S?bado, 14 de mayo de 2011
Jaime Nubiola (Conoze.com) nos ofrece una profunda reflexi?n sobre la condici?n joven y el proceso cognitivo de las nuevas generaciones.
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?Piensan los j?venes?
?Piensan los j?venes?
Pero, en el fondo, es todo miedo
La impresi?n pr?cticamente un?nime de quienes convivimos a diario con j?venes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitaci?n a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopt? hace algunos a?os como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el pr?logo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querr?a con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la ense?anza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los j?venes no desea tener pensamientos propios, porque est?n persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" ?dicen en su jerga?, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los dem?s.

Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y est?n ahora escarmentados. No merece la pena pensar ?vienen a decir? si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los dem?s. M?s vale vivir al d?a, divertirse lo que uno pueda y ya est?.

En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y ef?mero; es enemigo de todo compromiso. Los j?venes no quieren pensar porque el pensamiento ?por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura? exige siempre una respuesta personal, un compromiso que s?lo en contadas ocasiones est?n dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revoluci?n sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta a?os. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida ?escrib?a una valiosa estudiante de Comunicaci?n en su blog? ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto s?lo me pasa a m?, el problema es m?o. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado r?pido: la primera discusi?n y enseguida la relaci?n ha terminado.

Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".

Y se hacen superfluos

El temor al compromiso de toda una generaci?n que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el l?cido an?lisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escrib?a que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede ?explicaba Arendt? cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad ?a?ado yo? vienen a ser en ?ltima instancia lo mismo: quienes desean vivir s?lo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que est? de m?s y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayor?a de los universitarios de hoy en d?a se consideran realmente superfluos tanto en el ?mbito intelectual como en un nivel m?s personal. No piensan que su papel trascienda mucho m?s all? de lograr unos grados acad?micos para perpetuar quiz?s el estatus social de sus progenitores. No les interesa la pol?tica, ni leen los peri?dicos salvo las cr?nicas deportivas, los anuncios de espect?culos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones l?quidas de las que con tanto ?xito ha escrito Zygmunt Bauman.

Lo que se puede hacer

Resulta muy peligroso ?para cada uno y para la sociedad en general? que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generaci?n no tenga apenas inter?s alguno en las cuestiones centrales del bien com?n, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opini?n difundidas por los medios de comunicaci?n las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generaci?n hasta sus menores entresijos.

Sabemos bien que si la libertad no se ejerce d?a a d?a, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinraz?n de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ?qu? puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa ?ntima actividad del esp?ritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que s? podemos hacer siempre es empe?arnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos ?como aspiraba Wittgenstein? a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a trav?s de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invit?ndoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra ense?anza lament?ndonos de la situaci?n de la juventud actual, sino que m?s bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer as? un puente afectivo que les estimule a pensar.

Publicado por mario.web @ 2:24
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