S?bado, 14 de mayo de 2011
Alfonso Aguil? Pastrana nos ofrece una interesante reflexi?n sobe el di?logo y el conocer a trav?s del encuentro con el otro.
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Tener conversaci?n
Tener conversaci?n
?Hab?a otras causas de esa soledad ?escribe Dorothy Parker? que se remontaban muy atr?s, a cuando eran novios. Ella trat? de recordar de qu? hablaban antes de casarse, cuando estaban prometidos, y le pareci? que nunca hab?an tenido gran cosa que decirse. Pero antes, eso no le preocupaba, e incluso experimentaba la satisfacci?n de que su noviazgo iba bien, pues siempre hab?a o?do decir que el verdadero amor no se expresa con palabras. Adem?s, en aquel entonces los besos y tonteos les ten?an siempre ocupados. Pero result? que el verdadero matrimonio parec?a ser igualmente silencioso, y al cabo de siete a?os de vida en com?n no es posible confiar en los besos y en todo lo dem?s para llenar los d?as y las noches.?

Antonio V?zquez ha escrito que el matrimonio es, entre otras cosas, cincuenta a?os de conversaci?n.

Que es preciso cultivar el deseo de conocer y conocerse, de intercambiar impresiones, de comunicarse. Por eso, quienes desde el noviazgo centran sus aspiraciones en el atractivo f?sico, o en el sexo, y construyen sobre eso una relaci?n sin mucho m?s cimiento, bien pronto se encuentran con el aburrimiento y la soledad.

En absoluto quiero con todo esto proponer un rechazo puritano al cuerpo, sino simplemente poner la atenci?n en la necesidad de cultivarse, de tener conversaci?n, de formarse opini?n sobre las cosas, de tener ?reas de inter?s amplias, de ganar en profundidad interior. Quien no cultiva esa profundidad interior, acaba siendo una persona superficial, fr?vola, reducida a los primeros estratos de la vida, y que pasa por ella como si estuviera en una apresurada visita. Se convierten poco a poco en gente ficticia, con pocas ilusiones de cierto fuste, guiados casi siempre por los comportamientos de su entorno, encuadrados d?cilmente en las costumbres de moda.

Es llamativo comprobar c?mo el esp?ritu de algunos hombres y mujeres envejece prematuramente por esa superficialidad, y en cambio otros permanecen j?venes y animosos hasta el final de sus d?as. Por eso debemos hacer lo posible para que no se detenga un d?a el reloj de nuestra vida, y para que, si alguna vez vemos que se detiene, sepamos ponerlo de nuevo en marcha cuanto antes. Todos tenemos dentro muchos recursos a?n sin usar, talento que no hemos aprovechado, fuerzas que nunca hemos puesto a prueba. Por eso, por muy ocupados o cansados que estemos, no podemos dejar de avanzar, de aprender y de ser receptivos a las ideas de otros.

Para tener conversaci?n hay que aprender a escuchar. Y a veces no lo hacemos porque estamos demasiado ocupados recordando algo que tiene que ver con lo que nos cuentan, y lo estamos preparando para soltarlo en cuanto haya una pausa.

Y quiz? son conversaciones animadas, en las que unos a otros se quitan la palabra, pero en las que apenas se escucha.

La conversaci?n hay que buscarla. No podemos quedarnos ah?, esperando a que llegue. Hay que buscarla con inteligencia. Y para ello, quiz? lo primero es no querer presumir de inteligente, no tener la petulancia de querer demostrarlo a cada momento, sino mostrarnos abiertos y receptivos, de modo que ampliemos cada d?a nuestro abanico de intereses.

No podemos conformarnos con esas conversaciones excesivamente convencionales cuyo principal protagonista es el t?pico. No podemos ser de esas personas que, cuando se encuentran contigo, cruzan dos o tres frases de compromiso, pero enseguida tienen que despedirse, pretextando un peque?o quehacer, porque, en realidad, tienen tan poca conversaci?n que casi nada les interesa, se aburren, y no saben qu? decir.

Las buenas conversaciones dejan siempre poso, y cuando la conversaci?n ha pasado, vienen de nuevo a la memoria las ideas, los argumentos expuestos por unos y otros, y por uno mismo, y se nos ocurren nuevas ideas, y nace la ilusi?n de continuar esa conversaci?n, ese encuentro.

Publicado por mario.web @ 20:28
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