajera producida por un suceso desagradable que acaba por pasar.

Pero, cuando un modo de estar s?quico se hace permanente, se convierte en una actitud, en un modo de ser.
El hombre es de esta manera: es un amargado, un rebelde, un irresponsable, etc.
Ahora bien, un ser obra conforme a su manera de ser y por eso dec?amos que un ser amargado piensa amargado y siente amargado.
Pero ese mismo pensar y sentir amargado le mantiene en su actitud amargada; se produce una interacci?n mutua entre pensar y sentir, una incesante recirculaci?n interna.

Piensa amargo porque est? amargado, y est? amargado porque piensa amargo.
Una especie de "feed-back" que dicen en ingl?s; produce la energ?a que consume.
Al mismo tiempo los sucesos desagradables y dolorosos que le suceden le sirven de nuevo combustible y aun los otros los interpreta siempre por el lado desfavorable.
La ?nica forma de romper ese c?rculo vicioso, ser?a que le sucediera una racha tal de sucesos agradables que fueran rompiendo ese c?rculo de hierro, y esto requerir?a tiempo.
Ahora bien, el pecador que hemos descrito, es un hombre que tiene una actitud de rebeld?a contra Dios, de rechazo de Dios y afirmaci?n de s? mismo.
Y es una actitud que se ha ido consolidando en ?l, convirti?ndosele en una segunda naturaleza y manera perenne de ser.
Mientras viva, ciertos sucesos, ciertas llamadas de Dios, el vac?o de su vida, los ejemplos y palabras de otros pueden cambiar su actitud.

Pero cuando sobreviene la muerte, todo lo exterior desaparece; al pecador no le sucede nada, queda encerrado en s? mismo, aislado en esa recirculaci?n incesante entre ser y reaccionar, y reaccionar y ser.
Y la misma infelicidad que siente, le amarga m?s, le rebela m?s, le mantiene en su rechazo a Dios.

A nosotros quiz?s esto nos parece incomprensible; pero es que estamos juzg?ndolo desde una actitud diferente; tambi?n es incomprensible la actitud del suicida, una actitud tal que busca la autodestrucci?n del ser, prevaleciendo sobre el instinto m?s profundo de ese mismo ser.
Tambi?n al muchacho enamorado que rechaza a la novia, la vida se le hace intolerable y, sin embargo, prefiere persistir en su actitud antes que bajar la cabeza y acercarse a ella en busca de perd?n.

?Y cu?ntas veces muchas personas, con tal de vengarse, de mantenerse en una posici?n, prefieren la autodestrucci?n y la muerte! Es decir, puesta una actitud, el reaccionar de una manera propia y caracter?stica, es lo l?gico y lo sicol?gico: es lo que le satisface, lo que le gusta, porque fluye necesariamente de esa actitud.
Para el hombre totalmente desesperado, el pensar en suicidarse, y suicidarse es lo ?nico que de alg?n modo le consuela; a un amargado el pensar amargamente, aunque le hace sufrir, le da satisfacci?n.

Es, por as? decir, su felicidad, o si preferimos es como menos sufre y por eso lo quiere.

En cambio, el pensar en vivir a un hombre desesperado le resulta intolerable; lo mismo al amargado, al rebelde, al vengativo, etc, pensar en contra de su actitud le resulta intolerable.
El condenado como el suicida, como el amargado, goza destruy?ndose: es la m?xima felicidad compatible con su situaci?n real.

Por eso, expres?ndolo con una paradoja, el infierno es el cielo de los condenados, es su felicidad.
Eso es lo que ?l quiere, lo exije.
Dios no le da m?s que lo que ?l quiere o exige: le da su cielo.
Esto es lo que hace irreversible esa situaci6n del condenado y, por consiguiente, eterna: la dial?ctica de la actitud que ya s?lo puede dialogar consigo misma, porque ya no hay otros elementos exteriores con los que pueda dialogar y pudieran modificarla.
Por eso es el condenado el que hace tambi?n la eternidad de su condenaci?n, porque la hace irreversible.
Si el condenado quisiera arrepentirse, y esto es un pensamiento de Santo Tom?s, Dios le perdonar?a.
Pero es esa actitud de amor-odio de s? mismo la que le mantiene permanentemente en esa actitud.

Al condenado, como dijimos, ya no le sucede nada porque en la eternidad ya no sucede nada: s?lo se sucede uno a s? mismo.
No hay tiempo porque no hay cambio.
La eternidad no es un tiempo limitado, la eternidad es estar fuera del tiempo, por lo tanto, fuera del cambio.
Naturalmente, que si Dios quisiera pod?a hacer cambiar el ser y la actitud del condenado, pero precisamente en eso consiste la revelaci?n de la existencia del infierno: que Dios nos dice que no va a intervenir, que va a respetar la decisi?n libre del hombre, que no le va a imponer su amor, sino que quiere que ?l lo acepte libremente como se le debe a su condici?n de ser libre.

-Un concepto m?s maduro de eternidad Todo lo anterior se hace todav?a m?s comprensible si, como dec?amos, nos fijamos que el condenado est? viviendo en la eternidad.
Este concepto de ia eternidad es sin duda el elemento m?s perturbador en nuestra idea del infierno y el que la hace m?s terrible, y por lo tanto el m?s dif?cil de digerir.
Pero sin quitarle la importancia que realmente tiene, mucha de su indigestibilidad se debe a la manera inmadura que tenemos de concebir la eternidad.
Por de pronto, acostumbramos imaginarnos el infierno como un sufrir interminable compuesto de una serie de instantes sucesivos, de a?os y siglos que nunca terminar?n.

Y el condenado va recorriendo esa ruta interminable sin llegar nunca al t?rmino, arrastrando siempre consigo el bagaje siempre creciente de todo el dolor acumulado en el pasado y mirando hacia adelante a un porvenir de dolor que nunca tendr? fin; y a reforzar esta impresi?n vienen todas esas comparaciones repetidas con m?s o menos variantes por muchos predicadores, de la hormiga que da una vuelta a una bola de acero del di?metro de la tierra cada mil a?os, hasta que con el roce de las patas la parte por el medio.

Y otro predicador que quiere impresionar m?s, hace a esa bola del di?metro del universo y a la hormiga la hace dar una vuelta cada mill?n de siglos.
Naturalmente que concebida as? la eternidad se nos hace m?s dif?cil comprender, a pesar de lo que hemos dicho sobre la actitud, que el condenado persista en ella, no escarmiente y acabe por rendirse aceptando el amor que Dios le ofrece.
Pero sencillamente lo que estamos haciendo es revestir al condenado, que es un ser que est? en la eternidad, es decir, fuera del tiempo, de nuestra mentalidad de seres en el tiempo; aun trat?ndose de seres en el tiempo ser?a falsa esta transposici?n.
Una mosca, una hormiga, un perro no tienen la misma sensaci?n del paso del tiempo que tenemos nosotros.
Pero tenemos que pensar que la sensaci?n del condenado del paso del tiempo tiene que ser distinta, sencillamente porque no puede tener tal sensaci?n, ya que en la eternidad no hay tiempo.

La eternidad es una manera de existir fuera del tiempo.
Como el pensamiento tiene una manera de existir fuera del espacio.
No tiene sentido decir de un pensamiento cu?nto espacio ocupa, si es ancho, redondo, qu? volumen desplaza, etc. Existe fuera del espacio.

A seres sometidos en todas sus dimensiones a la coordenada del espacio, como son los animales que no tienen pensamiento abstracto, le ser?a imposible concebir la existencia de un ser que no existiese en el espacio, que no tuviese dimensiones.
En nosotros hay una dimensi?n que existe fuera del espacio como es el pensamiento, pero no hay nada que exista fuera del tiempo, porque hasta el pensamiento dura.

Por eso, para nosotros nos es imposible pensar sin esta categor?a del tiempo e imaginar el modo de existencia de un ser fuera del tiempo.
Pero, por lo menos, tenemos que pensar, aunque no podamos imaginar, que el condenado no tiene sensaci?n del tiempo que pasa.
No tiene un pasado y un futuro como lo tenemos nosotros.
Tenemos la analog?a del pensamiento fuera del espacio.

Para vislumbrar de alguna manera lo que esto pueda ser, podemos separar la idea abstracta del tri?ngulo del pensamiento que la piensa.
Esta idea abstracta separada del pensamiento que la piensa no dura, solamente es.
Uno puede pensar en el tri?ngulo m?s o menos tiempo, pero es nuestro pensamiento el que dura pens?ndolo.
La idea no dura; est? fuera del tiempo.

Pero, si esa idea se pensara a s? misma, no se pensar?a en t?rminos de antes o despu?s, en t?rminos de tiempo, sino s?lo en t?rminos de ser.
S?lo tiene la conciencia de su identidad, de que es un tri?ngulo.
Y esto es m?s o menos lo que tiene el condenado: la conciencia de su identidad, de la perseverancia en su ser.
Pero esto no quiere decir que el condenado no tenga actividad; el condenado piensa, odia, etc.

Dios tambi?n tiene actividad, es la actividad suma y, sin embargo, para Dios no hay antes y despu?s, s?lo existe ahora.
De una manera proporcional para el condenado no hay actos antes y despu?s: el condenado sencillamente tiene conciencia de sus actos, pero los percibe en cuanto actos, no precisamente en cuanto anteriores y posteriores, porque eso ser?a hacerle vivir en el tiempo.
Es, pues, conforme a estas l?neas de pensamiento -no digo que todo suceda precisamente como lo he descrito- como debemos concebir la existencia del condenado.

No hay que pensar, pues, que el condenado arrastra su existencia minuto a minuto a lo largo de una duraci?n sin fin con un sufrimiento que se acumula del pasado y que se ve interminable para el futuro, porque eso ser?a pensar en categor?as temporales.
Para uno que lo vea desde afuera con categor?as temporales le parecer?an una serie de instantes sucesivos; para el que los mira desde adentro s?lo ser?a consciente del presente y del pasado como presente.

Y esto es la eternidad: un presente sentido como presente, no como un puente entre un pasado y un futuro.
Es una especie de instante petrificado, "un ahora" perenne al que se le ha guillotinado el pasado y el futuro.
Una especie de continuo empezar.
Esto hace tambi?n m?s f?cil el entender c?mo el condenado se puede mantener en su actitud.

Porque el sufrimiento que esa actitud le provoca no es un sufrimiento acumulado o previsto.
Es un sufrimiento, por as? decir, instant?neo, el que en cada instante fluye de esa actitud, el que esa actitud exige y quiere, como vimos hace poco.
Dir?amos que es siempre una actitud reci?n estrenada.
Resumiendo, pues, todo lo anterior: el infierno es un estado, una posible situaci?n existencial creada libremente por la dial?ctica de la libertad.

El condenado crea libremente esa situaci?n, crea el sufrimiento que le produce, crea la intensidad de ese mismo sufrimiento y hace esa situaci?n irreversible; por consiguiente, interminable y eterna.
Dicho de otra manera: una situaci?n existencial caracterizada por una actitud, en la que no intervienen factores externos que la puedan modificar, tender?a a perpetuarse; y m?s, si esta situaci?n existencial se percibe solamente como un ahora.

Pues bien, el condenado libremente ha creado para s? esta situaci?n existencial.
-Un infierno que es humano Quiz?s haya alguno que piense que ?ste es un infierno con aire acondicionado.
Yo mejor dir?a que no es un infierno monstruoso, que es un infierno "humano".
Pero, si es el hombre el que crea esa situaci?n, es entonces una invenci?n y producto humanos.
Y una cosa as?, no puede exceder el poder humano.

Hay personas que creen que cuanto m?s horripilante se presente el infierno, tendr? sobre los hombres un poder deteniente mayor.
Y lo que sucede es todo lo contrario: que un infierno as? los hombres no lo toman en serio.
Yo, por el contrario, creo que un infierno as? es lo suficientemente serio para hacer temblar y lo suficientemente probable como para hacer pensar.
Cuando yo antes pensaba en el infierno, me suced?a algo de lo que le suced?a a Teilhard de Chardin: "me hab?is mandado, Se?or, creer en el infierno.
Pero me hab?is prohibido pensar -con certeza absoluta- que se haya condenado un solo hombre.

Y consecuente mente no intentar? descifrar la suerte de los condenados, ni siquiera saber de alguna manera si los hay".
Yo tambi?n cre?a en el infierno, pero pensaba que nadie o casi nadie se condenaba.
Ahora no estoy tan seguro.
-?Por qu? Dios crea a quien sabe se va a condenar7 Con esto y lo dicho anteriormente queda tambi?n resuelta esa otra dificultad que pon?amos como ap?ndice a la anterior, dificultad que tantas veces se oye repetir de una manera triunfal, como quien ha acorralado al adversario dej?ndole sin salida.
Se la he o?do poner a ni?os de 10 y 11 a?os.

Y lo dif?cil no es resolverla, lo dif?cil es que capten la respuesta y que la respuesta les impresione lo que les impresiona la dificultad.
Pero esto no se puede lograr: la dificultad est? llena de carga emotiva, mientras que la respuesta es fr?a como es toda respuesta metaf?sica.
Es esa dificultad: Si Dios sabe que una persona se va a condenar, ?por qu? la crea? Y a continuaci?n viene todo eso de que un padre, etc, etc, no har?a eso.

Voy a tratar de responder por pasos.
Por de pronto, si Dios crease a ese hombre para que se condenara, podr?a valer la objeci?n.
Pero Dios le crea para que se salve, pero ?l libremente, tercamente, quiere condenarse.

Yo no creo que se pueda culpar a un padre que ha dado a su hijo todas las oportunidades m?s que suficientes para labrar su porvenir, si el hijo se ha jugado el dinero que abundantemente le daba el padre para sus estudios.
En segundo lugar, para que esta objeci?n tuviera fuerza habr?a que probar que Dios tenia obligaci?n de impedir que ese hombre naciese, pero Dios, hemos repetido muchas veces, deja ser a los seres, no suprime el proceso natural de los seres; si, por consiguiente, en un momento dado y en virtud del proceso normal, un hombre debe nacer, si Dios le suprimiese porque ?l libremente se iba a querer condenar, tendr?a que estar interviniendo continuamente; no dejar?a ser a los seres.

Es curioso lo que pasa.
Muchas veces estos mismos que ponen esta dificultad, son los mismos que acusan despu?s al Cristianismo de ser una religi?n de d?biles, que necesitan la protecci?n de un padre.
Un caso m?s de ese pensar fragmentario de que hablaba en otra ocasi?n, que hace que muchos, al poner ciertas dificultades contra el Cristianismo, no piensan si son consistentes con otras que tambi?n le ponen.

Pero adem?s hay otra soluci?n m?s metaf?sica.
La objeci?n seria v?lida si Dios no pudiera crear a ese hombre, porque el acto de crearlo ser?a malo. Y como Dios no puede hacer algo que sea malo, no podr?a hacerlo.
Dios entonces, a nuestra manera de ver, tendr?a que aguardar a saber de antemano c?mo aquella criatura iba a actuar en la vida; y si al hombre libremente no le da la gana de actuar razonablemente, entonces Dios no podr?a crearlo.

Tendr?amos, pues, que la criatura podr?a convertir en mala una acci?n de Dios y Dios ya no podr?a hacerla.
Es decir, la creatura estar?a imponi?ndole obligaciones a Dios y Dios estar?a impotente ante su criatura; tendr?a que estar pendiente de lo que la creatura va a ser, para ver si su acci?n es buena o es mala.
Esto es absurdo; porque es contradictorio que el ser absoluto de quien todo depende y quien no depende de nadie, tenga que depender de quien totalmente dependa de El; ser?a como hacer a un padre hijo de su hijo.

Como se ve, la soluci?n es evidente pero no tiene carga emotiva; y a pesar de todo, la comparaci?n del ?padre bueno? nos seguir? zumbando en los o?dos.
Porque, por lo visto, s?lo Dios tiene la obligaci?n de ser Padre Bueno.
Nosotros no tenemos la obligaci?n de ser hijos buenos.
?que se fastidie! Para eso es infinitamente bueno.

-El Cristianismo y el coraje de la libertad El infierno no es, pues, esa realidad tan monstruosa e inconcebible que nosotros nos hab?amos forjado; lo que tiene de monstruoso es obra de la libertad del hombre.
Yo no soy tan ingenuo como para creer que he hecho clara y comprensible esta realidad; s?lo he tratado de sugerir posibilidades, l?neas de pensamientos reales que pueden dar sentido a esta realidad.
Y el sentido profundo que tiene es que el infierno es una de las dos opciones posibles de la libertad en un ser por naturaleza inmortal.

Algo que hace que la libertad sea verdaderamente libertad; es decir, la capacidad de decidir, de disponer de s? mismo, la de poder escoger su modo de existir definitivo.
Esta es la verdadera y total libertad.
Y Dios cree en esa libertad.
No est? jugando a hacer hombres libres.
Cree en la grandeza ?nica del hombre.
Somos nosotros los que no nos tomamos en serio, que no captamos la dimensi?n tremenda de nuestra libertad; que queremos actuar como ni?os malcriados y sobreprotegidos, a quienes no les importa meterse en l?os, porque saben que tienen un "papi" muy influyente y "papi" les sacar? de estos l?os.
El hombre no es lo suficientemente grande ni libre, hasta que no tiene entre sus manos la posibilidad de condenarse.
Muchos acusan al Cristianismo de ser una religi?n de cobardes, de apocados, de d?biles.

Y, sin embargo, el Cristianismo es la religi?n que le pone al hombre frente al riesgo que es verdaderamente riesgo, frente a la opci?n que es verdaderamente opci?n, ante los cuales todos los dem?s riesgos y opciones es como jugar a las mu?ecas.
En cambio, los que no creen en la condenaci?n, est?n suprimiendo este riesgo: al no creer en ?l, tampoco creen en esta posibilidad de la libertad.
Y el que no cree que est? caminando en una tabla sobre un abismo, no hace ning?n acto de valent?a, si se sale de la tabla.

Si fu?ramos a ser l?gicos dentro de la l?nea de pensamiento de estos individuos, lo que ser?a valent?a, ser?a creer que est?n caminando sobre un abismo y, sin embargo, saltar.
Lo valiente ser?a creer en el infierno y saltar.
Aunque yo a ?ste no le llamar?a valiente, sino inconsciente.
Por eso tambi?n no comprendo, aunque veo por otra parte su buen deseo y generosas intenciones, a esos predicadores que con la piadosa intenci?n de hacer m?s comercial y vendible el Cristianismo y de no asustar a la gente, ignoran por completo esta posibilidad de la libertad, o nos dan un infierno en el que al final todo se arregla: el esposo infiel vuelve otra vez a los brazos de su amante esposa y son felices para siempre. Tel?n.

Yo creo que Cristo tenia un coraz?n bueno y generoso y Cristo habl? muchas veces de esta posibilidad.
O por lo menos que me demuestren que no lo hizo y entonces estar? de su lado.
Los santos tambi?n han sido los hombres m?s buenos y generosos que han existido y, sin embargo, como dice el Catecismo holand?s, no ve?an incompatibilidad entre esta realidad y el infinito amor de Dios.
Dir?n que es m?s noble amar a Dios y servirle sin miedo al castigo.
De acuerdo.

Pero todo el tiempo he estado diciendo que el infierno no es un castigo, que es una consecuencia, que es el mismo pecado en cuanto que nos rebota.
Y una consecuencia as?, que fluye necesariamente del ser de las cosas, no se puede suprimir, porque ser?a mejor que los hombres no procediesen por el miedo a esta consecuencia.
Queda otra soluci?n: que los hombres no quieran proceder por miedo a esta consecuencia.

Y seg?n eso tambi?n ser?a m?s noble si no existiera el cielo, ?por qu? no suprimen tambi?n el cielo? Ninguno tampoco como Cristo ha insistido tanto en que el principio y m?vil de nuestras acciones debe ser el amor a Dios y al pr?jimo.
Y sin embargo habl? repetidas veces e insistentemente de esta posibilidad de la libertad.
Adem?s, ellos saben que proceder con esta ?nica y sublime motivaci?n es propia solamente de los m?s altos niveles de santidad.

Y es precisamente a los santos a los que no les importa que les hablen del infierno.
A los que les asusta, son precisamente aquellos para quienes el infierno puede ser un motivo.
Lo cual no quiere decir que nuestra predicaci?n debe insistir demasiado en este aspecto; al contrario, es el amor de Dios y de los dem?s el que debe ser el principal tema de ella.

Pero el temor a esta terrible posibilidad debe estar ah?, como est? el freno de emergencia en los autom?viles que no sirve para empujar, pero sirve para detener, cuando los otros frenos han fallado; como dice San Ignacio: "Para que si del amor de Dios me olvidare por lo menos el temor de la pena me impida caer en el pecado".
Pero no se puede negar que esta posibilidad metahist?rica presentada de una manera madura, sin sadismos de ninguna especie, es uno de los aspectos del Cristianismo que m?s iluminan la grandeza ?nica del hombre y la dimensi?n profunda de su libertad.

La existencia del infierno, pudi?ramos decir que realmente hace libre a la libertad.
La Encarnaci?n, la Redenci?n y el Infierno, no son m?s que tres hechos que est?n en la misma l?nea y vienen a poner de relieve la misma realidad: La tremenda seriedad con que Dios mira al hombre.
Y solamente no quieren aceptar esta realidad e inventan sustitutivos o sencillamente lo niegan los que tienen miedo a todas las posibilidades de la libertad; a los que les asusta realmente ser libres hasta sus ?ltimas consecuencias.
He hablado varias veces a auditorios cultos e intelectuales, precisamente el tipo de auditorio m?s al?rgico a esta realidad, por lo que les parec?a tener de b?rbara y primitiva; y se lo he presentado as?: como una de las posibilidades de la libertad.
Yo acostumbraba a empezar mi charla diciendo: "Cuando yo les anuncie el tema de que les voy a hablar, me van a mirar ustedes con una sonrisa entre compasiva e ir?nica. D?jenme terminar y juzguen al final".

Y puedo decir a mis lectores que al final esa sonrisa ir?nica hab?a desaparecido de sus labios y estaban pensativos.
Y cu?ntas veces he o?do decirme: "?Padre, as? s? se puede creer en el Infierno!.

JUAN L. PEDRAZ, S. J.
?DE VERAS EL CRISTIANISMO NO CONVENCE?
Edit. SAL TERRAE/SANTANDER 1973. P?gs. 269-295

Publicado por mario.web @ 2:29
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