S?bado, 14 de mayo de 2011
Publicamos la conferencia que dict? este mi?rcoles el cardenal Antonio Mar?a Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Espa?ola, en la XXX Edici?n del "Meeting para la Amistad entre los Pueblos" que organiza el movimiento
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Cardenal Rouco: Iglesia, Sociedad y Pol?tica
Cardenal Rouco: Iglesia, Sociedad y Pol?tica
Intervenci?n del arzobispo de Madrid en el Meeting de R?mini

R?MINI, mi?rcoles 26 de agosto de 2009 (ZENIT.org).-


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INTRODUCCI?N. ?LAS PALABRAS DE SIEMPRE PARA PROBLEMAS NUEVOS?

1. Conocer implica siempre acontecimiento y el acontecimiento comporta inevitablemente novedad. Novedad para el que conoce: novedad subjetiva; y novedad para su entorno, el cercano y el lejano: novedad objetiva. Sucede, sin embargo, que el acto y el proceso de conocer est? esencialmente ligado a conceptos y, sobre todo, a palabras parad?jicamente antiguas, fruto intelectual, cultural y espiritual de largos, continuados y complejos procesos hist?ricos protagonizados y conducidos por personas ?ciertamente!; pero entrelazadas y relacionadas entre s? a trav?s de formas diversas de unidad. M?s a?n, la pervivencia de las mismas palabras a lo largo del tiempo apunta a la persistencia de las realidades por ellas significadas. ?C?mo pues atreverse intelectualmente a un estudio de viejas palabras significativas de realidades de larga historia o metahist?ricas, buscando un conocimiento que implique acontecimiento y novedad para el que habla y para los que escuchan? ?Novedad en s? misma?

2. "Iglesia, Sociedad y Pol?tica" son viejas palabras que se refieren a formas humanas de vivir, de convivir y de obrar presentes y operantes en la actualidad de la familia humana; enraizada la una, la Iglesia, en una historia bimilenaria, y las otras dos, sociedad y pol?tica, en la naturaleza misma de "lo humano" ?en su raz?n de ser! Incluso la Iglesia, como una forma hist?rica que vertebra y expresa una dimensi?n de la persona humana, inherente al mismo ser del hombre, la religiosa, se halla igualmente, en su fondo antropol?gico, entre los elementos constitutivos del ser y de la existencia de lo humano, que trasciende espacios y tiempos. ?C?mo aproximarse a ellas y a sus significados, hoy, con intenci?n y voluntad de conocerlas de nuevo impulsados por el amor a la verdad y por su b?squeda? Conocerlas de nuevo, que no quiere decir, sin m?s, "novedosamente", sino rigurosamente en correspondencia objetiva y subjetiva con lo que sucede en el momento actual de la historia a -y en- las realidades por ellas expresadas. Es decir, situ?ndose, primero, en el coraz?n mismo de la problem?tica que afecta a la Iglesia y a la sociedad, aqu? y ahora, en este momento preciso de la historia de la humanidad; y, segundo, adentr?ndose "en el hacer pol?tica" del hombre contempor?neo y descubriendo "los pre-supuestos" sociol?gicos, culturales e ideol?gicos que lo determinan. Y, siempre, sin olvidar la esencial interdependencia que se da entre las tres realidades dentro del marco vivo de la unidad existencial de la persona humana. Precisamente el punto de cruce y encuentro no s?lo institucional, sino, sobre todo, operativo de la trilog?a "Iglesia, Sociedad y Pol?tica", es el que resulta del mismo fin que explica y justifica su raz?n de ser: el bien integro y pleno de la persona humana ?de cada hombre!

3. La pretensi?n intelectual de llegar al conocimiento vivo de esa triple realidad -Iglesia, sociedad y pol?tica-, inextricablemente interrelacionada entre s? en funci?n de la realizaci?n plena del hombre o, lo que es lo mismo -dicho en los t?rminos soteriol?gicos de la teolog?a cat?lica-, de su salvaci?n, implica, por lo tanto, acercarse a "sus problemas" en el hoy de la vida -de nuestras vidas-, aunque sea de forma esquem?tica, y, luego, tratar de comprenderlos como una renovada experiencia del conocimiento siempre vivo y nuevo de la verdad que nos salva, que se nos da una y otra vez como una presencia y acontecimiento de la Gracia. S?, se trata, simult?neamente, de una experiencia de la raz?n iluminada por la fe y de una experiencia del coraz?n que ama la verdad y quiere amar en verdad ?verdaderamente! "Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera aut?ntica -ense?a Benedicto XVI-: amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocaci?n que Dios ha puesto en el coraz?n y en la mente de cada ser humano" (CiV, 1). Con la fuerza humilde de ese "impulso", tan bellamente explicado por el Papa en su ?ltima Enc?clica "Caritas in Veritate", es posible, m?s a?n, obligado ese acercamiento siempre antiguo y siempre nuevo a la verdad; en nuestro caso, a la verdad de "la Iglesia, la sociedad y la pol?tica".

LA IGLESIA
La historia de la palabra es bien conocida: sus ra?ces vetero-testamentarias, su claro y espec?fico perfil sem?ntico en el Nuevo Testamento y en el lenguaje del Magisterio y de la Doctrina de la propia Iglesia. El significado ha sido vivido en el pasado con distintas resonancias hist?ricas y lo mismo sucede en la actualidad. La Iglesia la interpretan unos con categor?as simplemente sociol?gicas y estad?sticas; otros, con categor?as psicol?gicas y culturales y, otros, con el m?todo comparativo de la fenomenolog?a religiosa. Entre los cristianos de las distintas confesiones tampoco hay unanimidad en su interpretaci?n teol?gica. Incluso entre los cat?licos se ha hecho uso teol?gico y pastoral de la expresi?n "distintos modelos de Iglesia", oponiendo a veces las teor?as de los te?logos a la doctrina del Magisterio. Pero, en lo que no hay duda es en el reconocimiento de una nueva actualidad, social y cultural de la Iglesia en el siglo XX de alcance universal, m?s all? de las claves interpretativas de "la Modernidad" y de "la Postmodernidad".

1. Mirando hacia dentro de la vida interna de la Iglesia, no habr?a que andar con vacilaciones al afirmar que el siglo pasado ha sido un tiempo excepcionalmente "eclesiol?gico", marcado por una toma creciente de conciencia del significado universal de la Iglesia en y para la historia de la salvaci?n y para el presente y futuro de la humanidad. Se ha visto o intuido que de ella depende decisivamente el destino del hombre.
En el ya famoso diagn?stico de Romano Guardini en 1922, "un acontecimiento religioso de alcance incalculable ha comenzado: la Iglesia despierta en las almas"[1] - se detecta lo que estaba ocurriendo en los niveles m?s profundos de la Iglesia y de la sociedad, al menos, en Europa.

Hab?an transcurridos escasamente cuatro a?os despu?s del final de aquella inmensa e incomprensible tragedia de la I Guerra Mundial. Una joven universitaria, de familia jud?a, Edith Stein, se sent?a cada vez m?s tocada y atra?da por la acci?n de la gracia en su interior, muy turbado por la gran y eterna pregunta de la presencia de Dios en su vida. ?Tocada ya por su llamada?. La experiencia de la conversi?n le llega pronto de la mano de una lectura en una noche insomne: de la lectura completa, intensa y apasionada de "El Libro de la Vida" de Santa Teresa de Jes?s. Fue una experiencia de la presencia de Cristo-Jes?s, desbordante de amor y, a la vez y al mismo tiempo, una experiencia de la Iglesia. No duda en ning?n momento de que su camino, el camino de Jesucristo, la lleva a la Iglesia Cat?lica.

2. El 11 de diciembre de 1925, P?o XI, un Papa excepcional para un per?odo excepcional de la historia del siglo XX, el tiempo de entreguerras -entre la I y la II Guerra Mundial: 1919-1939- publicaba en su tercer a?o de Pontificado la Enc?clica "Quas Primas", instaurando la Fiesta de Cristo Rey en la Iglesia y en 1943, el 29 de junio, en plena Guerra, abierto ya el frente italiano de batalla, P?o XII publicar?a la Enc?clica "Mystici Corporis Christi".

Esa era la gran cuesti?n que inquietaba y entusiasmaba a la vez a los cat?licos de esas d?cadas claves para la historia contempor?nea de la humanidad. ?Cu?l era la real relaci?n existente entre Cristo y la Iglesia? ?Qu? ten?a que ver la Iglesia, organizaci?n religiosa, visible ante el mundo, aparentemente una magnitud m?s del engranaje del poder humano, fuertemente institucionalizada -en la mejor de las hip?tesis, al servicio de fines humanamente nobles- con la verdadera experiencia religiosa del hombre? o, m?s espec?ficamente dicho, ?con su vivencia evang?lica, trasmitida por la aut?ntica tradici?n cristiana? La acusaci?n liberal a la Iglesia de pretensiones mundanas de poder se hab?a unido desde los primeros pasos de la Ilustraci?n racionalista a la tesis eclesiol?gica luterana, la m?s influyente en la doctrina y en la vida del Protestantismo, de que s?lo la Iglesia invisible, la Iglesia del Esp?ritu, era de origen divino; la ?nica, por lo dem?s, universal. No as? la Iglesia visible, "ein rein weltliches Ding" -una cosa puramente mundana-, perteneciente al orden de las realidades temporales sujetas al poder pol?tico de cada Estado o Naci?n. Los Pr?ncipes protestantes alemanes, hasta la ca?da de la Alemania prusiana en la derrota de 1918, se arrogar?n las facultades del "Summum Episcopatum". Una acusaci?n, la del laicismo liberal, que vendr?a a ser asumida y compartida en su forma m?s radicalizada -y, en parte, con inusitada virulencia- por los movimientos obreros, inspirados y organizados a trav?s de la nueva y poderosa corriente pol?tica del socialismo, influenciado mayoritariamente por las ideas de Marx sobre la religi?n como "opio del pueblo".

La contestaci?n a esa pregunta crucial para dar raz?n de la esperanza cristiana, iba a venir y vino con una fuerza espiritual extraordinaria por la v?a paulina de la teolog?a de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, renovada y rejuvenecida intelectual y existencialmente: Cristo es la Cabeza del Cuerpo de su Iglesia. La Iglesia, la ?nica Iglesia, visible e invisible, es cu Cuerpo. La Iglesia, animada por el Esp?ritu Santo, es con la Palabra, los Sacramentos y el ministerio apost?lico, por tanto, el instrumento de la Gracia: de la vida divina en las almas y de la santificaci?n del mundo. El fin de la Iglesia no es otro que instaurar el Reino de Cristo en el coraz?n de la historia. Johann Adam M?hler, el genial Maestro de la Escuela Cat?lica de Tubinga, hab?a definido a la Iglesia en 1832, hac?a casi un siglo, como: "la permanente Encarnaci?n del Hijo de Dios" "el Hijo de Dios, que se muestra permanentemente de forma humana entre los hombres, que constantemente se renueva y que eternamente se rejuvenece"[2]. Es verdad que a esta tesis eclesiol?gica de M?hler no le faltaron pronto cr?ticas teol?gicas muy agudas: la tachaban de una exagerada e insostenible identificaci?n de Cristo con la Iglesia visible. Pero una cosa resultaba innegable: la fascinaci?n espiritual que ejerc?a entonces en la renovaci?n espiritual de la experiencia de la Iglesia en las almas. El "movimiento lit?rgico", que toma tambi?n fuerza en esos a?os, reflejar?a y robustecer?a, a la vez, esa nueva toma de conciencia de la realidad divino-humana de la Iglesia, explicitada y acentuada por la doctrina del Magisterio Pontificio y presente e influyente en la vida de los fieles. Dos hechos, que marcar?an hitos trascendentales en la historia de la Iglesia conformando decisivamente su futuro, coadyuvaron poderosamente a este despertar en las almas de la Iglesia como el lugar divino-humano imprescindible para la presencia y el acontecimiento de Cristo en la historia: la desaparici?n de los Estados Pontificios con la consiguiente p?rdida del poder temporal de los Papas y la codificaci?n del Derecho Can?nico como un momento emblem?tico en el proceso de "la espiritualizaci?n" creciente que caracteriza la historia interna del derecho can?nico seg?n Ulrich Stutz, el historiador protestante, iniciador y maestro de tantos historiadores contempor?neos del Derecho Can?nico[3].

Esta especie de descubrimiento espiritual de la Iglesia por parte de los cat?licos en las d?cadas claves de la historia reciente de Europa y del mundo, incluy? tambi?n, muy significativamente el despertar de la conciencia del seglar como miembro activo y responsable de ese "Cuerpo M?stico", al cual incumben tareas apost?licas espec?ficas, propias de su vocaci?n, dentro y fuera de la Iglesia. Tambi?n el seglar ha de ser testigo del Evangelio de Cristo en el ?mbito interno de la vida de la Iglesia; tambi?n ha de cooperar "pro sua parte et pro suo modo" en el anuncio eclesial al mundo de que Jesucristo Resucitado es el Redentor y Salvador del hombre. Tarea suya insustituible e indelegable: procurar el Reinado de Cristo en las realidades temporales, santific?ndolas. Precisamente, en este contexto de la vivencia espiritualmente honda y apost?licamente entusiasta de la Iglesia, nace y se alimenta el formidable impulso misionero que la mueve en el siglo XX a la predicaci?n del Evangelio pr?cticamente en todos los rincones de la tierra y a una heroica disponibilidad martirial. El siglo XX es un siglo de m?rtires, como pocos lo fueron en toda la historia de la Iglesia: ?m?rtires en los cinco y de los cinco Continentes!

3. Con esta inmediata prehistoria es m?s que explicable que al Concilio Vaticano II, -?el acontecimiento de los acontecimientos eclesiales del siglo XX!- se le llamase y caracterizase por muchos dentro del marco de la historia de los Concilios Ecum?nicos como el Concilio eclesiol?gico por excelencia. Y, ciertamente, aunque la tem?tica del Concilio, que se quiso comprender y autointerpretar como "pastoral", abarque todo el abanico de aspectos a los que se extiende la misi?n de la Iglesia, es obligado reconocer que la doctrina sobre ella misma ocupa el lugar hermen?uticamente central. Son, sobre todo, las ense?anzas de la Constituci?n Dogm?tica "Lumen Gentium" sobre el ser y misi?n de la Iglesia y de la Constituci?n Pastoral "Gaudium et Spes" sobre su relaci?n con el mundo las que enmarcan, centran e impregnan intelectual y existencialmente todo el Magisterio Conciliar.

Aquella rica experiencia doctrinal, lit?rgica, espiritual, apost?lica y misionera que naci? y fluy? copiosamente de aquel "despertar de la Iglesia en las almas", del que hablara Guardini en 1922, se discierne, se ilumina y se completa por el Concilio Vaticano II, mirando ya al siglo XXI de nuestra Era. Dos principios teol?gicos especialmente iluminadores emergen de la doctrina conciliar, transparentando ese pasado apasionante de la Iglesia del siglo XX y sobre todo alumbrando la novedad del siglo XXI: 1? la Iglesia es obra de la Sant?sima Trinidad, nacida y fundada en la historia por Cristo, con Cristo y en Cristo para instaurar definitivamente entre los hombres el Reino de Dios; 2? la Iglesia, toda ella, visible e invisiblemente considerada, es, "por tanto, este pueblo mesi?nico [que] aunque de hecho a?n no abarque a todos los hombres y muchas veces parezca un peque?o reba?o, sin embargo, es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvaci?n para todo el g?nero humano. Cristo hizo de ?l una comuni?n de vida, de amor y de unidad, lo asume tambi?n como instrumento de redenci?n universal y lo env?a a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (Cf. M. 5, 13-16)" (LG.9).

4. El agitado periodo postconciliar, no fenecido del todo, se ha visto sometido en no pocos ambientes eclesiales a una doble tentaci?n. Tentaci?n en ?ltimo t?rmino reduccionista y rupturista del propio acontecimiento conciliar.
Se ha tratado, primero, de minimizar para la existencia cristiana el significado originario y fundante de la Iglesia como el instrumento necesario del encuentro y para el encuentro personal con Jesucristo; y, consiguientemente, como el lugar primero e imprescindible de la comuni?n con ?l y, por ello, de los cristianos -de los bautizados- entre s?. De este modo, inevitablemente, se pierde el vital punto de partida para poder hablar de experiencia cristiana como experiencia salvadora del hombre -?de "lo humano"!-: la realizaci?n personal de encuentro con la Persona divina del Hijo de Mar?a -"el Hijo del hombre"-, Jesucristo, el Se?or, Crucificado y Resucitado por nosotros. Y, sin esta dimensi?n -?dig?moslo sin miedo!- la dimensi?n m?stica, es decir, la dimensi?n verdaderamente religiosa o la religiosamente verdadera, es imposible la experiencia cristiana.... Las crisis personales en y de la vida de fe estaban servidas. Y, como consecuencia l?gica y existencialmente forzosa de ello, se produc?a, segundo, la tentaci?n de reducir el sentido y el campo de la misi?n de la Iglesia a una acci?n puramente temporal, ordenada directa y propiamente a la soluci?n pragm?tica de los problemas del mundo y sirvi?ndose de los instrumentos de este mundo, sobre todo, los del poder socio-econ?mico y pol?tico. La fascinaci?n intelectual y cultural, que sigui? ejerciendo un Marxismo tard?o de corte cultural, pensado y sentido con nostalgias existencialistas, prendi? con fuerza en mentes y actitudes existenciales de una juventud nacida y crecida en familias y ambientes cristianos; una juventud, oscilante entre el hast?o de tanto materialismo barato, el apego a un f?cil y copioso consumismo y el ansia idealista de una salida de tanto aburrimiento y miseria espiritual.

5. Esas tentaciones no has sido totalmente superadas. Hay que tenerlas en cuenta a la hora -que ha llegado ya- de vivir la Iglesia de nuevo como el acontecimiento de la presencia de Cristo para el hombre y el mundo del siglo XXI: el primero del Tercer Milenio de la Era Cristiana. Pero mucho m?s han de ser apreciadas y potenciadas las formas personales y eclesiales de aplicaci?n de la doctrina conciliar a la vida de la Iglesia del ?ltimo tercio del siglo XX, inspiradas y configuradas por el Esp?ritu Santo a trav?s del don de variados y riqu?simos carismas y vividas fielmente en la comuni?n de la Iglesia. El Magisterio Pontificio de Pablo VI y de Juan Pablo II y, ahora, de Benedicto XVI -Papas excepcionalmente sensibles para lo que "los signos de los tiempos" sugieren a la Iglesia-, nos ha se?alado inequ?vocamente el camino del futuro para su vida y misi?n: camino luminoso para la vivencia y la realizaci?n fiel, pastoral y apost?licamente fecunda, de la vocaci?n cristiana, sea cual sea su forma de definici?n eclesial: de seglar, de consagrado y del sacerdocio ministerial. Un camino con una doble exigencia, antigua y nueva: la del necesario "mirar" de nuevo al Rostro de Cristo o, dicho con otras palabras, la de la necesidad de la oraci?n contemplativa; y la de evangelizar de nuevo desde la vivencia honda y compartida del orar contemplativo, alimentado en la celebraci?n y en la adoraci?n eucar?stica, capaz de llegar con fuerza al hombre de nuestro tiempo, especialmente a los j?venes, dentro y fuera de los pa?ses de tradici?n cristiana, y quit?ndoles el miedo a abrir las puertas de sus vidas ?de su coraz?n! a Cristo.

LA SOCIEDAD

La sociedad es tambi?n palabra antigua: ?muy antigua! Pertenece al patrimonio cultural universal de la humanidad. Designa un aspecto que le es esencial a la realidad integral de lo humano. El ser del hombre incluye constitutivamente relaci?n al otro: corporal y espiritualmente. Su configuraci?n, sexualmente diferenciada como var?n y mujer, constituye la primera y fundamental expresi?n de la apertura trascendente que le es esencial y existencialmente inherente a la persona humana. El hombre s?lo alcanza la realizaci?n plena de s? mismo en la inter-relaci?n con los otros hombres.

1. La filosof?a cl?sica se servir? de la palabra sociedad como de una categor?a fundamental para comprender lo humano en todo su integridad. La usa y emplea refiri?ndola a distintas formas de concreci?n de la sociabilidad innata del hombre. Matrimonio y familia destacan como la primera y b?sica forma de cristalizaci?n de "lo social" en la vivencia y experiencia de lo humano. El Estado, en cambio, como la ?ltima y plena. El concepto de "sociedad perfecta", en la que el hombre encuentra todos los recursos necesarios para su propio perfeccionamiento, adquiere toda su nitidez filos?fica en la gran Escol?stica del Medievo -en Santo Tom?s de Aquino- y del Renacimiento -en la Escuela de Salamanca y en Francisco Su?rez-. Los cl?sicos de la filosof?a griega la ve?an plasmada en "la polis" -"la ciudad"-. Los juristas y pensadores latinos la vinculan al gran espacio econ?mico, sociol?gico y pol?tico, abierto por las conquistas del Imperio Romano y de sus Legiones principalmente en el gran arco geogr?fico del Mediterr?neo. Su pensamiento pol?tico fue evolucionando desde la visi?n "republicana" de "la urbs" -de la ciudad de Roma- como f?rmula suficiente de realizaci?n de la sociedad perfecta, a la concepci?n del "Orbis" -"el Orbe"- como el marco humano y cultural de referencia para la formaci?n de una sociedad universalmente estructurada y, por ello, insuperable en su perfecci?n. La tradici?n universalista de la concepci?n y realizaci?n hist?rica de la sociedad perfecta ser? retomada en el Medievo europeo por el conducto hist?rico-espiritual de la restauraci?n cristiana de la idea imperial romana y que pervive, profundamente modificada, hasta ir languideciendo y desaparecer por completo en los umbrales mismos de la Modernidad. Su lugar pol?tico lo ocupar?n ya desde el Renacimiento los Estados Nacionales. Con su imparable curso hist?rico empujar?n al pensamiento filos?fico-pol?tico a la identificaci?n real de la trilog?a, Estado-Sociedad perfecta-Naci?n. Los convierten sem?nticamente poco menos que en t?rminos sin?nimos. Sin embargo, te?logos y juristas salmantinos de la ?poca se propusieron integrar a la compleja multiplicidad plurinacional que se dibujaba ya claramente en los siglos XVI y XVII como el mapa geopol?tico del futuro, especialmente en el Continente europeo, dentro de la unidad universal de la familia humana. Con este fin, ?tico-pol?tico, reformulan la vieja doctrina del "Ius Gentium" -"el derecho de gentes", desarrollando la ideas de los cultivadores del "jus utrumque" de la Edad Media con fina sensibilidad hist?rica para las nuevas realidades pol?ticas de su tiempo. Sus logros fueron de orden preferentemente te?rico; pero no sin efectos pr?cticos positivos para el nacimiento del nuevo mundo americano y la configuraci?n socio-pol?tica de la Europa moderna y contempor?nea.

2. La Ilustraci?n concentrar? sobre el Estado Nacional su reflexi?n filos?fico-jur?dica y, mucho m?s, su praxis socio-pol?tica. Sin embargo lo har?, tratando de integrar, bajo distintas f?rmulas de justificaci?n y explicaci?n te?ricas, la doctrina de los derechos humanos como piezas fundamentales de valor universal, en la concepci?n y configuraci?n jur?dica de la sociedad y, m?s espec?ficamente, del Estado. En esta historia de la teor?a y praxis social que nos encamina al periodo hist?rico nuevo de la Edad Moderna, entre los siglos XVII y XVIII, el concepto de sociedad, estrechamente vinculado al concepto de Estado en una l?nea progresiva de confusi?n con ?l, se mantiene a?n abierto a la relaci?n trascendente con Dios en un doble sentido: primero, en el de que a toda y a cualquier forma de inter-relaci?n humana, en una palabra, a su sociabilidad, precede y subyace la relaci?n con Dios, su Creador y Se?or -"la religaci?n" del hombre con Dios es la primera y fundamental forma de relaci?n para la constituci?n y realizaci?n plena de su ser-; y, segundo, en el de que es tambi?n Dios el autor de la naturaleza social del hombre y, por lo tanto, el autor de su estructura y, consiguientemente, de las pautas de actuaci?n y funcionamiento b?sicas, derivadas de ella. La sociedad, por tanto, si quiere organizarse en perfecci?n, habr? de facilitar el espacio necesario de acci?n y de vida para que la persona humana pueda alcanzar su fin ?ltimo: la vida eterna en Dios. No ir? por ah?, por desgracia, la evoluci?n laicista de la sociedad moderna y contempor?nea, que tender? cada vez m?s a concebirse y a realizarse al margen de Dios como principio y fin del hombre. Rechaza la doctrina y la teolog?a cristiana sobre la sociedad y no la sustituye por ning?n otro tipo de filosof?a, abierto racionalmente a una comprensi?n de la experiencia social del hombre en la que quepan la idea y realidad trascendente de Dios. Para la doctrina social laicista, la confusi?n pr?ctica -cuando no te?rica- de las categor?as, sociedad y Estado, deviene un instrumento dial?cticamente muy ?til para construir su teor?a atea o agn?stica del Estado.

3. La sociedad evoluciona, sin embargo, en los siglos XIX y XX y se configura de hecho cada vez con mayor complejidad a lo interno de s? misma, tanto, dentro de los l?mites de las fronteras nacionales, como vista en la perspectiva de su creciente internacionalizaci?n. El fen?meno contempor?neo de "la globalizaci?n" refleja bien hasta qu? l?mites de amplitud y complicaci?n humana -econ?mica, cultural, ?tica, espiritual y religiosa- ha llegado la sociedad actual. La concepci?n "rom?ntica", tratando de identificarla con una comunidad de raza, de cultura y de historia com?n, ha quedado desbordada por la realidad de un mundo intercomunicado globalmente sin l?mites ni internos ni externos, abierto a la universalidad por la ciencia y la t?cnica contempor?nea. Comunicaci?n de espacios y de tiempos; comunicaci?n informativa y formativa; comunicaci?n e intercambio de recursos, cooperaci?n en todos los campos de la experiencia humana... ese es hoy el horizonte sin fronteras en el que el hombre se realiza "socialmente". No es extra?o que el siglo XX haya sido caracterizado, igualmente, como el siglo de "la socializaci?n". Las fuertes tensiones causadas por la llamada "cuesti?n social" hab?an ido acumul?ndose a lo largo de la ?ltimas d?cadas del siglo XIX. A esa situaci?n quieren responder corrientes de un pensamiento filos?fico nuevo, muy condicionado por las nuevas ciencias humanas que investigan con m?todo emp?rico los aspectos m?s sobresalientes de la realidad social: los propiamente sociol?gicos, los pol?ticos y los jur?dicos. Sus soluciones est?n marcadas por el sello cultural y pol?tico de lo que se llam? "Socialismo", frente a la doctrina liberal nacida al calor revolucionario de la Francia de finales del siglo XVIII y desarrollada durante todo el siglo XIX con el inconfundible acento intelectual del individualismo filos?fico. En una y otra teor?a -aunque parezca parad?jico en el caso del liberalismo pol?tico- el Estado juega una principal?sima funci?n. Esta tensa sociedad se rompe interior y exteriormente en el siglo XX. Las dos guerras mundiales documentan estremecedoramente la tragedia. En la conciencia contempor?nea de la humanidad, se alz? ya con toda explicitud intelectual y existencial la pregunta por Dios y por su ley: ley natural y divina. ?Puede subsistir la sociedad con un m?nimun de integridad moral y, por lo tanto, humana sin Dios?

4. La Iglesia se hizo cargo desde el momento m?s ?lgido de la cuesti?n social en el paso del siglo XIX al XX de la causa de los m?s d?biles -la clase obrera-, con su doctrina y con la firme, comprometida y decidida defensa de los derechos de la persona humana y del bien com?n. El Concilio Vaticano II ahonda la fundamentaci?n teol?gica y explicita pastoral y apost?licamente ese compromiso incondicional con la suerte del hombre contempor?neo, sobre todo, en la Constituci?n Pastoral "Gaudium et Spes". Compromiso manifiesto desde su prop?sito y confesi?n inicial de que "el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son tambi?n gozo y esperanza, tristeza y angustia de los disc?pulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su coraz?n" (GS. 1). El Magisterio social de Pablo VI y de Juan Pablo II, atentos a los acontecimientos que conmueven a la sociedad y a las esperanzas que la animan, explican y precisan la doctrina conciliar. Con Benedicto XVI, su actualizaci?n sorprende y edifica por la profundidad humana y teol?gica que encierra su diagn?stico de lo que est? pasando a la familia humana de nuestros d?as -?"una humanidad "post-moderna"?- y por el modelo de soluciones que propone para sus angustiosos problemas: soluciones de ra?z y desde su ra?z ?tica y espiritual. Un reto apasionante nos queda a los fieles cat?licos en esta encrucijada hist?rica de la humanidad: dar cuerpo a esa respuesta del Magisterio vivo de la Iglesia que, por ser fiel a la novedad del acontecimiento cristiano, resultar? verdaderamente liberadora para nuestra sociedad y nuestros conciudadanos. El Papa nos ofrece la pista teol?gica para asumirla l?cida y cordialmente: "La ??ciudad del hombre?? no se promueve solo con soluciones de derechos y deberes, sino, antes y m?s a?n, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comuni?n. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios tambi?n en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salv?fico a todo compromiso por la justicia en el mundo" (CiV, 6).

El compromiso social de un cristiano, asumido coherentemente hoy desde y en la caridad de Cristo, en "el sitio de la vida" que supone la sociedad contempor?nea, contiene una doble y urgente tarea: la de abrir espacio p?blico para la adoraci?n de Dios dentro de la tupida red de intereses e instituciones individuales y colectivas de todo orden que comprenden e integran la actual sociedad, es decir, espacio p?blico para el ejercicio expreso del derecho a la libertad religiosa; y, la de actuar e influir en la realidad secular, siempre tentada e infectada de pecado -de negaci?n de la ley moral y de su origen divino-, de tal modo que nuestras palabras y obras sean en virtud de la caridad de Cristo como testimonio, ejemplo e instrumento para su aut?ntica y progresiva humanizaci?n; o, lo que es lo mismo, para su santificaci?n. Esta es la senda m?s excelente para la actualizaci?n hoy del apostolado seglar seg?n la mente del Vaticano II.

La senda estrecha, adem?s, que nos conducir? indefectiblemente, con toda seguridad, a nuestra propia santificaci?n. Los seglares cat?licos ayudan as? a sus hermanos, los hombres, a andar bien el camino que conduce a la salvaci?n m?s all? del tiempo: ?en la eternidad de la Gloria de Dios Padre, Hijo y Esp?ritu Santo! Ayudan a los dem?s y se ayudan mutuamente.

Una y otra tarea s?lo son accesibles y realizables en la comuni?n de la Iglesia.

LA POL?TICA
La pol?tica es otra vieja palabra unida a la experiencia inmemorial del hombre que vive y necesita vivir ordenada y fruct?feramente en sociedad. ?C?mo va a ser posible la cooperaci?n de todos los miembros de una sociedad en la consecuci?n del bien com?n sin una direcci?n clara en sus objetivos, ordenada en su realizaci?n y firme y eficaz en la disposici?n de los medios? El simple realismo de la experiencia cotidiana de la vida ense?a que no. Por ello, la respuesta fue siempre clara en todas las etapas y ?pocas de la historia social y cultural del hombre: no es posible sin autoridad. De aqu? que la praxis pol?tica como la ciencia, el arte y la t?cnica de gobernar la sociedad humana plenamente constituida hayan orientado siempre sus esfuerzos principales a aclarar y dirimir la cuesti?n de la autoridad como el punto neur?lgico, sociol?gica, jur?dica y ?ticamente, de toda teor?a social. Qui?n la ejerce y c?mo la ejerce, cu?l es su sujeto originario y en qu? consiste su ejercicio, son otras tantas de las preguntas concretas que la filosof?a y teolog?a del derecho y del Estado y, actualmente, el estudio emp?rico de las llamadas ciencias humanas, se plantean bajo distintas perspectivas doctrinales y con distinto grado de intensidad en sus an?lisis

1. Son dos los aspectos de la cuesti?n que han acaparado la mayor atenci?n de la doctrina y la preocupaci?n existencial de las personas: los ciudadanos en la comunidad pol?tica.

Como se legitima que unos hombres puedan ejercer, como superiores de los dem?s, la facultad de ordenar con normas vinculantes y coactivas sus conductas y comportamientos en la vida de relaci?n social y, a veces, hasta en la privada, y con qu? "poder" cuentan para hacerlo. Las respuestas te?ricas han coincidido de uno u otro modo a lo largo de la historia en los siguientes principios ?tico-jur?dicos: el pueblo, todos los que constituyen la comunidad pol?tica, son el sujeto titular primero del poder pol?tico. Para que determinadas personas puedan ejercer leg?timamente esa autoridad y poder, han de contar con la elecci?n y la autorizaci?n de todos los ciudadanos, elaborada y expresada libremente, seg?n m?todos de representaci?n acordados y aprobados por ellos. El poder pol?tico, con el que act?a la autoridad en la comunidad pol?ticamente organizada, se ejerce con la aplicaci?n legal y administrativa de los recursos del derecho y se impone, si es preciso, por la fuerza f?sica de la que posee el monopolio social y jur?dico. ?El pueblo, sujeto inmediato de la soberan?a pol?tica es, adem?s, la instancia incuestionablemente ?ltima que legitima al titular de la autoridad pol?tica en su origen y en el ejercicio del poder que le es propio? ?No conoce, por tanto, el pueblo ni personas ni normas superiores a las que tenga que atenerse en la constituci?n, organizaci?n y funcionamiento del Estado y de los ?rganos del poder? La respuesta, ofrecida y exigida por la antropolog?a cristiana, fue siempre inequ?voca: el origen y el fundamento de la soberan?a popular reside en Dios que ha creado al hombre como ser social y con una socialidad que postula la instituci?n del principio de autoridad y de sus ?rganos de ejercicio. Se trata pues de una soberan?a subordinada en su origen y puesta en pr?ctica a la ley natural: a la ley fundada en la sabidur?a y en la voluntad de Dios. Las respuestas de las antropolog?as laicistas radicales fueron y son tambi?n siempre las mismas: la soberan?a del pueblo es ilimitada; m?s a?n, es la ?nica fuente de legitimaci?n ?tica del derecho positivo y de su aplicaci?n coactiva; e, incluso m?s, la instancia ?ltima que legitima toda y cualquier ?tica social.

2. Otra fue la posici?n te?rica y pr?ctica del laicismo moderado, especialmente activo despu?s de la II Guerra Mundial. Su concepci?n del principio de soberan?a comprend?a su limitaci?n jur?dica y ?tica en virtud, primero, de la vigencia previa de los derechos humanos y, segundo, a causa, de las obligaciones y exigencias derivadas del derecho internacional. En la mente de todos los que hab?an vivido la experiencia de los Estados totalitarios -el comunista y el nacionalsocialista- y hab?an sufrido las ruinas f?sicas, morales y espirituales de la II Guerra Mundial, no cab?a la menor duda sobre la necesidad hist?rica de superar el positivismo jur?dico y el relativismo ?tico por la v?a intelectual y espiritual de una teor?a y praxis constitucional profundamente reformadora de la concepci?n del poder pol?tico. Urg?a arbitrar medios pedag?gicos, culturales y sociales para establecer el imperativo de su limitaci?n ?tica como un principio prejur?dico indiscutible. Aqu? se encontraba el gran reto hist?rico para el futuro de la humanidad: el de conseguir f?rmulas eficaces de limitaci?n ?tica de ese "poder", que es el poder por excelencia, "el poder pol?tico", que se mostraba cada vez m?s fuerte e imponente. Sus recursos -los de la fuerza- crec?an sin parar: las armas at?micas, el poder medi?tico y psicol?gico, los instrumentos de la experimentaci?n qu?mica y biol?gica... Son? pronto en Europa la voz de alarma ante esta grav?sima cuesti?n de los l?mites ?ticos al ejercicio del "poder pol?tico". ?No estaba en juego la paz del mundo?[4]. El problema sigue vivo; incluso, agravado por el ?xito de lo que Benedicto XVI ha calificado de la dictadura del relativismo. Tambi?n hoy es la gran cuesti?n de la actual coyuntura pol?tica mundial, de cuya buena o mala soluci?n depende, en gran medida, el futuro de la solidaridad y de la paz en cada pueblo y entre todos los pueblos que configuran la familia humana.

3. ?Tiene "el poder pol?tico" facultad de limitar, condicionar, restringir e, incluso, negar los derechos fundamentales de la persona humana -el derecho a la vida, a la libertad religiosa, de pensamiento, de conciencia, de expresi?n y de ense?anza- sin que se quiebre su legitimidad ?tica? ?O puede disponer sin l?mite moral y jur?dico alguno de las instituciones b?sicas del matrimonio y de la familia o de la libertad b?sica de asociaci?n de los ciudadanos? La contestaci?n, subyacente a muchas de las corrientes culturales que inspiran e influyen hoy la teor?a y la praxis pol?tica, es militantemente afirmativa. La respuesta de los cristianos ha de ser, en contraste, la de presencia activa y positiva en la vida p?blica, dirigida a superar la estatalizaci?n creciente de toda la vida social y la muchas veces simult?nea desprotecci?n de derechos fundamentales de la persona, de las familias y de los grupos sociales. Hemos de colocar en el centro mismo de la experiencia cristiana de "lo pol?tico" la aspiraci?n y el esfuerzo para que el orden jur?dico-pol?tico se ponga al servicio de la persona humana y de su realizaci?n plena como su objetivo ?ltimo, decisivo para la realizaci?n del bien com?n. El Estado no es due?o de la sociedad y, mucho menos, del hombre. La vocaci?n del seglar cristiano tiene actualmente una importante y urgente tarea en el campo de la acci?n y de la vida pol?tica: abrirla a la ?tica del servicio, abrirla a la experiencias de gratuidad, de libertad solidaria y subsidiaria y, sobre todo, de comuni?n. No, no ha sido lo m?s acertado confiar en las posibilidades liberadoras de una teolog?a politizada; pero s? ha sido un acierto providencial, y lo es hoy m?s que nunca, el haber sabido inspirar y transformar la acci?n pol?tica en un servicio motivado, impulsado y configurado por la caridad. Su efecto liberador ser? seguro y gozoso como una novedad solo explicable y experimentable espiritualmente por la novedad de la presencia y de la virtualidad del Reino de Cristo: "un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, del amor y la paz".

NOTAS
[1] "Ein religi?ser Vorgang von unabsehbarer Trageweite hat eingesetzt: Die Kirche erwacht in den Seelen". Romano Guardini, Vom Sinn der Kirche. Die Kirche des Herrn, Mainz-Paderborn 1990, 19.
[2] Johann Adam M?hler, "Symbolik oder Darstellung der Dogmatischen Gegens?tze der Katholiken und Protestanten", II, 641, ss.: ?So ist denn die sichtbare Kirche, von dem eben entwickelten Gesichtspunkt aus, der unter den Menschen in menschlicher Form fortw?hrend erscheinende, stets sich erneuernde, ewig sich verj?ngende Sohn Gottes, die andauernde Fleischwerdung desselben, so wie denn auch die Gl?ubigen in der Heiligen Schrift der Leib Christi genannt werden".
[3] Cfr. Hans Erich Feine, Kirchliche Rechtsgeschichte. Die Katholische Kirche, K?ln-Graz4 1964, VII-IX; 658, ss.
[4] Cfr. Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit. Die Macht, Mainz-Paderborn 1986, 97-99. Para Guardini "el poder se nos ha hecho problem?tico y no solamente en el sentido de una cr?tica cultural, como se hab?a alzado cada vez con mayor fuerza frente al optimismo hist?rico dominante durante todo el siglo XIX y hasta su final, sino por principio: en la conciencia general entra cada vez m?s profundamente el sentimiento -la impresi?n- de que nuestra actitud en relaci?n con el poder es falsa, incluso que nuestro creciente poder nos amenaza a nosotros mismos", p?g. 98 (Traducci?n espa?ola del autor).

Publicado por mario.web @ 19:15
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